C3 Operación Úrsula. Crónica de un hundimiento (*)
por Antonio Polo

 

(*) Finalista en el Premio de Relato Constantí 2006
”Historias de la Historia”
Noviembre 2006

 

 

 

“C3 Operación Úrsula”. Crónica de un hundimiento.

Poco después del mediodía del 12 de diciembre de 1936, el submarino “C3” de la armada republicana desapareció bajo una espesa nube de humo blanco. La nave, al mando del comandante Antonio Arbona, se hundió con treinta y siete marinos y quedó sumergida en el olvido hasta que medio siglo más tarde se descubrieron sus restos frente a las costas de Málaga . Fue entonces cuando el sumergible conquistó de nuevo el derecho a tener un lugar concreto bajo las estrellas: [N 36º 39' 52,5'' W 4º 21' 33,5'']

 

 

I

 

ALEJANDRO CASTELVECCHIO. Desde algún lugar del Mar Mediterráneo .

 

 

Madrugada del doce de diciembre de 1936. Estudios centrales, ¿me recibís? Parece que hay alguna interferencia. ¿Me oís? Repito, me encuentro a bordo del submarino de la Armada republicana “C3”. Su comandante, el alférez de navío Antonio Arbona acaba de ordenar inmersión y las luces —como de costumbre— parpadean hasta que la nave finaliza la maniobra. Desde hace semanas todo lo relativo al submarino republicano abriga un desacierto de tal calibre que las faenas más sencillas parecen haber caído en una rutina de averías y fallidos zafarranchos. Por eso las luces se mantienen ahora en un rojo tan mortecino que el Cabo Electricista Ruiz no se toma a guasa las bromas de sus compañeros. “Rojas nos las van a dar como no arregléis ese cuadro eléctrico” —retumba desde el fondo de la sala de torpedos la voz atronadora de Fulgencio Conesa, el segundo Auxiliar de Máquinas. Y es que en un submarino nada puede tomarse a broma, menos aún en uno al que le falta un motor. “Gracia, ninguna” —añade muy serio Benito Pardillo el Fogonero. La idea de patrullar al anochecer en un sumergible que se escora descompensado por el vacío que el motor ha creado, no es precisamente la noticia que esperaban los hombres, como tampoco lo era permanecer sumergidos bajo una luna tan llena y acusadora que los rizos del agua parecen arder como lamparillas de difuntos en un tazón de aceite. Por eso a Fulgencio Conesa no hay quien le rechiste, y así lo han entendido todos, incluso el cabo Ruiz que ahora puentea uno de los conmutadores con la intención de destripar por completo el maldito cuadro. Nadie sabe adónde los puede llevar de nuevo otra avería, solo saben que el submarino está a cuatro millas de Málaga, así de medio costado, con ese abandono de ballena varada que acaba de tragarse a medio centenar de hombres, la mitad de los cuales —por la ley de la “Cama Caliente”— duermen mientras la otra mitad le ajusta las cuentas a semejante mastodonte, a todas luces, una bestia parda de setenta y tres metros de eslora que desplaza más de mil doscientas toneladas bajo el agua.

 

La patrulla.

 

“Gracia, ninguna” —ha respondido el Cabo Radio Constantino Blanco a la Comandancia de Málaga nada más empezar la guardia. “Pero ninguna, pisha” —asiente su interlocutor. Y comoquiera que a veces las órdenes de la Comandancia se cruzan con las emisiones de radio de la península, de Tánger o de otros buques mercantes que enfilan proa al Estrecho, Fulgencio el Maquinista le ha preguntado si el asunto de jugarse el pellejo a la luz de la luna no sería una treta del mismísimo Queipo de Llano. “Ese cabrón es capaz de ganar él solo la guerra agarrado a un micrófono”. “Vete tú a saber” —le ha respondido el Radio mientras transcribía las órdenes en el cuaderno de guardia.

— “Toma y llévaselo al Segundo, que se va a poner contento” —añade el cabo Blanco.

Fulgencio que es de Cartagena y ha tragado ya mucha mar, enfila el corredor con diligencia a pesar de la escora que ha transgredido decididamente el centro de gravedad de la nave. Diríase que apenas roza el suelo, y en media docena de zancadas se planta delante del camarote del segundo comandante. Con los nudillos golpea levemente el mamparo que separa el habitáculo de la Cámara de Derrota, y el gesto, a priori imperceptible, ha hecho asomar la cabeza al Cabo Radio que acaba de despedir sin contemplaciones a su colega de Málaga.

