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RESEÑAS Y ARTÍCULOS [número ventitrés edición
primavera 2004] |
| La enseñanza
de idiomas y la política exterior
Aunque hay muchas maneras de evaluar
la dirección de la política exterior de un país,
la enseñanza de idiomas es un campo que muchas veces se pasa por
alto pero que puede ser muy reveladora. Tomemos, por ejemplo, los recientes
anuncios que aparecieron en el Chronicle of Higher Education, buscando
instructores de árabe, chino, persa, francés, dari, coreano
y serbocroata. Tales anuncios no llamarían la atención si
vinieran de cualquier universidad pública o privada. Sin embargo,
en este caso, fueron puestos por el “Defense Language Institute”
de Monterrey, California, que se especializa en la enseñanza de
idiomas a estudiantes de los cuatro servicios militares de Estados Unidos.
El “Defense Language Institute”
emplea más de 1,000 instructores a tiempo completo para enseñar
a más de 3,000 estudiantes a lo largo del año. Los cursos
están limitados a un máximo de 10 estudiantes, los que asisten
a clase de seis a siete horas por día, sin incluir el tiempo de
práctica y ejercicios. Los miembros de la facultad trabajan en
equipos y atienden al mismo grupo de estudiantes desde el comienzo hasta
finalizar la enseñanza. La duración del programa se puede
extender entre 25 y 63 semanas, dependiendo del idioma. Los programas
más cortos son los de idiomas europeos como el francés,
y los más largos corresponden a los más complejos como el
árabe. En el curso de árabe, que abarca
63 semanas, es decir, algo más de un año, los estudiantes
interactúan durante más de 2,000 horas. En un curso académico
ordinario de árabe, de cuatro años de duración, los
estudiantes completan 480 horas de clases. Si estos últimos ocupan
para ello verano, podrían completar las 480 horas en dos años.
Pero a diferencia del francés o del español --lenguas que
es posible hablar perfectamente bien en tres o cuatro años--, el
manejo apropiado del árabe puede llevar ocho años. Y el
conocimiento de todos los aspectos complejos de este maravilloso idioma
semítico puede no completarse en toda una vida. El programa intensivo
de árabe del “Defense Language Institute” puede desarrollarse
en poco más de un año en vez de en una década, que
es lo que insume bajo circunstancias normales. Es difícil determinar
si manejan mejor el idioma, puesto que el nivel de retención suele
ser pobre cuando se lo aprende con la premura indicada. De todos modos
no hay ningún programa de estudio similar al ofrecido por el “Defense
Language Institute.” El gran interés que pone el ejército
norteamericano en el idioma árabe está estrechamente vinculado
con sus apetencias en Irak. La meta del gobierno norteamericano es “cambiar
las fronteras del Medio Oriente.” El interés por el chino está
vinculado con el tema contencioso de Taiwán. El interés
por el francés se enfoca esencialmente en el continente africano,
donde es la lengua franca y donde se involucrarían eventualmente
las fuerzas norteamericanas. En Afganistán es lógico el
interés por el dari, en lugar del pashto, la otra lengua oficial,
puesto que resulta el idioma común en una zona multilingüística.
El interés por el coreano tiene que ver con Corea del Norte, que
sigue siendo una espina en el pie del Tío Sam. Estados Unidos espera
con impaciencia la muerte del déspota norcoreano o el colapso interno
de su régimen totalitario, puesto que de otro modo la única
manera de derrotar al dictador maoísta sería por vía
de un blitzkrieg. El interés por el serbocroata, un nombre inventado
por motivos políticos para el bosnio, está vinculado con
las actividades militares norteamericanas en la antigua Yugoslavia. Lo
más interesante, sin embargo, es el interés por la lengua
persa, quizás el resultado de signos auspiciosos que provienen
de Irán.
