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RESEÑAS Y ARTÍCULOS [número treinta y ocho edición invierno 2008] m a r z o |
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Antología de la poesía surrealista
En las tapas, este volumen se llama Antología de la poesía surrealista. Sin embargo, en la portada ya se aclara que es Antología de la poesía surrealista de lengua francesa. Estudio preliminar, notas, selección y traducciones de Aldo Pellegrini. Porque eso es en realidad de lo que se trata este libro; de una recopilación (excelente, por otra parte) de la poesía surrealista del centro de gravedad del movimiento, elaborada en 1961. La vuelta al circuito comercial de esta obra mítica, cuya anterior edición está fechada en 1981, se presenta como un hecho de notable importancia, por cuanto de reivindicación de los postulados y obras de los surrealistas y, a la vez, de accesibilidad de una selección de textos clave para comprender la cultura del siglo XX. El libro, según se nos dice en sus propias páginas, fue elogiada con entusiasmo por el propio Breton, y viendo el resultado es comprensible. Es realmente interesantísima ya la propia introducción de Pellegrini, quien en una treintena de páginas, a base de excelente capacidad de síntesis y notoria soltura en la materia, desgrana todas las claves, principios, ideas y métodos del Surrealismo. Resulta, así, especialmente atractiva para adquirir una noción global, y al mismo tiempo, rigurosa, alejada de la erudición, del movimiento. Al mismo tiempo, ayuda a predisponer al lector y a ubicarlo en las pretensiones metafísicas del conjunto de los textos. Como ya Aragon advirtiera, “si escribís, siguiendo un método surrealista, tristes imbecilidades, serán, sin atenuantes, tristes imbecilidades”. Por tanto, no es mero torrente de automatismo desbocado lo que se recoge en sus páginas, sino una búsqueda a través de la escritura de indagar en un hombre nuevo en unos tiempos decadentes. Desde luego, lo que queda claro con este libro, mediante su sensacional panorámica, es la heterogeneidad de poetas (se recopilan casi setenta autores) y la radical propuesta ideológica y estética que integran el movimiento. El acierto de incluir, en secciones separadas, “Poetas militantes del Grupo Surrealista”y “Poetas de lenguaje surrealista” ayuda también a hacerse a la idea de la extensión, especialmente, de la estética y de las prácticas surrealistas, más allá del fuerte eje ideológico que articula sus escritos. Así mismo, leídos en conjunto los poemas, cuentos y poemas en prosa que conforman la antología, igualmente se logra transmitir al lector la idea de creación colectiva, de trabajo y proyecto en común (irremediablemente marcado por las individualidades, eso sí) del Grupo y sus afines. Sin duda, la verdadera potencia de sus creaciones aparece con una lectura de varias páginas seguidas, antes que en poemas sueltos; con una inmersión en su singular universo. De este modo, encontramos textos que tratan de presentar un universo nuevo de relaciones, de ensanchar sus límites para ofrecer libertad al individuo, para hacer posible que emerjan los deseos, ideas y pulsiones aplastados por una sociedad superficial e hipócrita. Son escritos que recogen la intención de trascender la realidad (y también el tipo de organización social imperante) a través de la revelación y la búsqueda, sólo posibles mediante la liberación de la conciencia por el lenguaje, el azar y lo insólito. Pero, ante todo, nos cautivarán con poderosas imágenes; con imágenes dispuestas como timbres a la puerta de nuestras mentes. La fuerza poética de estos textos no ha sufrido mella a pesar del tiempo y de la invasión audiovisual de nuestros días, y es la principal baza para comprobar la calidad y la atracción de sus versos, más allá de la sincronía que puedan buscar los interesados en la Historia de la Literatura. Con todo, se hace palpable la vigencia de los postulados estéticos (hoy ciertamente integrados en la cultura) y, quiero remarcar, de los principios filosóficos, éticos y políticos en su faceta más pura que defendieron los surrealistas. No olvidemos que “el surrealismo es un medio de liberación total del espíritu”, y su pretensión iba y va más allá del mero goce estético. Esta antología es una espléndida introducción a esa sugestiva concepción del arte y la vida. Alberto García-Teresa |
© Alberto García-Teresa. |
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Una deliciosa comedia Bartleby, el escribiente del americano Herman Melville autor de “Moby Dick” es una deliciosa comedia. Pan para el hambriento, agua para el sediento y pastel para el goloso. Eso es “Bartleby, el escribiente”. Eso y muchas cosas más.
La figura del narrador protagonista de la historia en la que Bartleby, el escribiente hace acto de presencia, nunca mejor dicho, es lo que le da el punto de exquisitez a esta comedia que no deja de tener un trasfondo inquietante y perturbador. Este narrador, el abogado propietario de un despacho en Wall Street, es al relato como el fuego en la llar en una casa. Es refugio y abrigo donde es imposible no estar a gusto. Abrigarse y disfrutar con “Bartleby, el escribiente” es fácil, es como andar por casa. Herman Melville escribió un historia inteligente, perdurable en el tiempo, humilde y sincera. Magníficos son los personajes que trabajan en el despacho como copistas de leyes o escribientes, magníficos y divertidos incluso absurdos pero entrañables, ellos: Turkey, Nippers y Ginger Nut y sus comportamientos son el ánima del relato, son el todo, son los secundarios perfectos que le dan al relato la agilidad adecuada, para albergar la llegada del extraño Bartleby y que la historia sea de una comicidad aplastante. Bartleby se presenta en el despacho del abogado, dónde éste le da trabajo de copista. En principio Bartleby resulta un copista diligente, no habla, no se distrae, sólo copia y copia un documento tras otro. El abogado esta fascinado pues ha contratado a un copista ejemplar, el problema llega cuando Bartleby, empieza a negarse a realizar otras tareas que no sean copiar, con un tajante: “Preferiría no hacerlo”. Frase contundente que desarma al abogado, le acobarda y le induce a ser complaciente con Bartleby sin saber porqué. Con prontitud se contagia a los otros copistas del despacho y al propio abogado el verbo “preferir” y se inserta en su habla de manera sutil provocando la risa del lector. Pero todo esto tan solo es el principio de la comedia, la situación llega a extremos de comedia en mayúsculas cuando el extraño y lacónico Bartleby decide que no va a escribir más. Con una más que extraordinaria edición Nórdica Libros devuelve al panorama literario actual a “Bartleby, el escribiente”. Una historia llena de despropósitos que divertirá al lector, cuya carcajada resonara en los años y en las bibliotecas. Nórdica Libros ha escogido al ilustrador Javier Zabala para que le de a la narración los trazos adecuados que rematan la exquisitez de la historia.
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© MARIA AIXA SANZ, (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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Miguel Ángel Curiel Un mazazo en la conciencia. Eso y no otra cosa es cada uno de los poemas de este libro. Si alguien ha dejado de creer que la poesía forma parte de la realidad tanto como la resaca, los catarros de los hijos o las cuentas a fin de mes, puede asomarse a estas páginas extraordinarias, y asistir a uno de los más prodigiosos juegos de entrada y salida en el lenguaje, desde él y hacia él, que recuerdo en mucho tiempo. Frente a la lógica, a los discursos pertinentes, a la maceración en el aceite insulso del rigor y la corrección, o la incorrección, que vienen a ser lo mismo, Curiel ejecuta en cada uno de sus poemas un salto mortal sin red, sin carpa, sin público y sin cuerpo. No busca el asombro ni el modelo; puede que ni siquiera la consecución de lo poético, sino el mundo, el prisma en que la luz se pierde para siempre, donde lo que destella es el cieno y la memoria es siempre la de algo radicalmente distinto. Estos poemas existen. Y como existen son ciertos. Miguel Ángel Curiel nos ha devuelto el pensamiento que deseábamos, por el que nos metimos en este negocio sin sentido, sin otro sentido que éste. A.M.R.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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Toni Manero, In Memoriam
