LA P R O S A


 

Aire
por Rafael Orihuel

 

Hace unos años, cuando vivía solo en un piso de alquiler y preparaba las oposiciones para juez, frente al balcón de mi cuarto de estudio, al otro lado de la calle, veía con frecuencia a una joven oriental. Por las mañanas, y también por las tardes, no era difícil encontrarla fumando, apoyada contra el marco de la ventana, con las piernas estiradas en ángulo recto sobre el alféizar, o también mascando chicle mientras reunía sobre su nuca su larga cabellera y luego la soltaba por delante, como un repentino aguacero de negros cabellos que inundaba su rostro.

Ahí está otra vez la china, me decía yo cuando, al asomarme al balcón, escapando durante unos minutos del tedio del temario de judicaturas, la descubría en su ventana, contemplando como yo el lento devenir de nuestra calle. Pero lo cierto es que jamás averigüé su nacionalidad, y lo de la china era una suerte de apelativo genérico, pues había días que me daba por pensar que era más bien japonesa o incluso coreana, no sé si del norte o del sur, nunca me lo planteé. La recuerdo con pantalones vaqueros (a veces los vi colgar tendidos al sol en la barandilla de su terraza) y jersey negro, supongo que de lana, pero recuerdo sobre todo la casi infinita variedad de formas en que se traducía su indolencia. Aunque había, por supuesto, determinadas acciones -como fumar sentada contra el alféizar- que se repetían regularmente, alguna vez me sorprendió encontrarla acodada sobre la barandilla, balanceando su cuerpo, sin mover los pies, como queriendo bailar sin demasiada convicción, o sentada en el suelo, escribiendo lo que debían ser largas cartas, que quizá viajarían en pocos días a alguno de esos lejanos países asiáticos a los que, dependiendo de los días, mi imaginación la adscribía: China, Japón, Corea, tal vez Vietnam. Otras veces, quizá más en los meses estivales, sacaba del interior de la casa un sillón de mimbre y se sentaba a leer con una postura complicada: los pies sobre la barandilla, la cabeza reposando sobre el respaldo del sillón, y la melena negra recogida en espiral sobre el pecho. A sus espaldas debía surgir una música que yo no podía oír, pues sus pies marcaban el ritmo por encima de la barandilla.

Nunca le hablé de ella a Alicia. Y eso que más de una vez salimos juntos a la terraza, estando la china en la suya, danzando indescifrables danzas o pintándose las uñas de los pies, o tomando el sol tibio de febrero, a pocos metros de nosotros, pero a ella nunca le llamó la atención su presencia, a ella pocas cosas le llamaban la atención. Alicia era mi novia, me estimulaba y me apoyaba, cocinaba para mí, limpiaba la casa, y los domingos -si no tenía yo visita de mis padres, que residían en otra ciudad- me llevaba a su casa a comer con los suyos. Venga, hombre -decía Alicia cuando me veía desanimado- piensa en el futuro: un sueldo fijo, una posición, un prestigio.....luego lo agradecerás toda la vida. Yo pasaba el día contando las horas que me faltaban para verla, me fijaba objetivos y me los premiaba con la promesa de la presencia de Alicia. Algunos días, a última hora de la tarde, Alicia me preguntaba, es decir, me hacía recitar, previa insaculación, como meses más tarde debería recitarlos ante el tribunal de jueces y magistrados que me examinaría, alguno de los temas que ese día había repasado: del mayor o menor éxito de esa prueba dependerían luego la mayor o menor duración de su visita, la mayor o menor consistencia y entrega de sus besos, la mayor o menor tolerancia a los locos impulsos de mis manos.

Pero yo también necesitaba, a lo largo del día, saber que allí afuera, en su terraza, estaba la china, y me apresuraba a acabar de memorizar un tema con la ínfima promesa de salir al balcón y verla. Y aventuraba pequeñas hipótesis, en base a ciertas regularidades observadas, acerca de la actividad o inactividad que la ocuparía en aquella exigua terraza. Y al verla, por fin, me sentía tranquilo, como nos sentimos tranquilos al despertar de un sueño profundo y recuperar las formas y siluetas y los colores de los muebles y las paredes y los objetos que nos rodean.