— “Mi segundo, un radio de la Comandancia” —le dice acercándole la transmisión.

De Segundo Comandante el “C3” lleva embarcado por la regla del nueve a un Oficial de la Marina Mercante que hasta hacía seis meses gobernaba un carguero sin más complicaciones que la de acertar a la bocana del puerto en una noche de niebla, y de eso hace ya tiempo que se ocupan los Prácticos. Sin embargo, el Ministerio de la Guerra opina que una cosa es tener bajo su mando a toda el arma submarina del país y otra muy distinta mantenerla a flote y operativa en medio de una guerra. “Vamos ni que fuera lo mismo navegar por arriba que por debajo” —sentenció el Fogonero Pardillo el primer día que lo vio llegar. Pero es que desde el punto de vista de un fogonero es muy difícil convencerse de que todo lo que baja pueda llegar a subir, sobre todo cuando hablamos de un barco que además no tiene chimenea. “¡Solo hay que fijarse en lo que pesa este bicho!” —suele repetir Pardillo en esas ocasiones.

Pumba, pumba, pumba. Tres llamadas que parecen llegar desde el infierno impiden al Segundo García Viñas leer el radio de Málaga. Otra vez pumba. De proa a popa, como si fueran bolardos, se alinean ahora las figuras hieráticas de Joaquín Ruiz al fondo de la sala de torpedos mientras espera una señal del cuadro eléctrico, la de Constantino Blanco a medio camino entre los onstan de marinería y la Sala de Derrota, y la de Fulgencio Conesa pegado al mamparo del camarote del Segundo. Entonces los tres se miran, y comprenden que algo ha ocurrido en la sala de baterías. Pumba y pumba nuevamente. Entonces el caos se apodera de la nave. Las luces que hasta ahora procuraban una visibilidad de combate, vienen y van, aumentando así la sensación de alarma.

—¡Superficie! —ordena el comandante. ¡Soplen tanques! ¡Embraguen los motores térmicos!

En apenas medio minuto, la nave cabecea y se desboca como una ballena directa hacia la superficie. El submarino encabritado se eleva varios metros por proa y se deja caer en mitad de la noche como si acudiera a un cortejo de cetáceos.

—Abran escotillas y descubran el cañón de ochenta y ocho —ordena el comandante tratando de no perder el equilibrio.

Visto y no visto. Abiertas las escotillas de proa y las de la torreta, se establece una corriente que viene a ser como una bocanada de aire fresco. Un velo de humo amarillo se desplaza al momento desde la sala de baterías hacia el exterior, justo en el preciso instante en el que las luces llenan de un brochazo blanco el interior de la nave. Si el compadre del cabo Constantino hubiera echado un ojo hacía el mar, a eso de la altura de la Farola de Málaga hubiera podido contemplar la estrafalaria coyunda de un mastodonte encendido. Y si los alemanes o los legionarios italianos de La onstante con Giuseppe Vocaturo al frente hubieran hecho un pequeño esfuerzo, allá desde cualquiera de las bases de submarinos que tenían en el Mediterráneo, de seguro que nos hubieran visto. Hubieran visto a un monstruo chino expeliendo humo amarillo por las escotillas, como si hubiésemos adelantado el nuevo año. Cualquiera que hubiera querido nos habría visto allí aquella noche.

—¿Qué ha pasado Sastre? —pregunta Arbona a la sazón a su segundo en el mando. ¿Qué ha pasado? —repite.

—Lo que podía pasar —contesta Sastre con gesto serio. Nos falta un motor, estamos escorados... —se detiene un momento y luego prosigue. Creo que han estallado dos bengalas en la sala de baterías... Podíamos habernos ido a pique. Arbona lo contempla igualmente serio mientras se sujeta a los vientos de la torreta y le echa a la luna una mirada de reproche.

—¡Ventilen la nave! —ordenó Arbona. —Métala tres cuartos en el agua, y deje al aire solo la vela —dijo dirigiéndose a Viñas.

El interior del "C3” parece ahora el estómago de un gigante azul después de que se hubiera dado un festín en un banco de camarones. Menos en la sala de torpedos, en la que parecía estar todo en orden, el resto de la nave era como para no suponer una noche tranquila. Sin embargo, media hora más tarde, el oficial de guardia Antonio Asensio informaba al comandante que se había asegurado el pañol y que la nave estaba completamente segura y operativa. Entonces García Viñas pudo leer definitivamente el radio de Málaga. “Denegada la entrada en puerto. Mantengan patrulla a cuatro millas de la costa”. No tuvo que entregarle las órdenes a Arbona para comprender que de nuevo les tocaría bailar con la más fea. Y este detalle tampoco fue ajeno a la dotación que agotados se enfrentaban con resignación de nuevo al destino.