En 2007 se han cumplido treinta años del estreno de la película Fiebre del Sábado Noche, aunque, si la memoria no me falla, a España llegó en 1978, con lo cual, hasta este año que empieza ahora no disfrutaremos de tan señalada efemérides como es debido. Es decir, del trigésimo aniversario de nuestra más absoluta derrota. Porque, reconozcámoslo, aquel año de nuestros desvelos, en que todos éramos tan demócratas y tan ejemplares, hicimos colas de horas ante las taquillas para contemplar uno de los más sórdidos retratos de la clase trabajadora plasmado nunca en la pantalla. Pero, a diferencia de sus ilustres antecesores Tom Joad o Rocco, cuya presencia despertaba en nosotros ira, compasión, sed de justicia, hambre de fraternidad y auténtica lucidez revolucionaria, la aparición de Toni Manero cimbreando las caderas por una calle de Brooklyn con un bote de pintura en cada mano, al ritmo de la más célebre canción disco que jamás se escribió, nos hacía aplaudir y ponernos de pie en la sala, tan satisfechos de habernos conocido y, sobre todo, de habernos reconocido en semejante despojo. ¿O no es un despojo el chaval que no sirve para nada, como todo el mundo, desde su jefe a sus padres, le recuerda, mozo en una droguería, sin más perspectivas laborales y sociales, cuya única habilidad es contarle una milonga a una vieja para sacarle un par de dólares más por la pintura que le ha traído, y al que se le concede, a regañadientes y sin perder la oportunidad de insultarle, como premio a su hazaña, un par de horas libres para llegar antes a la discoteca? Ya está, ya se hizo la revolución. Proletarios de todos los países, poneos la camisa de raso y vuestros mejores y más puntiagudos botines. Aquella discoteca, el paraíso prometido a la clase obrera por el sueño americano, era digna de una pesadilla del Bosco; un local desangelado en una calle perdida, en el que las mesas estaban vestidas con manteles de cuadros propios de una pizzería. Allí, Toni Manero bebía, se magreaba con las chicas, se tiraba a una, no se tiraba a otra, pero daba igual, lo importante era que lo pareciera, exhibía todo su machismo, toda su animalidad, toda la saña guardada durante seis días en las tripas, y los pocos billetes que le convertían en rey de su alcantarilla por unas horas. No pienso contar la película, ni me meteré en la falsa redención de la grotesca historia de amor con que aderezaron el estofado. Sí, al final Toni cruzaba el puente hacia Manhatan, sin que ningún avispado de entre los que bullíamos en nuestros asientos le gritara que no fuera memo, que a un tipo como él nunca le dejarían entrar en Studio 54. Tan sólo queríamos salir del cine para correr hacia la discoteca de nuestro barrio, pantalones de pana de pinzas y los zapatos de ir al instituto, más un paquete de ducados en lugar del More prohibido a los no iniciados. Joder, si el presupuesto no nos daba más que para un par de cervezas y seguíamos esperando a las bodas de los primos mayores para ir a lugares de moda, protegidos por el traje y la corbata de las grandes ocasiones, el mismo que, un par de años después y convenientemente recosido, pasaría a ser nuestra ropa de faena. Y qué esperábamos, si, como a Manero, nuestros hermanos mayores nos habían dejado tirados a un lado del camino enarbolando las banderitas que nos endosaron. El suyo era cura, el orgullo de la familia, la seña de identidad, el destino cumplido. Tras abandonar el sacerdocio y marcharse de la ciudad, dejó a Toni su alzacuellos. Éste, en una escena que Bertolucci hubiera matado por escribir (si hubiera sido capaz, que ésa es otra) se lo colocaba ante el espejo, y, con un rápido movimiento de la mano, lo transformaba en una soga de la que quedaba ahorcado. Eso fue lo que nuestros benditos hermanos mayores nos dejaron para nuestro solaz, nuestra propia horca, mientras ellos descubrían que debajo del asfalto había suelo urbanizable. Y claras instrucciones para no pretender ser Al Pacino, sino conformarnos con parecernos a él por un rato. Y el encargo de ser nuestro propio cuerpo represivo, ya que tan indignos nos habíamos mostrado de la vida esplendorosa que nos prometían desde la universidad. También creíamos que éramos invencibles, que éramos hermosos. También creíamos que valía la pena.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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“Te sientes bien cuando dices lo que quieres”*: JM Caballero Bonald Poeta, novelista, estudioso del flamenco, teórico del vino, productor musical, navegante, pintor, guionista de teatro y televisión, letrista, profesor de literatura, editor, subdirector de Papeles de Son Armadans, la revista de Cela y presidente del PEN Club en España, José Manuel Caballero Bonald (Jerez de la Frontera, 1926) pudo ser un elegante capitán de barco por su porte elegante, de aristócrata andaluz afligido de señorío y nostalgias, yendo y viniendo entre los viñedos y pantanos, las serranías y playas del mar, amando la vida y sus placeres. Quizás por ello goza de un enorme prestigio entre casi todas las cáfilas y catervas de los intelectuales peninsulares y sudamericanos, que le han celebrado con numerosas distinciones entre las que figuran el Premio Nacional de las Letras, Nacional de Literatura, Nacional de la Crítica en tres ocasiones, Pablo Iglesias, Reina Sofía, Julián Besteiro, Andalucía de las Letras, Biblioteca Breve, Plaza y Janés, Boscán y el Nacional del Disco por su Archivo del Cante flamenco. Desde cuando regresaron de Colombia, a comienzos de los años sesentas, José Manuel (Pepe) Caballero Bonald y María Josefa (Pepa) Ramis Cabot, su mujer, han vivido en la Dehesa de la Villa en el barrio de la Ciudad Universitaria de la Complutense, jardines donde se defendió la ciudad durante la Guerra Civil, en violentos combates comandados por Buenaventura Durruti. Un barrio poblado de piñoneros, carrascos, almendros, chopos, fresnos, olmos y acacias, sobre todo en las calles Francos Rodríguez, donde está una de las bocas del metro y María Auxiliadora, donde queda su piso, en un edificio que han ocupado Francisco Brines, Fernando Quiñones, José Ramón Ripoll, Arcadio Blasco o Carmen Perujo, sus amigos de siempre. Caballero Bonald ha cumplido el año pasado sus únicos ochenta años, y una batahola de conferencias y exposiciones fueron programadas en la fundación que en su ciudad natal lleva su nombre. He conversado con el poeta en su piso madrileño, este último verano, el mismo día cuando una editorial catalana puso en venta la más reciente antología de su obra: Summa vitae, preparada por Jenaro Talens. Caballero Bonald conserva ese rostro de modelo de Velásquez de muchas de sus fotos de juventud, con un habla salpicada de picardías, medio cubana y colombiana, aparentando estar distraído pero al borde de una mueca maliciosa que va dando cuerpo a ese lento desdén prolongado con el cual precisa y dicta los despojos de su prodigiosa memoria.
Ochenta y un años Pepe… Cuando se mira para atrás se ve de todo. Se ve que cada vez va quedando más pasado y menos futuro, y eso no es un episodio como para andar celebrándolo. La vejez es una cosa atroz, una frontera alarmante; te has convertido en un viejo y eso te angustia en cierto modo. Has escrito lo que tenías que escribir, has cumplido con tu propia vida, con tus ambiciones y te quedas ya como sentado en tu butaca viendo caer la tarde bajo un árbol en el jardín. Y esa sensación de acabamiento, de postrimería, produce un sentimiento de fin de trayecto, y ya no hay ningún nuevo punto de partida. Todo eso es una cabronada, claro, aparte, claro, del escepticismo, la desgana, las descreencias... Da para mucho la vida de una persona que ha vivido 81 años y se sigue defendiendo de muchas cosas que aparecen cada mañana en la prensa. Basta repasar las noticias del día, esa sarta espantosa de imágenes, guerras miserables, injusticias, lo que pasa con los derechos humanos. Yo trato de recuperar la dignidad de vivir. No quiero convertirme en un viejo cascarrabias, no me gusta, pero cada vez hay una tropa mayor de majaderos, fantoches y tentetiesos. Me dan ataques de cólera que procuro dominar. Pero no tengo edad de aguantarme. Yo soy un ciclotímico literario, así que cuando no escribo me ocupo bastante de la vida cotidiana y de la política, y eso me alarma y me sofoca. Siempre me ha tentado decir lo que pienso, aunque me costara esfuerzos y me proporcionara algún que otro encontronazo. A mí, los años quizá me hayan hecho más temerario en este sentido. Y eso me produce una especie de satisfacción -digamos- de doble filo. Pero de lo único que estoy plenamente satisfecho es de mi obra literaria, que he trabajado con ahínco y creo que con solvencia, y de mi vida privada. Llevo más de media con una mujer que me ha ayudado mucho a no perder el norte. Usted nació y vivió hasta bien entrada la adolescencia en Jerez de la Frontera… Ser jerezano es una denominación de origen, una mezcla de buena educación y de ignorancia, yo nací en los años veintes y puedo decir que me gustó nacer entonces. De mi niñez siempre recuerdo la azotea de mi casa, desde donde me asomaba a ese mundo luminoso de Jerez, a las ventanas, las escaleras y los patios de nuestros vecinos, pero lo que bien recuerdo de mi niñez y primera juventud fueron aquellos veranos en Sanlúcar de Barrameda, donde conocí el mar y viví las primeras excitantes escapadas de las domésticas, un descubrimiento del mundo… Luego, en mi adolescencia estuve un año en cama, reposando, y entonces conocí la literatura, un viejo amigo de casa, amante de los libros me prestó la antología de la poesía española que había hecho Diego y los poemas de Juan Ramón Jiménez, y entonces quise ser poeta… Hijo de cubano y francesa… Sí, pero sepa usted que no me siento para nada francés, incluso hay algo que repudio en toda esa cultura francesa, no me seduce ni me siento identificado para nada con Francia. Me considero más ligado a mi sangre cubana. Mi padre, Placido Caballero, era de Camagüey. Yo he estado en Cuba varias veces y me he sentido como reencontrando las raíces familiares. Uno de mis cuatro abuelos era andaluz, andaluz de la costa malagueña mediterránea, y seguramente, a través de ese abuelo, me viene esa memoria árabe que cada vez entiendo más vigorosa y más influyente y que desplaza a cualquier otro asidero espiritual respecto a una u otra cultura. Mi madre, Julia, era bisnieta del Vizconde de Bonald, un integrista y un reaccionario de mucho cuidado, pero mi madre era otra cosa, era liberal, extrovertida. Mi padre se dedicaba a los negocios con el vino y por eso me he interesado en su elaboración, su tratamiento, color, pero no desde el punto de vista industrial o químico, sino desde la magia, la alquimia, de alguien que ve cómo la uva se convierte en ese liquido maravilloso que agrada y perturba… ¿Juan Ramón Jiménez? Si, de Juan Ramón he aprendido casi todo, incluidos sus excesos, y no sólo como poeta sino como prosista. Casi nunca ha dejado de decirme cosas inolvidables. Aunque en alguna ocasión me las haya dicho con escasa ecuanimidad o con excesiva retórica, que eso importa menos. Entre otras cosas, porque cada vez estoy más convencido