LA P R O S A


 

Nada era lo que parecía...
por Elena Buixaderas

 

 

Nada era lo que parecía. Nada. Y, lo que era peor, ahora sabía que ni siquiera poseía la clave para descifrar la verdadera esencia de las cosas. Toda su vida había estado equivocada y no se había dado cuenta hasta esa misma tarde. La verdad la había asaltado con la crudeza de lo inesperado y le había asestado una herida mortal. Había muerto, y nadie parecía haberse percatado de ello. Con una sonrisa en los labios, su corazón y su alma se habían partido en dos. Y, con una sonrisa en los labios, había tenido que sostener su cuerpo que se desmoronaba. En medio de la algarabía, en medio de las bienvenidas, en medio de las despedidas, en medio de las risas y los sollozos, sobre el frío suelo del andén de la estación. Apenas recordaba nada más. ¿Cómo podía recordar, si estaba muerta?. Porque tenía que estarlo. Era la única explicación a la ausencia de dolor. No sentía absolutamente nada. Ni angustia, ni celos, ni tristeza. Un vegetal podía experimentar emociones infinitamente más intensas, comparado con ella. Tan sólo pensaba que nada era lo que parecía. Podía percibir un mundo que sólo tenía existencia real en su pensamiento. Podía ver, oír, tocar, oler, y lo cierto era que todo era un truco de su imaginación. El verdadero mundo, el absoluto, el que los demás parecían percibir se escapaba a su conocimiento. Era incapaz de discernirlo. Y nunca podría porque su intuición era la equivocada. Su intuición la había traicionado y se había quedado sola y abandonada en medio de un mundo extraño y ajeno, frío y desconocido. Ahora lo sabía, como siempre, demasiado tarde.

Miró por la ventana. Seguía lloviznando y pequeñas gotitas de agua se adherían mágicamente al cristal, sujetas por algún sabio principio de la naturaleza que unía amorosamente el agua y el vidrio en una ceremonia de encuentro entre el frío y el calor. Dejó deslizar la mirada a través de ellas y comprobó que todo lo que observaba, la calle, los edificios, los árboles, se distorsionaba ante sus ojos. Otra ilusión, otro sueño. Su propio mundo también estaba distorsionado y las emociones y situaciones se habían curvado y deformado hasta formar una maraña de recuerdos vacíos y sin sentido, absurdamente retenidos en su memoria. ¿Cuál era la visión verdadera?. ¿Las copas de los árboles colocadas debajo del tronco?, ¿los tejados de las casas debajo de las ventanas?, ¿la carretera combada de manera infinita?, o ¿el cuadriculado mundo donde todo estaba colocado donde debía estarlo?. Apartó las gotas con una mano y miró hacia la calle sin el artificio del agua. Los árboles habían dejado de estar verdes hacía tiempo y algunos ya habían comenzado a perder sus hojas. Llegaba el momento del descanso para ellos. Ya no tendrían que esforzarse por respirar, ni por crecer, sólo tendrían que descansar en un dulce letargo. Cuando llegase el invierno estarían desnudos y secos. Parecerían muertos; aunque no lo estarían. No como ella, que parecía estar viva y estaba muerta. ¡Qué sutil era el engaño!. Tan finamente entretejido que era prácticamente imperceptible. Uno podía vivir toda una vida sin notar la trampa y morirse con la convicción de que poseía la luz del conocimiento.

Miraba hacia fuera, hacia el exterior de las cosas, porque no quería mirar hacia el interior. Su mundo interior, cristalizado y frágil, se había quebrado con su llegada, con la llegada del ser que amaba.

