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Aquella
última
comida
(Leído
una noche de vinos y poemas en México D.F. Mayo de 2001)
Solía
decir mi compañero de mesa (hombre con el que compartí
similares gustos en lo referente al punto de la carne, así
como en lo que concierne a ciertos negocios comunes) que él
es persona condescendiente pero que jamás me perdonaría
si alguna vez olvidaba la dirección de un buen restaurante.
No es este el caso. El restaurante en cuestión puede el
viajero encontrarlo sin problemas -para satisfacción de
D. Manuel Bermúdez*- (Gran Maestre de la Orden del Asado)
y que a la sazón me introdujo en los impenetrables secretos
del excelente chuletón de buey que sirven en un restaurante
de Berritz.
No
tiene pérdida. Para llegar al restaurante el viajero puede
optar por el camino más rebuscado, si es que se acerca
a Santillana del Mar por la Autovía de Santander o se
ha demorado antes en Suances. Si toma éste último
itinerario dejará el mar a sus espaldas y tendrá
que descender por una carretera desde la que ya divisará
a lo lejos las Torres de Merino y de Don Borja. Atrás
habrá dejado entonces una encrucijada de caminos desde
la que a punto estuvo de caer y acabar siendo devorado por la
lamprea o en su defecto por los cangrejos que sestean entre las
rocas. Don Manuel, como hombre paciente que era, siempre prefería
esta alternativa, acaso más rebuscada pero con cuya demora,
sin duda, se logra una elaboración más notable
de los jugos gástricos.
-No
te confundas amigo -solía decirme- para comer, lo primero
que hace falta es comida, y lo segundo, imaginación.
Y
así entre curvas, stops y vericuetos la boca se le iba
haciendo agua que es uno de los jugos más precisos que
se requieren para iniciarse en el soberbio arte de la gastronomía,
y mientras soltaba el pie del embrague de su flamante Seat Toledo
contaba con precisión y sumo deleite cómo acabó
con todas las provisiones de gambas de un pequeño restaurante
de Almería.
-Comí
tantas gambas -llegó a contarme aquel día- que
llegué a perder el sentido de la orientación -añadió.
Y
créanlo o no, pero cuando preparaba de nuevo su estómago
para otra sentada -esta vez con la intención de dar buena
cuenta de una docena de sardinas asadas y de un enjambre de frituras
cerca de la playa- descubrió que en vez de bajar hacia
el mar había llegado a lo más alto del pico Mulhacén.
Y así entre ahogos y requiebros de tripas se dijo mi buen
amigo: "pues si sigo un poco más lo mismo llego a
tiempo para comer un cordero en Aranda". Dicho y hecho.
Y
por fin llegamos al restaurante. Yo sobrecogido por lar ortigas
que devoraban los lindes del camino y él con la oculta
intención de comer dos veces. No nos detuvimos más
que el tiempo estrictamente necesario para corresponder también
a los comensales que entonces esperaban. Cruzamos, por tanto,
la cocina como dos generales que pasan revista a sus tropas.
En hileras aguardaban solícitas las doradas a la sal y
los róbalos en salsa de ostiones, el bogavante castañeteaba
sus pinzas a nuestro paso, y la melva -bañada en aceite-
presentaba sus respetos a un bacalao con tomate que tenía
los minutos contados mientras un admirable sorropotún
hacía guardia bajo la desafiante presencia del cocido
montañés. Y al final, ya en el cuarto de banderas
que formaba el distribuidor de la cocina y el salón de
primavera, don Manuel saludó al embajador de las Ollas
y los Fogones con la habitual fórmula que lo hiciera famoso
por aquellos pagos:
-¡A
ver qué nos dais hoy de comer, pues!.
Y
nos dieron. ¡Vaya si nos dieron! Excepto las llaves de
la despensa nos dieron de todo. Nos dio la bienvenida primero
un salteado de anchoas con guarnición de pimientos de
piquillo al que pronto se le unió un plato de jamón
ibérico destacado para rendir honores a una botella de
Marqués de Vargas del 96, la cuál se cuadró
a su vez ante la llegada de una inefable "cabrita"
del Cantábrico de dos kilos y medio. "Hay que ser
un imbécil para decir que Dios no existe" -solía
afirmar ante espectáculos similares.
Y
a la "cabrita" le siguieron unos medallones de merluza
sobre espárragos verdes para desplazar el vigor que el
hinojo había conquistado minutos antes, y por fin don
Manuel reconoció que nos habían dado bien de comer.
¡Vaya si nos dieron de comer! Nos dieron también
las tres y cuarto de la tarde y aún tuvimos tiempo para
cruzar las puertas del Paraíso cuando apareció
en la mesa una doncella con dos porciones de leche frita y una
quesada pasiega que había bajado del cielo. Y por fin,
satisfechos como dos cardenales del Renacimiento, don Manuel
corrió tres orificios de su cinturón y me dijo:
-Lo
malo del pescado es que es tan ligerito, que luego a media tarde
tiene uno que volver a picar, y así no hay quien se coma
un solomillo de añojo para la cena.
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Manuel Bermúdez murió dos semanas después
de ésta comida (2 enero 2000). Poder estar sentado junto
a él en una mesa era un privilegio y un honor que estaba
al alcance de cualquiera. Solo bastaba con preguntarle: ¿Hace
un marmitaco de langosta don Manuel? Hace -contestaba- Pero que
pongan también unos pimientos de piquillo -añadía
inmediatamente.