que muchas de mis trastiendas artísticas, y hasta mi gusto por las infiltraciones neuróticas del lenguaje, dependen en parte de ese ya remoto entrenamiento. Lo cual siempre es muy de agradecer. Desde la Segunda antolojía -el primer libro poético que me dejó absorto- hasta Espacio -uno de los poemas más fascinantes de toda nuestra cultura literaria-, Juan Ramón Jiménez ha sido el supremo y egocéntrico regente, el gran mentor inflexible de casi todo el aparato estético que usó -y sigue usando- la poesía española del siglo XX. Con él se acota una jurisdicción literaria que aún mantiene sus prerrogativas y en la que incluso se integrarán los últimos poetas -puros o impuros, qué más da- que ya esperan tumo en el arrabal didáctico de los manuales. Pero entiendo que fue José Ignacio Javier Oriol Encarnación de Espronceda y Delgado quien lo hizo hacerse escritor… Es cierto. En Jerez, en la pequeña biblioteca familiar, descubrí una biografía de Espronceda escrita por Narciso Alonso Cortés, un historiador ya olvidado. Quedé deslumbrado por el personaje, un hombre que había hecho de todo en sus treinta y cuatro años de vida, había luchado en las barricadas de París, fundado una sociedad secreta, estado preso, exiliado por republicano, había sido diputado, guardia de corps, diplomático en Holanda y como si eso fuera poco, se fugó a Lisboa con una muchacha de la que había estado enamorado desde que ella era una niña, hasta cuando ella le dejó y un buen día, paseando por la calle Santa Isabel de Madrid, Espronceda se asomó a una casa donde estaban velando un cadáver y descubrió que la muerta era su ex amante, y entonces escribió su magnífico Canto a Teresa [Mancha]. Yo quise ser como Espronceda. Quería imitarle, pero como era imposible emularle en tantas y tan maravillosas facetas y hazañas, lo que hice fue rivalizar con él en las dos que tenía más a mano: escribir poesía, cosa que me ha durado hasta hoy, y llevar una vida licenciosa, que en aquellos años con la asignación semanal se limitaba a llegar algún día tarde a casa… Y así hasta el sol de hoy… También quiso ser marino… Aún ahora sigo siendo muy aficionado al mar. Navego con cierta frecuencia, en Galicia o en Andalucía. La mar ejerce en mí una fascinación muy especial, por todo lo que representa: la libertad absoluta, y también la aventura. Creo que me hice escritor porque soy un aventurero frustrado. Esa afición procede de mis lecturas de Emilio Salgari y Jack London. Hasta donde alcanza mi memoria me veo leyendo a Salgari. Siempre fui muy aficionado a la literatura de aventuras, sobre todo aquellas relacionadas con el mar. He sentido, siento aún, una predilección especial por todos los escritores que eligen el mar como escenario para sus historias. Autores como Stevenson, Conrad, Melville. Todo lo que tuviera que ver con aventuras en la mar me apasionaba... y cada vez me apasiona más. Yo quería ser un aventurero y la única posibilidad que tenía a mano era hacerme marino, pero luego, como casi todos los muchachos de mi edad de la posguerra, enfermé del pecho, tuve que reposar y ya no estaba en condiciones físicas de ser marino y lo cambié por Filosofía y Letras en Sevilla, que fue como equivocarme de otra manera. La Guerra Civil, como a sus compañeros de generación, transformó su vida… La guerra fue un caos, una barbarie colectiva. La verdad es que creo que nuestra relación con la guerra se materializó a través de la posguerra. En la posguerra hubo el edicto de persecución y muerte al perdedor, y eso fue horroroso. Yo era un niño cuando los acontecimientos, mis recuerdos son muy vagos, pero es que luego ya éramos adolescentes, y la guerra, aunque había acabado, seguía estando ahí, como una presencia terrible, traumática, que afectó a todos los españoles. Y, claro, también a nosotros. El titulo de mi primer libro de memorias, Tiempo de guerras perdidas, tiene un sentido figurado, se refiere a las ilusiones que no se materializan, a los sueños truncados. Pero también tiene un sentido real, el de la propia guerra perdida. Porque, al finalizar la guerra, se suponía que yo pertenecía al bando de los vencedores por mis orígenes, por mi familia, pero poco a poco empecé a sentirme del lado de los vencidos. Otro hecho es la censura, durante mi juventud eché de menos muchos textos. A medida que crecía y me aficionaba a leer, iba teniendo noticias de escritores, sobre todo poetas del 27... y a esos textos no se podía acceder. Libros de Cernuda, de Alberti, del mismo Lorca... vamos, todas aquellas páginas maravillosas que estaban fuera de la circulación. Entonces, a través de algún amigo que había salvado de la quema -en muchas ocasiones, de la quema real- yo fui leyendo aquellos autores prohibidos, falazmente censurados por la censura franquista. Al principio yo no entendía muy bien por qué aquellos libros estaban prohibidos. Por aquel entonces yo era todavía muy joven, y mis ideas políticas no estaban lo que se dice definidas. No le daba muchas vueltas al hecho de que ciertos libros estuvieran fuera de la circulación. Simplemente pensaba que, bueno, que eran autores que habían perdido la guerra, que estaban en el exilio...Me limitaba a soportar esas carencias, esa falta de determinados libros, pero reconozco que no hacía ningún tipo de crítica. Las críticas vinieron después. Y vino el viaje a Madrid... Llegué a Madrid con mi primer libro, Las adivinaciones, que ganó el Premio Platero y un accésit del Adonais. Fue una llegada muy triste, era una ciudad con restricciones de luz, medio en penumbra, existía la cartilla de racionamiento, había que comer en los restaurantes económicos. Era un Madrid muy sórdido y muy triste. Gris. Un ambiente muy hostil en la calle. Allí, en el Colegio Mayor Nuestra Señora de Guadalupe conocí a Valente y Goytisolo y a Hernando Valencia Goelkel, Jorge Gaitán Duran y Ernesto Mejía Sánchez, que fueron mis amigos y por quienes conocería buena parte de América Latina. Fueron esos los años cuando comencé a tener cierta conciencia política, en la milicia naval universitaria, un período que duraba tres veranos. Fui testigo de tantos disparates en la organización militar...esas jerarquías, ese sentido de la obediencia... Bueno, todo aquello fue provocándome un prurito de enfrentamiento a una ideología que empezaba a encontrar disparatada. A través de ese encono personal, y todavía sin una conciencia política clara, yo me fui enfrentando a toda una situación social de la España de la época. Luego ya el proceso político real se materializó de la mano de Dionisio Ridruejo, que fue un personaje al que yo quise mucho, y al que estábamos unidos un grupo de personas como Moreno Galván, Juan Benet, Fernando Baeza, Pepín Vidal Beneyto, para mí fue como el foco de donde arrancó mi actitud política antifranquista. Con Dionisio compartí yo muchas cosas... incluso la cárcel, en el año 64. Así me vinculé a la lucha antifranquista. Miembros también de la Generación del 50, a la cual usted pertenecería… El grupo del 50 fue eso, un grupo. Generación, de ninguna manera. Sólo era un grupo dentro de una generación. Éramos ocho o nueve poetas y el correlato de los novelistas: García Hortelano, Marsé, Grosso, Zúñiga, Ferres, etc. El concepto de grupo dentro de una generación ha tenido una importancia cada vez más notoria en la evolución de la poesía española y además creo que había algunos miembros de esa generación –como podían ser Barral o Gil de Biedma- que eran realmente unos hombres cultos, petulantes, unos eruditos insolentes, críticos de la cultura, personas que hablaban tres o cuatro idiomas. Un grupo diezmado por la fatalidad y un tanto, autodestructivo, con tendencia a hacer lo contrario de lo que parece convencionalmente recomendable. Surgió por complicidad política y de eficacia operativa en Collioure, durante el aniversario de Antonio Machado. Entonces Carlos Barral decidió que se iba a publicar una antología recogiendo la actitud del grupo, que es lo que en cierto modo fue verdad. Yo creo que el grupo surge porque realmente éramos amigos, unos más que otros, como siempre ocurre y luego teníamos muchas cosas en común. Una actitud moral frente a la dictadura. El respeto mutuo, más o menos la misma estatura... Leíamos los mismos libros. Procedíamos de un medio universitario y luego nos unió sobre todo la lucha contra la dictadura. Era un factor de cohesión de innegable importancia. Era el tiempo de la utopía. Afortunadamente, la utopía se defendía. Luego fue como una esperanza aplazada. Esa lucha, esa oposición al régimen de Franco fue lo que de verdad nos unió. Porque teníamos muchas cosas en común, sí, traíamos con nosotros una nueva manera de vivir... y de beber, porque teníamos una tendencia manifiesta al consumo de bebidas alcohólicas. Pero luego la procedencia universitaria, el origen familiar, la necesidad de restaurar una realidad cultural que la guerra había interrumpido... Esos factores, qué duda cabe, sirvieron para unirnos. Pero sobre todo nos mantenía como una piña el deseo de demostrar nuestra oposición a la dictadura, a una situación que no comprendíamos. Iniciamos el mestizaje, una tradición hecha de otras tradiciones, españolas y también en este caso anglosajona. Pero las afinidades literarias, aunque en teoría iban por el mismo camino, o por caminos próximos, tampoco me parecen muy destacables. Hubo, eso sí, durante algún tiempo, algo común que tenía una manifiesta justificación histórica: la pretensión de usar literatura como un instrumento de agitación social. No olvide, Alvarado, que estábamos luchando y escribiendo en unas circunstancias absolutamente angustiosas: persecuciones, encarcelamientos. Cultivamos una auténtica literatura de la resistencia, condicionada por las secuelas de la situación policíaca del franquismo. Había que sortear la censura con eufemismos, medias palabras, claves, sin explicar las cosas directamente. Todo eso repercutió en perjuicio de la propia literatura. Pero todo eso también acabó dejándose llevar por la desgana, el escepticismo. Éramos muy distintos literariamente hablando. Gil de Biedma tiene poco que ver con Barral, o con Valente... Yo nada con Goytisolo. Pero éramos muy amigos, Nos reuníamos con frecuencia, hablábamos...