E   P   I   S   T   O   L   A   R   I   O

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A N T O N I O   P O L O   G O N Z Á L E Z

Carta al Presidente
D. José Luis Rodríguez Zapatero
Palacio de la Moncloa.
Madrid

Estimado Sr. Presidente:

Hace años que demoro esta carta. Desconozco honradamente cuáles han sido las razones que han forjado semejante dilación. Acaso fuera porque el motivo de la misma es como uno de esos nudos gordianos con los que en ocasiones tropieza la diplomacia internacional; acaso porque yo percibiese en el anterior inquilino la inaccesibilidad propia que el Olimpo impone a los mortales, o tal vez porque siempre tuve la certeza de que nunca leerían esa carta.

Sin embargo, desde hace unos meses la percepción de que para desmadejar los más imbricados embrollos a los que últimamente venimos asistiendo -y exceptuando algunas imperturbables utopías-, lo más eficaz y lo más honesto también, es no condenarlos al olvido. Por eso, hoy quisiera llamar su atención sobre una de las situaciones más deprimentes e injustas que se han venido manteniendo durante el último cuarto de siglo, me refiero exactamente a la "cuestión del Sáhara". Y es por eso, por lo que hoy he decidido escribirle esta carta ante el pleno convencimiento de que usted finalmente terminará por leerla.

En primer lugar quisiera decirle que las mías son opiniones y solicitudes personales, que no pueden representar nunca el verdadero sentir del pueblo saharaui, entre otras cosas sencillamente por una cuestión de decencia, y es que no es lo mismo pasar tres días en un campamento en Tindouf que vivir como paria en el pedregal más inhóspito de la tierra. Pero es que el pueblo saharaui está tan unido a nuestro país, y lo está con tal convicción que a cualquier español de más treinta años, la primera sensación que le asalta al recordar o en su defecto al conocer semejante desafuero, es un sentimiento de vergüenza muy difícil de ocultar. Treinta años es mucho tiempo. En treinta años se puede incluso dejar de odiar, sin embargo, nadie puede ser plenamente consciente de las inapelables cicatrices con que el tiempo ha sometido a este pueblo hasta que no se tiene la desgracia de contemplar por primera vez un cementerio saharaui.

Es entonces cuando se percibe en el tiempo ese carácter brutal y decidido. ¡Ya estoy aquí! -parece decir. En realidad siempre ha estado ahí. El caso del pueblo saharaui es uno de los ejemplos en los que el tiempo y la intransigencia han formado el tándem más despreciable de las últimas décadas.

Y es precisamente por este motivo, por el que hoy acudo en su ayuda como presidente del gobierno. Pero sepa que no se me escapa el detalle de que es la ONU el organismo al que finalmente se le deberían de exigir todas esas explicaciones. No se me escapa tampoco que sino es gracias a esa labor de intermediación hoy no podríamos seguir hablando del pueblo saharaui, como tampoco nadie puede esconder una frustración terrible y persistente. Por eso creo que el gobierno español tiene la capacidad y la autoridad moral para opinar y disentir ante tal dilatado fracaso.

Entiendo, no obstante, que esta es una situación difícil, que no se puede enojar a las partes, sobre todo a Marruecos -nuestro fiel aliado-, ni provocar un mayor desequilibrio en la zona. Entiendo también que son éstos unos momentos difíciles (¡cuándo no lo son!), y que la preocupante situación de terrorismo internacional, las decididas posturas de Francia y Estados Unidos y, por encima de todo, la intransigente -casi beligerante- postura del gobierno marroquí dificultan notablemente cualquier desenlace.

