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La
opulencia de
los girasoles
Textos
seleccionados para el programa de televisión de Onda Jerez
"Contraplano" con motivo del aniversario del accidente
ferroviario entre Lebrija y El Cuervo. Emitidos los días
(15/11/2000 y 9/07/2001)./Publicado en la Revista Cultural Ariadna
1.
Enfrente
de mí viaja una mujer a la que la muerte parece haber
sorprendido. Está quieta, mirándome fijamente.
Desde que entré no ha apartado la vista de mí ni
un instante, sólo cuando el guardagujas desvió
el tren consiguió volver a la vida. Su renacimiento nos
ha sorprendido a todos porque llegó con un gesto brusco
y esquivo, lo que hizo que su compañero de asiento se
volviera hacia ella un tanto incómodo.
De nuevo ha vuelto a mirarme decidida. Tal vez me confunda con
otra persona, con otra que hubiera participado en sus pesadillas,
acaso en sus sueños más dulces. Tal vez fuera eso,
o quizá fuera porque tiene una mirada tan insistente y
tan estatutaria que más que una mirada parece una advertencia.
A veces, cuando cree que no la miro, o se distrae un momento
con algún detalle del paisaje, la observo y me pregunto
si esconderá algún secreto bajo su soberbio semblante;
si lo desconocido o lo lúgubre habita entre los suyos.
Diríase que percibe algo, algo que la asusta y no esperaba,
algo que sin duda la atemoriza. Cuanto más la contemplo
más me convenzo de que su espanto está relacionado
con la anticipación y la premura.
Al cabo de un tiempo vuelvo a retomar el libro que he comenzado
a releer más de una docena de veces.
Cuando medio comprendí que podía oír
los ruidos antes de que se produjesen, ni siquiera lo consideré
una rareza... (**)
La novela que entonces sostenía entre las manos fue a
unirse también a mis sospechas. Parecía obvio que
aquella mujer tan obstinada -sin duda, cómplice en silencio
de quién sabe qué urdimbre- buscó alguna
vez entre las ondas del aire los signos de aquello que aún
no está; de algo que todavía no ha sido. Supongo
que ha tratado de hallar el eco de las cosas futuras, de las
miserias que rondan al acecho, de la felicidad que nos aguarda.
Tal vez pensó que habría logrado ganar por unos
cuerpos de ventaja al destino, y por eso ahora escruta tan fijamente
todo, como buscando un rasgo, o alguna insinuación en
el oscuro túnel del futuro. Sin embargo, no ha logrado
seducir sino a los ruidos menores, a las comunes menudencias:
una tabla que se astilla, una puerta que se bate en la noche
o una caricia inadvertida...
2.
El
tren era un cercanías. Una de las nuevas adquisiciones
de la Renfe para cubrir trayectos interprovinciales: el Ómnibus.
De niño sentía una enorme envidia por los viajeros
de este plateado tren. No me ocurría lo mismo con aquellos
otros que partían hacia lugares lejanos y que jamás
volvían o lo hacían cuando ya nadie los recordaba,
pero los viajeros del Ómnibus regresaban siempre al anochecer,
quizá tres días más tarde, una vez finalizada
la feria de ganado o la corta estancia en el hospital de Sevilla.
La mujer pareció turbarse cuando el tren se detuvo un
instante en el apeadero. Los nuevos viajeros buscaban acomodo
entre los asientos vacíos mientras crecía un alboroto
momentáneo que tenía algo de fiesta y de urgencia
a la vez. Todos llevaban ropa de abrigo.
Por el contenido de las conversaciones pudimos saber luego que
aquellas gentes se dirigían a la estación de El
Cuervo para tomar el expreso de Madrid. Todavía tuvieron
que pasar algunos minutos hasta que lograron acomodo, y al cabo
de un tiempo, cuando el traqueteo del tren volvió a convertirse
en un ruido monótono, cesaron ya los rumores.
Mientras tanto, a lo lejos, como un soberbio oasis en la opulencia
de los girasoles, se divisaban hileras de eucaliptos. De la misma
manera, cuando el tren salía de un túnel o de una
curva de amplio trazado y una vez ya superados los peraltes -flanqueados
éstos por eminentes taludes-, se podían apreciar
los silos y los elevadores de alguna pequeña explotación
industrial. Todo lo que se podía contemplar desde el tren
era, en algún momento, paralelo y cercano a nosotros:
los cortijos inmaculadamente blancos (salpicados a veces por
un amarillo de ocres vocaciones), los eucaliptos que dominaban
los campos en una soledad extraordinaria, las acequias (trazadas
con económica cautela), los olivos, la oleaginosa fragancia
de las almazaras, la presencia poderosa de los pesticidas, los
puentes metálicos, los pasos a nivel sin barrera, las
conjunciones de vías, las estaciones, los recuerdos, los
vívidos temores...
