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Estimado Sr. Presidente:
Hace años que demoro esta carta. Desconozco honradamente
cuáles han sido las razones que han forjado semejante
dilación. Acaso fuera porque el motivo de la misma
es como uno de esos nudos gordianos con los que en ocasiones
tropieza la diplomacia internacional; acaso porque yo percibiese
en el anterior inquilino la inaccesibilidad propia que el
Olimpo impone a los mortales, o tal vez porque siempre tuve
la certeza de que nunca leerían esa carta.
Sin embargo, desde hace unos meses la percepción
de que para desmadejar los más imbricados embrollos
a los que últimamente venimos asistiendo -y exceptuando
algunas imperturbables utopías-, lo más eficaz
y lo más honesto también, es no condenarlos
al olvido. Por eso, hoy quisiera llamar su atención
sobre una de las situaciones más deprimentes e injustas
que se han venido manteniendo durante el último cuarto
de siglo, me refiero exactamente a la "cuestión
del Sáhara". Y es por eso, por lo que hoy he
decidido escribirle esta carta ante el pleno convencimiento
de que usted finalmente terminará por leerla.
En primer lugar quisiera decirle que las mías son
opiniones y solicitudes personales, que no pueden representar
nunca el verdadero sentir del pueblo saharaui, entre otras
cosas sencillamente por una cuestión de decencia,
y es que no es lo mismo pasar tres días en un campamento
en Tindouf que vivir como paria en el pedregal más
inhóspito de la tierra. Pero es que el pueblo saharaui
está tan unido a nuestro país, y lo está
con tal convicción que a cualquier español
de más treinta años, la primera sensación
que le asalta al recordar o en su defecto al conocer semejante
desafuero, es un sentimiento de vergüenza muy difícil
de ocultar. Treinta años es mucho tiempo. En treinta
años se puede incluso dejar de odiar, sin embargo,
nadie puede ser plenamente consciente de las inapelables
cicatrices con que el tiempo ha sometido a este pueblo hasta
que no se tiene la desgracia de contemplar por primera vez
un cementerio saharaui.
Es entonces cuando se percibe en el tiempo ese carácter
brutal y decidido. ¡Ya estoy aquí! -parece
decir. En realidad siempre ha estado ahí. El caso
del pueblo saharaui es uno de los ejemplos en los que el
tiempo y la intransigencia han formado el tándem
más despreciable de las últimas décadas.
Y es precisamente por este motivo, por el que hoy acudo
en su ayuda como presidente del gobierno. Pero sepa que
no se me escapa el detalle de que es la ONU el organismo
al que finalmente se le deberían de exigir todas
esas explicaciones. No se me escapa tampoco que sino es
gracias a esa labor de intermediación hoy no podríamos
seguir hablando del pueblo saharaui, como tampoco nadie
puede esconder una frustración terrible y persistente.
Por eso creo que el gobierno español tiene la capacidad
y la autoridad moral para opinar y disentir ante tal dilatado
fracaso.
Entiendo, no obstante, que esta es una situación
difícil, que no se puede enojar a las partes, sobre
todo a Marruecos -nuestro fiel aliado-, ni provocar un mayor
desequilibrio en la zona. Entiendo también que son
éstos unos momentos difíciles (¡cuándo
no lo son!), y que la preocupante situación de terrorismo
internacional, las decididas posturas de Francia y Estados
Unidos y, por encima de todo, la intransigente -casi beligerante-
postura del gobierno marroquí dificultan notablemente
cualquier desenlace.