Pero ocurre también, que España dejó tirado al los pies de los caballos a los legítimos ciudadanos del Sáhara Occidental, a pesar de los lazos tan intensos que unen a los dos pueblos, y que exceptuando los gestos de solidaridad de una gran parte de los españoles a través de los ayuntamientos, Comunidades Autónomas, partidos políticos, ONG's, asociaciones y un inmenso número de anónimos ciudadanos que tienen la misma sensación, el Gobierno español (como todos los gobiernos anteriores) no parece compensar, ni aún con algún sencillo gesto, lo que demanda una gran parte de los españoles. Por ejemplo, cuánto tiempo hace que un representante oficial del estado no visita los campos de refugiados en Argelia, tal vez debería preguntar si han llegado a visitarlos alguna vez. Por qué no se trata de aliviar la situación de esos cerca de 200.000 refugiados con ayudas claras y sin complejos, de esas que tienen un nombre decente en los presupuestos de cualquier país, y yendo un poco más allá, por qué no se reconoce oficialmente a la RASD como los verdaderos dueños del Sáhara Occidental, ahora ocupado por Marruecos.
Parece ésta una de esas inquebrantables utopías de las que le hablaba hace un momento, pero últimamente, he reconocido en las gestiones de su gobierno, y en especial en las suyas, un rayo de esperanza. ¿Por qué no? Usted sabe también como yo que hay más de 70 países que han reconocido oficialmente el legítimo derecho de la República Árabe Saharaui Democrática. Fíjese que me llamó la atención el comprobar que entre ellos se encontraba México, un país que los demócratas, precisamente los demócratas y sobre todo los vencidos, nunca terminaremos de agradecer lo suficiente.

Ni por un momento llegaría a creer que ésta es una tarea fácil. Me puedo imaginar al Ministro de Asuntos Exteriores tratando de hacer encajes de bolillos para no zaherir a nadie. Bueno, la estridente respuesta de Marruecos no se haría esperar, ni las reprimendas de los fieles aliados, y las Cámaras de Comercio que verían peligrar ciertos negocios, o los Bancos, y luego está la inestabilidad. Pero permítame que le cuente una historia. Una historia que tiene mucho que ver con la gratitud y la memoria.

"Hace unos años, atendiendo a una llamada de auxilio de RNE, mi mujer y yo acudimos a la perentoria necesidad de acoger a un niño saharaui. El caso es que habían llegado unos trescientos a Madrid, sin embargo alrededor de un centenar de ellos, por motivos que ahora desconozco, podían ser devueltos a Argelia porque no había suficientes familias de acogida. Entonces supe que a España solían venir (todavía lo hacen) cerca de ¡diez mil niños y niñas! para pasar el verano. También supe que ese milagroso éxodo temporal tiene una doble función, por un lado consiguen apartar a los niños de un desierto en donde se alcanzan temperaturas de más de cincuenta grados, y por otra, y no menos importante, se convierten durante tres meses en embajadores de su pueblo, en realidad en unos maravillosos embajadores de dientes blancos.

Recuerdo que estábamos a finales de junio. En Madrid, la canícula empezaba a hacer estragos, y mientras tanto a las puertas de una de las miles de Asociaciones de Amigos del Pueblo Saharaui que hay repartidas por toda España, esperábamos la entrega de uno de aquellos pequeños. Alguien leyó un nombre de una lista, acaso fuera el nombre de algún príncipe tuareg o tal vez de un río mitológico, no sé, pero el caso es que nos entregaron a un chico de once años lleno de harapos que se abrazaba a una bolsa de plástico de dos vueltas. Luego supimos que había soportado más de dos días de travesía en camiones por el desierto, supimos que había pasado la noche en un destartalado aeródromo militar al sur de Argelia, que había volado hasta España antes de que saliera el sol, y por último, y sin duda, lo más duro de todo, imaginamos lo que había tenido que esperar para ver qué sería de su vida durante los próximos meses. ¿Qué familia me corresponderá? -suponemos que pensaba entonces.

