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Prensa - Cartas y Artículos



Índice de Artículos
Página Personal de Antonio Polo

 

PRENSA
Cartas y Artículos

 

Hastío.jpg

 

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Carta al Presidente

D. José Luis Rodríguez Zapatero
Palacio de la Moncloa.
Madrid

 

Estimado Sr. Presidente:

Hace años que demoro esta carta. Desconozco honradamente cuáles han sido las razones que han forjado semejante dilación. Acaso fuera porque el motivo de la misma es como uno de esos nudos gordianos con los que en ocasiones tropieza la diplomacia internacional; acaso porque yo percibiese en el anterior inquilino la inaccesibilidad propia que el Olimpo impone a los mortales, o tal vez porque siempre tuve la certeza de que nunca leerían esa carta. 

Sin embargo, desde hace unos meses la percepción de que para desmadejar los más imbricados embrollos a los que últimamente venimos asistiendo –y exceptuando algunas imperturbables utopías-, lo más eficaz y lo más honesto también, es no condenarlos al olvido. Por eso, hoy quisiera llamar su atención sobre una de las situaciones más deprimentes e injustas que se han venido manteniendo durante el último cuarto de siglo, me refiero exactamente a la “cuestión del Sáhara”. Y es por eso, por lo que hoy he decidido escribirle esta carta ante el pleno convencimiento de que usted finalmente terminará por leerla.

En primer lugar quisiera decirle que las mías son opiniones y solicitudes personales, que no pueden representar nunca el verdadero sentir del pueblo saharaui, entre otras cosas sencillamente por una cuestión de decencia, y es que no es lo mismo pasar tres días en un campamento en Tindouf que vivir como paria en el pedregal más inhóspito de la tierra. Pero es que el pueblo saharaui está tan unido a nuestro país, y lo está con tal convicción que a cualquier español de más treinta años, la primera sensación que le asalta al recordar o en su defecto al conocer semejante desafuero, es un sentimiento de vergüenza muy difícil de ocultar. Treinta años es mucho tiempo. En treinta años se puede incluso dejar de odiar, sin embargo, nadie puede ser plenamente consciente de las inapelables cicatrices con que el tiempo ha sometido a este pueblo hasta que no se tiene la desgracia de contemplar por primera vez un cementerio saharaui.

Es entonces cuando se percibe en el tiempo ese carácter brutal y decidido. ¡Ya estoy aquí! –parece decir. En realidad siempre ha estado ahí. El caso del pueblo saharaui es uno de los ejemplos en los que el tiempo y la intransigencia han formado el tándem más despreciable de las últimas décadas.

Y es precisamente por este motivo,  por el que hoy acudo  en su ayuda como presidente del gobierno. Pero sepa que no se me escapa el detalle de que es la ONU el organismo al que finalmente se le deberían de exigir todas esas explicaciones. No se me escapa tampoco que sino es gracias a esa labor de intermediación hoy no podríamos seguir hablando del pueblo saharaui, como tampoco nadie puede esconder una frustración terrible y persistente.  Por eso creo que el gobierno español tiene la capacidad y la autoridad moral para opinar y disentir ante tal dilatado fracaso.

Entiendo, no obstante, que esta es una situación difícil, que no se puede enojar a las partes, sobre todo a Marruecos -nuestro fiel aliado-, ni provocar un mayor desequilibrio en la zona. Entiendo también que son éstos unos momentos difíciles (¡cuándo no lo son!),  y que la preocupante situación de terrorismo internacional, las decididas posturas de Francia y Estados Unidos y, por encima de todo, la intransigente –casi beligerante- postura del gobierno marroquí dificultan notablemente cualquier desenlace.