3.
Desde
que el tren aumentó su velocidad en la última curva,
las conversaciones cesaron totalmente. Diríase que aquel
silencio inundaba las riberas más sórdidas de la
fatalidad mientras el sol, al atardecer, reverberaba en la plateada
estructura del Ómnibus.
Liberados ya de la atención de los nuevos viajeros, comencé
a percibir el calor que desprendía el cuerpo de aquella
mujer, ahora más próximo que nunca. Su cercanía
fue proporcionándome toda una gama de fragancias de entre
las que sobresalía una esencia dulce y equívoca.
Fue entonces cuando el silencio se impregnó de su perfume.
Algunos minutos más tarde entramos en uno de esos puentes
de hierro a cuyo paso el paisaje se transforma en finas obleas.
Pasaron árboles discontinuos, ríos con millones
de afluentes paralelos, pájaros solitarios (sin vocación
y desbandados), y dos saltamontes que jugaban a engañar
al arco iris. Luego la mujer desapareció. No sé
qué me indujo a buscarla. Ni sé que por qué
acechaba su rastro por los pasillos, pero lo cierto es que caminaba
trastabillando a cada paso, en realidad reptaba apoyándome
en los respaldos de los asientos. Corría sorteando maletas,
esquivando a soldados con permiso, al aguador que ofrecía
calladamente sus servicios, al revisor que cansinamente señalaba
algo en su cuaderno. Una vez hube alcanzado el furgón
de cola, aquella mujer me señaló un lugar al final,
junto al portón, muy cerca de la última ventanilla,
en el último vagón, en el último segundo.
Entonces llegó el ruido.
Las luces se apagaron, los débiles susurros cesaron, las
ropas salieron despedidas, las maletas estallaron, los asientos
-con sus ocupantes medio dormidos- recorrieron el vagón
como si nada obstruyera su camino, y luego sobrevino el silencio.
Solo el silencio. Nada más que el silencio.
Me desperté en el hospital varios días más
tarde, cuando ya se había restablecido el tráfico
ferroviario. Me contaron que el Ómnibus y el expreso de
Madrid se encontraron frontalmente entre las estaciones de Lebrija
y El Cuervo; que los muertos yacían al borde de las vías
cubiertos con mantas, que el Ómnibus, más frágil,
no soportó el embate del expreso; que los primeros vagones
quedaron reducidos a la mínima expresión, y que
el chirrido de los frenos se oyó desde muy lejos. Me dijeron
también que el espectáculo fue dantesco...
Ya no quedaban evidencias de la catástrofe. Me dijeron
que podía recuperar mis pertenencias en un almacén
próximo al lugar. Aquella misma mañana me acerqué
a retirarlas. A la entrada había una lista detallada de
víctimas y heridos del accidente. Pregunté al jefe
de estación por la misteriosa mujer que nadie recordaba,
que nadie había visto, que nunca había subido a
aquel tren.
Mi equipaje estaba al final de la nave, como si fuera una predicción.
Fue al retirarlo cuando vi que junto a él quedaban los
restos de una carta. Tomé el trozo ensangrentado de papel
y leí:
...Subieron gentes con frágiles maletas. A lo lejos, como
un soberbio oasis en la opulencia de los girasoles, se divisaban
hileras de eucaliptos. Los viajeros buscaban acomodo entre los
asientos vacíos. Todos llevaban ropa de abrigo...
*Nota
del Autor: Éste relato está basado en un hecho
real ocurrido hace ahora treinta años: el choque de dos
trenes entre las estaciones de Lebrija y El Cuervo. El relato
es una recreación desde dentro de aquel siniestro y ha
sido empleado en varias ocasiones, por distintos medios de comunicación
locales, con motivo de algunos aniversarios del accidente. Debido
a la dificultad de dichos medios para contactar durante mucho
tiempo con el autor, un cierto cariz enigmático ha rodeado
siempre éste trabajo. El autor sólo lamenta que
en aquellas terribles circunstancias no hubieran podido acudir
también otras ochenta mujeres más para salvar a
todas las víctimas del accidente. Entonces murieron más
de ochenta personas, las cuales pertenecían casi en su
totalidad al tren Ómnibus.
**Nota del Autor: El texto pertenece al comienzo de la novela
de José Manuel Caballero Bonald "Campo de Agramante".