—Eso va a ser el oro de Moscú que lo han guardado aquí —le susurra Pedrito Saura al cabo Ruiz. —Lo han escondido en las baterías para que no se lo lleven los nacionales, fijo.

 

II

 

“De todas las historias de la Historia/sin duda la más triste es la de España,/ porque termina mal...”
Jaime Gil de Biedma

Vistos desde la cámara de derrota todos los submarinos son iguales. Aparentan ser máquinas perfectas, apabullantes en su maraña de válvulas y tuberías, tan decididas e inequívocas que el cálculo de una derrota por estima parece un juego ocioso de compases y logaritmos y, sin embargo, a quinientos pies de profundidad hay demasiadas cosas que nos recuerdan, al fin y al cabo, que todos los sumergibles tienen el cielo lleno de remaches.

—¡Inmersión! —ordena Arbona. Bájelo hasta los treinta metros Sr. Sastre.

Poco a poco la nave se va inclinando a proa y el zumbido de los motores retumban en el interior del submarino. A esa profundidad todos los ruidos tienen un eco metálico que tarda en disiparse. Al llegar a la cota de los 30 metros, se reúnen en forma de latidos todas las anteriores maniobras, y solo cuando el submarino alcanza la horizontalidad se produce un silencio absoluto. La caída de un alfiler es un acontecimiento que podría oírse en el otro extremo de l navío.

—Avante toda. Velocidad, cuatro nudos —ordena el comandante.

Está amaneciendo y los hombres que acaban la guardia, se cruzan con un sigilo extraordinario. Desde su puesto, Constantino Blanco asiste al movimiento de los hombres como si presenciara una representación en el Bolshoi de Moscú, y solo el rumor del motor izquierdo se levanta sobre la silenciosa coreografía del C3.

—¡A superficie!. Llévenos a altura de periscopio –ordena el comandante a Sastre.

A pesar de los meses que llevan navegando esta misma tripulación, los hombres nunca dejan de agradecer esa maniobra. Saben que pronto se ordenará renovar el aire, cambiar a motores diesel, hacer guardia en el exterior, proponer a un serviola para gobernar la nave desde el puente, ver la luz, tirar la basura... Sin embargo, desde hace unas semanas en la tripulación corre el rumor de la existencia de un grupo de submarinos italianos y alemanes que han puesto precio a sus cabezas.

—¡Superficie! —ordena Arbona tras comprobar que nada hay en el horizonte.

De nuevo la frenética actividad se adueña de la nave.

—Joaquín. ¡Esas luces! —le grita Asensio desde el pañol de proa. Nos vamos a volver locos —añade.

Del Bolshoi que acertaba a sugerir Constantino Blanco, el C3 parece ahora un avispero a punto de estallar. A todo lo largo del buque se oyen válvulas que sueltan presión, golpes metálicos de los arrastres en la cámara de torpedos, y sobre todos ellos el run-run ensordecedor de los dos motores diesel. De pronto, entre la incertidumbre de luces y sonidos, se abre paso a codazos Francisco Ros, el cocinero, para informar a Asensio que el rancho de hoy iba a ser especial: “Caldo gallego de primero, huevos fritos de segundo y naranjas de Valencia” —Bien, contesta Asensio. Y vino de Jumilla —añade Ros. ¡Seis botellas y ni una más! –le recuerda Asensio. Y si te falta le echas agua, que aquí nos sobra mucha —oigo que añade en un susurro. Mientras tanto, en la vela del submarino se encuentran el serviola, García Viñas y Arbona.

—Nada. Despejado —dice Viñas.

—¿Tú crees lo de los italianos? —pregunta Arbona sin obtener respuesta alguna. Lo que menos me gustan son los alemanes. Seguro que andan por ahí agazapados.

Pumba. Pumba. Pumba. Tres golpes atronadores llegan desde la cámara de torpedos. La tripulación echa una mirada angustiosa a la sala de baterías que estuvieron a punto de echarlos a pique la noche anterior. Los hombres corren hasta la cámara y ayudan a izar unos retenes que se desprendieron del techo. Dos de los torpedos están ahora inclinados y se apoyan sobre una de las válvulas de disparo.

—Joaquín. ¡Esas luces! —repite Asensio.

