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Índice de Relatos
Página Personal de Antonio Polo

 

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A ITALO CALVINO

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La oveja negra
y los paparazzi

N.A. Relato basado en el texto íntegro de “La oveja negra”· escrito por Ítalo Calvino el 30 de julio de 1944.

 

       Érase un país donde todos eran paparazzi.

 

         Por la noche cada uno de los habitantes salía con una cámara y varios rollos de película infrarroja, para ir a saquear la intimidad de un vecino. Al regresar, al alba, encontraba que sus secretos se vendían en el quiosco de la esquina.

 

         Y todos vivían en concordia y sin daño, porque uno conocía perfectamente al otro y éste a otro y así sucesivamente, hasta llegar al último que sabía minuciosamente los pormenores del primero. En aquel país el secreto se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. Los medios de comunicación pertenecían a una asociación creada para vulnerar la intimidad de su audiencia, y por su lado la audiencia sólo pensaba en vender ilegalmente sus secretos a los medios de comunicación. La vida transcurría sin tropiezos, y todos podían vender una exclusiva o conocer la intimidad de su vecino, que a la sazón era tan escabrosa como la suya propia.

 

         Pero he aquí que, no se sabe cómo, apareció en el país un hombre que no veía la televisión, ni compraba revistas de la prensa rosa o amarilla. Por la noche, en lugar de salir con la cámara y los rollos de película, se quedaba en casa fumando y leyendo novelas.

         Llegaban los paparazzi, veían al hombre haciendo todos los días lo mismo en aquella actitud tan poco llamativa y se marchaban sin hacerle una miserable fotografía.

 

         Esto duró un tiempo; después hubo que darle a entender que si él quería vivir sin hacer nada, no era una buena razón para no dejar hacer a los demás. Cada noche que pasaba en casa era una familia que no comía al día siguiente.

 

         Frente a estas razones el hombre que no veía la televisión no podía  oponerse. También él empezó a salir por la noche para regresar al alba, pero no iba a fotografiar los secretos de nadie. Él no leía revistas del corazón, por tanto no había nada que hacer. Iba hasta el puente y se quedaba mirando pasar el agua. Al principio, furtivamente, le retrataron en aquella actitud y una mañana apareció en la prensa vespertina. A los lectores no les pasó inadvertida la noticia y comoquiera que siguió siendo fotografiado por tantos otros paparazzi, pronto se convirtió en un fenómeno social. Aquel era el único hombre que no poseía ningún secreto y ello tenía el suficiente morbo como para romper los índices de audiencia y las tiradas de las revistas.

 

         En menos de una semana el hombre que no veía la televisión se encontró perseguido a todas horas, espiados todos sus movimientos, sin poder ir diariamente a su trabajo.  El hecho es que al cabo de un tiempo algunos de los paparazzi que lo fotografiaron al principio llegaron a ser más ricos que los otros y ya no quisieron seguir fotografiando a nadie más.

 

         Entre tanto aquellos que se había vuelto ricos se acostumbraron a ir también al puente por la noche, a ver correr el agua. Y comenzaron también a ser fotografiados por otros paparazzi. Pero como los primeros conocían bien la mecánica de las ventas en exclusiva empezaron a cobrar por posar todas las noches en el puente, entonces se volvieron mucho más ricos. Llegó un momento que las leyes del mercado hicieron su aparición y ya no interesaban nada los escasos secretos de unos hombres que miraban pasar el agua, y todos quedaron finalmente sin trabajo. Fue entonces cuando la opinión pública  comenzó a pasar hambre.

         Había tanta necesidad que disparaban las cámaras unos contra otros, se fotografiaba cualquier acto por estúpido que fuese y algunos manipulaban los semáforos para conseguir la instantánea de algún ciego que cruzara la calle en ese momento. Dado que la penuria seguía instalada en aquel país, muchos decidieron que lo que vendía era precisamente la increíble hazaña de un hombre que no tenía secretos. Entonces se dieron en cuerpo y alma a crearle una nueva vida. 

 

         A aquel hombre, que había sido abandonado en un orfanato, le surgió una madre; la novia que nunca tuvo ofrecía ruedas de prensa a todas horas, le salieron hermanos, primos, y una asistenta que jamás lo asistió, contaba todas las semanas los pormenores de la escabrosa vida de su señor. Todo volvía a ser como antes; la gente volvió a comprar tabloides, y una poderosa asociación de editores logró que se cerrase aquel miserable puente tan concurrido por las noches.

 

         De esa manera, pocos años después del advenimiento del hombre que no veía la televisión ni compraba revistas del corazón, ya no se hablaba de ricos o de pobres; y sin embargo todos seguían siendo paparazzi.

 

         Honrado, y ajeno a aquel morboso mundo sólo había habido aquel fulano, y no tardo en morirse de hambre; y lo que es peor le obligaron a llevarse a la tumba algún ignominioso secreto.

 

© Antonio Polo González

   

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