éramos muy aficionados a trasnochar, éramos noctámbulos, desobedientes, insumisos. Y que Barral fuera editor y a través de la editorial canalizara nuestras primeras obras fomentó, digamos, una sensación de solidaridad entre nosotros. ¿Cuáles, de ellos, fueron sus más cercanos? Mis grandes amigos fueron Ángel González y Juan García Hortelano. Con Barral, que además fue mi primer editor, mantuve también una relación de amistad imperturbable. Con los Goytisolo, muy estrechas, sobre todo con los dos hermanos mayores, a quienes conocí en la Universidad. Pepe Valente, al que conocí cuando éramos estudiantes, era una persona muy compleja. Yo lo quise mucho. Anduvimos por medio mundo y nos reímos mucho juntos. En ocasiones, no obstante, era esquinado, y cuando se retiraba a sus cuarteles de invierno resultaba una persona bastante incómoda. Con él tuve más afinidades por el lenguaje. Como a él, nunca me ha gustado la poesía obvia, explícita, directa, la narratividad que ahora está muy en boga. Esa poesía no me interesa. Me gusta el riesgo de trabajar con el lenguaje y en eso Valente ha sido un maestro. Como lo fue también en cierto modo con Carlos Barral, poéticamente hablando. Pero también con Paco Brines y Gil de Biedma, cuya obra tiene una eficacia mayor porque además de hacer política hacía buena literatura acusando una serie de episodios de su vida personal enfrentados a una situación histórica y eso permanece. Luego vendrían los intensos años de Colombia… Tengo la convicción que aquellos tres años pautaron mi futuro y fijaron los modelos de las despedidas de la juventud y los anticipos de la madurez. Fueron años decisivos, tuve mi primer hijo, escribí mi primera novela, me vinculé al grupo que hacía la revista Mito, me adentré en el mestizaje, que ha sido siempre un factor esencial para mí. No obstante, veo aquella época como muy lejana. Cuando me fui a Colombia quería ser sólo poeta, pero una vez allí, empezaron a intensificarse mis recuerdos, era la época del realismo social, y quise escribir una novela donde se reflejara mi experiencia en ese mundo las viñas y las bodegas de Jerez que tenía muy cerca por razones familiares y que era un tema que se compadecía muy bien con la intención de denuncia... Y quizás influyeran también algunos de los eventos de entonces, como aquella sobremesa cuando Eduardo Carranza, raro espécimen de falangista colombiano que siempre que bebía mostraba una acusada tendencia a la elasticidad ósea y la expulsión de la dentadura, comenzó a alabar a Franco en términos que parecían emanados de la boca de Fraga Iribarne, su protector, y yo comencé a endilgarle los mas subidos improperios que causaron un detallado informe contra mí de la embajada de España en Bogotá, considerándome elemento peligroso, porque además, escribía yo en El Espectador artículos sobre las campañas represivas del franquismo. Ni olvido algunas de las mujeres que conocí esos años, como aquella española, Alicia Baraibar, que estuvo casada con un poeta diplomático y gobernador imitador de Eliot, y que como Elvira Mendoza, Rita Agudelo, Marta Traba, Gloria Zea y Sonia Osorio, con su tono libertario, predicaban el amor libre, amaban el cine erótico francés de Cofram y les encantaba divertirse. Hablemos ahora de los géneros, de la poesía, la narrativa, las memorias…. Cada día me convenzo y estoy dispuesto a admitir que no existen los géneros. Creo que lo que llamamos géneros literarios tienen mucho que ver con el artificio, las estratagemas, las trampas retoricas. Un poema es la máxima temperatura que puede alcanzarse con el manejo de la lengua. La música es esencial en la poesía, sin música no hay poesía. La poesía, aparte de un hecho lingüístico, es una especie de mezcla desigual de música y matemáticas. Yo me siento identificado con un poema cuando se me abre una puerta, se rompe un sello y me asomo a un mundo que me descubre algo emocionante y desconocido. Alguna vez dije que los temas son como el ingrediente superfluo de un todo fundamentalmente definido por el tratamiento literario que se le dé. O sea, que sigo pensando que la poesía es un hecho lingüístico. El argumento, la verdad de la poesía, se genera a medida que se hace el poema. Por eso mismo un poema no se termina nunca de corregir, puede ser corregido cada vez que lo relees. Las memorias son otro género de ficción, como lo es la poesía y la novela. Todo el que recuerda se equivoca de algún modo, sobre todo porque resulta imposible reconstruir lo ocurrido tal como ocurrió. Hay lagunas, olvidos, y hasta recuerdos ajenos de los que te apropias, recuerdos falsos... Y mi obra debe mucho a la memoria. Si perdiese la memoria no escribiría. La novela, como buena parte la poesía actual, descuida el lenguaje en beneficio del asunto, del cuento en vez del canto…. Hoy circula por ahí una cierta tendencia a depreciar el papel del escritor en beneficio del papel del informador. Yo detesto radicalmente y por principio, cualquier tipo de copia de la realidad. A mí todo eso me parece una estupidez, una de esas modas que se inventan los mediocres. Si un escritor no es exigente y riguroso con el uso del lenguaje, es porque no tiene ni puta idea de su oficio. Otra cosa es que el escritor deba, sin olvidar el oficio, ser un crítico de la sociedad, del poder, del signo que sea. No es que el escritor tenga que proponérselo previamente, es que traspasará siempre a su obra su propia ideología. Pero a mí lo que me interesa es la literatura considerada como obra de arte, la prosa narrativa de alcance artístico. Una palabra bien elegida puede significar poéticamente más de lo que significa en los diccionarios. La ironía, que depende del estilo, de la forma, incluso de la sintaxis, es para mí una suerte de método de interpretación de la realidad, y una literatura sin ironía, sin sentido mínimo del humor queda a trasmano, como si fuera para predicadores… Vendrían luego los interminables días del franquismo… Durante esa época he estado bastantes temporadas fuera de España. Estuve en Colombia, luego he vivido en Francia y Cuba. Cuando yo desperté a la política y a la realidad española en tiempos de Franco, mi obra se empobrece, se empobrece incluso deliberadamente porque suponía, con disculpable desenfoque, que era mucho más importante denunciar algo de lo que estaba ocurriendo a través de la literatura. Lo que no publicaban los periódicos, procuré registrarlo de alguna manera en mi obra. Entonces, la novela que publiqué en tiempos del franquismo más exacerbado, más opresivo, y un libro de poemas, adquieren un valor más ético que estético. Yo me preocupaba que en mi obra se filtrara la condición de una persona que estaba luchando contra el sistema, que estaba en la resistencia, digamos, con muchos escritores de mi generación. Fuimos encarcelados, perseguidos, silenciados. Todo eso naturalmente se refleja en algún libro mío, porque en ese tiempo creí que era más honesto acusar literariamente la realidad española que preocuparme de las contradicciones estéticas de mi obra. Sólo cuando se supera la etapa franquista, vuelvo a recuperar lo que me había sugestionado siempre en literatura. Vista ahora, con frialdad y sin apasionamiento, veo aquella época como una especie de mediocridad ambiental. Todo parecía mezquino y de una hostilidad soterrada, sobre todo para los que estaban en la lucha antifranquista. Tampoco hay que negar que, al lado de eso, la libertad interior de cualquier artista es tanta que puede más que cualquier control externo. Por eso pensábamos que nosotros aportábamos a esa mediocridad una nueva forma de vivir y de beber. Usted bien puede decir confieso que he bebido… Porque aparte de la actividad antifranquista, estaba esa especie de autodestrucción que acabó con casi todos los miembros de aquel grupo de amigos... Ahí se filtraban muchas cosas, el aburrimiento, la necesidad de ir en contra de los convencionalismos, de soliviantar a conciencias timoratas, de enfrentarse al orden establecido, a la moralina ambiental... De todo eso había. Yo he sido muy hedonista, me gustaban los placeres que alegran la vida, que hacen soportable las desdichas y atropellos de la historia, me gusta beber, he buscado placeres de éstos, pequeños placeres, que te puede ofrecer la vida cotidiana, enfrentado a un mundo hostil, a un mundo en guerra, en manos de un ignorante como el señor Bush, peligroso ignorante, fanático del eje del mal. Todo eso me produce escalofrío y procuro, aparte de tomar partido, contrarrestar los malos efectos de todo eso con los buenos efectos del hedonismo. Hablemos de dos de sus libros, primero Ágata ojo de gato… Sigue siendo mi novela favorita, creo que logré hacer lo que quería, creo que es la manifestación de un mito, de la mater terra que castiga a todo aquel que pretende ultrajarla y me inventé esa historia medio legendaria. “Ágata” es un intento de sustituir la historia por sus presuntas equivalencias mitológicas, pero siempre manteniendo esa realidad que responde a la historia verídica del coto de Doñana. Además con ese libro me ocurrió, y eso sí que era mágico no por el método literario sino por sus consecuencias, que conocí a personajes después de haber escrito la novela que eran un reflejo fiel de los que yo me había inventado y eso es muy inquietante y muy apasionante. Conocer en la vida real a personajes de ficción, tuyos, propios, provoca entusiasmo e inquietud. Argónida