Pero ocurre también, que España dejó tirado al pie de los caballos a los legítimos ciudadanos del Sáhara Occidental, a pesar de los lazos tan intensos que unen a los dos pueblos, y que exceptuando los gestos de solidaridad de una gran parte de los españoles a través de los ayuntamientos, Comunidades Autónomas, partidos políticos, ONG’s, asociaciones y un inmenso número de anónimos ciudadanos que tienen la misma sensación, el Gobierno español (como todos los gobiernos anteriores) no parece compensar, ni aún con algún sencillo gesto, lo que demanda una gran parte de los españoles. Por ejemplo, cuánto tiempo hace que un representante oficial del estado no visita los campos de refugiados en Argelia, tal vez debería preguntar si han llegado a visitarlos alguna vez. Por qué no se trata de aliviar la situación de esos cerca de 200.000 refugiados con ayudas claras y sin complejos, de esas que tienen un nombre decente en los presupuestos de cualquier país, y yendo un poco más allá, por qué no se reconoce oficialmente a la RASD como los verdaderos dueños del Sáhara Occidental, ahora ocupado por Marruecos.

Parece ésta una de esas inquebrantables utopías de las que le hablaba hace un momento, pero últimamente, he reconocido en las gestiones de su gobierno, y en especial en las suyas, un rayo de esperanza. ¿Por qué no? Usted sabe también como yo que hay más de 70 países que han reconocido oficialmente el legítimo derecho de la República Árabe Saharaui Democrática. Fíjese que me llamó la atención el comprobar que entre ellos se encontraba México, un país que los demócratas, precisamente los demócratas y sobre todo los vencidos,  nunca terminaremos de agradecer lo suficiente.

Ni por un momento llegaría a creer que ésta es una tarea fácil. Me puedo imaginar al Ministro de Asuntos Exteriores tratando de hacer encajes de bolillos para no zaherir a nadie. Bueno, la estridente respuesta de Marruecos no se haría esperar, ni las reprimendas de los fieles aliados, y las Cámaras de Comercio que verían peligrar ciertos negocios, o los Bancos, y luego está la inestabilidad. Pero permítame que le cuente una historia. Una historia que tiene mucho que ver con la gratitud y la memoria.

“Hace unos años, atendiendo a una llamada de auxilio de RNE, mi mujer y yo acudimos a la perentoria necesidad de acoger a un niño saharaui. El caso es que habían llegado unos trescientos a Madrid, sin embargo alrededor de un centenar de ellos, por motivos que ahora desconozco, podían ser devueltos a Argelia porque no había suficientes familias de acogida. Entonces supe que a España solían venir (todavía lo hacen) cerca de ¡diez mil niños y niñas! para pasar el verano. También supe que ese milagroso éxodo temporal tiene una doble función, por un lado consiguen apartar a los niños de un desierto en donde se alcanzan temperaturas de más de cincuenta grados, y por otra, y no menos importante,  se convierten durante tres meses en embajadores de su pueblo, en realidad en unos maravillosos  embajadores de dientes blancos. 

Recuerdo que estábamos a finales de junio. En Madrid, la canícula empezaba a hacer estragos, y mientras tanto a las puertas de una de las miles de Asociaciones de Amigos del Pueblo Saharaui que hay repartidas por toda España, esperábamos la entrega de uno de aquellos pequeños. Alguien leyó un nombre de una lista, acaso fuera el nombre de algún príncipe tuareg o tal vez de un río mitológico, no sé, pero el caso es que nos entregaron a un chico de once años lleno de harapos que se abrazaba a una bolsa de plástico de dos vueltas. Luego supimos que había soportado más de dos días de travesía en camiones por el desierto, supimos que había pasado la noche en un destartalado aeródromo militar al sur de Argelia, que había volado hasta España antes de que saliera el sol, y por último, y sin duda, lo más duro de todo, imaginamos lo que había tenido que esperar para ver qué sería de su vida durante los próximos meses. ¿Qué familia me corresponderá? –suponemos que pensaba entonces.

