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La
Mano
(Leído
en La Sultana .Madrid. Diciembre de 2000. Título : La
Mano)
Hace
muchos años, cuando vi cómo Half gobernaba inmóvil,
y aparentemente sin esfuerzo la nave en "2001 una odisea
en el espacio", llegué al convencimiento de que en
el próximo milenio ya no nos harían falta brazos,
y que todo, absolutamente todo, podría ser posible desde
el mórbido abandono de un sofá. Sin manos, todo
con la mente. Pero me equivoqué, afortunadamente porque
de haber sido ciertas mis juveniles previsiones hoy seríamos
todos mancos, miserables seres disminuidos lateralmente. ¡Que
horror! ¿Alguien puede imaginar entonces a Álvarez
Cascos pescando el Campano? A gritos, supongo. En fin, una mano
es media vida, ahora y dentro de mil años. (Basado en
la historia real de Mathew Scott).
Sorprendentemente, después de haber vivido más
de un año pegado a la mano de un cadáver, el norteamericano
Mathew Scott ha decidido despojarse del apéndice con el
que hubo soñado tanto tiempo. Scott, que perdió
la mano mientras manipulaba unos fuegos artificiales, ha requerido
perentoriamente al médico que lo operó para que
le ampute su desnaturalizada extremidad. Quizá Scott no
haya tenido en cuenta que de lo que ahora desea desprenderse,
en su día llegó a suponer un hito en la historia
de la medicina. Quizá Scott no haya valorado suficientemente
las horas que semejante evento supuso en las vidas de tantas
personas: los preparativos interminables, el larguísimo
preoperatorio, la estrategia hospitalaria, la cuidada y laboriosa
intervención, en fin, los revoltosos tendones, los capilares
indómitos, el temible rechazo. Sin embargo, el equipo
médico ha considerado ahora inoportuno cercenar la susodicha
mano, por el momento, en poder de Mathew Scott.
No
hace mucho que ese mismo equipo presentaba en sociedad la mano
vendada de Scott. Entonces los dedos mórbidos, orondos
y vocacionalmente ágiles parecían morcillas, y
tal vez por eso mismo centraron la atención informativa
del momento, aunque a decir verdad, el morbo era saber si Scott
llegaría alguna vez a quitar con la boca los padrastros
a su nueva compañera. Esta no es cuestión baladí
porque una mano no es un órgano transplantable al que
nos podamos acostumbrar fácilmente. Sin embargo, un hígado
o un riñón, además de procurar al implantado
un manifiesto beneficio, sin duda se comportarían como
órganos pertenecientes al estricto ámbito de la
suposición: los suponemos ahí dentro (en las mismísimas
entrañas), gobernando las leyes de la filtración
o la catálisis, decididamente ocultos entre nuestras mantecas.
Pero una mano, con su simplicidad de mano ajena a la química,
está presente en todos nuestros actos, sobre todo, en
nuestros actos más morbosos. Por eso suponemos que al
principio Scott sobrellevaría la presencia de su nueva
compañera, con denuedo, imaginación y qué
coño con morbosa placidez. Y es que si cualquiera de nosotros
hubiera tenido que pasar por el mismo trance que Scott, para
adentrarnos en ese oscuro planeta de la morbosidad, hubiéramos
tenido que desempolvar la Biblia Onanista del Quinceañero
cuyo primer mandamiento viene a recordarnos que hacerse una gañola
con la mano izquierda es como si te la hiciera otro, por tanto,
qué fuente inagotable de felicidad no habría de
proporcionar entonces a Scott esa insólita morcilla.
¡Pero
la felicidad es un bien muy escaso! Y es que la mano que Scott
paseaba por el mundo estaba tan lejos de la tierna inocencia
que más que una gañola aquel solitario ejercicio
de Scott -como rememoranza de la pubertad- más que una
gañola -insisto- era como soportar la Gracia que Su Majestad
la Reina Isabel II de Inglaterra suele conceder a los faisanes
durante una cacería.
Así,
ante semejante perspectiva Scott se plantó una mañana
al cuadro médico habitual suplicándoles encarecidamente
que le devolvieran su romo pero honrado muñón;
que ya no podía soportarla más; y que si hubiera
sabido que el incógnito donante -dueño y señor
a su pesar todavía de esa funesta mano- había estrangulado
a una dulce ancianita, él hubiera seguido manco, y lo
que es más, masturbándose con la derecha, porque
al fin y al cabo él todavía seguía siendo
republicano.