es para mí una referencia humana ineludible, una complicidad onomástica y buena parte de las memorias las escribí frente a ese paisaje para mí irreemplazable. Es el paisaje natural de buena parte de mi biografía, de mi educación sentimental. Ahora me paso medio año frente a Doñana y eso me ayuda a ir tirando. Cada uno tiene su paraíso privado, y para mí ese paraíso es Argónida. Me inventé ese nombre, con sus deliberadas resonancias clásicas o mitológicas, porque quería buscarle a la realidad de un paisaje, de un mundo concreto, ciertas equivalencias legendarias. A mí no me atraía para nada reflejar la realidad de ese mundo, sino elaborar una aproximación artística, una interpretación distinta de ese mundo. La realidad se me antojaba tan obvia, tan insuficiente, que tenía que cambiarla hasta de nombre. Pero las amenazas de deterioro son constantes por parte de los abanderados del progreso inhumano. Doñana siempre ha estado rodeada de acosos a su integridad, a su equilibrio natural. Yo ando siempre un poco haciendo las veces de centinela privado, y eso me alivia de tensiones. Con Descrédito del héroe hecha por la borda la poesía que privilegia el asunto contra la melodía… Por supuesto. Hace ya tiempo que procuré orientar mi poesía en ese sentido. Nunca me sentí atraído ni por el realismo de vuelo rasante ni por toda esa tabarra del coloquialismo. Y detesto el costumbrismo, venga de donde venga. Eso que llaman la “posmoderna elegía sentimental” me suena a conserva de mermelada. Descrédito del héroe contiene una serie de temas que yo creo están en mi poesía de todos los tiempos, vamos, desde que empecé a escribir poesía. Aquí está más exacerbada la preocupación por rastrear en una zona muy concreta de la experiencia, de mi propia experiencia; este libro tiene algo de memorial nocturno, donde pretendo dar forma literaria a una serie de fijaciones, de obsesiones críticas. En el fondo, el libro posee ciertos dispositivos de crítica moral de las instituciones; sobre todo en lo que se refiere al deseo de desmontar ese crédito tan poco estable sobre la figura del héroe. En su sentido más amplio: el héroe tanto como protagonista de una situación, como arquetipo de esos ídolos de barro inventados por una sociedad caduca, abolida, como era la sociedad española de los años sesenta. Yo soy un lector y un gustador inagotable de los textos clásicos griegos y latinos desde Homero hasta los poetas de la Roma decadente, pasando luego por muchas zonas de esa cultura mediterránea que llega hasta Kavafis. Yo intento, a través del propio lenguaje, aclararme mi propia experiencia, ejercer una crítica de ese lenguaje que me sirva a la vez para investigar en mis fijaciones, en mis fantasmas temáticos; en ese caso el sexo está muy elaborado en el libro; el sexo, la crítica moral y, en cierto sentido, el deseo de aproximarse a una realidad que desconozco. Libros que parecen más escritos por un latinoamericano que por un peninsular… Es posible… A lo mejor es un contagio cubano-colombiano. Aparte de García Márquez y de José Eustasio Rivera, me siento muy ligado a dos escritores cubanos: Carpentier y Lezama Lima que son muy distintos pero en el fondo coinciden en algo de esa fascinación tropical, de ese criollismo que fermenta en el lenguaje. A pesar de que sus poéticas sean muy distintas me han servido de estímulo fundamental y creo que en ese sentido también me siento muy cubano, me siento heredero de una forma digamos antillana de trasplantar a la literatura el mundo vivido. Si tuviese que reconocer un padre literario diría sin pensarlo dos veces el nombre de Alejo Carpentier, su lectura me emocionaba y contenía a la vez, así como en Lezama Lima encontraba la forma de mi tradición barroca en medio del presente. La poética de Lezama está simultáneamente incorporada a su poesía y a su obra narrativa. Paradiso es un libro fascinante. Hay allí páginas que son poemas deslumbrantes, que no creo que se hayan producido en toda la literatura castellana del siglo XX. A lo mejor en algún recodo de la obra de Valle Inclán pueda descubrirse la misma garantía de invención, la revitalización de la lengua. Yo he defendido el barroco toda la vida porque reivindico mi historia, mis tradiciones. Andalucía es barroca desde Góngora hasta la Catedral de Cádiz, no creo que lo barroco sea algo confundible con la retórica, con lo ampuloso o artificial. Ya le he dicho que todo lo que no es barroco es periodismo. Usted admiró mucho la Revolución Cubana… Cuando triunfó la revolución, en los años 1959, 1960 y 1961, Cuba fue un punto de referencia ejemplar en muchos aspectos. Luego la revolución cubana ha dado muchos virajes, muchos bandazos. Hoy es difícil que uno defienda lo que está ocurriendo en Cuba, la dictadura de Castro, pero en aquellos años era un ejemplo de dignificación social. Las transformaciones en el orden educativo, en el orden sanitario, eran magníficas; pero, poco a poco, todo eso fue declinando hacia otro tipo de actitudes. Castro es alguien absolutamente incapacitado para evolucionar, para dar un nuevo viraje a la política interior cubana. Yo no puedo estar de acuerdo con la actual Cuba, pero estuve muy de acuerdo con la Cuba triunfante después de la revolución. Ha sido una decepción para mí y para muchos. Me irrita tanto como me irritan los anticastristas. Me pasé media vida en la lucha antifranquista, pero la dictadura castrista sólo la defendí en su primera etapa. Y sigue fungiendo, a su edad, de radical, incluso ha publicado un Manual de infractores… Sí, me considero un radical. Cuando hice el libro de Espronceda me agradaba todo eso que tenía el romanticismo de insumisión, de rebelión contra una sociedad retrógrada, inmovilizada por el influjo de la tradición. Yo detesto a los obedientes, los sumisos, los bien pensantes, a los gregarios, los curas neo franquistas, los adictos a la intolerancia, a la mentira, a los fundamentalismos......, a todos esos botarates que aceptan sin rechistar lo que les mandan y van por ahí con la divisa del pensamiento único. Para ellos vivir al borde de la vida o es un delito o un pecado... Escribir bien es una forma de rebeldía, un ajuste de cuentas, de resistencia contra los acosos de una realidad que consideras detestable. A lo mejor se escribe para que alguien, una persona concreta, se indigne con lo que dices y también para que alguien se alegre compartiendo tus ideas. Ahora dígame, para terminar, cuales son los recuerdos más recurrentes de su vida en estos ochenta y un años cumplidos… El registro de mi casa por los falangistas. Una atrocidad, gente maleducada y violenta. Luego, la muerte de mi madre. Yo perdí allí algo. No había cumplido como hijo, eso siempre se piensa. Y, después, la cárcel, la temporada que pasé en Carabanchel. Era el año 1964, habíamos presidido una asamblea por la amnistía de los presos políticos, en la Facultad de Derecho. Una claustrofobia fatal. Miedo de que se olvidaran de mí. Quedarte allí con la barba crecida, envejeciendo, solo...
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© Harold Alvarado Tenorio (Buga, Colombia, 1945) hizo estudios en la Universidad Complutense de Madrid, donde recibió titulo de Doctor en Letras. Es Profesor Titular de la Universidad Nacional de Colombia y Director de la Editorial y Revista de Poesía Arquitrave. |
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Jorge G. Aranguren La aparición de este libro en el catálogo de un distribuidor supone, o así me lo he tomado yo, la reparación de una ofensa que el tiempo me debía desde 1979, año en que compré otro del mismo autor, De fuegos, tigres y ríos..., premio Adonais de 1976 (ya ven que lo mío con ciertas colecciones es fijación). Desde aquel momento, y como si fuera la mujer recordada por Everett Sloan, no hay mes que no haya sentido la necesidad de volver a sus páginas, a aquella terrible suavidad de las tardes vencidas y las muchachas cuyo amor se perdía sin brusquedad, con alivio, cada cuerpo una lectura más ante la que entrecerrar los ojos para no saber que ya el encantamiento de las palabras, o de la piel, nos había abandonado. Nunca volví a encontrar un libro de Jorge Aranguren, ni ninguna referencia acerca de él, pero mientras cambiaban mis amores, también los humanos, mantenía mi cita con “Glub”, el poema más hermoso, triste y vital del libro. Hace un par de años me topé con un poema suyo en una revista, creo recordar que en Cuadernos del Matemático, pero la mala fortuna quiso que el ejemplar se perdiera entre los otros muchos que por aquí sobreviven malamente a los constantes cambios de orden, y nunca he sido capaz de recuperarlo. Hasta ahora, cuando entre las páginas manoseadas de un catálogo, encontré la portada, un tanto oportunista, el título y, sorpresa, el nombre del autor ya fuera del bucle al que lo condené durante casi treinta años. De un abril frío está conformado por quince relatos, de varia lección e intención, sin que haya una verdadera unidad temática o estilística; caben aquí la llamada de atención acerca de las víctimas del terrorismo etarra, el relato fantástico, la ensoñación, la mirada a los años sesenta desde una perspectiva realmente original, la broma erudita y pedante... es el tiempo el que ha reunido verdaderamente estas piezas; lo que las amalgama es su voz, una voz baja que entona las palabras despacio, no con impostada sabiduría o con altivez, ni con desorientación. Los personajes de Aranguren, el mismo Aranguren cuando ejerce de narrador, hablan con la parsimonia de quien descubre, o quizás lo descubrió hace tiempo, que es así como vivieron la vida, como les toca vivir la que les queda, incluso la que ya terminó. He vuelto, leyendo cada uno de estos relatos, ha imaginarme al hombre que en una cafetería de carretera susurra para sí: “así que la derrota es esto...” A.M.R.