Pero ocurre también, que España dejó
tirado al los pies de los caballos a los legítimos
ciudadanos del Sáhara Occidental, a pesar de los
lazos tan intensos que unen a los dos pueblos, y que exceptuando
los gestos de solidaridad de una gran parte de los españoles
a través de los ayuntamientos, Comunidades Autónomas,
partidos políticos, ONG's, asociaciones y un inmenso
número de anónimos ciudadanos que tienen la
misma sensación, el Gobierno español (como
todos los gobiernos anteriores) no parece compensar, ni
aún con algún sencillo gesto, lo que demanda
una gran parte de los españoles. Por ejemplo, cuánto
tiempo hace que un representante oficial del estado no visita
los campos de refugiados en Argelia, tal vez debería
preguntar si han llegado a visitarlos alguna vez. Por qué
no se trata de aliviar la situación de esos cerca
de 200.000 refugiados con ayudas claras y sin complejos,
de esas que tienen un nombre decente en los presupuestos
de cualquier país, y yendo un poco más allá,
por qué no se reconoce oficialmente a la RASD como
los verdaderos dueños del Sáhara Occidental,
ahora ocupado por Marruecos.
Parece ésta una de esas inquebrantables utopías
de las que le hablaba hace un momento, pero últimamente,
he reconocido en las gestiones de su gobierno, y en especial
en las suyas, un rayo de esperanza. ¿Por qué
no? Usted sabe también como yo que hay más
de 70 países que han reconocido oficialmente el legítimo
derecho de la República Árabe Saharaui Democrática.
Fíjese que me llamó la atención el
comprobar que entre ellos se encontraba México, un
país que los demócratas, precisamente los
demócratas y sobre todo los vencidos, nunca terminaremos
de agradecer lo suficiente.
Ni por un momento llegaría a creer que ésta
es una tarea fácil. Me puedo imaginar al Ministro
de Asuntos Exteriores tratando de hacer encajes de bolillos
para no zaherir a nadie. Bueno, la estridente respuesta
de Marruecos no se haría esperar, ni las reprimendas
de los fieles aliados, y las Cámaras de Comercio
que verían peligrar ciertos negocios, o los Bancos,
y luego está la inestabilidad. Pero permítame
que le cuente una historia. Una historia que tiene mucho
que ver con la gratitud y la memoria.
"Hace unos años, atendiendo a una llamada de
auxilio de RNE, mi mujer y yo acudimos a la perentoria necesidad
de acoger a un niño saharaui. El caso es que habían
llegado unos trescientos a Madrid, sin embargo alrededor
de un centenar de ellos, por motivos que ahora desconozco,
podían ser devueltos a Argelia porque no había
suficientes familias de acogida. Entonces supe que a España
solían venir (todavía lo hacen) cerca de ¡diez
mil niños y niñas! para pasar el verano. También
supe que ese milagroso éxodo temporal tiene una doble
función, por un lado consiguen apartar a los niños
de un desierto en donde se alcanzan temperaturas de más
de cincuenta grados, y por otra, y no menos importante,
se convierten durante tres meses en embajadores de su pueblo,
en realidad en unos maravillosos embajadores de dientes
blancos.
Recuerdo que estábamos a finales de junio. En Madrid,
la canícula empezaba a hacer estragos, y mientras
tanto a las puertas de una de las miles de Asociaciones
de Amigos del Pueblo Saharaui que hay repartidas por toda
España, esperábamos la entrega de uno de aquellos
pequeños. Alguien leyó un nombre de una lista,
acaso fuera el nombre de algún príncipe tuareg
o tal vez de un río mitológico, no sé,
pero el caso es que nos entregaron a un chico de once años
lleno de harapos que se abrazaba a una bolsa de plástico
de dos vueltas. Luego supimos que había soportado
más de dos días de travesía en camiones
por el desierto, supimos que había pasado la noche
en un destartalado aeródromo militar al sur de Argelia,
que había volado hasta España antes de que
saliera el sol, y por último, y sin duda, lo más
duro de todo, imaginamos lo que había tenido que
esperar para ver qué sería de su vida durante
los próximos meses. ¿Qué familia me
corresponderá? -suponemos que pensaba entonces.