Cuando llegamos a casa, y por una cuestión de respeto, dudamos un momento si la ropa con la que había llegado debíamos devolverla de nuevo a su casa. Supongo que podrá hacerse una idea de la situación. Después entró en la ducha, y al cabo de unos minutos, en realidad he de confesarle que fueron casi tres cuartos de hora, fue cuando nos dimos cuenta de la exacta dimensión de la responsabilidad que habíamos adquirido. Allí estaba desnudo, sin nada, esperando cabizbajo y serio. Sin algún día, usted tuviese la necesidad de actuar ante semejantes circunstancias, yo no sabría entonces qué recomendarle, a mí en ese momento solo se me ocurrió ponerle una camiseta del Real Madrid junto con la equipación correspondiente. Aunque ya han pasado varios años desde entonces, creo poder asegurarle que si la felicidad en toda su plenitud existe realmente, sin duda se encontraba en la cara de aquel crío. Otra cosa fue quitarle las botas de fútbol, un tira y afloja que confieso llegó a costarme al menos tres días de trabajo”.

Le cuento todo esto,  porque en realidad quería llegar a lo de la gratitud.

Cuando llegó la noche, ya habíamos olvidado por completo la inefable bolsa de plástico,  por eso nos sorprendió a todos cuando de pronto extrajo de ella una impoluta “carta”. La seriedad y emoción que impuso a aquel acto hizo que correspondiéramos igualmente a su gesto. Por un momento me recordó a la ceremonia del “plácet”, esa que se conceden a los embajadores cuando presentan sus cartas credenciales, luego me di cuenta que se trataba precisamente de eso, de sus cartas credenciales, y aunque en uno de cuyos párrafos su madre solicitaba que tuviésemos mucho cuidado con él, y con “el mar, la piscina y los carros”, ese día, aquel niño abrió una embajada en nuestro corazón. Luego llegaron los regalos: las túnicas, los sándalos, la variedad de pañuelos, los colgantes, las cuentas... Un nudo en la garganta nos impedía articular palabra, y alguien entonces pudo hablar por todos para decir sencillamente: gracias”.

“Después Mafuhd –que así se llamaba- regresó a su casa. Hoy sabemos que no puede volver a España, probablemente como dice él, será porque ahora está en quinto y ya se ha hecho mayor. ¡Probablemente será por eso! Sin embargo, lo más lamentable de todo es que ese niño apenas tiene futuro. Una tarde, como hacen a veces los niños, me miró muy serio y me dijo que no sabía qué iba a ser de mayor. Su duda era si ir a la guerra o conducir el camión del agua.

 Hace unos días James Baker renunció a su cargo como representante del Secretario de las Naciones Unidas para el problema del Sáhara. Sin duda, su sucesor tratará de continuar en la labor del Sr. Baker como única esperanza. No obstante, me embargan las dudas y si no se pone el dedo en la llaga, mi amigo Mahfud terminará acarreando muchos camiones de agua o lo que es peor podría terminar jugándose la vida en la frontera argelina con una metralleta en bandolera.

Esta es una oportunidad de oro. El pueblo saharaui es un pueblo decididamente democrático. Nosotros hemos tenido que hacer una ley para impedir la violencia de género, pero en mitad del desierto, las mujeres saharauis pueden darle sopas con hondas a muchos juristas y a muchos hombres también. En Tindouff, y en los campamentos de refugiados, puede haber más democracia que en el resto del magreb. El saharaui es el único pueblo árabe que habla español, es más, es el idioma oficial junto al hasanía. Y qué puedo decir de los mayores, una generación perdida que a pesar de todo, todavía guardan sus carnés de identidad españoles como una reliquia.

Señor Presidente, a la vista de la desesperanzadora situación, yo no he tenido otro remedio que escribirle esta carta con el objeto de solicitarle una implicación oficial de nuestro país. Una implicación manifiestamente más significativa y amplia que la habida hasta el momento.

Por último, ruego que me disculpe por la extensión de esta carta, pero es que he tratado de buscar todos los argumentos a mi alcance para llamar su atención.  Espero que con ello, tal vez  usted pueda ayudarme a convencer a mis hijos de que nuestro amigo del Sáhara podrá algún día vivir en la tierra que ahora otros han ocupado ilegalmente. Yo ya no sé qué contestarles.

  Atentamente.