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© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), y “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000). Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003). Su último poemario "Salvoconductos" ha resultado ganador del III Premio Café MOn 2006. |
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50 años de Pasos sin huellas Un escritor me comentó en cierta ocasión que a veces, los libros eligen a sus lectores que son esos objetos aparentemente inanimados, aunque llenos de vida, los que nos eligen. Y puedo afirmar que esto es absolutamente cierto. A mí me sucedió con “Pasos sin huellas” de Fernando Bermúdez de Castro, un libro que pasó a ser uno de esos de “nuestra vida” y cuyo recuerdo me va a acompañar el resto de mis días. En el verano del 85 mi padre se fue a pasar un par de semanas ala playa con mis hermanos. Yo, alegando que tenía que estudiar las dos asignaturas que me quedaban para acabar la carrera me quedé en nuestra casa de la sierra madrileña. Aquella casa, había sido el cuartel general de verano de tres generaciones y estaba llena de todo tipo de objetos y por supuesto de libros. A lo mejor alguno de vosotros ha estudiado Derecho y recuerda el tremendo “coñazo” que era el Mercantil de 5º y el Civil, también de 5º. A ellos les debo esta satisfacción , pues incapaz de avanzar con aquel par de “ladrillos” una tarde alargué el brazo a una de las estanterías del salón donde había organizado mi cuartel general y cogí el libro “Pasos sin huellas” de F. Bermúdez de Castro. Comencé a leerlo y ¡oh sopresa! , el que hablaba era yo: “A los pocos días de mi llegada me embriagué como un patricio de las Guerras Civiles, época en la cual según he leído, los patricios romanos bebían desmesuradamente. También he leído que ningún mamífero es tan propenso a la melancolía como el homo sapiens…” Embriaguez y melancolía, dos situaciones que me eran muy, pero que muy familiares en aquellos entonces y que generaron una corriente de simpatía e identificación con el En esas se encuentra en el Londres de los 50 nuestro amigo Martín, rodeado de un círculo de amigos “pre-existencialistas”, algún escéptico y algún cínico, y bebiendo los vientos por una “vikinga” de las que”quitan el sentido” hasta que, como no podía ser de otra manera, el AMOR (CON MAYÚSCULAS) acude al rescate de su anodina y abúlica existencia. Huguette de Guenard. Es el nombre de la heroína que llenará de sentido la vida de Martín y que con la excusa de escribir juntos un relato irá ganando el corazón de el hasta hacerlo suyo… Estamos ante una bonita historia de amor , quizás un amor que alguien hoy en día calificaría de “ñoño” o de pacato y que yo personalmente creo que es mucho mas auténtica y original que otras muchas historias de amor más del gusto actual. A mí personalmente me llegó. Puede que fuese por las afinidades entre Martín y yo , o quizás porque el se enamora de una chica morena de ojos oscuros , delgada, alta y con un cierto aire de distancia que no es mas que una máscara para ocultar su tímidez , y sobre todo de profundos principios y creencias, y yo estaba entonces y estoy hoy enamorado de una chica alta, morena de ojos oscuros … En fin para los que leen con pasión es fácil alcanzar una simbiosis como la que os relato con un personaje pero en mi caso como entenderéis a continuación esa identificación fue mayor. En el verano del 91 Patricia (mi alta , morena y adorada mujer)organizó un viaje por Asturias junto a María y Jorge matrimonio amigo y también recién casados (desde aquí un abrazo para ambos) y yo mismo. Una noche cenando creo que en Tazones , comenzamos a hablar de libros y lógicamente yo mencioné Pasos sin huellas de Fernando Bermúdez de Castro… —¿De quién has dicho? —me preguntó María. Resultó que el autor de aquella maravillosa historia era tío suyo, y no sólo eso sino que además cuando al día siguiente llegásemos a Vivero (Lugo) era posible que en la tercera planta de la magnífica casa que la familia de María poseía allí, era posible,repito, que pudiese conocer ¡A FERNANDO EN PERSONA!
Recientemente volví a leer la novela y aunque al conocer la historia y sobre todo el desenlace, no es lo mismo. Fue como ver al cabo de 20 años un “peliculón” de los de antes. La misma emoción, aderezada por recuerdos de aquel verano, de Fernando (no volví a verle después de esa tarde), de Patricia que después de aquella tarde decidió leer la novela, y de alguien a quien le acababa de recomendar su lectura y prestar el libro para que lo hiciese. Por eso cuando los compañeros de Ariadna me comentaron la idea de sacar este número (desde aquí mi enhorabuena a Pedro y Antonio por su gran labor) les pedí que me dejaran reseñar 50 años mas tarde esta novela absolutamente olvidada de los grandes circuitos pero presente en la memoria de muchos de los que la leímos. Un amigo escritor, Justo Merino; me comentó en una ocasión que si una historia de amor queda escrita esa historia puede “resucitar” tantas veces cuantas una persona abra ese libro y comience a leerla. Vuestra historia, Huguette y Martín, nunca morirá porque la pluma de ¿uno? de vosotros se encargó de que esa historia ganara la inmortalidad. Yo se lo pregunté a Fernando aquella tarde en Vivero, no lo pude evitar: “¿fue autobiográfica?” Su respuesta no la olvidaré jamás: “hombre todas las historias tienen algo de autobiográfico”… Muy gallego ¿verdad?
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© Manuel Grandes |
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![]() En vuelo, la música de Crisopa busca las nubes y se adapta a ellas como una fina membrana que recubre las circonvoluciones de esos cerebros aéreos que por lo menos, mientras suena, podrían ser nuestros. Crisopa es el nombre tras el que se oculta Santi Lizón, un músico madrileño de formación clásica y alma electrónica. Crisopa posee unas alas transparentes y un sonido que absorbemos intensamente alcanzando ese lugar incierto donde reside la calma y el horizonte. Una de sus composiciones "Óvulos" regula los púlsos del corazón de Ariadna desde enero del año 2006, asociado a los versos de Jesús Urceloy en la entrada al laberinto.
En los últimos años las música electrónica es uno de los campos más abiertos, polimórficos y generativos del panorama actual, alimentando continuamente al resto de disciplinas musicales. La música de Santi Lizón es buena muestra de una de las vertientes de la música electrónica, en las que la abstracción, el error o los ritmos marcados ceden paso a melodías subterráneas y planeadoras. Crisopa sabe elaborar a la perfección texturas de alta emotividad y capacidad evocadora con elementos del ambient más heterodoxo, paisajes cósmicos y un tratamiento de la melodía a la vez sutil y contundente. Músico en constante evolución sus dos últimos temas subidos a la red, "North left" y "Another flying cathedral" han empezado a incorporar melodías generadas por voces humanas como un elemento más de un delicado trenzado en el paisaje sonoro. Sigo vigilando las nubes a través de alas pobladas de líneas sonoras y fugas electrónicas. Desde mi ventana recibo destellos del horizonte y una imágen intermitente de Crisopa remontando el vuelo sobre el laberinto. www.myspace.com/crisopa
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© Pedro Díaz Del Castillo (Madrid, 1962) Enfrascado en el aspecto estético de ariadna-rc desde sus comienzos, tiene el atrevimiento de insertar sus textos de tanto en tanto entre los pliegues de las ropas de ariadna, cosa que hace con sumo placer, humildad infinita y esperanza en que algún lector pueda disfrutar timidamente de ellos. Desde el móvil perpétuo www.mpp2.org |
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El poder de las palabras
La vida es una sucesión de imágenes y sensaciones hechas con el color y la textura de las palabras. ¿Acaso nunca se ha preguntado el poder que tienen las palabras?. Una palabra dicha o callada a tiempo, ¿cuántas situaciones puede cambiar?... ¿Cómo sería nuestra vida, nuestra existencia, sin palabras? ¿Sin poder expresar todo lo que sentimos, todo lo que nos sucede, todo lo que queremos contar? ¿Cómo expresar el cariño y la ira? ¿Cómo sería un mundo sin palabras? (...) pero al principio todo esto nos llevó a la ruina, nos quitó, sin restituírnoslas nunca, sonrisas y llanto, rabias e insultos, dulzuras y cortesías. (...) (...)Yo amo a Primula. No puedo hablar con ella, y siento esta falta como un desgarro, un dolor sin fin. No me bastan y no le bastan los gestos, las caricias, las miradas: todo ello es de una dulzura animal que colma sólo una mínima parte del espacio común: como un continuo responder sin preguntas. Como si para pintar tuviera de todo, excepto los colores. (...) (pág. 112 y 113) A esta reflexión nos invita Roberto Vecchioni en su libro “EL LIBRERO DE SELINUNTE” publicado por Gadir Editorial . Nos invita en una espléndida narración, fábula, cuento, donde nos describe un mundo sin palabras y el mismo mundo antes de que éstas desaparecieran a través de un pueblo Selinunte y de uno de sus vecinos Nicolino. Esta narración es un canto a la palabra, al amor que siente este escritor por ellas, también es un canto a los libros y a todas las historias escritas en ellos que nos cuentan la vida y la existencia atravesando el tiempo y las épocas. Selinunte es un pueblo construido en un valle entre dos ríos, desde Selinunte se ve el mar Tirreno y la vida de sus gentes pasa literalmente en él, en sus corrillos a la fresca, en sus calles, en sus plazas y en sus casas, entre sus vecinos, en sus fiestas. Selinunte es un pueblo vivo al que llega un hombrecillo, que se convierte en la comidilla de todo Selinunte y compra un establecimiento viejo donde pretende abrir una librería. Todo el proceso sigue adelante, la librería se abre, pero los libros no se venden, el librero ha colocado treinta sillas en el centro del establecimiento flanqueado por columnas de libros. En la librería no se venden libros sólo se leen, cada noche el librero abre la tienda, coge un libro se sienta en su lugar y empieza la lectura haya o no oyentes. Esta costumbre incrementa el recelo de las gentes de Selinunte que lanzan piedras al cristal de la librería, se niegan en los comercios a vender al librero los productos necesarios para vivir, le insultan... Pero hay un vecino, Nicolino, un chaval de trece años que se resiste a comportarse como sus convecinos, se resiste a formar parte de sus despropósitos, y la curiosidad instalada en su cuerpo hace que trame un plan para ir a las lecturas del librero de Selinunte. La vida de Nicolino cambia: (...) a medida que pasaba el tiempo, lograba distinguir mejor las palabras o aquellas que a mí me parecían palabras. Y las encontré bellísimas, como si tuvieran un cuerpo, una vida (...) (...) En aquellos dos meses el tiempo de las palabras se había convertido en mi verdadero tiempo (...) Aunque Nicolino ame las palabras como el librero las ama y ama los libros y las historias, no puede evitar la catástrofe propiciada por el recelo y la intolerancia de sus vecinos y que sumerge a Selinunte en el silencio total, tras la quema de la librería y la desaparición de los libros. (...) Se levantó un viento dulce, y a mí, a mí solo, me pareció oír dentro de él palabras: las últimas, quizás, porque ninguno de nosotros podía imaginárselo, pero desde aquel día las palabras se habrían marchado para siempre. (...) El sólo. Sólo él. Nicolino tendrá capacidad de guardar para siempre en su interior cada una de las palabras y será el único que conocerá su poder. Pues sus convecinos todos aquellos que habían renegado de ellas, de los libros, y de sus historias, desde el día más trágico para Selinunte olvidaran cada una y conocerán que pobre resulta la existencia sin ellas. “EL LIBRERO DE SELINUNTE” es un fantástico cuento, que se convierte en vital para todos los amantes de los libros y en necesario para todos los humanos. Es un verdadero homenaje a la palabra. Leandlo por favor. Háganse ese regalo.
