| Keith Jarrett
Con pocos artistas tenemos la sensación de que se entreguen por entero en cada obra, en cada concierto, con todo lo que tienen, con todo su corazón y toda su cabeza. Keith Jarrett es uno de esos pocos, un pianista legendario, poseedor de un estilo único y de una ética insobornable que le lleva a aventurarse en territorios donde otros músicos ni siquiera se atreven a pisar. Después de su fabuloso concierto de La Scala (más de una hora de travesía solitaria en un témpano a al deriva sobre un océano de silencio), Jarrett se refugió en su casa para grabar una serie de “standars” americanos, que, habitados por su toque delicadísimo y su insólito sentido del espacio, se transformaron en algo completamente distinto. En manos de Jarrett, una balada de Gershwin desciende a abismos inexplorados y el “spiritual” “Shenandoah” suena con la luz remota y nostálgica de los últimos intermezzi de Brahms. Jarrett grabó los temas en su propia casa, aquejado por un extraño mal que le persigue desde hace tiempo y del que se sabe muy poco: el síndrome de fatiga crónica. Pero atribuir la belleza crepuscular de “The melody at night, with you”–que Jarrett dedica a su esposa– a una enfermedad nerviosa sería una muestra de pésimo servilismo somático, algo así como explicar las pesadillas de Poe en razón de su alcoholismo. Tengo la impresión de que en el trío y en sus “standars”, Jarrett toma fuerzas, apareja su barca de tablas negras antes de echarla al mar, se prepara para ir de lo conocido a lo desconocido, a los mares tenebrosos donde no hay mapas. Ningún otro artista contemporáneo en ningún campo se arriesga tanto como él en sus conciertos de piano improvisado: un auditorio repleto de gente, un hombre solo frente a un piano, un silencio completamente en blanco delante. En ese instante, antes de posar los dedos sobre la primera tecla, Jarrett agacha la cabeza, cierra los ojos, respira hondo y se abandona. Es como si hubiera decidido abolir el tiempo: los relojes dejan de existir, las olas de moverse, y el público presente, que tiene la increíble suerte de asistir al parto del sonido ante sus mismos ojos, acaba comprendiendo que no sólo está asistiendo a una velada musical única sino a una ceremonia religiosa, un exorcismo, un sacrificio humano donde el oficiante gesticula, canturrea, se pone en pie poseído por los espíritus antes de levantar en sus manos manchadas de sangre el rojo corazón del tiempo.
|
© David Torres 2004
|