 

Antonio Polo González
Email: arpolo99@tiscali.es
www.Ariadna-rc.com/antonio-polo

 

El negocio de la guerra

Diario El País
08 de Abril de 2004

Estimado Sr. Cebeiro:

 

Desde hace ya algún tiempo la realidad en los medios de comunicación me llega descarnadamente con todo su rigor. Ayer mismo, mientras reflexionaba sobre los acontecimientos que nos azotan, leí en su periódico que en Irak, además de las fuerzas de ocupación, hay entre 15.000 y 20.000 personas que pertenecen a empresas de seguridad norteamericanas. Lo leí dos veces para cerciorarme de que no había entendido mal. Pero no, no me había equivocado. En Irak hay mercenarios que pueden llegar a cobrar casi 2.000 dólares diarios, a veces por proteger a Paul Bremer y otras por defender a las fuerzas de ocupación de los ataques de la resistencia iraquí, como sucedió el día en que también atacaban la base española en Nayat. Llegados a éste punto, yo como hijo y nieto de militar, siento el mayor de los desprecios por la mercantilización tan desvergonzada que se está haciendo de este conflicto. Es entonces cuando pienso que, al menos por una cuestión de decencia, nuestras tropas deberían de dejar de jugarse literalmente la vida para que unos sátrapas de cuello duro de Los Ángeles hagan negocio y regresar de inmediato.

Diario El País
08 de Abril de 2004

 

 

Historias del Cavannah
(Desde Muxía)

Domingo, 21 de diciembre de 2002
Publicado en Cuadernos del Matemático.

"El mar devuelve todo aquello que no quiere,
incluso los muertos".
Amador Fernández
Concejal de Medio Ambiente. Concello de Vigo

 

Así es, el mar lo devuelve todo. Diríase a veces que es un baboso, como esos borrachos que pasan el mal trago vomitando sobre la arena. Por eso el "Jefe", que desde lo de Casablanca no había vuelto a percibir en el mar aquella sensación de venganza, decidió abandonar la barra del Cavannah y poner rumbo al noroeste. Sin otra sensación que la rabia renovada, hizo el petate y dejó al barman suplente lo que a todas luces no era sino la indolencia habitual de un hotel a orillas del Mediterráneo: la caterva de "hooligans" que viven pegados indefectiblemente a la barra de un bar, los ecos de un pasodoble larguísimo y machacón que a duras penas lograba desleír a la alegre muchachada del Inserso, y acaso aquella rubia de bote que un día le clavara los pezones con el oscuro propósito de sacarle la combinación secreta de un "Marsalis con aceituna". Lo demás no tenía sentido. En realidad, desde hacía días, la vida solo giraba alrededor de una lengua negra que lamía con procacidad toda la Costa da Morte.

Algo fatigado, el "Jefe" llegó a Muxía a mediados de diciembre, en tanto que, por rangos y categorías, algunos políticos se bajaban a la perdiz y al rebeco, mientras otros se afanaban en hundir un cachalote herido frente a los acantilados de Fisterra, doscientos setenta grados oeste, trescientos veinte grados noroeste y vuelta a empezar. Luego llegaron gentes de todos los rincones para extenderse como una marea blanca, tan blanca que ya no la podían ocultar por más tiempo, y es que esa marea salpica todavía hoy de espuma las avenidas y los miradores, las chalupas y las trastiendas, las azoteas y hasta las casas con dos puertas, una marea que por las noches desatranca el portón de las tabernas y las inunda de gestos y lealtades. Y comoquiera que esas son tabernas al uso, allí se acaba hablando de todo, incluso de vinos.