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© JOHN ANDREW
MORROW, Ph. D J.A. Morrow es doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Toronto, Canadá. Se especializa en poesía, el cuento, literatura medieval, indígena e aljamiada, estudios islámicos y medicina natural. Actualmente es profesor de lenguas y literaturas modernas en Park University en Kansas City en los Estados Unidos. Ha publicado una multitud de ensayos, reseñas, poemas y obras musicales en inglés, francés, castellano y árabe. Sus obras se pueden encontrar en las siguientes publicaciones: Canadian Journal of Herbalism, Texto crítico, Alharaca, Nueva Revista del Pacífico, LEMIR, The Canadian Modern Languages Review, Tinta y sombra, Oxígen, Revistavoces, Los lobos de Omaña, Divague, Almiar, Escáner cultural, EOM, El Cid, Mahjubah, Que Pasa Ma gazine, Hispanos, Kauzar, Le Message de l'Islam y Crescent International, entre otras. |
| Apología
Sin reparar en los tantos factores que en vez de aclarar el caso terminan ofuscándolo, muchos de los cuales que ni son a veces considerados por los críticos de arte, psicólogos, historiadores, filósofos u otras disciplinas, uno no debe de sentirse avergonzado si alguna obra de arte no nos toca, no nos gusta, no nos entrega eso que aquellos que han escrito sobre ésta dice que promete, decretando entre sus páginas que solamente ciegos o sordos o ignorantes son incapaces de percibir sus regalos divinos, ese maná, eucaristía, pues hay que recordar que entender es una cosa y gusto, el de usted o el mío, otra. No, no debemos sentirnos avergonzados, pequeñitos, o que carecemos de algo, de educación, cultura, de cierto perfil, talante o sentir. El hecho de que yo haya entendido la importancia del Quijote, la Biblia del idioma que a veces profano, por ejemplo, no quiere decir necesariamente que me gustó, que me tocó, que su lectura me pareció amena o que ésta ha cambiado mi vida. Pues les confieso que otros libros, menos notados que éste, me han tocado más, me han gustado más. Les confieso hoy porque ya no me siento mal, porque me he desasido de esa carga dañina pero necesaria que tomamos durante nuestros primeros años escolares, cuando no conocemos, sólo sentimos, y nos prescriben libros, autores y patrones, doctrinas y reglas; en fin, porque he entendido que el sentir es cosa de niños, por fortuna, y no asunto de maestros o profesores, y que los pocos maestros o profesores que uno recuerda son aquellos que te hicieron sentir, no necesariamente entender, de lo que hablaban, que en el transcurso te hicieron enamorar del mundo que describían. Es decir, sentir es cosa de genética, de fisonomía, y entender, apreciar, cosa de instrucción, de escuela y ambiente; con razón el dictamen: El artista nace y luego se hace (o se deshace). Así que no se sienta usted mal si no le gustó la música de Beethoven, la lectura de La odisea , los lienzos de El Greco, etc. Esto no quiere decir que no entienda ni aprecie la importancia de esos trabajos. Ni tampoco se sienta mal al confesar que le gusta algo y que este gusto no lo ha llevado a querer entender ese algo o a querer entender el porqué le gusta, le agrada. A mi, por ejemplo, el que menos me gustó de los trabajos de César Vallejo fue Trilce, supuestamente su más grandiosa obra; y es que gusto, señores, no nos lleva a entendimiento, o sea, a apreciación, ni entendimiento, apreciación, a gusto, necesariamente: Pues no hay conexiones necesarias en este caso, como dictó el filósofo David Hume. Nadie nos puede enseñar a sentir; a apreciar desde luego, mas nunca a sentir. Así que no se empequeñezca sin razón, y escúchese, confíe un poco más en su voz, en su interior, conciencia, y pare de reparar tanto en lo que ha leído de fulano de tal o lo que dijo algún crítico o filósofo sobre cierto personaje histórico u obra. No, no somos ignorantes ni carecemos de cierto nivel de educación. Sentimos, como todo aquel que lleva nombre, apellido, que habla un idioma, ejerce un oficio; y es lo primordial, como señaló Don Jorge Luis Borges.
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© C. A. Campos, 2004. L_tmartin@hotmail.com |
| Keith Jarrett
Con pocos artistas tenemos la sensación de que se entreguen por entero en cada obra, en cada concierto, con todo lo que tienen, con todo su corazón y toda su cabeza. Keith Jarrett es uno de esos pocos, un pianista legendario, poseedor de un estilo único y de una ética insobornable que le lleva a aventurarse en territorios donde otros músicos ni siquiera se atreven a pisar. Después de su fabuloso concierto de La Scala (más de una hora de travesía solitaria en un témpano a al deriva sobre un océano de silencio), Jarrett se refugió en su casa para grabar una serie de “standars” americanos, que, habitados por su toque delicadísimo y su insólito sentido del espacio, se transformaron en algo completamente distinto. En manos de Jarrett, una balada de Gershwin desciende a abismos inexplorados y el “spiritual” “Shenandoah” suena con la luz remota y nostálgica de los últimos intermezzi de Brahms. Jarrett grabó los temas en su propia casa, aquejado por un extraño mal que le persigue desde hace tiempo y del que se sabe muy poco: el síndrome de fatiga crónica. Pero atribuir la belleza crepuscular de “The melody at night, with you”–que Jarrett dedica a su esposa– a una enfermedad nerviosa sería una muestra de pésimo servilismo somático, algo así como explicar las pesadillas de Poe en razón de su alcoholismo. Tengo la impresión de que en el trío y en sus “standars”, Jarrett toma fuerzas, apareja su barca de tablas negras antes de echarla al mar, se prepara para ir de lo conocido a lo desconocido, a los mares tenebrosos donde no hay mapas. Ningún otro artista contemporáneo en ningún campo se arriesga tanto como él en sus conciertos de piano improvisado: un auditorio repleto de gente, un hombre solo frente a un piano, un silencio completamente en blanco delante. En ese instante, antes de posar los dedos sobre la primera tecla, Jarrett agacha la cabeza, cierra los ojos, respira hondo y se abandona. Es como si hubiera decidido abolir el tiempo: los relojes dejan de existir, las olas de moverse, y el público presente, que tiene la increíble suerte de asistir al parto del sonido ante sus mismos ojos, acaba comprendiendo que no sólo está asistiendo a una velada musical única sino a una ceremonia religiosa, un exorcismo, un sacrificio humano donde el oficiante gesticula, canturrea, se pone en pie poseído por los espíritus antes de levantar en sus manos manchadas de sangre el rojo corazón del tiempo.
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© David Torres 2004
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