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Página Personal de Antonio Polo

 

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La Mano

 

(Leído en La Sultana .Madrid. Diciembre de 2000. Título : La Mano)

Hace muchos años, cuando vi cómo Half gobernaba inmóvil, y aparentemente sin esfuerzo la nave en "2001 una odisea en el espacio", llegué al convencimiento de que en el próximo milenio ya no nos harían falta brazos, y que todo, absolutamente todo, podría ser posible desde el mórbido abandono de un sofá. Sin manos, todo con la mente. Pero me equivoqué, afortunadamente porque de haber sido ciertas mis juveniles previsiones hoy seríamos todos mancos, miserables seres disminuidos lateralmente. ¡Que horror! ¿Alguien puede imaginar entonces a Álvarez Cascos pescando el Campano? A gritos, supongo. En fin, una mano es media vida, ahora y dentro de mil años. (Basado en la historia real de Mathew Scott).

 


Sorprendentemente, después de haber vivido más de un año pegado a la mano de un cadáver, el norteamericano Mathew Scott ha decidido despojarse del apéndice con el que hubo soñado tanto tiempo. Scott, que perdió la mano mientras manipulaba unos fuegos artificiales, ha requerido perentoriamente al médico que lo operó para que le ampute su desnaturalizada extremidad. Quizá Scott no haya tenido en cuenta que de lo que ahora desea desprenderse, en su día llegó a suponer un hito en la historia de la medicina. Quizá Scott no haya valorado suficientemente las horas que semejante evento supuso en las vidas de tantas personas: los preparativos interminables, el larguísimo preoperatorio, la estrategia hospitalaria, la cuidada y laboriosa intervención, en fin, los revoltosos tendones, los capilares indómitos, el temible rechazo. Sin embargo, el equipo médico ha considerado ahora inoportuno cercenar la susodicha mano, por el momento, en poder de Mathew Scott.

No hace mucho que ese mismo equipo presentaba en sociedad la mano vendada de Scott. Entonces los dedos mórbidos, orondos y vocacionalmente ágiles parecían morcillas, y tal vez por eso mismo centraron la atención informativa del momento, aunque a decir verdad, el morbo era saber si Scott llegaría alguna vez a quitar con la boca los padrastros a su nueva compañera. Esta no es cuestión baladí porque una mano no es un órgano transplantable al que nos podamos acostumbrar fácilmente. Sin embargo, un hígado o un riñón, además de procurar al implantado un manifiesto beneficio, sin duda se comportarían como órganos pertenecientes al estricto ámbito de la suposición: los suponemos ahí dentro (en las mismísimas entrañas), gobernando las leyes de la filtración o la catálisis, decididamente ocultos entre nuestras mantecas. Pero una mano, con su simplicidad de mano ajena a la química, está presente en todos nuestros actos, sobre todo, en nuestros actos más morbosos. Por eso suponemos que al principio Scott sobrellevaría la presencia de su nueva compañera, con denuedo, imaginación y qué coño con morbosa placidez. Y es que si cualquiera de nosotros hubiera tenido que pasar por el mismo trance que Scott, para adentrarnos en ese oscuro planeta de la morbosidad, hubiéramos tenido que desempolvar la Biblia Onanista del Quinceañero cuyo primer mandamiento viene a recordarnos que hacerse una gañola con la mano izquierda es como si te la hiciera otro, por tanto, qué fuente inagotable de felicidad no habría de proporcionar entonces a Scott esa insólita morcilla.

¡Pero la felicidad es un bien muy escaso! Y es que la mano que Scott paseaba por el mundo estaba tan lejos de la tierna inocencia que más que una gañola aquel solitario ejercicio de Scott -como rememoranza de la pubertad- más que una gañola -insisto- era como soportar la Gracia que Su Majestad la Reina Isabel II de Inglaterra suele conceder a los faisanes durante una cacería.

Así, ante semejante perspectiva Scott se plantó una mañana al cuadro médico habitual suplicándoles encarecidamente que le devolvieran su romo pero honrado muñón; que ya no podía soportarla más; y que si hubiera sabido que el incógnito donante -dueño y señor a su pesar todavía de esa funesta mano- había estrangulado a una dulce ancianita, él hubiera seguido manco, y lo que es más, masturbándose con la derecha, porque al fin y al cabo él todavía seguía siendo republicano.

 

   

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