Vinos de todas clases: rojos, blancos, amontillados o dulces, y que en un momento dado cada cual hace gala de los mejores caldos de su tierra, y son los aragoneses los más enfáticos cuando solícitos se pasan de mano en mano la bota de vino de Somontano; vinos de Tentudia que hicieron las delicias de los expedicionarios extremeños de Pizarro; vinos de Jumilla, poderosos y obcecados, vinos de Rioja, de la alta y la alavesa, los mismos que pusieron en sorna a los monstruos marinos de Juan de la Cosa, vinos de Jerez con los que fray Junípero obsequiara al Almirante en Palos de Moguer; vinos blancos como los de Rueda, vinos balsámicos del Clariano y Valentino que acompañaron, por pueblos y serranías, a los valencianos de Jaime I; vinos de Arganda y Navalcarnero que echaron a la calle a los madrileños el dos de mayo, cuando la ribera alta del Loira amenazaba con otra marea de tintos con la que despacharse a gusto un buen cocido, vinos de la Ribera del Duero que arrebataron al Cid alguna que otra tarde de gloria, vinos de Yecla, vinos de Pago y Valdepeñas, vinos de Méntrida y La Gomera los cuáles animaron a Cabeza de Vaca a aventurarse por las Américas, ánimos como los de estos canarios que ayer mismo, nada más llegar, se despacharon una olla de mojopicón y después se ventilaron ellos solos doscientas toneladas de chapapote; vinos del Montseny y del Priorato, vinos de Benissalem, de nombres tan árabes y tan mallorquines, y vinos de Galicia, como ese Alvariño que ha traído a las costas a lo mejor de su pueblo para desdecir aquella renuncia de Castelao: "El gallego no protesta, emigra", pero hete aquí que están todos ahora, bebiendo lágrimas de vino, en esta taberna que en realidad no es más que un pantalán viejo y destartalado.


Cabo Turiñán. Pocos días más tarde, nuestro sin par Ministro de Defensa, Federico Trillo diría una  frase que hoy nos queda para el recuerdo: "Las playas están esplendorosas"

Y mientras tanto, los de la perdiz y el rebeco, se asoman a mirar las "playas esplendorosas" con la vana esperanza de que los vientos rolen con fuerza al oeste, que arrastren a los periodistas y se lleven de paso a esa turbamulta blanca y reivindicativa que por las noches inunda las tabernas de gestos y lealtades. Por eso, hoy el "Jefe" que desde lo de Casablanca no había vuelto a percibir en el mar esa sensación de venganza, ha decidido no servir un cóctel más hasta que el mar, de una u otra manera, decida devolvernos la dignidad, o en su defecto alguno de nuestros propios muertos.

Antonio Polo. 2003
Fotos de Miguel Vidal y Manuel Bauer (2003)
Domingo, 21 de diciembre de 2002
Publicado en Cuadernos del Matemático.

 

Suciedad en La Manga

La Verdad de Cartagena 
cartasdirector@laverdad.es

01 de Agosto de 2003

 

Llevo quince años veraneando en La Manga del Mar Menor y puedo decir, como Harrison Ford en Blade Runer, que he visto cosas increíbles. He conocido el horror de las tardes sin duchas porque el agua no tenía presión, los interminables atascos de los viernes y de los sábados y de los domingos, he sufrido los alaridos de un alienígena de “sandalias y calcetines negros con riñonera” desgallitándose ante un karaoke del Cayo Coco más allá de la medianoche, y he mancillado el buen nombre de esta tierra y de su consistorio un atardecer de julio mientras la fetidez del aire del Canal de Marchamalo inundaba toda la urbanización. Pero hace unos días he tenido el privilegio de  ver algo inusual: he visto a un empleado de la limpieza haciendo lo propio. Mi cuñado y yo manteníamos un largo litigio sobre éste asunto pero por fin puedo dar a conocer al mundo la gran noticia de su existencia. Sin embargo, vista la suciedad que el viento arrincona en las calles, el extenso sarpullido de chicles (como si las aceras tuvieran sarampión), las obras municipales tan anárquicas y ausentes de información que en realidad parecen clandestinas, y en definitiva la falta de eficacia en los servicios que la gran noticia de estos días me sabe a poco, por eso estoy convencido que ese empleado era el único de su especie. Y como quiera que algún político local podría argüir que esto es exagerado, les he puesto una trampa. Se trata de un cartón de leche abandonado hace más de dos semanas y del que, porqué no -he de confesarlo- me he encariñado. Lo reconozco, lo pegado al suelo. De esta manera evito que el viento lo arrastre hacia el mar, aunque en realidad estoy convencido de que el año que viene, ese mismo trozo de cartón seguirá acompañándome mientras contemplo las estrellas, y acaso entonces nos acompañe también algún otro tetrabrik como manifestación última de la invasión de los replicantes.

