LA P R O S A


 

El día más feliz de mi vida
por Carola Fernández Moores

 

Aún recuerdo el día más feliz de mi vida…

Buenas tardes, mi nombre es Xochotzincatzin o si ustedes así lo prefieren, Pezón de Fruta. No se escandalicen por este nombre, es tan sólo la forma en que mi rey me llamaba. Su nombre era Nezahuelpilli y en ese tiempo era el rey de los aztecas.

Fue hace ya tantos años que me resulta difícil recordar cuantos, éramos muy felices, yo lo amaba y él también, aunque claro, a su manera. Yo era una de sus tantas esposas, creo que en ese momento llegábamos a formar un grupo de cuarenta entre las dos mil concubinas que él solía frecuentar y con quienes había tenido como mínimo mil niños y niñas de todas las edades. Pero yo era su preferida, además de ser la hija del rey de México, fui la única mujer que amó en su vida.

Pero en ese momento éramos felices porque yo estaba pronta a dar a luz. Habían pasado ya tres años de convivencia junto a él y nunca había tenido la gracia de poder concederle un hijo a mi rey. El tiempo de gestación fue difícil para mí; continuos mareos y fiebre alta me aquejaron, pero mi rey había intercedido con los astros por mí. La familiaridad con que vivía con los astros celestes le habían valido fama de mago y hechicero, muy contraria, por cierto, a su espíritu racionalista.

Poco antes del alumbramiento según me contó, fue a consultar a las estrellas para ver si estaban dispuestos a acoger a esa nueva alma que recorrería, vagando, el mundo y que cumpliría un papel importantísimo en su vida.

Recuerdo el día del parto nítidamente a pesar de haber pasado tanto tiempo. A fuerza de sudor y lágrimas, luego de dos horas de sufrimiento llegó mi niña, "nuestra niña". En el momento del parto, según nuestra costumbre, yo debía alumbrar cantando una canción azteca, sin gritar ni nada, les aseguro que fue bastante complejo.

Lo primero que se debía hacer cuando nacía una criatura en un parto fácil y feliz como había sido el mío, era cortar un mechón de pelo de la coronilla. Mi niña tenía el pelo negro azabache al igual que su padre. Era preciosa, con su tez morena y sus ojos negros, profundos y penetrantes. La comadrona tomó a mi pequeña niña en sus brazos y con una navaja le cortó el mechón, al que apartó, para que después, cuando la niña muriera fuese presentado en una caja consagrada, junto a otro mechón de pelo cortado el día de su muerte como ofrenda a la imagen de la difunta, una vez su cuerpo consumido por las llamas de la pira funeraria.

Hubo un hecho que en ese momento me pareció muy gracioso e incoherente pero del que después me arrepentiría toda mi vida. Al cumplirse el rito de cortar el cordón umbilical, se debía enterrar el cordón en la tierra del suelo del hogar, ya que signuficaba que la niña se quedaría en ese hogar ligada a sus deberes familiares. Sin embargo por ser yo la preferida de Nezahualpilli y la que había nacido su hija, nos encontrábamos en su suntuoso palacio con los pisos pulidos y sin tierra, no era un nacimiento común y no estábamos en una casa azteca corriente donde el rito podría haberse cumplido sin problema alguno. La comadrona estaba preocupada por este hecho, ya que como todos los de la baja sociedad, era supersticiosa en demasía. Yo, obviamante quería cumplir todos los ritos, pero pensaba que podían ser modificados de acuerdo con las circunstancias. Entonces, hice que enterraran el cordón en el jardín sin que el rey se enterara. El tiempo me demostró cuán equivocada estuve ya que mi niña, diecinueve años después se marchó junto a uno de esos rubios españoles que acabaron con nuestra especie. Pero bueno, mejor, sigo contando cosas felices y no entristecedoras.

Luego del rito del cordón tuve un tiempo para descansar y acicalarme para la visita de mi señor. Allí, tendida en mi cama con mi hija recostada sobre mi pecho, esperaba con ansias la visita de Nezahualpalli. Sabía que iba a estar orgulloso de mí y de nuestra niñita, aunque supongo que le hubiera complacido más si hubiera sido un varón. Me lo imaginaba entrando en la habitación; su cuerpo formado, su gran figura, a la vez armoniosa y fuerte, su rostro, de tez morena y rojiza que a veces parecía iluminada por dentro.Tanto por su expresión como por su clara y bien tallada arquitectura daba cierta impresión de rigidez cristalina que atraía por su belleza y sin embargo repelía por su inexorable perfección. Así lo veía yo; como un Dios, magnífico y todopoderoso, realmente estaba enamorada de él.

De repente, volví en mí y allí se encontraba, sonriente, pero demasiado protocolar. No podía mostrar demasiada preferencia, todas sus demás mujeres se hallaban presentes, formando fila por detrás de él para saludar al nuevo príncipe. Entre ellas yo sólo poseía un amiga, Citlali. Las demás eran mujeres arpías que hacían cualquier cosa con tal de acaparar la atención de nuestro señor. Se las veía sonrientes, pero yo sabía que por dentro estaban completamente celosas y seguramente urdiendo algún plan para separarme de él.

No era muy común que el rey trajera a sus mujeres a esa habitación ya que había sido de su madre y allí había nacido él. Me sentía muy orgullosa de eso.

Allí se encontraba, completamente emocionado con nuestra hija en brazos, mientras que todas sus demás mujeres iban pasando y retirándose. Una vez terminada la ceremonia y encontrándonos solos, me besó y besó a la niña. Pero inmediatamente después de eso me dijo que debíamos bautizarla ese mismo día. Me sorprendió eso ya que se usaba bautizar a los niños una o dos semanas después del alumbramiento pero tal como me hizo recordar, estábamos en el año 3-cuchillos; y para nuestro pesar, ese era un signo nada tranquilizador. Los cuchillos estaban relacionados con el norte, y por allí venían nuestros enemigos a atacarnos, también estaban relacionados con el color rojo pasión de la sangre y con el fuego. No era un buen augurio. Además el signo del mes era ceacatl o 1-cañas, considerado de mal agüero en la astrología mexicana por estar sometido al capricho de Quetzalcoatl o serpiente emplumada, "Dios de los vientos y los torbellinos". Todos los que nacían bajo este signo estaban condenados a un mal terrible. El viento se llevaría en ráfagas locas todo aquello en que pusieran su empeño y deseo. A pesar de esto, todavía nos quedaba una oportunidad, se sabía que esa tendencia maligna no era absoluta y que si queríamos prevenirla o apaciguarla, teníamos que bautizar a nuestra niña el octavo día de ese mes, llamado Chicuexuchitl u Ocho flores. Esa era la razón por la cual debíamos bautizarla sin demora.

Así fue como esa misma noche nuestra hija fue bautizada. La comadrona, quién llevaba a cabo el bautismo, cogió una escoba, luego un huesillo y por último una canastilla de trabajo; tocó con ellos las manos diminutas que descansaban como pétalos de rosa sobre el huipil de juguete que llevaba la niña. Después la desvistió y salpicándole los labios con agua, fue bautizada.

Nuestra hija había nacido en ese octavo día, por lo tanto le pusimos por nombre Xuchitl, o flor.

Una vez terminada la ceremonia, Nezahualpilli, se me acercó y con la niña en brazos me dijo que era el hombre más feliz sobre la tierra. Yo también lo era.

Y ese fue el día más feliz de mi vida.

XOCHOTZINCATZIN

 

© Carola Fernández Moores

 

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