Volver a Inicio

relato

 

 

Índice de Relatos
Página Personal de Antonio Polo

 

Hastío.jpg

 

__________________________________________________________________________

El sueño
de Córdoba

 

Segundo Premio del I Concurso de Narrativa de Viajes "Cartographica" 2000/Publicado en la Revista Cultural Ariadna RC

 

Ahora diré de Ibn Zanrak que se entregó a un sueño profundo y no pudo concluir el Kitab al Masalik (o gran Libro de las Rutas)

Conocí su historia la tarde que cayeron en mis manos retazos de una carta dirigida a Juan de Gortz a la sazón embajador de Otón I. La misiva, con caligrafía apretada, pertenecía a sor Hroswita, viajera infatigable.


"...las tardes en Córdoba -leemos- invitan a un sueño ligero y dulce pero esto es habitual en Al-Andalus. Durante el día, sin embargo, las gentes se entregan a deambular por el zoco, que vive desde los primeros rayos de sol en una agitación bulliciosa. Hay quienes sólo visitan los arrabales de perfumistas, quienes merodean por las cuevas de zapateros y quienes regatean sin cesar con silleros y ceramistas. Los más jóvenes, en cambio, persiguen a las muchachas que acuden a las tenerías en busca de finas pieles, que ríen ante la suavidad que conceden las sedas de Valencia, o acarician la trenza imposible de las alfombras de Cuenca.

Toda la ciudad vive bajo una nube de sándalo y almizcle a excepción de las aljamas y los minaretes que son ajenos al mundo terrenal. Si uno se adentra en el arrabal de los libreros puede comprobar también que los mercaderes instalan sus puestos alrededor de la Zahoya, allí donde hombres y mujeres se dan al estudio y conservación de los libros sagrados. Puedo asegurarle, mi estimado embajador, que la sociedad de Córdoba, en todo el mundo, es la que más libros tiene.

Esto que es del todo inusual en la cultura europea, -sostiene sor Hroswita- adquiere en Córdoba carta de naturaleza, y hoy más de ciento setenta mujeres llenan su existencia con la copia de manuscritos incunables. Todos a cuantos he relatado esta crónica han creído exageradas mis palabras, pero cierto es que el Califa al-Hakam, impulsor de tal empresa, ha llegado a reunir un saber extraordinario y ha ordenado completar la biblioteca de la Almadraza hasta alcanzar más de cuatrocientos mil volúmenes.

...Poco sabría decir de esas mujeres -continúa- que a fuerza de dibujar imbricados ornamentos en las sebkas, de duplicar símbolos astronómicos, de conducir sus manos por los mapas del Imperio, y de surcar la abrupta geografía del Islam, han llegado a conocer perfectamente las rutas de las sedas, el humor de los hombres que conducen sus mercaderías y el terror de las caravanas a ser asaltadas en medio del desierto. Esto que comenzaba a estar en boca de todos hizo crecer la leyenda de las Cultas Moras, leyenda que en realidad era como una maldición para los ejércitos, invictos hasta entonces. Aquellas Mujeres podrían conducirlos a la derrota más estrepitosa con la misma facilidad con la que ubicaban un río más al sur de su posición natural, o deshacían un ancho valle o elevaban la llanura más piadosa. Lo más sólido del Islam podría entonces desvanecerse entre sus dedos como un grano de polen y llegar a rectificar la impávida certitud del Libro de las Rutas.

Semejantes facultades pronto llegaron a oídos del Canciller, el cual ordenó al más insigne omeya de todos los tiempos descubrir, cuál de entre Aquellas Mujeres podría hacer posible el antiguo anhelo del enemigo. Entonces el Canciller mandó llamar a Ibn Zanrak y le instó a afianzar los lindes de sus Dominios.

Cuentan -prosigue sor Hroswita- que sucedió una tarde a finales de mayo mientras los mercaderes retiraban sus puestos del zoco. Recuerdan -los últimos que le vieron con vida- que tomó el libro de al-Istajri poco antes de que el almuédano llamara a la oración de la tarde. Zanrak lo mantuvo en el regazo ajeno por completo a cuanto sucedía a su alrededor mientras la torre de la Mezquita embadurnaba con su sombra los callejones cercanos. Durante algunos minutos más continuó absorto en la misma página. Entonces fueron pocos los que todavía quedaban en la plaza; fueron pocos los que vieron cómo Zanrak se secaba el sudor varias veces con un pañuelo de seda, y muchos menos los que vieron como la tarde se le fue metiendo en las venas hasta que el ligero dulzor de un sueño lejano le envenenó la sangre por completo. Nadie supo explicar tampoco su muerte, nadie supo nunca quiénes fueron sus asesinos, tan solo un mercader de alfombras que estibaba sus mercancías fue quién descubrió entre las páginas del libro aquel cambio sobrevenido en las geografías, aquella desatada disminución del mundo, aquella escueta circunscripción a la que se reducía lo que hasta entonces había sido un gran Imperio.

A la mañana siguiente se oyeron rumores de tropas que llegaban del norte con destino a la ciudad. Los estandartes del ejército enemigo sobresalían entre las lomas cercanas. Después de varias horas de lucha llegó una comitiva compuesta por generales cristianos que representaban a los reyes del norte. Una vez en la ciudad, tomaron la plaza de forma pacífica. Recorrieron altivamente las calles; visitaron complacidos el zoco (que vive desde los primeros rayos de sol en una agitación bulliciosa); cruzaron el antiguo barrio judío, repostaron en las tahonas que encontraron a su paso y se adentraron por fin en las excitadas cámaras de la Zahoya (en donde más de ciento setenta mujeres trabajan hasta el atardecer dibujando imbricados ornamentos en las sebkas).

El general en Jefe de las Fuerzas Libertadoras, del que todos sabían enamorado de una mujer en la Córdoba del Califa al-Hakam, penetró orgulloso en la biblioteca. Sin detenimiento pero con premura atravesó salas con vistosos tapices, recorrió frescos y holgados gabinetes, cruzó cautelosas pasantías y merodeó por poblados anaqueles. Al final de un largo pasaje, la mujer que lo esperaba de pie junto al mapa, le mostró las yemas de sus dedos en los que aun se percibían las manchas de la traición. Tan desgastado, tan repasado estaba el plano que las fronteras -hasta entonces definidas-pasaron a ser tan anchas como los ríos, y los ríos tan largos como las cordilleras, y así las cordilleras que separaban el norte de la esfera del Islam, -al principio sólidas y magníficas- se deshicieron en una llanura, y aquel Imperio que a fuerza de ser copiado una y otra vez se quedó en un escueto reino que ocupaba la extensión de una escasa vega..."

La leyenda cuenta -dice sor Hroswita- que vendrá un tiempo en el que las sinagogas y las mezquitas dormirán vacías durante mucho tiempo entre los campos de girasoles, que las fronteras navegarán hasta los lindes del desierto y que la circuncisión y el pan ázimo serán como las pasas y los dátiles, recuerdos ya lejanos

   

Comienzo de página