La Verdad de Cartagena 
cartasdirector@laverdad.es

01 de Agosto de 2003

 

 

El cierre de SEPU

(Después de 68 años, los primeros grandes almacenes de España cierran sus puertas al declarar una situación de quiebra. Con una semana de antelación a la fecha prevista, el cierre ya es efectivo. Los ochenta y dos trabajadores son despedidos).

Opinión del Lector 
"El País". 01 de agosto de 2002

Estimado Director:

Desde que tuve noticias del cierre de los almacenes SEPU de Madrid, tengo la certeza de que si alguien, después de 25 años de servicio en una misma empresa, puede acabar en la calle con una mano delante y otra detrás entonces es que el Estado de Bienestar es un camelo. Y esta certeza es igualmente válida, tanto si el ámbito de semejante despropósito es público o privado, por mucho que el Fondo de Garantía Salarial trate de ponerle un parche a un pinchazo de tal calibre. Lo que ya no tengo tan claro es si, en estos tiempos de indignidades e infamias que corren, el sicario que ha logrado llevar a estos almacenes a la quiebra va a soportar con decoro ese último e inequívoco viaje. Lo dudo. Lo dudo porque hoy mismo he tenido la oportunidad de vivir algunos instantes de esa quiebra por dentro. Y aunque es difícil hacerse una idea de la sensación de vacío e impotencia que puede llegar a reinar en un almacén desolado, había allí más dignidad que la que nunca habrá en muchos Consejos de Administración. Hasta el último momento, aquellos hombres y mujeres se afanaban por hacer su trabajo con tanta seriedad como si en cualquier momento fueran a abrir las puertas al público para presentar la nueva campaña de otoño-invierno. Y es que hay empresarios que no se merecen a sus empleados. Por eso no voy a ser yo (aunque mi hermano ahora esté allí pasando por ese trance) quien empañe tan encomiable actitud. Sin embargo, desde hace unos días, cada vez que me acuerdo del ínclito sicario, me viene a la memoria una famosa cita de "La historia universal de la infamia" de Borges, y que refiriéndose al incivil maestro de ceremonias Kotsuké no Suké decía así: "En vano propusieron ese decoro a su ánimo servil. Era varón inaccesible al honor; a la madrugada tuvieron que degollarlo".

Opinión del Lector 
"El País". 01 de agosto de 2002

 

Buscando Tesoros

(Publicado en el diario "El País" el 7 de septiembre de 2002 en la Opinión del lector.)

Me llamo Antonio y trabajo en una oficina de Núñez de Balboa, aunque después de ver cómo está la calle no conseguiría convencer a nadie de que ni me llamo Saíd ni vivo en Ramala. Sin embargo puedo asegurarles que hay un ejército de ocupación haciendo boquetes a todas horas, un ejército que no descansa ni en verano. Suele preguntar Dani de Vito, cada vez que pasa por Madrid, si ya hemos encontrado el tesoro, ¿porque en Madrid hay escondido un tesoro, verdad? pregunta a todas horas. Y algo de eso tiene que haber. Es más si uno se fija bien, puede darse cuenta de que dirigiendo las obras ya no quedan capataces como los de antes. No, ahora puedes tropezarte con un profesor de Historia Antigua metido hasta la cintura en una zanja. Es más en el cruce de Ayala con Nuñez de Balboa me encontré hace unos días a un tipo que lucía látigo y sombrero como si fuera el mismísimo Indiana Jones en busca del arca perdida. Porque de eso se trata, de excavaciones arqueológicas.

