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EL LABERINTO A R I A D N A - R C . c om c r e a c i ó n l i t e r a r i a
[número treinta y tres edición otoño 2006] d i c i e m b r e
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Otoño: una aproximación teórica
Bancal s. m. El espacio de tierra que en las heredades pendientes se allana y cultiva para siembra, ó plantío. (Real Academia de la Historia, Diccionario de Voces Españolas Geográficas, 1796) 25 de agosto de 2006, mediodía A.M.R. |
© Álvaro Muñoz Robledano |
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Medio otoño de oriente
Todos los árboles en Oriente Medio lo saben Antes del invierno morirán los niños Mi llanto tiene el mismo origen de las hojas Todos lo saben en esta guerra nueva,
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© Lina Zerón. Mexicana, 1959. Estudió Relaciones Internacionales en la ENEP Acatlán, UNAM. Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, alemán, italiano, portugués, servio, esloveno, italiano, árabe y rumano. Cuenta con numerosos reconocimientos, entre ellos: Premio Ciudad de Barcelona, Ed. Mizares, en el certamen poesía de amor, 2003. Medalla de Oro a la poeta extranjera mas valiosa, en Montevideo, Uruguay, 2003, otorgada por el Departamento de Pelotas, Brasil, 2do. Lugar de poesía Melilla, España por su libro Vino Rojo en 2003. Fue galardonada como "Mujer del Año 2002" en el Estado de México por su trayectoria poética. Finalista "Relatos de Mujer" La Lectora impaciente, España, 2005. Poeta de honor en los talleres de traducción de Claude Couffon, Bretaña, Francia, 2002. Obtuvo la presea "Guerrero Águila" por el Círculo de oradores de México. Junio 2005. Designada como "Honorary member of the bilingual onstante for peace", (Miembro honorario de "Literatura bilingüe por la paz en USA). BILINGUAL MCA POETS & WRITERS FOR PEACE, USA. Feb. 2006. Mención honorífica en el 5to Certamen de Poesía y Cuento breve en ambos rubros, "Mis Escritos", Argentina, marzo 2006. Finalista del Permio Victor Varela Mora, Caracas, Venezuela por obra publicada. Mayo 2006. Segunda Mención Honorífica, Premio de Poesía Casa de las Américas, por el libro: Ciudades donde te nombro. La Habana, Cuba, 2006.Libros de poesía: Ciudades donde te nombro. Ed. Unión y UNEAC, La Habana Cuba, mayo 2005Nostalgia de Vida, Ed. Unión y UNEAC, La Habana Cuba, mayo 2005. Un cielo crece en el fondo de tus ojos, ed. Bilingüe, francés-español Ed. La onstante, Lyon, Francia, 2004. Vino Rojo: Ed. Unión y UNEAC, La Habana Cuba 2003, Moradas Mariposas, Ed. Abril y UNEAC, La Habana Cuba 2002, Amoradas Borbolestas, Ed. Pilar, Brasil, Zweierlei ons, edición bilingüe, alemán-español, Ed. Flor y Piedra, Berlín, Alemania, 2001, Rosas Negras para un Ataúd sin cuerpo, Ed. |
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Antes que los lunes en Lima
Los domingos en Lima Reírse y vestirse a sastre gris sobre el gris, Un domingo en Lima no es un domingo |
© Daniel Beteta |
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Y si te dijera que todo se ha perdido
Y si te dijera que todo se ha perdido. Si te dijera que todos han olvidado
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© Antonio Polo. San Fernando (Cádiz) 1957. Ha publicado distintos trabajos: “Quince líneas” Ed. Tusquets, « Lavapiés » Ed. Ópera Prima; “La vida en Hermenauta Ed. Ariadna, colaborador en varias revistas literarias: ”Cuadernos del matemático”, “Luces y Sombras”, “Arena y Cal”, etc. Traducción del italiano “Odore dei racconti” de Paolo Barsanti, 2006. Ha sido finalista en varios premios literarios: C. Cuentos Canal Isabel II, Madrid. 2001, 2º Premio Villa de Pasaia 2000, San Sebastián; I Concurso de Relatos de Viaje de la Revista Cartográfica, Premio Encuentro Entre Dos Mundos, Geneve (Francia) 2000, Premio de Narrativa Géminis 1999, Aspe (Alicante); Villa Constitución 1998, Argentina; Finalista en el Certamen de Narrativa Nitecuento 2002, Barcelona; 2º Premio Internacional de Poesía de Pedraza 2002, Segovia; II Premio Tilo Wenner de Poesía 2003, Argentina; Finalista en el Premio Constantí de Relatos de Viajes 2004, Tarragona; Finalista en el Concurso de Microrrelatos de la Comarca de Matarranya 2005, Teruel; 2º Premio. XXI Premio Internacional de Poesía El Yantar de Pedraza 2006, Segovia. |
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Tres apuntes de otoño
El mundo empieza a ser sin golondrinas
El mundo empieza a ser sin golondrinas - más por deseo que por evidencia - vendrá el invierno aún pero trayendo sin sol para después: los nuevos brillos
El mundo empieza a ser sin golondrinas Pero el vino es mas sabio. No se enreda
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© Juan de Marsilio. Montevideo, Uruguay, 1963 -Profesor de Literatura en enseñanza media. Ha publicado: "Alondras, lobizones, elefantes", Montevideo, Signos, 1990 "La casa y su habitante", Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 199 "La sed y el agua extraña", Toluca, La tinta del alcatraz, 199 "Pavana para un dinosaurio difunto", Montevideo, Los libros del chancho con alas, 2005 "Futuro", Montevideo, Los libros del chancho con alas, 2006 |