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© MARIA AIXA SANZ, (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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Que el fuego recuerde nuestros nombres
La realidad, definitivamente, es el punto de partida y también el punto de llegada. Se pueden atravesar distintas veredas, pero todas arrancan y concluyen en ella. Este extenso poema supone un acercamiento a lo real de Antonio Orihuela distinto al que suele frecuentar, alejado de su ironía e inmediatez habituales. En Que el fuego recuerde nuestros nombres , el poeta ubica al yo poético en una posición más distante en su punto de observación, con una serenidad escalofriante, que ejecuta una retrospectiva de los hechos que construyeron sus días, su forma de pensar y de sentir desde la desolación de la derrota ante la inminencia del desastre: “estoy agotado / y el mundo se ha vuelto viejo y polvoriento / (…) / así que adiós / (…) / os regalo este saco de huesos y estos ojos azules”. A partir de ahí, presenta un largo recorrido de despedida, sostenido por un pesimista “Todo caerá” que es el eje del discurso. Mediante la continua anáfora “Adiós...”, al mismo tiempo que consolida la peculiar cadencia y ritmo y la especial intensidad del poema, Orihuela rememora todo lo que ha constituido la vida del siglo XX, aludiendo a referencias concretas, despidiéndose de ellas. Sin embargo, lo que a priori podría ser un texto autobiográfico, individualista, gracias a la amplitud de la mirada del poeta supera la perspectiva personal, la cercana, y se convierte en un condensado repaso a la historia y cultura de la segunda mitad del pasado siglo. La reconstruye, en un contexto de última vez, para anunciar su irremediable destrucción, su relatividad ante la inminencia de la muerte. Así, consigue trascender su resignación inicial y se convierte en una despedida metafísica, en un “todo caerá” (explícito en los últimos quince versos) que se enlaza con el tema clásico de la muerte, la cual arrasa con todo sin concesiones, con igualdad e idéntica frialdad. Pero en el trayecto levanta un sugestivísmo edificio. No son, por tanto, sólo interesantes sus conclusiones, sino también cómo horada el camino. En ese sentido, es muy significativo que apele a hechos colectivos, a acontecimientos históricos o a personajes de relevancia, fuera de su esfera exclusivamente particular (aunque aún hay sitio para su “Adiós monstruo que vivías debajo de la cama, / adiós nervios, miedos, inocencia, almohada”). La vida que recorre Orihuela es la vida de los habitantes del mundo, porque entiende que tiene más semejanzas que diferencias con el resto de personas, y que todos partimos del mismo magma. De este modo, también aquí de nuevo plantea que se difuminan las barreras entre la vida privada, inconexa, aislante, egotista, y la colectiva, abierta, enriquecedora, generosa, y que todo afecta a todos (por lo que puede actuarse sobre lo concreto para incidir en lo global). Y es que podemos participar en su recorrido precisamente porque hacemos nuestras sus referencias; porque nos ponemos a la par del yo poético mientras camina, y así sus recuerdos son también los nuestros y los de todos los que nos rodean. De esta manera, el poeta también aquí recoge las interpelaciones, las alusiones directas al lector que caracterizan otras obras suyas. No hay en esta ocasión preguntas retóricas que descuadren al público o ironía que precise de su colaboración, tan habituales en sus poemas, sino que se le invita directamente a enriquecer el texto compartiéndolo, exponiendo las piececitas que lo sustentan con el fin de que el lector añada otras o las dé la forma definitiva. Por tanto, no es todo ese discurso un mero juego referencial. No busca el guiño cómplice del reconocimiento del lector. La severidad y la contundencia de la despedida es el ancla que permite no interpretar el texto como un banal ejercicio lúdico, y la desoladora conclusión que vertebra el poema es incapaz de dar pie a ello. El poeta abre sus puertas, pero él continuará igualmente solo su marcha si nadie desea acompañarlo, y el rastro seguirá poseyendo la profundidad y la reflexión que en sí mismo contiene. De Que el fuego recuerde nuestros nombres destaca sobre todo su intensidad, que se mantiene de manera continua. Probablemente, una de sus bazas es el aporte continuo de información, que, como hemos dicho, alude doblemente al lector, y, del mismo modo, le resitúa en la plataforma emocional desde donde va descendiendo la voz del poema. El ritmo, construido en verso libre sostenido por la anáfora y por los paralelismos, tan propios de Orihuela, también contribuye a no dejar relajarse al lector en ningún momento a pesar de su extensión. Es significativo, por otro lado, que, a pesar del tono y sentido del texto, incluso del distanciamiento inicial, los versos contienen la habitual crítica con buenas dosis de síntesis inherentes a Orihuela. La alternancia de sencillas alusiones culturales, valoraciones más descriptivas, con conclusiones contundentes y disidentes de otras referencias potencia en gran medida la fuerza sus condensados análisis críticos, y conjugan un mosaico ante todo no complaciente con lo establecido, y que, de nuevo, apela a que el lector contemple y enjuicie la realidad, y no sólo asista a ella como espectador. Así, resulta especialmente remarcable que el poema ofrece múltiples lecturas: una filosófica, base de todo él; una cultural, como recorrido por toda una experiencia vital (que es personal-colectiva, como he indicado); una puramente lírica, de la impresión individual del autor sobre el mundo; otra crítica sobre la sociedad global (pues enjuicia de manera disidente el conglomerado que forma el statu quo ). Esa polivalencia es que la sustenta las grandes obras de la literatura. Que el fuego recuerde nuestros nombres es, por tanto, un libro que avanza en la poética de Antonio Orihuela (además de su poesía experimental y visual y su poesía de la conciencia), que revela nuevas capacidades técnicas y expresivas del poeta, aunque coherentes en todo momento con sus propuestas, y que demuestra que la capacidad crítica de la poesía es cuestión de gesto en el poema, de posición, de actitud vital que empapa toda creación por encima de pretendidos encasillamientos estéticos.
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© Antonio García-Teresa |
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En picado
La base del volumen es, por tanto, esas cuatro personas, que están construidas exquisitamente. Cada uno de los personajes es una novela en sí, aunque con ellos el autor no busca provocar empatía o compasión. Son universos distintos, repudiables en muchas ocasiones, hermosamente complejos, que no dejarán indiferente a nadie a pesar de no pretenderse crear una vinculación, una identificación con el lector.
