LA P R O S A
La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida...
por Carlos SánchezJuré no volver a hacerlo más. En mi vida había hecho muchos juramentos definitivos que luego no logré mantenerlos. Quizá esto se debía a mi falta de fe, a la poca convicción que tenía en que al fin alguien, con frondosa barba, nos juzgaría entre etéricas nubes, mientras un coro de ángeles tuertos pondrían música de fondo a la escena. Tomé esa decisión ante el espejo, mientras me recortaba la barba con esa tijera desafilada que tanto trabajo me da.
Desayuné compungido por el juramento apenas hecho; sabía ya que después del café empezaba la prueba de fuego. Salí de casa con moderado optimismo, el sol del otoño me insinuaba su tregua, a través de las amarillentas hojas de las acacias.
Después de comprar el periódico alteré mi clásica ruta y me fui directamente hacia esa boca gigantesca en su eterno bostezo. Hojeé distraídamente las noticias en negrita, y traté de no pensar en mi juramento. Llegué más rápidamente que de costumbre a la estación del subte en que tenía que bajar, eso me pareció una buena señal. El tiempo puede controlarse, uno puede combatirlo con otros pensamientos, con otras instancias, como a los deseos.
Subiendo las escaleras mecánicas, mi mecanicidad también se altero e intentó un acto registrado en los años, que por suerte pude cortar de raíz.
En la oficina las cosas anduvieron mejor de lo esperado. Logré ensimismarme en un informe que me tenía mal desde hacía un par de semanas y pareció que mi inspiración, al improviso, hubiera encontrado el camino perdido.
Por suerte era un período de mucho trabajo para todos, y eso me permitió pasar desapercibido. Nadie hizo un comentario, nadie me pregunto nada, y mis fuerzas iban creciendo en la justa proporción en que transcurría el horario. Ni siquiera el almuerzo presentó dificultades, en ese restaurancito de Viamonte donde todos nos conocemos, el clásico del domingo ocupó todas las conversaciones y las tomaduras de pelo, en una gran confusión general.
La única acción discordante fue al final, cuando Antonio me dijo: el cortado de siempre y yo le respondí: no gracias, hoy no. Sólo unos instantes, una foto fija de Antonio, que por suerte pulverizó un chistido clásico desde la mesa del fondo.
El día se presentaba, como ya dije, con toda su vestimenta amarilla, en los pocos árboles que sobrevivían al progreso y a la especulación edilicia, en el centro de la ciudad.
Ya de vuelta a la oficina, completé algunos ajustes finales e imprimí el documento. Me sentía satisfecho de mí mismo, de mi autocontrol y de mi comportamiento heroico.
Estaba por salir cuando sonó el teléfono. María insistió mucho para que nos viéramos, habían estrenado una película polaca que su compañera de estudios le había recomendado. Insistió tanto que todas mis resistencias y excusas fueron vanas. Yo no quería distraerme, no quería dejarme vencer ni por la mecanicidad ni por la tentación, pero nos encontramos en la puerta del cine exactamente a las ocho.
La película no era gran cosa, buena fotografía, buenos actores pero la historia era un popurrí de lugares comunes, la nueva Polonia que llega al capitalismo como un hombre adulto llega al sarampión.
Ella no me dijo nada, como si no notara mi cambio y dando vueltas y vueltas sobre temas intrascendentes, terminó pidiéndome que subiera a su apartamento. No sé si la excusa fue creíble o no, lo cierto es que no subí y que ella no pareció alterarse como normalmente lo hacía. Una nueva conquista en apenas un día de entrega total a mi promesa.
Y entonces comprendí qué importante es la fuerza de voluntad, que aún cuando no sé bien dónde localizarla, en alguna parte de mi cuerpo está, de mi cuerpo o de mi espíritu, quizás del cuerpo o de la mente, yo no sé.
Me fui dejando arrastrar por las luces de la Calle Corrientes, gambeteando peatones y pozos, bajo un cielo plomizo de rascacielos. Llevaba la frente alta, desafiante. Sentía que nada ni nadie me podía mover de ese lugar al que había llegado dentro de mí. Entonces fue cuando sentí algo que se metía en mi bolsillo, sentí como se alivianaba el peso de mi chaqueta y atiné a buscar, sin saberlo aún con certeza, la mano que se llevaba mi billetera. Hubo forcejeos y gritos, tumulto, el gitanillo trató de escapar pero no lo dejaron, y como en una película americana llegó la autoridad. En ese momento me di cuenta que el individuo con quien luchaba era apenas algo más que un niño, mal vestido y en zapatillas. Pedía por favor que no lo llevaran, que él no había querido hacerlo pero que su padre lo obligaba, y no sé cuantas otras cosas de sainete.
No sé por qué me vino en mente Cervantes y sus Novelas Ejemplares, por qué me quede trastabillando en el origen del nombre, en ese juego de la dualidad: Ejemplares. Lo cierto es que el policía me invitó a acompañarlo a la comisaría, yo insistí en que no era necesario, le dije en tono amigable: déjelo ir. Pareció que eso lo ofendía, no sé por qué; insistió entonces con tono más áspero: Usted me tiene que acompañar, es la ley.
Por suerte la comisaría estaba cerca, me hicieron sentar en un especie de pasillo y esperé allí un largo rato, mientras en el fondo del corredor un policía vestido de civil maltrataba una vieja Olivetti. Mi voluntad trastabillaba en ese lugar cerrado, a esa hora, se iba deteriorando peligrosamente mi juramento aún en pié. Finalmente volvió el agente y me pidió que le diera los datos a ese que estaba maltratando la máquina de escribir. Repetí parte de mi curriculum al agente, firme después de comprobar varios errores de ortografía en el verbal (que lógicamente no corregí) y salí a la calle ofuscado por la hora, el cansancio y el esfuerzo.
En mi cabeza entonces había un solo pensamiento; miré por todos lados, buscando un kiosco, y empecé a caminar, con esa idea fija en la cabeza, hacia la parada del colectivo. Cuántos momentos gratos del día, cuantas pequeñas victorias se habían ofuscado con ese suceso. Finalmente una lucecita me dio la señal que estaba esperando, crucé la calle y dije sin tono de emoción en la voz hacia unos bigotes prominentes: Jockey Club largos, con filtro. Pagué, abrí con cuidado el paquete, lo golpeé contra mi puño, saqué el que más sobresalía, me lo puse con gran ternura en los labios y lo encendí. Qué dulce placer me envolvió cuando el humo tibio comenzó a deslizarse por mi garganta; ya no me importaba más mi promesa, mi juramento matutino, ni la filosofía contradictoria e incompleta del bien y del mal. Había resistido la tentación por todo el día, había usado toda mi argucia, había dedicado toda mi atención. Fue entonces cuando me vino a la mente Willy Colón, y el estribillo de su salsa: La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
Los colectivos
nocturnos en Buenos Aires pasan muy espaciados, por eso, mientras
lo espero, aproveché para encender otro cigarrillo.
Septiembre 98
© Carlos Sánchez
a r i a d na