TELEVISIÓN, LITERATURA Y TERROR EN BUENOS AIRES desde Buenos Aires, Argentina para Ariadna-RC
por Elbio Petroselli

 

 

Siempre la misma escenografía, de un minimalismo y austeridad militantes. Sólo dos figuras escapan al negro absoluto que cubre toda la pantalla de la televisión: la figura de un hombre alto de más de 60 años, en camisa, siempre con un cigarrillo en la mano que viaja frecuentemente a sus labios, debajo de un nietzscheano bigote, canoso por el tiempo y amarillento por el tabaco. El otro elemento que de tanto en tanto escapa a la oscuridad es un simple ventilador de techo, que gira lentamente sobre la cabeza del hombre. El resto no es más que oscuridad.

Técnicamente se dirá que se trata de un micro programa de televisión, pero más parece un rito. Desde hace más de un año, todos los viernes, a las 11 de la noche, se lo puede ver y sentir al escritor argentino Alberto Laiseca contar cuentos de terror ajenos. Lo hace a través del canal de cable I-Sat, y gracias a los buenos oficios de la productora de televisión Claxson, pero eso ya es otra historia, que tiene más que ver con el dinero que con el arte y, por eso, quedará para otro momento.

CUENTOS DE TERROR CON ALBERTO LAISECA dura lo que el cigarrillo del narrador: 5 minutos. Durante ese tiempo, la cámara a veces quedará fija frente a los ojos del narrador, otras lo tomará corriéndose levemente sin llegar a ser de perfil. También irá del primer primerísimo plano (que el guión aprovechará para que Laiseca levante la voz, y le imprima más tensión al relato), hacia tomas más cercanas al plano americano. Alternativamente, la cámara se moverá hasta dejar de enfocar, por algunos segundos, la figura desgarbada (como una especie de irónico green reeper de la misteriosa Buenos Aires), para luego volver a ella. En otras oportunidades se verá a Laiseca desde una visión cenital, aspas de ventilador de por medio. Siempre fumando. El relato no se interrumpe nunca, salvo alguna pitada. Por momentos la voz es en off, y en otras oportunidades se la vuelve a ver emerger de los labios del escritor.

Laiseca nació en 1941 en la ciudad de Rosario, lleva escritas más de 10 novelas. La primera fue "Su turno para morir" en 1976, tal vez una de las pocas que no se inscribe en lo que él denomina el realismo delirante. Este es el género que cultivó en "Aventuras de un novelista atonal" (1982), "La hija de Kheops" (1989), "La mujer en la muralla" (1990) y "El jardín de las máquinas parlantes" (1993), "El gusano máximo de la vida misma" (1999), "Gracias Chanchúbelo" (2000) y "En sueños he llorado" (2002).

Tal vez el punto culminante del Laiseca escritor fue con "Los Soria", una novela de más de 1.300 páginas que, según las confesiones de autor, tardó 10 años en escribir y otros 20 para verla editada. No se trataba de una empresa fácil ya que está plagada de dibujos, imágenes, mapas y pentagramas, y necesitaba ser impresa en papel biblia por su tamaño. Finalmente, se hizo una dedición de 300 ejemplares numerados en 1998, que hoy se puede comprar en algunos lugares a un precio bastante elevado, que ronda los 50 dólares, lo que para el argentino medio es una enormidad y media.