Desde que él se había marchado, buscando un horizonte difuso y neblinoso, ella había estado anhelando su regreso día tras día. Noche tras noche soñaba que él había vuelto, o que él nunca se había ido. Sueños llenos de ternura, bañados en la dulzura incomparable de un amor que no había tenido tiempo de florecer y que había permanecido latente entre los dos. Sueños inflamados de pasión en los que por fin se entregaban el uno al otro y derretían la barrera del miedo. Porque siempre habían tenido miedo a dar el primer paso en la búsqueda del amor genuino. Miedo a la desilusion, miedo al fracaso, miedo a perder la libertad, miedo a decepcionar al otro, miedo a mostrar la cara oculta de sus lunas interiores. Recordaba cómo una noche, en medio de la algazara de las celebraciones, en medio de la multitud que abarrotaba calles y bares, exultante y jaranera, los dos se habían encontrado y él, probablemente desinhibido por los vapores del alcohol, se había acercado a ella, con una anhelante y bella sonrisa, y había deslizado su brazo alrededor de su cintura aprisionando su cuerpo junto al suyo, fundiéndolos como jamás habían estado antes. Ella había sentido sus hombros, su pecho, sus caderas, sus muslos en una cercanía casi dolorosa. Y sus labios, sus tiernos labios sobre su oído, susurrándole con aquella voz de terciopelo que quería dormir con ella. ¡Cómo se había derretido al oír aquel susurro pronunciado como si fuera un deseo largamente ahogado!. El corazón acelerado, la respiración jadeante, su pelo, tan cerca, cosquilleándole el rostro... Deseaba responder, deseaba hacer algún movimiento que demostrase su mismo anhelo. Y no pudo. El miedo la dejó paralizada, rígida como una estatua, gélida en el interior de un volcán. Cuando él deslizó el telón sobre sus cabezas, como un muro que separaba su mundo privado, aislándolos de la música, de las risas, de las luces, en medio de una oscuridad cada vez más cálida, ("ahora no nos ve nadie"), entre los latidos desbocados y las respiraciones contenidas, tan cerca como nunca habían permanecido antes, tan cerca que ni un hilo de seda habría pasado entre sus cuerpos, ella, que deseaba dejar fluir su cuerpo derretido sobre el de él, que deseaba dejarse llevar por el torbellino que la devoraba, sintió pánico y sólo mostró su helada coraza. Su intenso deseo la atemorizó y salió huyendo. Después, él se fue. Ella sólo pudo llorar su ausencia y escribirle cartas que él pronto dejó de contestar, sólo pudo soñar para saciar el hambre de su presencia y recordar cada pequeño instante que habían compartido y que atesoraba en su memoria como perlas del pasado.

Había anhelado tanto su regreso... Lo había imaginado, lo había soñado de mil formas diferentes. Había modelado la misma escena con los dedos de su pensamiento inconsciente cuando las barreras del miedo desaparecían y era capaz de aceptar el amor con una intensidad casi hiriente, cuando las cadenas de sus defensas cedían y dejaban de lacerar su herm‚tico corazón, cuando su mente era liberada y podía navegar en el mar del sueño. Entonces, él volvía de su exilio, consciente de su amor por ella, libre de los temores que habían ahogado sus deseos, y en su reencuentro no existía más que un beso. El beso que nunca se habían dado. El beso que uníría sus vidas más profundamente que cualquier lazo. Un beso, mudo, que diría todo lo que no se habían dicho antes. Un beso de vida con el que moriría, por fin, el miedo.

Así debería haber sido... si su visión del mundo hubiera sido cierta, si su intuición hubiera sido certera, si los árboles hubieran existido con sus copas invertidas. Así debería haber sido. Y no como ocurrió. Le bastó mirar a los ojos de él buscando el reflejo de su anhelo; porque en ellos estaba la verdad que él había sido incapaz de confesar, la razón de que olvidara sus cartas. En sus ojos huidizos, que no podían sostener su mirada inquisidora, ella leyó las líneas mortíferas y envenenadas. En ellos encontró la solución al enigma del que no había querido tener consciencia. El había olvidado todo, había enterrado su amor y su miedo hacia ella bajo la losa del olvido. Nada tenía significado para él porque había entregado su amor a alguien que no era ella. Ella lo supo con mirar a sus ojos y en ese instante se rompió en pedazos y murió. El resto únicamente confirmó su muerte. El frío abrazo. El beso aséptico. La doble cantidad de maletas. La sombra que bajó tras él del tren. Todo el dolor concentrado en ese fragmento de tiempo contenido y después... nada. Vacío de sensaciones. Ausencia de sentimientos. La muerte que respiraba.

Se había quebrado el espejo de los sueños y éstos se habían volatilizado, dispersándose en el aire inmóvil de una tarde de otoño.

Por eso estaba muerta, porque nunca más volvería a soñar. Y una vida sin sueños era la muerte.

FIN

Londres, Octubre de 1994

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