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Tres poemas de otoño
A lo lejos de la calle
La apacible desolación, Ya surgen recuerdos, en viejas cenizas; |
© Daniel Gómez |
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Motor de otoño y Diapositivas oxidadas
Llueve el otoño aún verde como entonces La frágil memoria de la historia,
A irma Villanueva y Yo me cubro Mal te perdonarán a ti las horas:
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© Edgar E. Ramírez Mella, nace en Puerto Rico, el 15 de julio de 1954. Estudió literatura comparada en la Universidad De Puerto Rico; es pintor y poeta. Fue cofundador y coeditor de las revistas literarias, Lagarto Verde y Detrás De La Pared (CAAM) en las décadas del 70 y 80. Su poesía ha aparecido en revistas de México, Santo Domingo y Puerto Rico... Aparece en dos antologías poéticas del país, Pulso De Poesía, Antología de Poesía Premiada (1981-90) del 1990, editorial ICPR, Mayagüez, y El LímiteVolcado, 2000, Isla Negra editores; también esta incluído en las antologías: Sensibilidades(otoño-invierno 2002), de Alternativa Editorial, Ourense, España; Canto A Un Prisionero de la editorial Poetas Antiimperialistas de America, Ottawa, otario, Canada, 2005; y Nueva Poesia Hispanoamericana, Lord Byron Ediciones, Lima Perú, 2004 y 2005. Tiene tres poemarios publicados: Máquina Emotiva y Estación De Lirio con Isla Negra Editores y Marginalia en Lulu.com |
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Yo moriré en noviembre
Para Mª José, porque es y me ayuda a ser, porque prefiere beber el vino conmigo, porque reímos y nos hacemos daño, porque despierto con ella y se duerme a mi lado, porque siendo mi antítesis es mi compinche, porque fuimos frágiles y hoy seguimos siéndolo". Yo moriré en Noviembre. |
© Juan Díaz Cuenca. |
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1 + 2 = 3
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© Nuño Aguirre de Cárcer. Madrid, 1982. Realizó el primer ciclo de Filología Hispánica y se licenció en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en 2005. Sus actividades literarias han estado ligadas al taller literario "El arenque rojo", grupo con el que colaboró en la organización de recitales y el la publicación de revistas. Actualmente reside en Edimburgo. |
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Otoño antes de
Ves como araña octubre hablas de rascacielos. Heredera de alergia a las horas del día, sabes que las metáforas de universo o espuma Dicen que eres antípoda
Un charco
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© Soledad Sánchez Parody. |
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Poemas del taller
Prefiero conjugar tu cuerpo, Prefiero enarbolar tu piel, como las vigilias heladas
Recostarme en tu memoria Entregarme a eso Sentir que por un momento
No alcanzamos a percibir El silencio espía cada La culpa de todo la
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© Ezra Viveros Soto |
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Sombra de otoño
Sombra blanca de mi alma,
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© Saleh Abdelahi. Nació en el año 1971 en El Aaiún. Durante trece años estudió en Cuba, donde cursó Dibujo Técnico. Al finalizar sus estudios regresó a los campamentos de refugiados saharauis donde trabajó varios años impartiendo clase de Formación Profesional. En la actualidad vive en Barcelona y ha participado en las antologías de poesía saharaui contemporánea "Añoranza" (Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui de las Islas Baleares, 2002), "Bubisher". (Editorial Puentepalo. Las Palmas de Gran Canaria, 2003) y "Aaiun, gritando lo que se siente" (Universidad Autónoma de Madrid, 2006). Es miembro fundador de la Generación de la Amistad. |
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Turbios destinos de otoño "Dónde empieza y dónde acabara
No me acostumbro a perder las entrañas en los ascensores Te lo digo, te lo escribo por pasiva, lo pienso, pero no: Y yo me quedé fuera, Del camino, un guijarro
¿Qué le contaré a mi chaval cuando nazca? Si quiere venir, que lo haga, que venga y que venga alterno, que venga virgen, pero que venga. Entonces le diré que como caen las hojas así se nos cae el Otoño del Bierzo, que como cae la noche así la amistad se nos fractura a veces, pero qué nos importa si quedan algunos bosques de robles, le diré también eso, y que los mejores que pasean dan la sombra más profusa y cobijan en sus troncos las heridas más graves. Allí donde los animales y los hermanos se refugian. El del escritor alquilado por horas