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© Antonio García-Teresa |
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ORBITUARIO
Osvaldo Navarro padeció el exilio maldito durante 15 años hasta su muerte. No podía regresar a Cuba ni siquiera a ver a sus familiares ni sanos, ni enfermos, tampoco a sus muertos. Así de brutal es el exilio maldito. Un exilio que no tiene la gloria de aquellos producidos por las dictaduras militares y de derechas. Esos sortearon la travesía desértica, rodeados de la solidaridad de las izquierdas. Estas regatean cualquier gesto de mínimo apoyo a los perseguidos de la dictadura castrista, aduciendo que son instrumento del imperialismo en su afán de aplastar “el solitario socialismo en la isla”. Antes de partir, atravesado por el rayo demoledor de un infarto masivo, Osvaldo Navarro logró concluir tres libros : Melodías de Amor, Horror al vacío, éstos dos de poesía y Las Paces de Martí , ensayo teórico donde Navarro establece cómo en Cuba fue derrotado el proyecto civilista de Martí por el militarismo. Por ello, nos recuerda su compañero de exilio Félix Luis Viera: para Osvaldo fueron premonitorias las palabras de Martí dirigidas a Máximo Gómez “No se funda una república, general, como se manda un campamento”. El exilio maldito implicó para Osvaldo confrontarse con dolor a los tres mundos de Miami: el integrado por el originario de batistianos, el de la camada masiva del Mariel y el creciente de intelectuales disidentes del castrismo pero identificados con las causas de izquierda. Como parte de éste tercer universo Navarro sufrió el rechazo de las élites de poder de Miami y tuvo necesidad de laborar en sus cercanos 60 años, primero como cerillo en un Mall y después como carpintero. Siempre apoyado por Elena Tamargo, su amor, su cómplice y todo Osvaldo vivió con intensidad el privilegio de los años de la Glasnost y la Perestroika en Moscú, todavía como funcionario cultural de Cuba. Quizá esa experiencia y su espíritu crítico y rebelde lo llevaron a salir de ese mundo y adoptar la resistencia por medio de su extraordinaria pluma. Ejemplo de esa crítica corrosiva y al mismo tiempo gozosa es Hijos de Saturno. ¿Que todo esta muy bien? yo creo que eso ni el mismo caballo lo cree porque no hay que ser muy inteligente para darse cuenta que los caballos dicen sí con la cabeza pero con esa misma cabeza están pensando que no y sus motivos tienen porque mientras dicen sí lucen obedientes y generosos pero en cuanto se les ocurre mover la cabeza de un lado para otro ya parecen deslucidos y resabiados del amo… Nunca más exilio maldito Publicado en Milenio, periódico mexicano, sábado 9 de febrero de 2008 |
© Joel Ortega Suárez |
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Doris Lessing, a propósito del Premio Nóbel
Cuando a Doris Lessing le dieron la noticia de que le acababan de conceder el Premio Nobel de Literatura de ese año (2007), ella venía de comprar del mercado de su barrio londinense, llevaba en cada mano una bolsa de plástico por las que se asoman puerros, cebollas y otra clase de verduras, llegó a su casa cargada y le sorprendió la cantidad de cámaras y prensa que se agolpaba en aquella tranquila calle, pensó que debían estar rodando el capítulo de alguna serie televisiva y fueron los mismos periodistas quienes le dieron la noticia de que acaba de ser galardonada con el máximo premio de las letras. Nadie después del Nobel puede aspirar a más. Con la humildad, normalidad y sencillez características en ella, se sentó en un escalón de los tres o cuatro que hay en la pequeña escalera que hay enfrente del rellano de la puerta de su casa y dentro de la estupefacción del momento y dadas las ansias que creaba en aquellos periodistas improviso una afable y campechana rueda de prensa, una de las cosas más importantes que dijo fue que ahora la leerían más lectores y que algunos la descubrirán en ese momento debido al Nobel. Cuanta verdad recogían estas palabras. Doris Lessing antes del Nobel para muchos lectores maduros era una lectura pendiente, dentro de las cientos de novelas y decenas de escritores que pasan una criba anual en las manos de los lectores, Doris Lessing, en mi caso y en la de muchos quedaba relegada para otra ocasión. Era nuestra lectura pendiente, una espina por quitar en la biblioteca. Como consecuencia del galardón todas las editoriales que tenían libros de la escritora en su anaqueles no duraron ni un instante en reeditarlos con nuevas portadas y con la faja correspondiente anunciando que aquel libro pertenecía a la Premio Nobel de Literatura de 2007.
En ese momento la lectura pendiente casi se torno en una obligación. Era ya la hora de leerla. Aunque no era tampoco asunto de urgencia. Pero por ese hilo invisible por el cual se mueven las lecturas y se acercan a nosotros unas y no otras y un libro o escritor te lleva a otro, una persona querida me regalo la novela “LA GRIETA”, de Doris Lessing, publicada por la editorial Lumen (que inicia con este título la Biblioteca dedicada a la escritora), me comentó que ojalá hubiese acertado entre la marea de libros que se nos ofrecen. Y acertó. Acertó de lleno por tal motivo siempre le estaré agradecida.
“LA GRIETA” es una aventura, es arrancarle otra posibilidad a la literatura, es poner la imaginación al servicio del lector, es una novela que solamente puede haber sido escrita por una escritora en mayúsculas, una maestra en su oficio. Eso es lo cierto. Esa es la incuestionable verdad de esta premio Nobel.
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© MARIA AIXA SANZ, (Alcalà de Xivert, 1973). Diplomada en Ciencias Empresariales por la Universidad Jaume I de Castellón.Debuta en el año 1998 en la literatura con el relato “Tetrarca del reino de la nada” que le abre las puertas editoriales para participar en diversas antologías colectivas de cuentos y revistas literarias. ‘EL PASADO ES UN REGALO’, la publicación de su primera novela en el año 2000 le otorga gran éxito de público, al que le acompaña en el año 2001, la publicación de la segunda novela ‘LA ESCENA’ . Su tercera novela: ‘ANTES DEL ULTIMO SUSPIRO’ aparece publicada en Otoño de 2006 en diversos formatos. Finalista del IV Certamen “Edisena” de cuentos Cortos-Cortos, con ‘Peregrinaje de un derrotado’. Publicado en el libro el Cuarto de los Cuentos. El relato ‘Lindo O. Santos’, en el año 2002 es escogido por la editorial Torremozas para representar a la literatura española en un libro de cuentos junto con otros ocho países de Hispanoamérica. Esta participación genera criticas extraordinarias que la dan a conocer en la prensa de América del Sur. En julio de 2006 aparece publicado el relato: ‘Nerina Rombaldoni’ en la internacional y prestigiosa revista Voces. Colaboradora fija con artículos sobre literatura en el periódico ‘Etcétera’ de Zaragoza desde el año 2001, distribuido por España, México, Argentina, Chile y Perú. Y en las revistas: ‘Dosdoce’, ‘Nemeton’, ‘Mainhardt’, ‘Almiar - Margen Cero’, ‘Literaturas.com’ y ‘Palabras Diversas’. Sus artículos para el fomento de la lectura también se publican en el periódico ‘Etc. Magazine’ de Buenos Aires, Argentina, en la web ‘Libreros’ de Caracas, Venezuela, la revista ‘Destiempos’ de México D.F. y en la revista ‘Remolinos' de Lima, Perú. Corresponsal desde Castellón de la revista ‘Literarte' de Buenos Aires. |
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Traducido al inglés, el francés y el italiano el poema el desterrado, de Julio San Francisco.
El Desterrado fue escrito por el poeta cubano disidente Julio San Francisco en Madrid, en octubre de 1997, cuando llegó desterrado a España por ser cofundador de la primera agencia de prensa libre y privada en Cuba, Habana Press, y del Movimiento Cubano de Periodismo Libre o Independiente. El autor lo publicó posteriormente en la autoedición que hizo de su poesía Todo mi corazón y otros agravantes, poemas escritos en La Habana y Madrid. En el 2005 la catedrática Nuría Rodríguez Lázaro, talentosa investigadora y estudiosa de la poesía del exilio, lo estudió en la Universidad parisina de La Sorbona, en su grupo de estudio. En enero del 2007 el poeta recibió un homenaje del exilio cubano en Madrid por conmemorarse los diez años del antológico texto donde hablaron de la vida, la lucha y la obra suya el poeta Raúl Rivero y el filólogo Nicolás Águila. Actualmente El desterrado ha sido traducido al inglés, al francés y dos veces al italiano y ha aparecido en los últimos tres años en más de 100 medios digitales, páginas webs y blogs, de todo el mundo, incluidos, claro, franceses, italianos y, sobre todo, cubanos del exilio. Refiriéndose a El desterrado dijo Rivero en el mencionado homenaje “Creo que Julio San Francisco, en un país que ha producido en su historia más poetas desterrados que todo el continente americano, ha hecho un hallazgo que tiene que ver con el milagro de la poesía”. Probablemente El desterrado se haya convertido en el poema cubano más traducido, publicado y conocido en internet en la actualidad. Ha aparecido, incluso, junto al Himno del desterrado, de José María Heredia. Julio acaba de terminar la novela Nacido para triunfar, la apasionante lucha de un periodista cubano disidente, que tiene prólogo del prestigioso académico de la Academia de la Lengua Española Luis María Anson, y otro libro que recoge toda su poesía del exilio y que también ha titulado El desterrado. Para ambos libros busca editores actualmente y, en el caso de la novela, también productor que se interese en llevarla al cine. (Sonsoles Jimena, El Club de los Amigos Malos)
El parque madrileño que frecuento Julio San Francisco
Traducción al inglés de Cristina Sadaba The park of Madrid where I usually go
Traducción al francés de Helena Aguirrebengoa Ce parc de Madrid que je fréquente
Primera traducción al italiano de Gordiano Lupi Il parco di Madrid che frequento |