Siempre que la vi fue en su terraza o en el interior de la casa -pero entonces intuyéndola o vislumbrándola, más que viéndola- a través de las sombras proyectadas contra la persiana o los visillos, cuando otras ocupaciones la retenían adentro. Quiero decir que nunca la vi por nuestra calle y menos aún por el barrio. Si bien esto no es del todo exacto: en una ocasión sí que la vi abajo, en nuestra calle, pero únicamente yo a ella (ella no pudo verme). Aunque en realidad aquella calle (la calle real, con sus coches sorteando los vehículos mal estacionados, y un semáforo casi constantemente en rojo, y un quiosco en la esquina, y las mismas madres de siempre recogiendo a los mismos niños de siempre a la salida del colegio) no era nuestra calle. Nuestra calle, la de la china y la mía, era una calle hecha de aire, y también de palabras mudas y músicas inaudibles, una calle urdida por el espacio donde, aunque no más de un instante, confluían nuestras miradas, una calle que se superponía a la otra y que solo parecía existir para nosotros dos, y que ahora, años después, ya no existe más.

La preparación de la oposición fue larga y estuvo llena de altibajos. Mis padres a veces me insinuaban que me había equivocado, pero no porque no confiaran en que aprobara, al contrario: lo daban por hecho, pero pensaban que me cansaría de ser juez, que acabaría odiando esa profesión. Papá decía que solo Dios puede juzgar a los hombres, pues solo Él conoce nuestra conducta y nuestras verdaderas motivaciones y argüía que los jueces se equivocan frecuentemente: condenan a los inocentes y absuelven a los culpables. Mamá, por su parte, menos trascendente pero más luctuosa, insistía en lo desagradable que sería tener que asistir a los levantamientos de cadáveres. Pero Alicia neutralizaba con su confianza en mí esos comentarios. Muchas tardes, cuando llegaba a mi piso, se sentaba en la mecedora, delante del ventanal por el que se salía al balcón y me impartía su particular terapia anti desánimo: luego lo agradecerás toda la vida, solía decir para concluir las disertaciones con que intentaba conjurar mi pusilanimidad, mientras a sus espaldas (pero eso Alicia nunca lo supo) la china seguramente hacía gimnasia en su terraza o bien mordisqueaba una manzana verde o secaba al último sol sus cabellos recién lavados.

Yo me acostumbré enseguida a asomarme al balcón y verla, como si encontrarla allí fuera la consecuencia natural de la acción de abrir mi ventanal y acodarme en la barandilla. Por eso a veces (aunque esto no ocurría muy a menudo), al encontrar desierta su terraza, me sentía desazonado; quizá a los opositores, como a los niños cuando se les alteran los detalles del cuento que cada noche se les cuenta, les desazonan los pequeños incumplimientos de las regularidades cotidianas. Yo necesitaba saberla en su terraza cuando me asomaba al balcón, determinar simplemente la naturaleza de su momentánea ocupación, aunque ese descubrimiento no me llevase más allá, de hecho no recuerdo haberme preguntado de un modo consciente los motivos de su presencia en aquella triste ciudad no sólo de provincias, como suele decirse, sino también provinciana, la índole real de su actividad laboral o doméstica, si es que había alguna. Eso son planteamientos que hago ahora, a partir del recuerdo, pero que no hacía entonces, pues para mí su presencia era algo dado, incuestionable, como lo eran las nubes cambiando sobre nuestras cabezas o los enormes plátanos que sombreaban la calle, nuestra calle, y cuyas hojas revoloteaban los días de viento en el espacio de aire que nos separaba y a la vez nos unía. Creo que incluso llegué a pensar que mientras ella estuviera allí, tendiendo su ropa sobre unos hilos de metal, o sentada contra la barandilla, de espaldas a la calle, todo iría bien: aprobaría los exámenes, sería juez, elegiría destino en alguna ciudad tranquila y luminosa, me casaría con Alicia, engendraríamos hijos. No sé, uno acaba creándose sus propias supersticiones, no por propias menos absurdas.

