LA P R O S A


 

Compartir sonrisas
por Susana García

Para "Pablo", que descanse en paz.

 

Todas las historias, sean de la naturaleza que sean, comparten dos características comunes: todas comienzan y todas terminan. Eso es algo inherente en todas y cada una de ellas. Al igual que los seres vivos, las historias nacen, se desarrollan y mueren (y algunas se reproducen, supongo). Pero no tengo intención de hacer aquí una conferencia sobre el tema. Quiero contaros una historia. Una historia que comenzó con una sonrisa compartida.

Yo trabajaba en una empresa de instalaciones que sería más exacto llamar "fontanería". Mi trabajo allí, además de las típicas tareas de toda secretaria, aburridas y monótonas, también incluía el trato con el público. No quiero que os imaginéis lo que no es: era una oficina bastante sórdida, llena de polvo y en la que había una fauna autóctona bastante numerosa, sobre todo en los meses de verano. Y la recepción sólo era un pequeño mostrador de conglomerado forrado en imitación madera, con una caja registradora antediluviana, que se podía abrir gracias a unas bisagras que levantaban parte del mostrador dejando un estrecho pasillo para entrar y salir de mi cubículo. Desde allí yo vendía pilas y bombillas a los clientes, les recogía sus aparatos eléctricos para reparar y tomaba nota de las averías que los operarios debían reparar a domicilio.

Una mañana conocí a Pablo. Pablo tenía una tienda de decoración en la misma calle donde estaba ubicada la fontanería en la que yo trabajaba. Yo hacía muy poco que trabajaba allí y aún no conocía muy bien a los parroquianos que acostumbraban a frecuentar nuestro establecimiento, y cuando Pablo entró no supe quien era. Sólo era una persona más que entraba a pagar una factura. Ese era otro de mis cometidos: cobrar las facturas que los clientes venían a pagar en efectivo o talón a la oficina. Pablo era un hombre alto, de rasgos agradables y corrientes, el pelo muy corto y con un deje andaluz en su forma de hablar que le daba un aire de simpatía y cordialidad. Casi no hablamos, solo lo justo.

- Vengo a pagar esta factura, a nombre de Pablo Hernández.

- Un momento por favor -le contesté yo, marchándome a continuación a buscar el archivo donde guardábamos los recibos.

Volví con el recibo, él me extendió un cheque y, en el preciso momento en que yo le tendía el recibo y él me daba el cheque, nos miramos uno al otro y nos sonreímos. Él, con un adiós caluroso, salió por la puerta, y yo volví a mis quehaceres.

No fue hasta varias semanas más tarde que me llegó el rumor, un rumor que iba de boca en boca por todo el barrio. Os estoy hablando de un barrio de Barcelona que es poco más que un pueblo. Nada se escapa de la murmuración, todos conocen a todos o casi y se practica mucho el comadreo. Para ser justa y honrada con todos vosotros también me incluiré yo que, más de una vez, caí en este tremendo vicio que causa tantos estragos en muchas ocasiones. El rumor que corría como agua de una fuente en plena primavera era que Pablo estaba enfermo. Pero no enfermo de cualquier cosa... era un enfermo de SIDA. Tratándose del año 89, cuando aún el SIDA era considerado causa de muerte segura, podéis imaginar el revuelo que dicho rumor causó. A mí me dejó un poco confusa. No sabía que pensar. Nunca había conocido a nadie que tuviera esa enfermedad y, sinceramente, me sonaba a algo lejano, extraño.

