LA P R O S A
Mr. Walker
por Bob T. Morrison
La habitación no es espaciosa: dos sillas, un escritorio, un armario de doble cuerpo, un par de luces de mesa y dos camas. Adrián es un buen tipo, le gusta que le llamen Adrian -sin acento- con suave deje inglés. Si uno le pregunta por qué, Adrián -o Adrian- contesta que su padre viajaba en un barco mercante y que conoció a su madre en un puerto griego, el Pireo según me parece; como si esto explicara algo sobre la pronunciación de su nombre. Cuando paseamos por el recinto, me habla de su mujer y de cuánto la quiere; y de sus chiquillos. Dice que cuando salga será un hombre nuevo; que la vida es hermosa y hay que vivirla y que la esperanza es lo último que se pierde. Muchas tardes hablamos sobre esto. Nos tomamos un café y me cuenta que vivía fuera de la ciudad y que cada día se levantaba al amanecer para ir al trabajo. Tomaba el tren y no volvía hasta la noche. Llegaba a casa agotado y apenas veía a los muchachos. Así empezó todo, me dice; y me vuelve a hablar de su mujer y de una pequeña casa en el campo donde quiere retirarse a pasar una plácida vejez. Entonces se yergue y saca del bolsillo interior de su chaqueta una arrugada propaganda; la desdobla cuidadosamente y me la enseña: hay un hombre y una mujer, jóvenes, junto con dos chavales. Están en el jardín y, al fondo, se puede ver una hermosa casa. Sonríen a la cámara y hacen una barbacoa; son felices. En mayúsculas se puede leer: usted puede conseguirlo. Venga y le damos el dinero. En una sucesión de fotografías se podía observar como un hombre de sienes plateadas recibía a la pareja, la misma que ahora estaba haciendo la barbacoa; el hombre detrás de una mesa limpia y ordenada parece decirles: ¿eso es todo? vaya tontería. Nosotros se lo arreglamos al momento. Duerman tranquilos. Después se vuelven a estrechar la mano, parece que se conocieran de toda la vida y con aire despreocupado se dirigen a su nuevo y pletórico hogar acompañados de la parejita.
Adrian, mira al papel coucheé con envidia. A ello debe referirse cuando me comenta que al salir empezará una nueva vida. Debe pensar ir al banco y que, el mismo tipo bien vestido, le recibirá como sí fueran amigos de toda la vida; le prestará el dinero con una frase elegante: vamos hombre ¿qué quiere que hagamos nosotros con todo este dinero? Ya nos lo devolverá cuando pueda, poco a poco... entonces dobla la página en cuatro trozos y la introduce de nuevo en su bolsillo. Intento en vano imaginarme a Adrian, junto a su mujer, haciendo una barbacoa con los vecinos mientras un montón de niños corretean por el jardín detrás de un balón.
Por la tarde nos sentamos en una banqueta larga de madera, junto al teléfono verde de monedas, como si esperáramos una llamada importante. Sabemos que nuestras mujeres están demasiado atareadas para venir y de vez en cuando llaman y nos preguntan: ¿estas bien? ya verás como dentro de poco todo habrá terminado y al cabo de unos años nos reiremos juntos. No sé la maldita gracia que me va a hacer. Aquél día, la última vez que me ingresaron en el hospital, un médico -con unas gafas horribles- dijo que no duraría diez años; también se lo dijo a mi mujer. Ella me suplicó y el médico hablaba al mismo tiempo. Ella decía: piensa en nosotros; en los niños... y el doctor repetía: no durará más de diez años pero no podemos hacer nada si él no quiere; primero tiene que aceptarlo... entonces nosotros... yo estaba echado en una camilla, mareado, con un fuerte golpe en la ceja y una especie de gasa en la frente; por lo visto al fin dije: de acuerdo, lo haré por nosotros y por los niños... sí, claro, por nuestro futuro. Debí firmar algo pero no lo recuerdo; después el doctor llevó a mi mujer a la consulta y le habló de un lugar espacioso, con sol, donde estaría muy bien y me cuidarían. Se lo planteó como unas vacaciones: pasear, aire puro, tranquilidad... y cuando abrí los ojos me desperté en una habitación de cuatro camas con ventanas enrejadas y las muñecas maniatadas.
Pronto tendré algún que otro día libre aunque por la noche tengo que volver. No deben de fiarse mucho de mi desintoxicación. Iré a casa y le daré una sorpresa a mi mujer. Saldré por la mañana, pronto, y cogeré el coche. El permiso de conducir aún no ha caducado. Supongo.
© Bob T. Morrison
a r i a d na