Por ejemplo, ahora el Canal de Isabel II quiere hacernos creer que está sustituyendo las conducciones antiguas, aunque en realidad sabemos que anda detrás de una pieza tan codiciada como es el Santo Grial; Madritel por ejemplo, estuvo dos meses perforando el barrio a la búsqueda de una Venus Neolítica, y Gas Madrid llegó a remover los entresijos de la capital con tal de dar con un sarcófago merovingio que confinaba los restos de Tarik el Grande.

Sin embargo, este inusual verano debe esconder algo muy gordo en el subsuelo de la capital porque a las susodichas compañías se les ha unido también lo más granado del inefable mundo de la piqueta. Dicen que es el Arca de los Dones, o el arcón custodio del oro de Moscú o acaso el dinero negro al que trata de dar caza el Departamento de los Hombres de Negro del Ministerio de Hacienda. Y si ustedes creen que exagero, entonces que me diga alguien a qué viene ese inmisericorde afán por perforar las calles una y otra vez. Es más que alguien me diga porqué me miran con sorna los residentes del barrio cuando coloco, en este demoledor agosto, un boleto de la ORA sobre el salpicadero de mi coche, el cual se pasa las horas muertas acumulando polvo entre las zanjas que hay en el cruce de Ayala con Nuñez de Balboa, es decir, en el mismísimo centro de Ramala.

(Publicado en el diario "El País" el 7 de septiembre de 2002 en la Opinión del lector.)

 

 

¡Increíble!

(Publicado en el diario "El País" el 7 de septiembre de 2001)
Madrid, 4 de Septiembre de 2001

Cartas al Director
EL PAÍS
CartasDirector@elpais.es

Estimado Director:

A propósito del Sáhara Occidental, leo hoy en su periódico unas declaraciones de Mohamed VI en las que afirma: "He solucionado la cuestión del Sáhara que nos envenenaba desde hace 25 años". A lo mejor no me he enterado porque estaba de vacaciones, ya que de haberlo sabido, al niño saharaui de 9 años que he acogido este verano, no lo hubiera devuelto al campo de refugiados de Tinduf (Argelia), es decir, al pedregal más inhóspito del planeta en donde su pueblo espera que la ONU convoque un referéndum, lo hubiera devuelto a su legitima tierra, al Sáhara Occidental, pero al parecer ya no hace falta, alguien ha solucionado la cuestión. ¡Increible!

Atentamente

(Publicado en el diario "El País" el 7 de septiembre de 2001)
Madrid, 4 de Septiembre de 2001

 

 

 

Carta de un
hombre que ya
no cree en casi nada

(Publicado en el diario "El País" el 15 de mayo de 2001)

Cuando esta mañana abrí el periódico y leí -al principio distraídamente- que los talibanes habían iniciado la destrucción de los monumentos preislamistas en ese catafalco rodeado de montañas que tienen por país, sentí tal estupor que me vi obligado a leer varias veces la noticia. No había duda: un buda de 55 metros de altura, esculpido en roca arenisca, era amenazado por una columna de ametralladoras. Más tarde -cuenta el reportero-aquella sería sustituida por otra columna de tanques. Al parecer los talibanes presuponen que Alá y los museos mantienen algún contencioso irresoluble, y todo cuanto no signifique someterse al régimen de terror de aquellos a los que Occidente llegó a reconocer como "Estudiantes islámicos de Afganistán", está condenado irremediablemente. Dramático, sin duda. Sin embargo, aunque dicha destrucción constituya una pérdida irreparable del legado cultural, peores consecuencias son las que ya está provocando el genocidio del pueblo afgano cuyos fanáticos líderes se autoproclamaron como sus defensores. Y es que si es duro asistir a la destrucción de un monumento histórico, mucho más perverso es asistir -ante una impavidez de lo más inquietante- a la prohibición de los más elementales derechos. En Afganistán los talibanes han llegado a prohibir derechos tan inalienables como la asistencia médica a las mujeres; se han prohibido la venta y elaboración de cuadros (sin duda actividad peligrosa para la seguridad del régimen islámico), se han prohibido igualmente las fotografías, la educación y algo tan terrible, mucho más perverso que la amenaza a una mole de arenisca, como las muñecas con las que en el resto del planeta han jugado alguna vez las niñas, aunque a decir verdad, habría que puntualizar que a quién han prohibido ha sido a las mujeres.

