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Relatos

 

 

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Página Personal de Antonio Polo

 

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El Frigorífico

          (Relato)

"A tu lado", solo es el título de un viejo tango...


“A tu lado”, eso fue lo que dijo Isabel cuando se cruzaron la última vez en el portal. “Lo que quiero es vivir a tu lado” –le dijo ella cuando salía a toda prisa para tomar el último metro de la línea 1. “Luis, lo que quiero es vivir a tu lado. Que me bajes la Luna y nos perdamos juntos en la otra cara” –así, de un tirón se lo dijo.

 

Luis recordaba como una antigua premonición esa lluviosa noche de noviembre mientras cruzaba el Paseo de la Castellana. Al fondo sobresalía la torre octogonal del Hospital de la Paz disminuido ahora por los rascacielos que se construían a su alrededor. Imaginaba a Isabel en la décima planta de aquel edificio ajena por completo a la vorágine nocturna de Madrid. La Unidad de Neonatos en donde trabajaba era el orgullo de la dirección actual, y es que en los últimos meses el departamento competía con los más prestigiosos centros hospitalarios de Europa y Estados Unidos. Cada semana Isabel asistía al milagroso esfuerzo de mantener en el mundo a pequeños seres que se debatían en la frontera de la vida. “Cariño, hoy he traído uno de seiscientos gramos. La naturaleza es increíble” –leyó el mensaje en un post-it amarillo que había pegado en el frigorífico. Comoquiera que era la primera vez que le dejaba una nota escrita con aquel entusiasmo, abrió de inmediato la nevera pensando que dadas las fechas –un noviembre tardío– y las últimas lluvias, lo que la naturaleza podría haberle reportado de excepcional acaso fuera un níscalo de más de medio kilo. Isabel que conocía su debilidad por los boletus un día le dijo que los hongos eran los seres más antiguos de la Tierra, y que su capacidad de supervivencia era milagrosa,“como la de los niños” –solía decir entusiasmada. “En el cajón de abajo. Están al fondo. Los rovellons están al fondo” –dejó escrito al día siguiente junto a otro escueto mensaje: “¡Esa indolencia va a ser tu ruina!”

 

Luis volvía a casa muchas veces dando un rodeo para ver la imagen de aquella torre encendida. En ocasiones, se demoraba en algunos de los pubs que estaban abiertos en el Paseo de la Castellana. En uno de ellos, se reunía un grupo de ruteros que repartían la prensa entre los distintos puntos de la provincia. Luis tenía entonces la oportunidad de leer el periódico en un rincón iluminado al final de la barra. Sin embargo, la ventaja de conocer las noticias a esas horas era en realidad un hecho intrascendente, porque esa misma anticipación era devorada por la lentitud de las noches. Pocas veces tenían oportunidad de comentar juntos las incidencias del día anterior. Apenas había lugar para aquella magnanimidad de la naturaleza que sobrevolaba las incubadoras por las noches, un momento para intercambiar los quehaceres domésticos, y mucho menos para valorar las andanzas de aquel camarero metido a concejal de Marbella. Lo cierto es que cuando Isabel llegaba a casa, Luis salía camino a la oficina. Por eso a veces recordaba aquel primer encuentro con una desganada sonrisa.

 

Tan pronto como Luis encendió el ordenador recibió diez mensajes que tenían el mismo asunto, prioritario y perentorio como de costumbre. Su colega, un becario alemán que hacía prácticas en la filial de Madrid, lo miró con envidia: “Dos semanos fuera de la oficina. ¡Qué suerto!” –dijo marcando fuertemente las erres. Luis sabía lo que significaba una agenda de esa clase. A la locura de preparar el plan de márketing, le seguía un maratón de jornadas interminables con el departamento de contabilidad, las reuniones con los agentes de ventas, la revisión de contratos con los ditribuidores, las tormentosas sesiones con los abogados y su enrevesado lenguaje, los sandwichs a media tarde, la premura, los lexatines, la úlcera. No habían dado todavía las once y media de la mañana cuando cayó en la cuenta de que había estado jugando todo el tiempo con uno de los post-it del frigorífico. Durante la reunión de márketing, tuvo la sensación de que la secretaria de dirección no hacía más que fijarse en sus manos, inquietas y sudorosas. Fue entonces cuando se dio cuenta del puré amarillo que estaba cocinando. Con disimulo abrió la palma de la mano bajo la mesa y a duras penas pudo leer algunas de las palabras escritas. “...olvides... pasar por...   ...seiscientos gramos. Cariño”. “...y por favor, no te olvides”. Levantó la cabeza a hurtadillas y comprobó que la secretaría –una arpía con indudables dotes criptográficas– sonreía, sabedora del berenjenal doméstico que se le avecinaba.

“...y por favor, no te olvides” –eso era lo más preocupante.

