VERSOS

 

David Lago

 

para Isabel Alonso Vallejo

Sanguijuelas amigas, qué sería de mí sin vosotras,

acumulando peste y humores, sosteniendo contra un costado

la esquina que soporta a su vez el tiempo y el viento,

la hojarasca que se agolpa sobre el desagüe e impide que la lluvia siga su paso

hasta convertirse en el recuerdo de un día como hoy, hace tantos años, en que también llovía.

Sanguijuelas que venís solas, sin aviso previo,

como témpanos desprendidos que se derriten en las cálidas aguas de mi isla

y hacen crecer el mar, que cubre de azul y verde la basura de la playa,

las botellas abandonadas de los náufragos,

las estrellas extraviadas que se descomponen llenando con su nauseabundo olor las azoteas.

Difícil de explicar, peor para asumir,

si no llegarais vosotras con caras de galeno antiguo a sangrar mi espalda y mi torso,

a sacarme la mala sangre, la inservible savia petrificada del invierno,

y dejarme como nuevo, para otra vez acumular los residuos que arroja la vida contra mi cuerpo.

Sanguijuelas que me aligeráis la carga

como el asno en la sierra dejando caer bultos ladera abajo,

contra los riscos puntiagudos que los pulveriza en lo que tarda un resuello.

Sanguijuelas que os disfrazáis de palabras amigas con voces diferentes,

acompañándome en la nocturna soledad, y venís a contagiarme el júbilo verbal de Perse,

los ojos centelleantes en la oscuridad de un minarete granadino,

y a mi lado me leen sus versos Auden y Gil de Biedma,

y Kavafis me descubre otro cuerpo rescatado del olvido.

Sanguijuelas que llenáis mi mundo de palabras,

de queridas palabras que succionan mi corazón como a una ostra

y se tragan la desesperanza y el recuerdo,

y al segundo aparecen en la pantalla transfiguradas en versos.

Sois las más hermosas, aunque muchos puedan pensar lo contrario,

bellos bicharracos que espantáis la muerte

y compensáis el vacío de los días en que os vais de obreras,

a recopilar sufrimientos, pesadillas y sueños,

o la risa contagiante y blanca del amor, o el terrible pánico de tantas horas sin un beso.

Y luego, estáis como ahora, a mi alrededor,

como cachorros incontrolables mordisqueando juguetonamente mis dedos para aliviarme el dolor.

10 de Enero de 1996

 

© David Lago
"La fascinación de lo difícil"

 

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