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Relato

 

 

Relato
Página Personal de Antonio Polo

 

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El Candidato

 


Foto de C. Da Col

Al fin y al cabo él se debía a sus votantes.

 

“Aquí nací y os conozco a todos por vuestros nombres y apellidos” –gritó el candidato desde la tribuna. ¡Anastasio! –señaló al fondo del patio del colegio en donde se celebraba el mitin ¡Anastasio Minglanilla, por fin vamos hacer realidad el sueño de tener una biblioteca como Dios manda, bueno como querría don Antonio, don Antonio Machado, claro!” –dijo esperando la aprobación del auditorio. ¡Una biblioteca! ¡Una biblioteca para leer poemas! –añadió exultante. “Poemas que son más peligrosos que un arma cargada” –sentenció esperando que en el patio subiera la temperatura como en las antiguas gradas del campo de fútbol de Chamartín. ¡Una biblioteca, y una Casa para la Tercera Edad! Nada. Ni el mísero aleteo del gorrión que dormitaba sobre el aro de la canasta se produjo en el auditorio. ¡Una biblioteca, con su bibliotecaria diplomada, una Casa para la Tercera Edad y un Concesionario de Tractores!  ¿Te acuerdas Anastasio, las veces que teníamos que ir a la capital para que viniera un técnico de John Deere y te arreglara el viejo tractor?” Entonces si que se produjo algún movimiento entre la asistencia. En realidad fue un movimiento mecánico, algo tan familiar también para el candidato que todos miraron al cielo mientras el gorrión somnoliento levantaba el vuelo hasta el campanario de la torre.

 

¡Esta es una tierra dura! –prosiguió. ¡El invierno es tan largo que la primavera sigue siendo toda una sorpresa! –añadió en tono poético. ¡El Alcalde que ahora os gobierna vive en una primavera permanente, como si este pueblo de hombres y mujeres trabajadoras fuera en realidad Disneylandia! –tragó saliva entonces el candidato esperando cualquier gesto del público, del gorrión o de algún trueno que anunciara la ansiada lluvia del otoño. ¡Pocos saben fuera de aquí lo que es una nevada de verdad! ¿Te acuerdas Anastasio cuando tu hijo vino al mundo ayudado por el veterinario? ¿Te acuerdas que tuvimos que llevar a tu mujer en un coche del Icona a la capital para que le quitaran los puntos? Pues eso tiene que acabar. ¡Vamos a ponerle una casa gratis al médico del valle para que se quede aquí desde Octubre a Febrero!

 

¡Una casa y un repetidor de wi-fi para que todo el pueblo tenga Internet! Entonces, como traída por el viento que empezaba a levantarse, apareció una nube gris como la historia de aquel pueblo y se plantó sobre el campo de baloncesto que entonces se le antojaba al político como la Gran Corte de los Milagros instalada en mitad de Los Monegros. ¡Un médico permanente, y...    titubeó entonces y... una estación de esquí en los terrenos del Ambrosio, que en paz descanse. ¿Imagináis la vida que le daría al pueblo una estación de esquí con su hotel de tres o de cuatro estrellas en los prados del Ambrosio? ¿Os imagináis la gente de la  “beatiful people” y del “Tomate” que podrían  venir a este pueblo si en el sembrado del Ambrosio instaláramos el telesilla? –añadió ya embalado. ¿Os imagináis a los turistas gastándose su dinero en el hotel, descansando en los jardines de la biblioteca mientras pueden releer los versos del maestro, contemplar apacibles los quitanieves del MOPU, y a los menos aventureros, mientras se echan un mus en el Hogar del Pensionista?     –sentenció ya como poseído por esa onírica contabilidad basada en la gallina de los huevos de oro. ¡Una estación de esquí! ¡Sí señor! ¡Una bofetada a los años de mangoneo político del partido de la Oposición que tuvo la peregrina idea de gastarse la mitad del presupuesto en convertir el viejo  cuartel de la Guardia Civil en un tentadero de toros! ¡Bárbaros!

 

¡Yo me debo a este pueblo y a mis votantes! – dijo cuando las primeras gotas de lluvia empezaron a doblegar la paciencia de los habitantes del pueblo.

 

¡Una biblioteca, una Casa del Pensionista, un Concesionario de tractores y una estación de esquí! ¡Ya hemos hecho los cálculos y hemos hablado con los promotores!

¡Ruuuuuuuuuummmm! El rayo partía entonces en dos el cerezo de la plaza mientras una bandada de gorriones cortaba el cielo camuflados en la negrura de la tarde.

 

¡Y... –titubeó entonces el candidato consciente como era de que se había gastado ya la mitad del presupuesto de la comarca con el objeto de levantar un párpado a semejante caterva de esfinges! ¡Y un... un... un...”, y ya no pudo acabar la frase, cuando desde algún rincón del fondo, Anastasio, Anastasio Minglanilla miró de soslayo al canditado poseído por esa abulia que le habían proporcionado tantos años de promesas incumplidas, pero con una claridad que todos oyeron a pesar del fuerte aguacero, le dijo: “Candidato, mejor dicho –añadió con desgana– Compañero, aquí lo que se te ha olvidado es aliviar a tanto turista estresado de la capital que se va a dejar caer por estos pagos y poner un Club de Carreteras. Pero lo que a mí y a mi Ambrosia nos interesa de verdad es que nos pongas un Tanatorio. ¡Un digno Tanatorio junto al Cementerio!

¡Un Tanatorio para despedir a los amigos cuando arrecie la lluvia!

 

 

© Antonio Polo González
    Madrid 2007

   

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