 

Cuando salió de la oficina estaba diluviando. En casa tuvo el tiempo justo para hacer el equipaje. Después enfiló la Avenida de la Ilustración con el propósito de pasar por el hospital para hablar con Isabel. Si se daba prisa –pensó– aún podría encontrarla a la salida. Circulaba despacio, pegado a la acera, convencido como estaba de que Madrid y Beirut eran dos ciudades hermanadas por el despropósito de la guerra o de las obras. “¿Qué pasaría si no pasase nada? Firmado: Ruíz Gallardón” –leyó en un cartel municipal ante la encrucijada totalmente colapsada. “¡Isabel! ¡Isabel!” –gritó cuando la vió entrar en la estación de Metro. “¿Qué pasaría si no te hubieras presentado a las elecciones?” –dijo mientras cogía el móvil para llamarla. “El terminal está desconectado o fuera de cobertura” –confirmó una voz metálica. “¡Faraón!” –gritó  mientras cruzaba ante otro panel que pedía disculpas por las molestias. “¡Pocero!” –exclamó en una queja  que le salió del alma.

 

Al llegar a casa, Isabel se encontró el dormitorio completamente revuelto. Luis había alquilado el salón para celebrar una conferencia de paz entre kurdos y armenios a juzgar por el olor a pipa de agua y al montón de cojines apilados en una esquina. Tras esquivar la cesta de la ropa para planchar que estaba en mitad del pasillo pudo acceder a la cocina, la única estancia que había sido preservada de aquel tornado matutino. Entonces lo vío. En la puerta del frigorífico había pegado un post-it amarillo que decía: “Me voy a La Coruña cuatro días. Se me han sublevado las corbatas en el armario y estoy seguro de que mis gafas han sido devoradas por los loros del cojín. Ya hablaremos de lo del niño”. Isabel entonces frunció el ceño y recordó que cuando le dijo que a su lado quería perderse en la Luna, no imaginaba cuán poderoso podría llegar a ser el deseo de estar visible, de abandonar aquel lenguaje de papel engominado que se estaba apoderando de sus vidas, y sobre todo ese deseo de ser madre que se iba apoderando de ella. Sacar adelante a su hijo gramo a gramo como hacía en el hospital,  compartir, entregarse en cuerpo y alma sin la presencia mayestática de aquel frigorífico que se manifestaba como el oráculo de su existencia.

 

“Ya hablaremos de lo del niño”. Aquella frase se le clavó en un rincón del tercer espacio intercostal. “Ya hablaremos” –sencillamente. Isabel sabía que esa frase era toda una declaración de intenciones, sin duda, el abandono de la diligencia, el aplazamiento sine die, la dilación de la memoria. Cuando se conocieron, la Luna solo tenía una cara y siempre estaba llena. Luego vinieron los contratos en prácticas, el turno de noche, el curso de postgrado en el hospital, los vuelos semanales a Francfurt de Luis, las letras de un pisito a las afueras, las guardias, los días, las noches.

 

Finalmente las gafas no llegaron a ser devoradas por ninguno de los loros de aquellos horrorosos cojines, en realidad reposaban cuidadosamente sobre el último dominical de El País. Un artículo de Almudena Grandes sobre la incompatibilidad familiar de una madre soltera que trabajaba en Telemadrid la dejó petrificada en aquel salón desde el que, a veces, se veía lucir con plenitud la Luna llena. Entonces recordó los descansos de las guardias cuando contemplaba la vorágine de Madrid desde la décima planta del hospital. Por mucho que se esforzaba, no podía imaginar qué tipo de personas podrían pararse a mirar una torre encendida en mitad de la avenida o leían las noticias que serían, inexcusablemente, devoradas por la lentitud de las noches. 

 

De regreso a Madrid, Luis fue directamente a casa. Aquel día iba a ser especial porque Isabel podía cambiar el turno de noche con otra compañera. Al llegar al rellano de la escalera  no tuvo más remedio que dejar el maletín en el suelo y cambiar de mano la botella de vino que había comprado para la ocasión. Entró precipitadamente y se dirigió a la cocina. Mientras atendía los últimos mensajes de su contestador telefónico metió descuidadamente la botella en el frigorífico. “Tiene diez mensajes nuevos” –dijo la voz metálica  que ya le era tan familiar. Sin dudarlo, apagó el móvil al oír la tercera llamada de la oficina. “Qué hay que no pueda esperar un día” –se dijo.  En el salón encontró todo lo que necesitaba. Dispuso la mesa de manera que pudieran contemplar Madrid desde el mirador del salón. Colocó las copas, la cubertería de plata que apenas tuvieron ocasión de estrenar desde que se casaron, la luz indirecta que dejaba un tono anaranjado sobre el mantel de lino, las velas, la música. Miró el reloj por primera vez a las ocho y cuarto; dos horas más tarde todavía seguía de pie frente a la cristalera del salón. A esas alturas la ciudad comenzaba a devorar las torres a su alrededor. Una sombra cruzó entonces la calle. Si no fuera por la Luna apenas hubiera podido apreciar la mujer que cruzaba al otro lado. Un taxi se paró a recogerla. Isabel cerró la puerta y el coche arrancó dejando atrás una pequeña nube de humo blanco.  Inquieto, se dirigió a la cocina con el objeto de llamarla por teléfono. No había empezado a marcar cuando apreció el post-it en una esquina del frigorífico. La nota decía: “Te olvidaste. El médico lo ha confirmado. Ya no tendremos que hablar de lo del niño. Te dejo” . Giró la nota y en el reverso, pudo  leer entonces: “Los rovellons siguen estando al fondo. Lo más doloroso ha sido comprobar que“A tu lado”, solo es el título de un viejo tango”.

© Antonio Polo. Madrid 2007

   

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