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Las palabras pierden su valor cuando se han repetido
hasta la saciedad. Se vuelven vacías y ya ningún
efecto pueden causar sus contenidos. Esto se hace más
preocupante cuando nos referimos a conceptos que afectan
a algo tan necesario y constitutivo del hombre como es la
moral. Términos como "libertad" o "justicia
han sido manoseados, banalizados, dados la vuelta, despojados
de sus implicaciones históricas con las consecuencias
y el desorden que esta deformación ha traído
a la sociedad democrática, basada justamente en estos
principios.
En esta línea se encuentra el discurso del Pueblo
Saharaui, que ya no encuentra manera de llamar la atención
desde la propia gravedad del exilio al que ha sido arrojado.
Su situación ya no es suficiente. Sus miserias ya
han sido contadas de todas las maneras posibles y el tema
ha perdido actualidad y ya no puede exprimirse como mercancía
de consumo, por lo que salvo excepciones, difícilmente
encuentra cabida en el rincón de algún periódico.
Habría que preguntarse qué criterios son los
que mueven a los medios de comunicación en la elección
de los contenidos y en lo que consideran de interés
público.
Ante esta crisis de valores,
se hace necesario reflexionar sobre el camino que está
tomando la llamada sociedad de bienestar y recordar el duro
trayecto hacia la constitución de una sociedad democrática.¿De
qué han servido los esfuerzos del hombre hacia la
formación y asimilación de sus derechos fundamentales?,¿qué
sentido tienen los cambios sociales que se han hecho de
guerras, revoluciones y que se han saldado con tantas vidas
humanas si no se mantiene el rumbo? Es preciso que entendamos
nuestra historia o estaremos condenados a repetirla
Los españoles no pueden
eludir responsabilidades morales con el Pueblo Saharaui
porque las tienen más que ningún otro país.
Fue el gobierno español quien con Franco a punto
de perecer y presionado por la comunidad internacional se
comprometió a conceder la independencia política
a esta colonia ocupada; y fue ese mismo gobierno quien la
vendió a Marruecos desamparando a sus habitantes
a la suerte de los deseos imperialistas de Hassan II. Es
vergonzoso que el conflicto del Sáhara Occidental
no haya podido culminar su proyecto descolonizador y que
tras una dura ocupación española, los saharauis
hayan tenido que soportar la brutal invasión marroquí,
sin que la comunidad internacional haya puesto el freno
que la situación exigía desde un principio.
Todos los pueblos tienen derecho
a disponer de sí mismos, y el Pueblo Saharaui también
lo tiene, como le ha sido reconocido sin ninguna ambigüedad
por la ONU en el acuerdo de paz de 1991 (ratificado en 1997)
en el que se reconocía el derecho de autodeterminación.
Éste debía hacerse efectivo mediante un referéndum
que no se ha celebrado todavía.
Pero las consecuencias de esta crisis van más allá
de un problema político sin resolver. En los campamentos
de refugiados, los saharauis viven día a día
los efectos reales de esta injusticia política. Doscientos
mil hombres, mujeres y niños siguen esperando en
la zona más dura del desierto, la Hammada argelina,
a que se cumpla lo acordado por la comunidad internacional.
Treinta años de difícil exilio en los campamentos,
pero sobre todo treinta años de lucha por la supervivencia.
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