Otrora virgen / me siento por hueco / penetrado / partido o vendido. Marioneta salvaje Y si pienso en eso mientras Hoy lo escribo, o lo reclamo en todo o nada Es cierto que si un roto no dura Y es tan inútil ordenar el armario Cuando consulto el dictamen Y si fuimos cuatro Y si por no sumar nos restamos Pues, ¿Qué nos queda?:
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© Félix Hernández de Rojas. Nació en Valladolid en 1973 y allí cursó estudios de Ingeniería Superior de Telecomunicación. Finalizó posteriormente un master en gestión de empresa en ESADE. Actualmente reside en Madrid y trabaja dentro del sector tecnológico y del ámbito de Internet. Literariamente siempre ha mantenido una intensa vida, participando en tertulias y grupos literarios, publicado una novela corta "Héroe Local", así como múltiples poemas en multitud de antologías y revistas electrónicas, entre ellas en Ariadna RC. |
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Rezo por un hombre santo Sobre la “ Fantasía en homenaje a Francisco de Javier"
Viento, viento extraño y circular Un hombre en la cubierta: Mar cambiante, agua hambrienta Son estrellas, son ángeles y cantan El hombre en la cubierta Viento, viento extraño y circular,
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© Rafael Pérez Castells |
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No me prives de tu carne / Adiós padre (No me prives de tu carne)
Llámame canalla, vende patrias,
he vuelto a ti para coronarte
es lo único que puedo hacer por ti
(Adiós padre) Padre me voy: voy a jugar en la muerte, padre me voy. Dile adiós a mi madre, y apaga la luz de mi cuarto: padre, me voy. Padre me voy mis días se han tornado tenebrosos Padre lo he decidido ya hice las maletas despídeme de mamá, de mis hermanos, Padre me voy pero antes te darás cuenta, tal vez, de todo
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© Augusto Rodríguez (Guayaquil, Ecuador, 1979) Ha publicado los poemarios: Ausencia (Santiago de Chile, 1999), Mientras ella mata mosquitos (2004), Animales salvajes (2005) y La bestia que me habita (2005). Sus textos aparecen en varias antologías locales y del extranjero. Ha obtenido el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vásquez (2005), el Premio Nacional Universitario de Poesía Efraín Jara egatea (2005) y Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía César Dávila Andrade (2005). Es el fundador del grupo cultural guayaquileño Buseta de papel . |
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Permanencia
Vomita un látigo de agua Es Dios Soy mi propia diferencia y me renuevo Todo es vicio y me fomenta Malherido salgo Desde que nací respiro y respirando muero Se me escapa el tiempo que no corre Y es que nací bañado en sangre.
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© Musa Ammar Majad nació en Tariba, Estado Táchira, Venezuela, en 1977. Es Licenciado en Letras, con Mención en Historia del Arte, graduado Summa Cum Laude por la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela. También posee estudios en literatura por la Universidad Nacional de Mar del Plata, Argentina. Entre sus publicaciones destacan: “San Cristóbal, patrimonio para los niños” (2006), en calidad de Coordinador General del equipo de trabajo. MAVET-COTATUR, San Cristóbal, Edo. Táchira; “La Trinidad trifacial de Tepotzotlán. Lo monstruoso y lo herético en un cuadro novohispano” (2004), Memoria de Grado para optar a la Licenciatura en Letras: Mención Historia del Arte, “mención publicación”; “Iconografía mariana en la Catedral de Mérida” (2002), trabajo realizado para ser conservado en los archivos de la Catedral de Mérida, Venezuela; “La instalación como refugio” (2006), en “Edgar Ramírez: El Refugio”, Museo de Artes Visuales y del Espacio, San Cristóbal, Edo. Táchira, Venezuela; “Vindicación del plagio” (2006), en Letralia , Cubagua, Venezuela; Columna de opinión “Arte en la Crítica” (2005-2006), en Sic en el Medio , Santa Fe de Bogotá, Colombia; “E. M. ifran y Ben Ami Fihman: correspondencias en Respiración artificial” (2005), en Letralia , Cubagua, Venezuela; “E. M. ifran y Ben Ami Fihman: correspondencias en Respiración artificial” (2005), en Crítica , Santiago de Chile, Chile; “Sobre un tríptico de Francis Bacon” (2002), en Gris Líquido , Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela; “E. M. ifran y Ben Ami Fihman: correspondencias en Respiración artificial” (2002), en Cuadernos de Literatura , Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela; Columna semanal y de opinión “Nueva Visión” (1996), en Diario de los Andes , San Cristóbal, Edo. Táchira, Venezuela; “Entre las murallas del tiempo” (1996), poemario, Editorial Lito-Lila, San Cristóbal, Edo. Táchira, Venezuela. |
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Sestina: dios con cigarrillos El tiempo me sostiene un cigarrillo: En esta pira es que me consumo, La lenta sinfonía en mis pulmones El padre de nosotros es el fuego: La vida es, ciertamente, como el humo, A Dios puedo contarlo con los dedos: Bendíceme, que muero, Eterno Fuego.