Parte del sistema eléctrico está dañado y Ruiz junto al cabo electricista Pacheco se afanan en orréeme la instalación y abandonar la tarea de recomponer una fila de conmutadores que se han incendiado. “¡Viva la Marina y la madre que me p...” —masculla Ruiz cuando logran arreglar la avería. Como por arte de magia, la luz trae consigo un súbito sosiego y el silencio se hace en toda la nave hasta que la voz atronadora de Paquito Ros irrumpe desde algún rincón de la despensa.

—¿Entonces le echo agua al vino?

La carcajada es sonora, y Ros sale jurando en arameo con la firme convicción de que el agua se la va a echar al caldo gallego hasta dejarlo como la sopa de un gitano.

 

Las dos y media de la tarde.

 

Isidoro de la Orden y Asensio Lidón van discutiendo por el camino mientras tratan de sacar al un cubo con los restos de la comida. El marinero Lidón se queja de que esa no es su guardia y que tirar la basura es obligación del cocinero. “¡Para lo que nos da de comer!” —sentencia Lidón. “¡Y de beber!” —observa el de Cabo de Palos.

Mientras tanto, el comandante acaba de ordenar el cierre de la cámara de torpedos en donde Pacheco y el cabo Ruiz revisan el dispositivo de disparo bajo la mirada atenta de Sastre. Asensio, junto a los fogoneros Samper y orréeme tratan de asegurar el resto del pañol ante las suaves embestidas del mar.

Afuera Arbona conversa con García Viñas sin quitar el ojo al remolino que dejan los restos de comida a popa.

—¡Comandante! De la Orden lanza un grito desgarrador al percibir la blanca estela de un torpedo cuya derrota tiene como impacto la proa del C3.

La explosión lanza a los cuatro por los aires. Lidón se agarra a su compañero mientras Arbona es arrastrado por el remolino que provocan los ocho metros de proa que ha desgajado el torpedo. Entonces el submarino se encabrita sobre una espesa nube de humo blanco y vuelve a caer al agua en un estrépito ensordecedor. El agua entra desbocada por la sección de proa e inunda el doble mamparo que reviste toda la nave. Con una sacudida el agua recorre primero la espina dorsal del submarino y éste se dirige en caída libre hasta el fondo. Allí la profundidad es de setenta y cuatro metros.

Los mamparos ceden bajo la presión del agua en medio de un sordo rumor a metales retorcidos. Constantino Blanco que había doblado la guardia se ahoga en su puesto antes de que la presión aplaste una cámara tras otra. Solo en popa, las sala de torpedos parece resistir el embate de una presión aplastante. En su interior, Sastre sabe que la nave se hunde irremediablemente y que la puerta no tardará en ceder. Al alcanzar los cincuenta metros comienza a entrar agua por los tubos. A los setenta, la cámara comienza a deformarse. La luz está todavía encendida. Ruiz la había conectado a una batería auxiliar. Entonces se miran todos. Nadie habla. Están arrinconados frente a la puerta que va a ceder de un momento a otro. Un golpe seco anuncia que ya han llegado al fondo. El agua sigue subiendo de nivel. El cabo Ruiz mira por última vez a Sastre que le ha echado la mano al hombro. No dice nada. Solo al final es cuando pueden oír la voz ahogada de Asensio.

—¡Joaquín, esa luz!

 

 

Nota del Autor . La “Operación Úrsula” fue diseñada por la Armada alemana a principios de noviembre de 1936. Su nombre en clave “Úrsula” se propuso en honor a la hija del Almirante nazi Kart Dönitz. Alemania que no estaba en guerra con España envión dos submarinos. Uno de ellos, el “U34” al mando del capitán Harald Grosse, lanzó un torpedo el 12 de diciembre de 1936 y hundió el submarino español C3. En el hundimiento murieron treinta y siete hombres. Se salvaron los marineros Isidoro de la Orden, Asensio Lidón y el marino mercante Agustín García Viñas. El submarino fue dado por desaparecido y no se tuvo noticias hasta que cincuenta años más tarde, el abogado malagueño Antonio Checa descubrió sus restos a cuatro millas de la costa malagueña y a setenta y cuatro metros de profundidad. Este relato es un homenaje a aquellos marinos que no empezaron, ni terminaron ninguna guerra.

 

 

 

 

 

 

© Antonio Polo . San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “ Quince líneas ” Ed. Tusquets, «  Lavapiés  » Ed. Ópera Prima; “ La vida en Hermenauta ” Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ” Cuadernos del matemático ”, “ Luces y Sombras ”, “ Arena y Cal ”, etc. Traducción del italiano “ Odore dei racconti” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. Premio Constantí de Relato 2006 Historias de la Historia.

 

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