LA P R O S A


 

La tormenta
por Ignacio Reverte

 

Cuando el cielo reventó, me refugié en ese oportuno zaguán quebrado de oscuridad.

Me sobresaltaste con aquel "¿aún llueve?", y pude entrever tu figura húmeda, el pelo revuelto de agua, viento y noche. Pudiste comprobar cómo el agua resbalaba por mi cara, y alargaste un pañuelo que, de tan mojado, me hizo reír.

Nos sentamos contentos de aguardar sin soledad a que escampara; desgranaste entonces una conversación triste y apasionada. Mientras hablabas de antiguas novias, de tu falta de trabajo y de los coqueteos con la droga, no evité el contacto de tu mano con la mía; poco a poco nos fuimos entendiendo y no pude negar ese suave beso que hundió lentamente mi cabeza en la pared.

El amanecer se abrió paso por el quicio e iluminó tu sonrisa. Te despediste pidiéndome el monedero y guardándolo en tu bolsillo. El detalle de la navaja era innecesario: todo te di sin oponerme, incluido ese último beso, oscuro y húmedo como mi ropa.

El amor no paga alquiler y, en ocasiones, cuando estalla la tormenta, esconde sus remiendos en la rezumante tristeza de los portales.

Ignacio Reverte Marín
irevertem@nexo.es

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