Algunos sostienen que con esta novela -que fue caracterizada por Ricardo Piglia, como la mejor novela argentina después de "Los 7 locos" de Roberto Arlt-, Laiseca construyó toda una civilización. Su autor ofrece una sinopsis de lujo de "Los Soria", a la que define como "una epopeya que transcurre en tres dictaduras. Dos se unen para destruir a la tercera. Pero son todas malas. La mayor parte de las cosas sucede en la dictadura que va a perder, en la Tecnocracia; las otras dos se llaman Soria y la Unión Soviética. En la realidad, Soria es una provincia de España, pero en la novela España no existe, sólo existe Soria, que tiene el tamaño de Alemania antes de 1914 y ochenta millones de habitantes. Es una superpotencia, y se une a la Unión Soviética para derrotar a la Tecnocracia". Y agrega: "El jefe de la Tecnocracia, el Monitor, empieza siendo un monstruo; es como Iván el Terrible, un ser espantoso, malo, loco, abusador, aunque no tiene nada que envidiarles a los jefes de Soria y de la Unión Soviética, que también son unos canallas. Pero el peor es el Monitor. Sin embargo, le van ocurriendo cosas, y se va humanizando. Termina por ser un buen tipo, y la tragedia, la paradoja, es que se transforma en un buen tipo cuando le llega la hora de morir, cuando los enemigos están a las puertas de la patria. Ha perdido la guerra; su humanización no le sirvió de nada. En otras palabras, la Tecnocracia se convierte en un país digno de ser vivido un minuto antes de desaparecer". En la novela son muy importantes los linyeras. Laiseca resalta que el Monitor, por supersticioso, no se mete con los linyeras. "Se sabe -explica- que todos los dictadores persiguen a estos marginales. En la España de Franco, sin ir más lejos, era famosa una ley (de vagos y maleantes) que decía que cualquiera que anduviera medio rotoso, por los caminos de España, terminaba en la ergástula. Pero el Monitor da vuelta la historia: saca una ley por la que decreta que los linyeras son animales mágicos, encargados de proteger a la Tecnocracia con su fuerza ontológica. Los linyeras son como una memoria colectiva, porque en la novela hubo una hecatombe espacio-temporal y países que antes existían no existen más, y no existieron nunca. Sólo los linyeras recuerdan".

Una vez le preguntaron a Laiseca qué pensaba mientras escribía "Los Soria", y él aprovechó para fundamentar no sólo qué es el realismo delirante, sino dar algunos anticipos de una cosmogonía propia. Dijo que su novela era "una excusa para mostrar los delirios en el arte, en la religión. En "Los Soria" aparecen cultos muy exóticos, neoaztecas. En realidad, la novela es como una imagen del mundo actual, tanto en lo religioso como en lo metafísico. El lector (con los diarios, el conocimiento de la historia, de la criatura humana, lo que se sabe de las mujeres, de los hombres, de las relaciones sociales) puede traducir "Los Soria" a imagen y semejanza del mundo de hoy. O bien puede leerlo como ficción pura, al estilo de Tolkien. Los delirios que aparecen en el texto son típicos de mi obra, pero aquí llevé hasta las últimas consecuencias los principios del realismo delirante. Todo es un delirio, pero a la vez es realista".

De vuelta a CUENTOS DE TERROR: Son cinco minutos en los que este escritor actúa, a la manera de los viejos narradores tribales alrededor de la hoguera. Pero los tiempos han cambiado, y ahora las tradiciones orales se reconvirtieron en televisivas, y actualmente, en vez de alrededor del fuego, la tribu se sienta a escuchar frente al televisor. Llegado el momento Laiseca grita. Es el final. Cinco segundos después, por obra y gracias de la edición, el escritor retoma la compostura y cita el autor del cuento que acaba de narrar, y las fechas de su nacimiento y muerte.

Por el ciclo pasaron todos los grandes, desde D.H. Lawrence a Akira Kurosawa, de Lafcadio Hearn a Giovanni Verga y Rod Serling, por sólo mencionar a algunos. No son necesariamente cuentos de terror. Laiseca los hace terror. En una de las últimas emisiones, haciendo honor a la escenografía de habitación cerrada le tocó el turno a "El Extraño", narrado en primera persona por el monstruo. Y cuando terminó, y escuchó la voz dura y grave de Laiseca, que decía "Howard Phillip Lovecraft", a este cronista se le heló un poco la sangre.

 

© ELBIO Petroselli
Buenos Aires - Argentina

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