Cuando llegamos a casa, y por una cuestión de respeto,
dudamos un momento si la ropa con la que había llegado
debíamos devolverla de nuevo a su casa. Supongo que
podrá hacerse una idea de la situación. Después
entró en la ducha, y al cabo de unos minutos, en
realidad he de confesarle que fueron casi tres cuartos de
hora, fue cuando nos dimos cuenta de la exacta dimensión
de la responsabilidad que habíamos adquirido. Allí
estaba desnudo, sin nada, esperando cabizbajo y serio. Sin
algún día, usted tuviese la necesidad de actuar
ante semejantes circunstancias, yo no sabría entonces
qué recomendarle, a mí en ese momento solo
se me ocurrió ponerle una camiseta del Real Madrid
junto con la equipación correspondiente. Aunque ya
han pasado varios años desde entonces, creo poder
asegurarle que si la felicidad en toda su plenitud existe
realmente, sin duda se encontraba en la cara de aquel crío.
Otra cosa fue quitarle las botas de fútbol, un tira
y afloja que confieso llegó a costarme al menos tres
días de trabajo".
Le cuento todo esto, porque en realidad quería llegar
a lo de la gratitud.
"Cuando llegó la noche, ya habíamos olvidado
por completo la inefable bolsa de plástico, por eso
nos sorprendió a todos cuando de pronto extrajo de
ella una impoluta "carta". La seriedad y emoción
que impuso a aquel acto hizo que correspondiéramos
igualmente a su gesto. Por un momento me recordó
a la ceremonia del "plácet", esa que se
conceden a los embajadores cuando presentan sus cartas credenciales,
luego me di cuenta que se trataba precisamente de eso, de
sus cartas credenciales, y aunque en uno de cuyos párrafos
su madre solicitaba que tuviésemos mucho cuidado
con él, y con "el mar, la piscina y los carros",
ese día, aquel niño abrió una embajada
en nuestro corazón. Luego llegaron los regalos: las
túnicas, los sándalos, la variedad de pañuelos,
los colgantes, las cuentas... Un nudo en la garganta nos
impedía articular palabra, y alguien entonces pudo
hablar por todos para decir sencillamente: gracias".
"Después Mafuhd -que así se llamaba-
regresó a su casa. Hoy sabemos que no puede volver
a España, probablemente como dice él, será
porque ahora está en quinto y ya se ha hecho mayor.
¡Probablemente será por eso! Sin embargo, lo
más lamentable de todo es que ese niño apenas
tiene futuro. Una tarde, como hacen a veces los niños,
me miró muy serio y me dijo que no sabía qué
iba a ser de mayor. Su duda era si ir a la guerra o conducir
el camión del agua.
Hace unos días James Baker renunció a su
cargo como representante del Secretario de las Naciones
Unidas para el problema del Sáhara. Sin duda, su
sucesor tratará de continuar en la labor del Sr.
Baker como única esperanza. No obstante, me embargan
las dudas y si no se pone el dedo en la llaga, mi amigo
Mahfud terminará acarreando muchos camiones de agua
o lo que es peor podría terminar jugándose
la vida en la frontera argelina con una metralleta en bandolera.
Esta es una oportunidad de oro. El pueblo saharaui es un
pueblo decididamente democrático. Nosotros hemos
tenido que hacer una ley para impedir la violencia de género,
pero en mitad del desierto, las mujeres saharauis pueden
darle sopas con hondas a muchos juristas y a muchos hombres
también. En Tindouff, y en los campamentos de refugiados,
puede haber más democracia que en el resto del magreb.
El saharaui es el único pueblo árabe que habla
español, es más, es el idioma oficial junto
al hassanía. Y qué puedo decir de los mayores,
una generación perdida que a pesar de todo, todavía
guardan sus carnés de identidad españoles
como una reliquia.
Señor Presidente, a la vista de la desesperanzadora
situación, yo no he tenido otro remedio que escribirle
esta carta con el objeto de solicitarle una implicación
oficial de nuestro país. Una implicación manifiestamente
más significativa y amplia que la habida hasta el
momento.
Por último, ruego que me disculpe por la extensión
de esta carta, pero es que he tratado de buscar todos los
argumentos a mi alcance para llamar su atención.
Espero que con ello, tal vez usted pueda ayudarme a convencer
a mis hijos de que nuestro amigo del Sáhara podrá
algún día vivir en la tierra que ahora otros
han ocupado ilegalmente. Yo ya no sé qué contestarles.
Atentamente.
Antonio Polo González
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