Y tras esta nueva barbaridad, yo exijo que se ponga fin a ese régimen donde gobierna el más ciego fanatismo. Exijo que nuestro Gobierno persiga en todos los foros internacionales la condena del régimen talibán, que todos y cada uno de nosotros -independientemente de nuestras habilidades o compromisos- no tenga un minuto de descanso para combatir semejante violación de nuestra dignidad y del derecho a la vida; y que en virtud de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre una Fuerza multinacional de interposición tome en nombre de la vergüenza y dignidad humanas las riendas de semejante desdoro. Y si para ello hubiera que justificarlo con algo más substancioso y material que respalde y justifique semejante acción, que alguien haga correr el bulo de que Afganistán se encuentra situada encima de la mayor bolsa de petróleo que ha conocido la sociedad industrial, una bolsa enorme tan desmesurada que sea imposible no creer en ella.

(Publicado en el diario "El País" el 15 de mayo de 2001)

 

 

Lumbreras en
el Metro

(Publicado en el diario "El País" el 15 de agosto de 2000)

Madrid 12 de agosto de 2000


Hace unos días pasó por Madrid un amigo mexicano que me preguntó con interés si el transporte público en esta ciudad era de calidad. Yo no dudé ni por un instante la respuesta, es más incluso me extendí orgullosamente aportando algunos detalles destacables como la limpieza y la seguridad. Aunque mi amigo pareció quedar convencido con la respuesta, de nuevo volvió a la carga. Entonces preguntó con sorna si aquí la gente llenaba los transportes públicos hasta rebosarlos, si los viajeros se descolgaban de las ventanas de los autobuses, o si ocupaban los espacios entre los vagones del Metro y subían al techo de los autocares como era habitual en otros países subdesarrollados. Yo volví a responderle que eso dejó de suceder en España hace muchos años, que ahora todo ha cambiando y que al estudio y aplicación de la frecuencia de paso de los transportes públicos ya se ocupan "las lumbreras" con las mismas herramientas que en su tiempo ensalzara el mismísimo Friedman y su Escuela de Chicago.

Pero he aquí que esa conversación la mantuvimos mi amigo y yo en julio, e inocente de mí -con la guardia bajada tras las vacaciones- tomé el Metro ya entrado el mes de agosto. Lunes. Tres de la tarde. 42 grados en el exterior. Una marea humana que sale del vagón y otro huracán que entra; una chica estupenda que junto a mí sube en Av. de América se pierde y no encuentro su rastro hasta pasado Alfonso XIII, y mientras tanto, un tipo bajito con bigote insiste en hacer valer su espacio vital clavándome el codo en el costado durante cinco estaciones. Y entonces recuerdo en qué mes estamos y que para estas fechas alguna "lumbrera" ha decidido disminuir la frecuencia de paso de los trenes con el fin de que los viajeros del Metro estrechemos relaciones y superemos por fin ese atávico "temor a ser tocados" del que tanto nos hablara Elías Canetti en su inefable ensayo "Masa y poder". Pero a mí que me quedaban todavía cinco estaciones para salir, que la espléndida chica de Av. de América se esfumó sin que pudiera evitarlo, y que aquel tipo bajito, -sospechosamente tan parecido a Mario Bross- casi me rompe dos costillas; a mí -insisto- me ha venido a la memoria la conversación mantenida con mi amigo mexicano, me han venido también "las lumbreras" con sus recortes, por eso el único acto de rebeldía que me pude permitir en aquellas circunstancias fue el de dejar caer mi portátil sobre el pie de aquel inocente tipo al grito de ¡Viva Zapata! ¿Se hacen cargo?


Palos de la Frontera
6 de septiembre de 2000

 

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