Cuando llegamos a casa, y por una cuestión de respeto, dudamos un momento si la ropa con la que había llegado debíamos devolverla de nuevo a su casa. Supongo que podrá hacerse una idea de la situación. Después entró en la ducha, y al cabo de unos minutos, en realidad he de confesarle que fueron casi tres cuartos de hora, fue cuando nos dimos cuenta de la exacta dimensión de la responsabilidad que habíamos adquirido. Allí estaba desnudo, sin nada, esperando cabizbajo y serio. Sin algún día, usted tuviese la necesidad de actuar ante semejantes circunstancias, yo no sabría entonces qué recomendarle, a mí en ese momento solo se me ocurrió ponerle una camiseta del Real Madrid junto con la equipación correspondiente. Aunque ya han pasado varios años desde entonces, creo poder asegurarle que si la felicidad en toda su plenitud existe realmente, sin duda se encontraba en la cara de aquel crío. Otra cosa fue quitarle las botas de fútbol, un tira y afloja que confieso llegó a costarme al menos tres días de trabajo".

Le cuento todo esto, porque en realidad quería llegar a lo de la gratitud.

"Cuando llegó la noche, ya habíamos olvidado por completo la inefable bolsa de plástico, por eso nos sorprendió a todos cuando de pronto extrajo de ella una impoluta "carta". La seriedad y emoción que impuso a aquel acto hizo que correspondiéramos igualmente a su gesto. Por un momento me recordó a la ceremonia del "plácet", esa que se conceden a los embajadores cuando presentan sus cartas credenciales, luego me di cuenta que se trataba precisamente de eso, de sus cartas credenciales, y aunque en uno de cuyos párrafos su madre solicitaba que tuviésemos mucho cuidado con él, y con "el mar, la piscina y los carros", ese día, aquel niño abrió una embajada en nuestro corazón. Luego llegaron los regalos: las túnicas, los sándalos, la variedad de pañuelos, los colgantes, las cuentas... Un nudo en la garganta nos impedía articular palabra, y alguien entonces pudo hablar por todos para decir sencillamente: gracias".

"Después Mafuhd -que así se llamaba- regresó a su casa. Hoy sabemos que no puede volver a España, probablemente como dice él, será porque ahora está en quinto y ya se ha hecho mayor. ¡Probablemente será por eso! Sin embargo, lo más lamentable de todo es que ese niño apenas tiene futuro. Una tarde, como hacen a veces los niños, me miró muy serio y me dijo que no sabía qué iba a ser de mayor. Su duda era si ir a la guerra o conducir el camión del agua.

Hace unos días James Baker renunció a su cargo como representante del Secretario de las Naciones Unidas para el problema del Sáhara. Sin duda, su sucesor tratará de continuar en la labor del Sr. Baker como única esperanza. No obstante, me embargan las dudas y si no se pone el dedo en la llaga, mi amigo Mahfud terminará acarreando muchos camiones de agua o lo que es peor podría terminar jugándose la vida en la frontera argelina con una metralleta en bandolera.

Esta es una oportunidad de oro. El pueblo saharaui es un pueblo decididamente democrático. Nosotros hemos tenido que hacer una ley para impedir la violencia de género, pero en mitad del desierto, las mujeres saharauis pueden darle sopas con hondas a muchos juristas y a muchos hombres también. En Tindouff, y en los campamentos de refugiados, puede haber más democracia que en el resto del magreb. El saharaui es el único pueblo árabe que habla español, es más, es el idioma oficial junto al hassanía. Y qué puedo decir de los mayores, una generación perdida que a pesar de todo, todavía guardan sus carnés de identidad españoles como una reliquia.

Señor Presidente, a la vista de la desesperanzadora situación, yo no he tenido otro remedio que escribirle esta carta con el objeto de solicitarle una implicación oficial de nuestro país. Una implicación manifiestamente más significativa y amplia que la habida hasta el momento.

Por último, ruego que me disculpe por la extensión de esta carta, pero es que he tratado de buscar todos los argumentos a mi alcance para llamar su atención. Espero que con ello, tal vez usted pueda ayudarme a convencer a mis hijos de que nuestro amigo del Sáhara podrá algún día vivir en la tierra que ahora otros han ocupado ilegalmente. Yo ya no sé qué contestarles.

Atentamente.

Antonio Polo González

 

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Antonio Polo González. Es escritor y director de la revista literaria Ariadna-rc.com.

 

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