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Miradas en medio folio
Por José Ángel F. Colón y Antonio Polo

 

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“MIRADAS” 
en medio folio

  “Miradas”:  Pinceladas  que caben en medio folio.

                                                                                                 
José Ángel F. Colón

Peripatéticos  

Y entonces, de la multitud que caminaba por la plaza, que salía o entraba en ella por las calles que desembocaban, o según se mire, partían de ese centro bullicioso hacia algún lugar impreciso, más allá de ese núcleo simbólico que contemplaba sentado en el murete granítico de la fuente; observé que algunos de ellos llevaban en sus manos el teléfono móvil, ese objeto que como su nombre indica nos acompaña y no es móvil por si mismo, hasta ahí podíamos llegar, y que gesticulaban hablando, gritando,  dando vueltas, parándose, riéndose, mirando la arquitectura del edificio municipal o al barrendero paciente con su  municipal  escoba, con ojos ausentes como quien contempla el mar y trata de escuchar algo más que el maniático y rutinario ir y venir del oleaje. Imaginé yo entonces, en mi ensoñación,  desde esa platea improvisada,  esas señales digitales como hilos que se desprendían de una madeja, una maraña sin sentido, una trama confusa, una trampa  para moscas incautas, una, podíamos llamarla, acción artística espontánea, valiosa, de una teatralidad tangible y antigua y en esa visión recreé a  los peripatéticos, todos ahora herederos de Aristóteles sin saberlo, atolondrados en el decir filosófico, pero caminantes, con espíritu de buhoneros, nómadas contemporáneos, con la apariencia extravagante de un loco parlanchín, un hablante solitario ensimismado en sus cuitas, encerrado en el laberinto de sus pensamientos obsesivos, aislado como digo, prendido literalmente de un hilo imaginario, fragilísimo, a punto de irse a la deriva, de desaparecer.

 

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“Miradas”:  Pinceladas que nos caben en medio folio.

                                                                                         



Antonio Polo

 Peripatéticos  

 

Algo habría en el aire de aquellas tardes en las que a veces Aristóteles descansaba a la sombra de un hipogeo. Acaso fuera el pesado dulzor de las lámparas que ardían a la entrada de los templos, o la explosión de aromas en las flores que coronaban las chumberas al borde del camino. Nada que pudiera cogerse con las manos, nada que nos indicara que el mundo que nos rodea está sujeto por algo, nada que no fuera inmune a la ley de la gravitación. Los peripatéticos entonces se sentaban al borde de una alberca y mientras pelaban una naranja escuchaban al maestro al salir del ágora. Y es que de eso se trata, de escuchar, sin duda el único recurso para acceder a la sabiduría. De silencio solían ser los hilos que creían llevarlos a la perfección, unos hilos invisibles que se hacían cada vez más patentes al caer la tarde. Y habría algo en el aire que a veces traía el heno a lomos de una ráfaga de viento, el rumor del agua de las fuentes que rebotaba en los frisos en donde se podía leer la epopeya de un guerrero que había matado a un león de piedra o el júbilo del campesino al contemplar repleta una almazara de aceite. Entonces los peripatéticos disfrutaban del hábito de cederse el turno de palabra, de reconstruir el discurso tras el sosiego de la reflexión, de pelar naranjas para eludir las guerras. Hoy en cambio, del peripato solo nos queda la vorágine de las autopistas en un fin de semana, la verborrea del autista con su apéndice inalámbrico, y algo en el aire que está acabando con los hipogeos.  

 

 

© José Ángel F. Colón y Antonio Polo
    Madrid 2006

   

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