MUSICA PARA AEROPUERTOS

Recuerdos del que viaja con los cinco sentidos: (I) el olfato.
por Dámaso

 

Cada aeropuerto tiene su olor, o su mezcla de olores. Lo mismo ocurre con las personas, cada una huele diferente: a tabaco y a sudor, a Givenchi y a Kouros, o a cualquier otra combinación abigarrada. Pero siempre hay unos pocos olores que destacan e identifican, por ejemplo, a un aeropuerto. Cierro los ojos y empiezo a oler en los rincones de la memoria. Es un ejercicio difícil porque hay que oler hacia adentro, pero con un poco de práctica se convierte en algo tan sencillo como recordar un rostro...

...el aeropuerto de Kimpo en Seúl. Huele a ajo, sin disfraces, ni frituras: a diente de ajo. Los coreanos usan el ajo como los ibéricos las aceitunas, por eso Corea huele a ajo desde que se pisa el "finger" en el aeropuerto de Kimpo, hasta que en un acto de defensa propia, el forastero se come media docena de dientes, de ajo por supuesto. No se trata de un acto de locura, sino de la única forma que se conoce para dejar fuera de combate a la pituitaria, y poder comportarse de manera civilizada durante la estancia. Incluso en Corea se considera de poca educación retirar el rostro cuando se saluda a la gente, y de peor que te de una arcada cuando te sonríen. Corea nunca será tierra de vampiros, al menos eso ganan.

El aeropuerto de Ciudad de México huele a maíz y jalapeños, pero a diferencia de Corea, en México no te desprendes del olor a maíz nunca. Supongo que si alguien pudiera comerse un quintal de mazorcas, dejaría de oler a maíz; para siempre, me temo. La mayoría de la gente convive sin problemas con la dulzura del olor a maíz, pero se dan casos agudos en los que al forastero le resulta tan empalagoso, que adquiere una perpetua cara de asco. Se les distingue fácilmente porque siempre llevan la nariz arrugada, y los labios fruncidos.

Al volver a Madrid después de un largo viaje, soy capaz de distinguir el olor de Barajas: fritanga, que es el término que designa al aceite de oliva frito. Si cierro los ojos, en vez de las tiendas Duty Free podría estar rodeado de los bares de la Plaza de Santa Ana. A los españoles nos gusta rebozar y freír casi todo - a ser posible en aceite de oliva - y en algunos bares son tan tradicionales que siguen usando el aceite con el que frieron sus padres, por eso en nuestras calles conservamos olores de rancio abolengo.

Heathrow is different. En este aeropuerto no huele a comida - menos mal -; este aeropuerto huele a moqueta. Londres, todo el Reino Unido, huele a moqueta. Es como si los británicos poseyeran la función fotosintética, y no se alimentaran de cosa sólida. Luego, más tarde, se comprende. En fin, con su moqueta se lo coman.

Narita está en Japón, a 90 Km de Tokio, la Megápolis, y acabo de llegar. Es todo perfecto, limpio, exacto, práctico, esterilizado, pero aunque parezca que el olor es imposible aquí, olfateando con perspicacia, se descubre la soja y el sake. La soja es una planta milagrosa que sirve lo mismo para un dulce, que para hacer aceite, o tofu, o yuba o tantas cosas de nombres hermosos. A la soja se le añade mostaza, washabi, o se la usa de condimento en sopas y salsas. Si la soja es la sangre del Japón, el sake es su refugio, porque a pesar de su belleza, vivir en Japón es duro, y a sus gentes les gusta buscar la compañía de una botella caliente de vino de arroz.

Dejo a los científicos la tarea de clasificar los olores de los cientos de aeropuertos que florecen sobre la superficie del planeta, y de establecer la relación del olor con el carácter de los habitantes de cada país. Yo sólo pretendo aconsejar al viajero que viaje con los cinco sentidos, o con los que tenga, así aprenderá más de las gentes que habitan todos esos países, y comprenderá que lo que en un sitio huele mal, en otro es una "delicatessen", y que estas diferencias no son meras anécdotas porque se extienden a todos los ámbitos de la vida.

 

© Damaso

 

portada


a r i a d na