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El
sueño
de Córdoba
Segundo
Premio del I Concurso de Narrativa de Viajes "Cartographica"
2000/Publicado en la Revista Cultural Ariadna RC
Ahora
diré de Ibn Zanrak que se entregó a un sueño
profundo y no pudo concluir el Kitab al Masalik (o gran Libro
de las Rutas)
Conocí su historia la tarde que cayeron en mis manos retazos
de una carta dirigida a Juan de Gortz a la sazón embajador
de Otón I. La misiva, con caligrafía apretada,
pertenecía a sor Hroswita, viajera infatigable.
"...las tardes en Córdoba -leemos- invitan a un sueño
ligero y dulce pero esto es habitual en Al-Andalus. Durante el
día, sin embargo, las gentes se entregan a deambular por
el zoco, que vive desde los primeros rayos de sol en una agitación
bulliciosa. Hay quienes sólo visitan los arrabales de
perfumistas, quienes merodean por las cuevas de zapateros y quienes
regatean sin cesar con silleros y ceramistas. Los más
jóvenes, en cambio, persiguen a las muchachas que acuden
a las tenerías en busca de finas pieles, que ríen
ante la suavidad que conceden las sedas de Valencia, o acarician
la trenza imposible de las alfombras de Cuenca.
Toda la ciudad vive bajo una nube de sándalo y almizcle
a excepción de las aljamas y los minaretes que son ajenos
al mundo terrenal. Si uno se adentra en el arrabal de los libreros
puede comprobar también que los mercaderes instalan sus
puestos alrededor de la Zahoya, allí donde hombres y mujeres
se dan al estudio y conservación de los libros sagrados.
Puedo asegurarle, mi estimado embajador, que la sociedad de Córdoba,
en todo el mundo, es la que más libros tiene.
Esto que es del todo inusual en la cultura europea, -sostiene
sor Hroswita- adquiere en Córdoba carta de naturaleza,
y hoy más de ciento setenta mujeres llenan su existencia
con la copia de manuscritos incunables. Todos a cuantos he relatado
esta crónica han creído exageradas mis palabras,
pero cierto es que el Califa al-Hakam, impulsor de tal empresa,
ha llegado a reunir un saber extraordinario y ha ordenado completar
la biblioteca de la Almadraza hasta alcanzar más de cuatrocientos
mil volúmenes.
...Poco sabría decir de esas mujeres -continúa-
que a fuerza de dibujar imbricados ornamentos en las sebkas,
de duplicar símbolos astronómicos, de conducir
sus manos por los mapas del Imperio, y de surcar la abrupta geografía
del Islam, han llegado a conocer perfectamente las rutas de las
sedas, el humor de los hombres que conducen sus mercaderías
y el terror de las caravanas a ser asaltadas en medio del desierto.
Esto que comenzaba a estar en boca de todos hizo crecer la leyenda
de las Cultas Moras, leyenda que en realidad era como una maldición
para los ejércitos, invictos hasta entonces. Aquellas
Mujeres podrían conducirlos a la derrota más estrepitosa
con la misma facilidad con la que ubicaban un río más
al sur de su posición natural, o deshacían un ancho
valle o elevaban la llanura más piadosa. Lo más
sólido del Islam podría entonces desvanecerse entre
sus dedos como un grano de polen y llegar a rectificar la impávida
certitud del Libro de las Rutas.
Semejantes facultades pronto llegaron a oídos del Canciller,
el cual ordenó al más insigne omeya de todos los
tiempos descubrir, cuál de entre Aquellas Mujeres podría
hacer posible el antiguo anhelo del enemigo. Entonces el Canciller
mandó llamar a Ibn Zanrak y le instó a afianzar
los lindes de sus Dominios.
Cuentan -prosigue sor Hroswita- que sucedió una tarde
a finales de mayo mientras los mercaderes retiraban sus puestos
del zoco. Recuerdan -los últimos que le vieron con vida-
que tomó el libro de al-Istajri poco antes de que el almuédano
llamara a la oración de la tarde. Zanrak lo mantuvo en
el regazo ajeno por completo a cuanto sucedía a su alrededor
mientras la torre de la Mezquita embadurnaba con su sombra los
callejones cercanos. Durante algunos minutos más continuó
absorto en la misma página. Entonces fueron pocos los
que todavía quedaban en la plaza; fueron pocos los que
vieron cómo Zanrak se secaba el sudor varias veces con
un pañuelo de seda, y muchos menos los que vieron como
la tarde se le fue metiendo en las venas hasta que el ligero
dulzor de un sueño lejano le envenenó la sangre
por completo. Nadie supo explicar tampoco su muerte, nadie supo
nunca quiénes fueron sus asesinos, tan solo un mercader
de alfombras que estibaba sus mercancías fue quién
descubrió entre las páginas del libro aquel cambio
sobrevenido en las geografías, aquella desatada disminución
del mundo, aquella escueta circunscripción a la que se
reducía lo que hasta entonces había sido un gran
Imperio.
A la mañana siguiente se oyeron rumores de tropas que
llegaban del norte con destino a la ciudad. Los estandartes del
ejército enemigo sobresalían entre las lomas cercanas.
Después de varias horas de lucha llegó una comitiva
compuesta por generales cristianos que representaban a los reyes
del norte. Una vez en la ciudad, tomaron la plaza de forma pacífica.
Recorrieron altivamente las calles; visitaron complacidos el
zoco (que vive desde los primeros rayos de sol en una agitación
bulliciosa); cruzaron el antiguo barrio judío, repostaron
en las tahonas que encontraron a su paso y se adentraron por
fin en las excitadas cámaras de la Zahoya (en donde más
de ciento setenta mujeres trabajan hasta el atardecer dibujando
imbricados ornamentos en las sebkas).
El general en Jefe de las Fuerzas Libertadoras, del que todos
sabían enamorado de una mujer en la Córdoba del
Califa al-Hakam, penetró orgulloso en la biblioteca. Sin
detenimiento pero con premura atravesó salas con vistosos
tapices, recorrió frescos y holgados gabinetes, cruzó
cautelosas pasantías y merodeó por poblados anaqueles.
Al final de un largo pasaje, la mujer que lo esperaba de pie
junto al mapa, le mostró las yemas de sus dedos en los
que aun se percibían las manchas de la traición.
Tan desgastado, tan repasado estaba el plano que las fronteras
-hasta entonces definidas-pasaron a ser tan anchas como los ríos,
y los ríos tan largos como las cordilleras, y así
las cordilleras que separaban el norte de la esfera del Islam,
-al principio sólidas y magníficas- se deshicieron
en una llanura, y aquel Imperio que a fuerza de ser copiado una
y otra vez se quedó en un escueto reino que ocupaba la
extensión de una escasa vega..."
La leyenda cuenta -dice sor Hroswita- que vendrá un tiempo
en el que las sinagogas y las mezquitas dormirán vacías
durante mucho tiempo entre los campos de girasoles, que las fronteras
navegarán hasta los lindes del desierto y que la circuncisión
y el pan ázimo serán como las pasas y los dátiles,
recuerdos ya lejanos