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© Carlos Mal Pacheco. Funda el Club Chufa en 1998, basado en clubes árabes de boxeo, esgrima y literatura que florecieron en el siglo XII. La pluma, según sus preceptos, no es nada sin la espada. Si pudiera pedir tres deseos estos serian: numero uno, volar a voluntad. Numero dos: juventud eterna. Numero tres: Los estigmas de Jesucristo. Carlos Pacheco nació en un hospital de Ankara, Turquía. Al cumplir unos cuantos días de nacido regresa con sus padres a su verdadero país, México. Estudia un doctorado en Literatura Hispánica en la Universidad de Arizona. Ha publicado un libro de historietas (Juan Escutia, el cómic, 2001) y una noveleta (Un Verano con Antonio Alatorre, 2003), sino que también ha sido campeón de espada en el torneo estatal de esgrima de noviembre de 2001 y prepara novelas, un poemario, traducciones y misceláneos trabajos. Es líder del movimiento de terrorismo cultural llamado El Club Chufa que fue recientemente culpado por el suicidio de un joven y por varias pintas en las calles de Hermosillo y Nuevo México, además de haber sido incluido en la Wikipedia. |
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La memoria donde ardía
14 de abril-22 de octubre, 2006 I Cuando igual a mí afloras Al dulce hálito del amor presentido. II (Cádiz, 14 de abril de 2006) Cómo será que del año al cabo III Todo el amor, todo entero IV No estoy de pié, pero estoy a veces No estoy de pié, no estoy vencida V Y es el mundo a tus abrazos VI y si cavara sordamente, Para que tu abrazo se haga presencia Si recuerdo tu abrazo VII Oír el alba, respirar su luz tenue ser mar o espuma, también sus mareas Y que no se escapen Todo esto, todo el amor, todo entero Si aún quisieras... VIII Los echarías de ti, desistirías de ellos Persisten Pertinaces (Recuerdos) IX Por tu mirada hasta mí Y todo fue ese instante en que empezaste a serme. X Este silencio, este recogimiento O es espera. Silencio. XI La tarde se puso eterna en un instante,
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© Olga Guadalupe . Licenciada en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid (1992), escribe en la actualidad su tesis doctoral para la University of Pennsylvannia (Filadelfia, EEUU) sobre el género epistolar en el Siglo de Oro y es Profesora Asociada de Lengua y Comunicación en la Universidad Antonio de onstan de Madrid desde el año 2002. También es traductora free-lance (Inglés-Español).Toda su carrera académica previa se ha desarrollado en EEUU: University of Pennsylvannia (Filadelphia, Pennsylvania); Bucknell University (Pennsylvannia) y University of Wisconsin (Milwaukee, Wisconsin). Igualmente ha impartido la asignatura de Literatura y Cine en la New ons University de Madrid (2002-2004). Sus publicaciones incluyen reseñas en la Hispanic Review y artículos en publicaciones universitarias de EEUU y España en el ámbito de la filología y la pedagogía de lenguas extranjeras. Antes de regresar a España, residió un año y medio en Haití, donde impartió clases en una universidad privada y colaboró como corresponsal extranjera con la agencia EFE (1999-2000).Su incursión en el terreno de la creación literaria es muy reciente: su primer libro de poemas, De amor tan solo, se inicia el verano pasado y se concluye en el otoño. Siete de los poemas de dicho poemario han sido recientemente finalistas en dos concursos poéticos y publicados en respectivas antologías :”De amor tan solo”. I Certamen de poesía erótica internacional Buho Rojo. Madrid: GrupoBuho, 2006. “De tan alta marea”. Antología poética. Desde mi ventana: Soledad y Vértigo. Madrid: Editorial Ábaco, 2006. Y varios poemas más de De amor tan solo saldrán en noviembre en Nueva poesía hispanoamericana (Perú: LordByron Ediciones, 2006). “Haití: El lenguaje y la flor”. onstan Digital . (Revista Digital de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Antonio de onstan) n° 014-Ene-Mar, 2006. Y de cuatro poemas de un nuevo libro en preparación en la revista digital Claustro poético (número 6, Otoño 2006)). |
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Poema 36 Ahora que ya Justo cuando En este tiempo Precisamente ahora
Recién en esta tarde En esta hora Esta calle desolada, Acabo de descubrir
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© Sergio Manganelli nació en Haedo, Provincia de Buenos Aires, Argentina,el 28 de febrero de 1967. Reside actualmente en San Antonio de onst, al oeste del conurbano bonaerense. Sus poemas y artículos han sido publicados en una importante cantidad de diarios argentinos, de México, Colombia y España. Asimismo en revistas culturales y literarias de Argentina, Brasil, España, México, Estados Unidos, Puerto Rico, Francia, Colombia, Venezuela, Chile, Italia, Cuba, Nicaragua, etc... Obtuvo entre 1991 y 1999 una treintena de premios y menciones en su país. Se encuentra trabajando en la edición de “Sangre de Toro” –poemas y banderillas-, que se editará inicialmente en Buenos Aires y posteriormente en España. |
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La Virgen de las rocas
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II LA APARICIÓN