No obstante, en las semanas anteriores a los exámenes me vi forzado a restringir mis salidas a la terraza. Las horas me pasaban veloces, sin moverme apenas de la mesa, intentando, a la carrera, dar más y más vueltas al programa. De repente decidía hacer un alto y salir al balcón, y habían transcurrido ya cuatro o cinco horas y entonces la china o la nipona o la coreana era ya tan solo un resplandor tenue o una memoria ausente tras la persiana de plástico, y en su terraza solo quedaban, como un vestigio olvidado, su ropa tendida sobre el hilo metálico o el sillón de mimbre que habría servido de reposo a su cuerpo asiático. Yo vivía sólo para el estudio y, en la medida en que me distraían de mi objetivo, incluso recibía a veces con recelo las atenciones de Alicia, sus besos y caricias.

A la china no volví a verla hasta que aprobé la oposición, pero ya no en su terraza, sino abajo, en la calle. Regresaba yo a casa, tras comprobar mi nombre en la lista de aprobados expuesta en la sala de exámenes, cuando la encontré junto a la acera. Pero ella -ya lo he mencionado antes- no me pudo ver, pese a que sus ojos estaban aún abiertos, reflejando quizá las hojas puntiagudas de los plátanos o las formas etéreas de las nubes, no diferentes de las que tantas veces habría visto en su país oriental.

Por fin había salido a la calle, pero no a lo real, sino a nuestra calle, esa calle hecha de aire, y de palabras mudas y músicas inaudibles, formada por el espacio donde, apenas un instante, confluyeron tantas veces nuestras miradas. Estaba descalza y con los brazos abiertos, como si el salto no hubiera logrado interrumpir la inescrutable gimnasia que tal vez habría estado practicando momentos antes en su terraza, acaso como una secreta despedida. Al verla por última vez, antes de que un policía juntara sus brazos y cubriera su rostro y su cuerpo entero con una manta (aunque sus pies desnudos sobresalieron, quizá era demasiado alta para el tamaño normalizado de las mantas policiales), y al verla no solo por última vez sino también, en esa única ocasión, tan de cerca, pensé que más que china o japonesa o coreana o vietnamita probablemente, aunque tampoco recuerdo por qué, fuera laosiana.

Enseguida llegó el juez y le vi mesarse la barba y mirar acaso con repulsión y de soslayo el bulto bajo la manta parda, mientras atendía a las explicaciones de uno de los policías, que señalaba hacia arriba. Luego ordenó el levantamiento del cadáver y pensé que en poco tiempo también yo me tendría que enfrentar a situaciones como esa y entonces me acordé de lo que mamá había dicho acerca de los levantamientos de cadáveres, no sé cómo se las arregla, pero mi madre acaba siempre por tener razón.

En cuanto a Alicia, en esos días dejó de ser mi novia, pero no porque se casara conmigo y por tanto pasáramos a una relación de un nivel superior, sino porque pasó a ser novia de otros. No puedo renunciar a aspirar a más, me dijo cuando me dejó, e incluso logró que surgiera una lágrima, una breve y solitaria lagrimita, en uno de sus ojos. Y, en efecto, por lo que supe más tarde, y ya plenamente especializada en opositores, fue novia de un abogado del Estado, y aún, más adelante (debía seguir sin poder renunciar a aspirar a más), lo fue de un corredor de comercio, con quien al parecer dejó luego de ser su novia, pero no porque pasara a ser novia de otros opositores de mayor rango, sino porque con este al fin se casó.

Pero todo esto ocurrió hace ya varios años, y si ahora lo recuerdo es simplemente porque esta mañana, qué casualidad, he pasado por aquel barrio y por aquella calle, la que durante un tiempo en mi vida -y en su breve vida de suicida-compartí con una joven que tal vez ni siquiera fuera laosiana. Quién sabe si, después de todo, no sería sino una triste exiliada camboyana; supongo que los periódicos locales traerían entonces la noticia, y aclararían esta cuestión, pero yo no solía, ni suelo, leer los periódicos locales.

© Rafael Orihuel Iranzo rorihuel@fvmp.es

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