ESTOY acostumbrada
a lamerme sola la pena.
A callar la herida
tapada entre seda.
A dibujar una sonrisa quieta.
A mirar lo que se espera de mire.
Por dentro un maremoto
de sangre
sube a borbotones
y burbujas furiosas aletean cerca del corazón,
bramando.
Encolerizadas, golpean una y otra vez las arterias.
Águilas furiosas,
águilas bicéfalas,
águilas proféticas,
me hablan de una remota pena, olvidada,
enterrada entre
vísceras, sangrante.
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