Sí, no había duda. Una figura llameante había aparecido entre las rocas, envuelta en un halo azulado que pestañeaba en la oscuridad. –Lo flipas –dijo el chaval de negro, despegando el morro de la litrona. A continuación soltó un eructo más que respetable–. Es que lo flipas. Una de las beatas le recriminó por su ateísmo. El tío replicó que él no era ateo sino que practicaba la religión vikinga. La cosa me interesó y le pregunté a la pareja en qué consistía su fe. –Bueno –el tío se rascó la cresta de gallo amarillenta que llevaba en la cabeza–. Eeeeh, básicamente consiste en beber cerveza, ponerse pedo y quemar iglesias. –La religión más bonita que hay –dijo su chica. –Dónde va a parar –concluí yo. El aro que llevaba el tío colgando de la nariz relucía a cada fogonazo. El fotógrafo no paraba de enfocar y de sacar fotos, y el coro de beatas empezaba a mirarle de medio lado, dividiendo los murmullos entre avemarías y promesas de arrancarle la piel a tiras. Todo muy católico. Le pregunté si seguía pensando si se trataba de extraterrestres. –No sé, es muy extraño –confesó, rascándose la cabeza–. Al acercarla con el teleobjetivo no parece que la figura tenga una estatura normal. Lo decía como si los extraterrestres de su revista tuvieran que cumplir un control de calidad, unas medidas mínimas. Como si fueran modelos espaciales. –Según el teleobjetivo, la figura apenas mide cincuenta centímetros. –¡Es una niña! –gritó una de las beatas, como si estuviera en el paritorio–. ¡Es una Virgen niña! Redoblaron los avemarías mientras las cuentas de los rosarios zumbaban entre los dedos, anotando los tantos de una partida de billar divino. La Virgen, uno; extraterrestres, uno. –En fin, sólo hay una forma de averiguarlo. Me descalcé y me quité la ropa. Si aquella pareja de cuervos alicatados pretendían resucitar a los vikingos entonces mis calzoncillos largos bien podían pasar por un bañador. Pisé la arena húmeda, lamida por las olas, mientras una de las beatas murmuraba algo sobre herejía a mis espaldas. –No se preocupe, señora. Ya estoy bautizado. Una ola rompió contra mis tobillos. El agua estaba fría pero era una delicia. Además, ya nos conocíamos. Recordé aquel baño antiguo en la playa del Arenal. También fue en calzoncillos y también a mitad de camino entre noche y día. La raya del alba empezaba a asomar en el horizonte. –No lo haga –dijo el fotógrafo–. Puede ser peligroso. –¿Cree que pueden secuestrarme en una nave espacial? –No. Esas rocas están más lejos de lo que parece. Puede que tuviera razón, pero no iba a ponerme ahora a hacer un strip tease . Me arrojé de cabeza a las olas y empecé a nadar enérgicamente para sacudirme el frío de encima. De vez en cuando levantaba la cabeza para embocar la bocana y comprobar que seguía la dirección correcta. El halo azulado flotaba sobre las rocas, pero el amanecer empezaba a ganarle terreno. Reduje el ritmo de mis brazadas en cuanto comprendí que el fotógrafo tenía razón. Desde la playa, la distancia y la oscuridad confundían las perspectivas. Durante unos instantes barajé la idea de darme la vuelta, pero nunca me ha gustado arrojar la toalla antes de tiempo. Ni antes de tiempo ni después. Pensé que tal vez podría descansar agarrado a una de las rocas, y si no, la Virgen me echaría una mano. Según los curas de mi colegio, eso es lo que hacían las Vírgenes. Claro que yo no necesitaba tanto un milagro como algo de ejercicio. Estaba echando tripa y, además, llevaba varios días sin dormir. El amanecer arañaba las aguas cuando llegué hasta las rocas. Alcé los ojos: vi una mujer muy bella, con el pelo largo y oscuro, y una sonrisa de otro mundo. Vestía un velo blanco y su figura, del tamaño de una muñeca grande, no descansaba sobre las rocas ni sobre el mar, sino que reposaba a un palmo sobre el aire, flotando en una especie de neblina azul. Antes de que se difuminase en la primera luz de la mañana, pareció como si me sonriera. Estaba tan exhausto que, si no la hubiera visto desde la playa, habría pensado que era una alucinación. Agarrarme a las rocas no fue nada sencillo. Estaban resbaladizas y las olas rompían con fuerza sobre la entrada. Una de ellas me alcanzó de costado y me golpeó la rodilla contra la escollera. Sentía los brazos medio dormidos y no me veía con fuerzas suficientes para volver nadando hasta la orilla. Tampoco podría aguantar mucho en aquella posición. Miré a la playa y vi que las beatas se habían puesto en pie. El fotógrafo enfocaba la cámara hacia mí. Sonreí para salir guapo, pero lo que más me apetecía era rezar. |
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III RUEDA DE PRENSA
–No he visto nada. Déjenme en paz. Lo dije con los dientes apretados, en una mezcla de furia y dentera, para que se me notara menos cómo castañeteaban. Cuando la lancha de la cruz roja llegó a rescatarme, casi me había quedado congelado en mitad del mar. Alguien me echó una toalla gruesa sobre los hombros y en ella estaba envuelto aún mientras los periodistas de la playa se abalanzaban sobre el único testigo del milagro. El médico les apartó diciendo que yo había sufrido un choque térmico, pero la mala salud no es algo que desanime gran cosa a los chicos de la prensa. Tuve que gruñir. –Les repito que no he visto a la Virgen. Ni a San José. Cuando logré abrirme paso y subí arriba, a mi habitación, me encontré a Livia que seguía roncando. Dormía por los dos. Temblequeando como un telégrafo entré en el baño, descorrí la cortina de la ducha y abrí el grifo del agua caliente. Al caer sobre mi cabeza y mi espalda, el