Pablo continuaba regentando su tienda de decoración y seguía necesitando los servicios de la fontanería de vez en cuando. Y, como es lógico, volvió a pasar por nuestro establecimiento para pagar sus facturas. La segunda vez que le vi ya estaba al tanto de la murmuración que le envolvía. Y seguía tan confusa como al principio. El hombre, esta vez, me pareció físicamente deteriorado. Tenia en el rostro pupas o granos -sin duda el sarcoma de Kaposi- que afeaban sus agradables rasgos andaluces. Pero su voz seguía siendo armoniosa y su sonrisa sincera. Como la vez anterior nuestra comunicación fue breve, apenas unas palabras, pero la sonrisa volvió a aflorar en nuestros labios junto con la despedida. Me caía bien aquel hombre y no le deseaba ningún mal. Cuando marchó, mis compañeros de trabajo -ya que aquel día no estaba sola- comenzaron a hacer comentarios velados y no pude más que sentirme molesta. Cogí el talón con dos dedos y comenté:

- Pues nada, cojo el talón con las puntas de los dedos, para no contagiarme.

Por supuesto esta era una medida completamente estúpida, tan estúpida como lo eran los comentarios de quienes compartían conmigo la oficina.

Un par de meses más tarde, nuevamente para pagar una factura, Pablo me comentó que estaba buscando una chica que le ayudara en la tienda.

- Como tengo que ausentarme a menudo de la tienda, necesito a alguien que se quede por las mañanas -me dijo- ¿No conocerás a nadie que esté buscando trabajo?

- Pues no sé -le contesté, sin acordarme en aquel momento de nadie en particular- Puedo preguntarlo.

- Yo te contrataría a ti, sin dudarlo. Me pareces muy simpática y eficiente.

- ¡Hombre! ¡Gracias!

- Bueno, si sabes de alguien, me lo envías a la tienda.

- Pues, claro.

Y así nos volvimos a despedir nuevamente, con una sonrisa compartida, con un ademán de mutua simpatía en nuestros rostros.

Una semana más tarde me llamó una amiga y me comentó que buscaba trabajo. La envié a la tienda de Pablo pero, desafortunadamente, Pablo no la contrató.

- ¡Ay, chica! -me dijo a los pocos días, entrando un momento en la tienda- Esa amiga tuya es muy alborotada y no me pareció adecuada. Lo siento.

- No te preocupes -respondí, sintiéndolo por mi amiga pero estando de acuerdo con su opinión- Si alguien más me pregunta, ya te lo diré.

- Tendría que contratarte a ti...

A mí no me hubiera importado trabajar con él, por supuesto que no, pero no podía jugarme el trabajo. Aunque mi oficina era bastante desastrosa y el trabajo no era interesante, el sueldo era bastante bueno y me sentía cómoda con lo que hacía.

- No dudaría en presentarme como candidata... pero...

- Ya lo sé, mujer, ya lo sé... Tampoco vas a dejar el trabajo que tienes...

Vi que me comprendía a la perfección... Y le sonreí.

Creo que aquella fue la última vez que hablamos. Compartimos tan poco... Llegaron a mis oídos comentarios que contaban que la enfermedad estaba desarrollándose con rapidez. Y en pocos meses su ex-mujer se hizo cargo de la tienda y contrató a una chica que le ayudaba por las mañanas. A Pablo dejamos de verle por el barrio y supuse que su enfermedad le tenía postrado en casa.

La última vez que le vi apenas le reconocí. Caminaba encorvado, como un viejo de ochenta años aunque solo debía tener cuarenta y tantos, apoyado en un bastón de madera. Su rostro mostraba las heridas de su enfermedad, que le arrebataba la vida. No me vio. Siguió caminando con su lento andar, casi arrastrando los pies, lentamente. Sentí una punzada de dolor en el corazón. ¿Era aquel el hombre que yo había conocido? ¿El hombre de la cantarina habla andaluza? No podía ser él, y sin embargo lo era. No le volví a ver nunca más. La muerte se lo llevó al poco tiempo, arrebatándole el último aliento de vida que quedaba en aquel cuerpo marchito. Se marchó para siempre.

Han pasado muchos años y tantas cosas desde entonces. Pero cuando escucho hablar sobre el SIDA, cuando esa palabra es mencionada, un recuerdo acude de inmediato a mi mente: Pablo y las sonrisas que compartimos.

 

© Susana García
Diciembre 1998

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