chorro fue convirtiendo el tembleque en la percusión de un tam tam. Cuando emergí de la ducha, cinco minutos después, ya había sido enviado el mensaje, pero el cuerpo me dolía como si fuese la misma piel del tambor. Me vestí de nuevo y bajé para pedir una aspirina en recepción y, de paso, recoger la ropa que había dejado en la playa. Fue un error. Apenas había llegado al mostrador cuando uno de los periodistas me reconoció y avisó a uno de los fotógrafos. El hombre me ganó por la mano. Levantó la cámara, apuntó y disparó. Tuve que quitársela y extraer el carrete, que fue saliendo en rizos negros entre mis manos. –Oiga, eso es ilegal –dijo el fotógrafo–. Podría denunciarle. –Hágalo y se come la cámara. –Huy, qué machito. Levanté la cabeza y le enchufé la mirada que solía colocar en los preliminares de un combate: los ojos muy abiertos, esmaltados en una promesa de odio y de dolor. Esperé a que bajara los suyos para hablar: –Otro comentario y va a tener que cambiarse de isla. Se lo juro por la Virgen. –¿La Virgen que no vio? –intervino sagazmente el periodista. –Por esa misma, sí. Le devolví la cámara al tipo con una sonrisa. Les llevé aparte y les dije que no podía aparecer una foto mía en un periódico de Baleares porque se suponía que me había quedado trabajando en Madrid. Mi mujer estaba de viaje por los Estados Unidos pero tenía muchas amigas. Ellos se hacían cargo, ¿no? El fotógrafo fue a replicar, pero el periodista le dio un codazo y comentó que sí, que se hacían cargo. Sin embargo, no podían irse con las manos vacías. Si pudiera proporcionarles una pequeña exclusiva... No citarían mi nombre, ni siquiera las iniciales. En un trabajo como el mío, lo último que se necesita es publicidad. Para romper piernas y revolver en la basura no hace falta anunciarse en las páginas amarillas ni montar una página web . Les conté la verdad sin dar muchos detalles: lo que había visto de lejos, para coincidir en la versión de los otros, y las rocas limpias de polvo y paja celestial. Me callé lo que presencié de cerca: no quería que me tomaran por chalado y además no se me ocurría cómo explicar que había visto una versión sexy de la princesa Leia saliendo de las entrañas de R2 D2 en plan holograma azulado y sin R2 D2. –Muchas gracias, señor Esteban –El periodista me dio la mano y se escondió una risita–. Su testimonio nos ha sido de mucha ayuda. –Procure olvidar ese nombre. Yo también tengo una memoria selectiva. Los muy cabrones me engañaron como a un chino. Habían sacado mi nombre de la lista de clientes del hotel. Al día siguiente un resumen desvaído de mi carrera profesional servía de carnaza en los suplementos de verano de la prensa local. Un tal José Carlos Llop decía que yo era un cosaco atiborrado de vodka. Un tipo llamado Juan Planas se preguntaba si no se debería todo a una insolación. Por último, alguien que respondía al inverosímil triunvirato de Román Piña Valls atribuía mi visión mariana a las secuelas de los golpes recibidos en los combates y aconsejaba mi internamiento en un psiquiátrico. Les prometí una visita a los tres. Al último me costaría más encontrarlo porque ese nombre y esos apellidos olían a pseudónimo que tiraba de espaldas. Livia se rió mucho cuando leyó toda la historia y vio la pésima fotografía del resplandor en medio de la oscuridad. Podía ser la Virgen, un marciano encendiendo un pitillo o la llama olímpica camino de Palma. –Una Madonna en las rocas –dijo, meneando su melena pelirroja–. Como el cuadro de Leonardo. –¿Di Caprio? –pregunté. –Da Vinci, burro.
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IV
COYOTE FEO
Parecía un tío muy pero que muy malo. Tenía la cabeza rapada, perilla recortada y cada brazo como mis dos muslos juntos. Iba tatuado de los pies a la cabeza: tigres y serpientes enroscadas que se desenvolvían desde el codo hasta los hombros y se le perdían bajo la ropa. Me imagino que el zoológico de tinta proseguía por debajo de la camiseta negra. Un colgante de oro se balanceaba en su cuello, tan enorme que hubiera bastado para ahogar a cualquier otro si se tiraba al mar con él. De haber sido cura, le habría servido de sagrario, pero el hombre no tenía pinta de cura. Cuando se acercó, me fijé que en la camiseta había unas palabras escritas en rojo goteante, como pintadas con la sangre de su última víctima. COYOTE FEO, decían. No entendí lo de “coyote”. –¿No te acuerdas de mí, verdad? No respondí. Estaba en el vestíbulo del hotel, muy atento a la conferencia donde el fotógrafo ocultista intentaba explicar su versión de los hechos. Había varios periodistas tomando notas y un par de sacerdotes enviados por la curia para ver cómo podían atajar la noticia. El tipo me colocó la mano sobre el hombro, despacio, y fue como si un buitre me utilizara de percha. –¿Eres duro de oído, no? –Un poco –reconocí–. Sólo un poco. Intentaba aprender algo. ¿Qué quieres? –He visto tu nombre escrito en los periódicos. Roberto Esteban. No me lo podía creer. –Me imagino que no querrás un autógrafo. Movió la cabeza de un lado a otro y sonrió. Tres dientes de oro amanecieron en su boca. Seguía sin entender lo de “coyote”. –Quiero la revancha –dijo–. Hace unos años, en un almacén, en las afueras de Madrid, me pegaste una paliza. Lo estudié más despacio. Yo había luchado en peleas ilegales tiempo atrás pero eso era agua pasada. Ni siquiera recordaba la jeta de aquel cafre. Hubo muchos musculitos como él. Los brazos sólo les servían para levantar pesas. –Fue la única pelea que perdí. Desde entonces he estado entrenando para cuando volviéramos a encontrarnos. Karate, judo, boxeo, kick-boxing , full-contact . Te voy a joder vivo. –Mejor búscate a un chico guapo. Yo estoy retirado, Coyote. Me plantó un dedo en el pecho. Tenía el tamaño de un pepino mediano. Dio unos golpecitos con él como si pretendiera plantarlo en mi esternón. –Ya, ya me lo imaginaba. Pero vas a pelear, quieras o no, cobardón. O eso o iré a una comisaría de Palma y contaré unas cuantas cosas sobre ti. No creo que les gustara. Lo miré por primera vez a los ojos. Las pupilas ardían con leña antigua y en el fondo latía un brillo homicida. No estaba bromeando. Asentí con la cabeza y sonreí para echar otro madero al fuego. –¿Conoces Cala Nord , cerca de la Marina de Valldemosa? –Preguntaré. –Esta noche. A las doce. Cuando se marchó, balanceándose, el vestíbulo de repente pareció más grande. Lo malo de tener un pasado con patas es que te lo encuentras donde menos te lo esperas. Me volví hacia la mesa donde el fotógrafo continuaba intentando explicar su teoría de la aparición. –Perdone –interrumpió un cincuentón medio calvo, con gafas–. ¿pero no podría tratarse de una insolación colectiva? –Sería el primer caso en la historia de la medicina. Además, señor Planas, debe de tener en cuenta que eran las seis de la mañana. Pasé cerca del señor Planas y le miré de arriba abajo. Llevaba la bragueta abierta. –Tengan en cuenta –prosiguió el ocultista– quiénes han sido los testigos de la inmensa mayoría de las apariciones marianas: Lourdes, Fátima, Guadalupe. ¿Quiénes han sido? Pastores. Pastorcillos, en el mejor de los casos. Gente muy pobre, que se pasaba la vida en el campo, alimentándose de hierbas y hongos. Si a esto sumamos la ingestión de queso, un conocido potenciador de los efectos alucinógenos, quedaría explicada la mayor parte de dichas apariciones. –Qué barbaridad –dijo uno de los sacerdotes–. ¿Y usted se considera un científico? –Yo sí, señor mío. A mucha honra. Un tío enclenque y barbudo levantó el brazo desde la primera fila. Se le veía la cara de cachondeo desde antes de que empezara a hablar. –Román Piña, de El Mundo de Baleares . La otra noche había casi dos docenas de personas en la cala. ¿Todos cenaron tortilla de setas? ¿O está sugiriendo que una ración de queso de mahón equivale a fumarse un petardo de marihuana? El tío sonreía debajo de su barbita. Se notaba que ya había pescado carnaza para otro par de artículos. El ocultista alzó los ojos al cielo, como si pretendiera ayuda divina, y se defendió como pudo. No valía la pena ensañarse con aquel par de tipos. Además tendría que guardarme las hostias para la noche. Las iba a necesitar.
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V
REAPARICIONES
Suena presuntuoso pero, al menos al principio, el combate de Cala Nord no fue gran cosa. “Coyote feo” era muy grande sí, pero en una pelea el tamaño no sirve para nada. Todas aquellas clases de artes marciales no le habían aprovechado mucho. Seguía siendo igual de torpe y lento y feo, y cuando amagaba una hostia yo ya la había visto venir media hora antes. Me limité a separarme de aquel par de jamones que tenía por brazos, a fintar, a bailar y a soltarle un puñetazo de vez en cuando. Le fui dando, primero flojito, para cabrearle más, y luego, a medida que perdía fuelle, le empecé a trabajar el estómago y el hígado. Cuando se dobló, buscando el resuello, solté la izquierda en un latigazo y escupió uno de sus dientes de oro. –Hijo puta –masculló, sangrando. –No te quejes. Todavía te quedan dos. Unos minutos y varios puñetazos después, tenía una rodilla clavada en tierra y la cara ensangrentada. Apenas podía abrir los ojos. Pero era un tío duro y no iba a rendirse tan pronto. Fue entonces cuando me descuidé, aunque la verdad, mereció la pena. Una versión magnificada de la muñeca que había visto en las rocas resplandeció en el cielo de Valldemosa. Llevaba el mismo vestido blanco de verano y la cabellera negra suelta al viento hacía que la noche pareciera un papel emborronado con carboncillo. Me quedé hipnotizado mirando aquella belleza inverosímil y de pronto sentí una coz en el estómago. “Coyote feo” me había alcanzado y fue como si me atropellara un camión. Sentí dos golpes más, en la cabeza, y luego oscuridad. Cuando desperté, estaba sentado en las escaleras del puerto. Había un acordeón en el lugar de mis tripas. Un tipo con chaqueta y corbata oscura tenía a “Coyote feo” arrodillado junto a un coche y le estaba cacheando. Otro tipo, también vestido de cura, rubio y alto, estaba agachado junto a mí. No necesitaba comprobar el pitorro incrustado en su oreja: se veía a la legua que eran guardaespaldas profesionales. –¿Se encuentra bien? ¿Quiere que llamemos a un médico? –No hará falta, gracias. Resbalé al intentar levantarme y el tipo me alargó su mano. Entonces, proyectado en el cielo nocturno, vi la belleza fantasmal que me había distraído en la pelea. –Quizá sí necesite un médico. Estoy viendo alucinaciones. –Ah, eso –El tipo rubio se echó a reír–. Es parte de una atracción visual que está montando el señor Douglas. Por lo visto, aún hay fallos técnicos y la imagen se ha repetido en una pequeña cala. No volverá a ocurrir. –Qué pena –dije mirándola embobado. La fantasmagoría ocupaba buena parte del firmamento. De repente se agitó, empezó a difuminarse y se fue borrando como el humo de un cigarro. –La verdad, había que echarle huevos. –¿Para qué? –Enfrentarse solo a esa mala bestia. Es la segunda vez que nos lo tropezamos. La primera uno de mis hombres acabó en el hospital. –Bueno, sólo había que guardar la distancia. El hombre asintió con la cabeza, valorando mi comentario. –Desde luego, sabe usted pelear. Se lo dije a la señora. Fue ella la que nos pidió que le echáramos una mano. –¿La señora? Entonces alguien me tocó en el hombro. Me volví y allí estaba en carne y hueso, como si hubiera bajado del cielo a la tierra. La cara me sonaba de algo hasta que comprendí dónde la había visto. Encima de las rocas. Y mucho antes, también. En revistas y salas de cine. –La señora Douglas–dijo el rubio–. O Zeta-Jones, como prefiera. Ella me sonrió y de repente el estómago dejó de dolerme, el corazón se paró, la sangre se me quemó en las venas. Dijo “ please ” o algo parecido y pasó a mi lado como una vaharada de perfume y pelo ardiente. La vi alejarse por el paseo marítimo balanceándose al borde de un sueño. El tipo rubio debía de llevar un buen rato hablando pero yo no escuchaba. –Le he comentado a la señora Douglas que usted sería un buen fichaje para el equipo de seguridad. Claro que tendríamos que comprobar sus antecedentes. –No creo que le gustaran. –Lástima –comentó–. Sería usted un buen guardaespaldas. –Me temo que no me limitaría a guardarle sólo las espaldas. El rostro se le endureció de pronto. Hizo una seña al otro y se marchó sin despedirse. Yo recordé aquella única vez que hice de guardaespaldas y pensé que si con aquella bailarina casi acabo en el trullo, con la señora Douglas bien podía acabar en el infierno. Pero, al fin y al cabo, no podía ser tan perfecta. Miré a “Coyote feo” que seguía resollando en el suelo, convertido en perrito, y que también la miraba alejarse, incrédulo. Intenté consolarlo. –No llores, Coyote. Seguro que ronca.
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El otoño de Sara
Como todas las tardes, Sara se encamina al parque cercano a su casa. Por el camino, advierte cómo el otoño ha hecho su aparición en las calles. Mientras se adentra en el jardín, observa con agrado que ha dejado de llover y luce un sol espléndido. Respira hondo y percibe el intenso olor a tierra mojada. Se dirige a su banco preferido y se sienta en él. Desde allí, contempla el gran abedul. Sara es como ese árbol: fuerte, sólida, esplendorosa en su madurez. Sus años han ido cayendo como esas hojas que cubren el suelo, verde y oro. Sara mira con placidez el sol anaranjado, que comienza a ocultarse entre los árboles, un sol tenue, que no quema, que no hace daño. Al verlo, recuerda su niñez, cuando su padre estaba ocupado recolectando uva en la vendimia, y un sol como ése acariciaba los racimos como una despedida, mientras los últimos rayos de luz desaparecían entre las viñas. Sara se queda absorta rememorando esos momentos, cuando una suave brisa comienza a mecer las ramas de los árboles. Se abrocha su chaqueta y se levanta del banco para regresar a casa, mientras observa cómo las sombras inundan la ciudad. Antes de abandonar el parque, lanza al cielo una mirada lejana para encontrarse con la luna, que se perfila en la noche estrellada.
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© Susana Castillo Montero. Nació en Madrid, el 22 de abril de 1.963. Es Licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Durante seis años ha ejercido como Procuradora de los Tribunales en Madrid capital. Actualmente colabora en dos despachos de Abogados. |
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Un jaguar albino en el tejado de los sueños Tercer Premio en el XVIII Concurso Literario “POLICÍA DE ALBACETE”
Una advertencia, Viejo; si no crees en la magia, no sigas escuchando, por que entonces no creerás la historia que voy a contarte, y si no vas a creer, para qué malgastar tu tiempo escuchándome a disgusto y yo mi saliva a disgusto narrándotela. ¿Te quedas? Pasa, siéntate, tómate algo, ahí, en el mueble, ese no, el de arriba, ahí hay güisqui, lo siento, es lo único que tengo, ideal para la sed, para esta humedad del demonio, y un vaso lo suficientemente limpio para alguien sin demasiados escrúpulos en el armario de tu derecha. ¿Qué no quieres nada? Yo sí tomaré, no se puede hablar con la boca seca. Acércamelo ya que estás ahí, ese mismo servirá. Con tu permiso que ésta es mi casa. ¡A tu salud! Empezaré por lo más fácil, para no abrumarte, ni exigirte demasiado al principio. Los de la ciudad, como tú, que se te ve y se te huele también, sois blandos, os retiráis rápido, no tenéis aguante si no os enganchan a la primera. Para explicar esas muertes, yo nunca las llamaría asesinatos, a pesar de lo que se dice por ahí, lo más fácil es empezar por lo del viejo. Tenía sesenta y cuatro años, porque yo llevaba la cuenta, él la perdió mucho antes, la última vez que le vi. Sesenta y cuatro años hechos de materia especial, de la que ya no se ve, aunque ya venía haciendo méritos desde que llegó al río en el setenta y dos, hace exactamente quince años, en marzo los hizo. ¡Cómo pasa el cabrón del tiempo! Perdona, me abstraigo. Es el riego. A veces me falla. El güisqui va bien para eso. Venía rebot |