__________________________________________________________________________
Crónica
de
un encubrimiento.
La noche
más larga.
Segundo
Premio Villa de Pasaia 1999. Publicado en el libro "Certamen
de Narración Corta. IV y V Edición" Villa
de Pasaia. El relato pertenece a la Convocatoria de 1999. Bermingham
Edit. ISBN. 84-932049-8-6. Pgna. 79. Zarautz 13 de julio de 2001.
Mención Honorífica en el Concurso de Relatos "Encuentro
entre dos Mundos" de Ferney-Voltaire (Francia) 17 de noviembre
de 2000. Publicado en la revista "Cuadernos del Matemático"
Nº 29 Pgna. 15. Madrid Diciembre de 2002. ISSN: 1132-2403.
Crónica
de un encubrimiento. La noche más larga
La madrugada del 12 de octubre de 1492 la Expedición a
las Indias, capitaneada por el Almirante Cristóbal Colón,
divisó tierra firme. Varios motines a bordo a punto estuvieron
de privar al mundo del más grande de todos los descubrimientos
llevados a cabo por el hombre.
ANTONIO
POLO. Desde la Mar Océana.
Madrugada del doce de octubre de 1492. Estudios centrales, ¿me
recibís? Parece que hay alguna interferencia. ¿Me
oís? Repito, me encuentro a bordo de La Pinta. La nave
que manda el capitán Martín Alonso Pinzón
está en estos momentos realizando una arriesgada maniobra
cerca de la Santa María, la nao capitana de la expedición
a las Indias. Como os informaba en la anterior conexión,
Martín Alonso ha venido desoyendo repetidamente en los
últimos días las órdenes que llegaban desde
La Gallega, como llaman a la Santa María. Desde hace una
semana la tensión puede mascarse entre los expedicionarios.
Ya se han producido dos motines y la marinería no ha parado
de solicitar el tornaviaje a sus respectivos capitanes. Los pilotos
y los contramaestres también se han puesto del lado de
sus hombres y la disciplina es ahora tan escasa como el tocino
y las raciones de agua dulce de la despensa. Por eso ahora se
acaba de producir cierta algarabía entre los marineros
al recibir señales desde su castillo de popa. En efecto,
estamos viendo la figura de un hombre que nos hace señas
con los brazos. Podría tratarse incluso del mismísimo
Cristóbal Colón. Sí. Confirmado, es el Almirante
de la Expedición. Acaba de ordenar a Martín Alonso
que navegue detrás de la Niña, la cual está
haciendo agua desde el tres de octubre. Podemos oír con
toda claridad las órdenes del marino genovés: "Quédese
al reparo y gobierne con las velas, señor capitán".
Sin embargo, Martín Alonso hace caso omiso y continúa
virando. La maniobra que está ejecutando la Pinta repito,
es cuanto menos temerosa. Estamos tan cerca que podemos percibir
hasta la respiración de la marinería, ya prácticamente
amotinada en el castillo de proa. Navegamos en paralelo. Dos
metros escasos nos separan de la Santa María. El capitán
ha ordenado lanzar un cabo con el objeto de enviar un correo
al Almirante en una canasta de mimbre. Juan Zumbado el chinchorrero
(uno de los desnarigados que cambiaron su condena en las mazmorras
de la Inquisición por una nueva vida en las lejanas islas
de Catay y del Cipango) está introduciendo las cartas
que le ha entregado Martín Alonso. Aprovecho entonces
que el cesto es lo suficientemente grande y salto en el preciso
instante del abordaje.
Ahora
que ya estoy en la carabela del Almirante, puedo ver a los hombres
tumbados sobre cubierta; veo también a Ramón Pané,
el cántabro de la camarilla de Juan de la Cosa vigilando
el acceso al castillo de proa armado con una espingarda. A mi
alrededor puedo reconocer con claridad las marcas de cuchillos
en la base del mascarón de proa, el improvisado pañol
en donde reposan medio centenar de sables y arcabuces, los restos
esparcidos de una de las clepsidras y las entrañas del
tubo del hidrante que han venido marcando durante toda la travesía
el falso tiempo y las menguadas leguas con las que el Almirante
ha creado su doble contabilidad. Y es que todo lo que rodea a
la expedición parece haberse apoyado en una gran mentira.
Cuentan los contramaestres que tras las reuniones de los capitanes
con Colón, éstos acababan maldiciendo en todas
las lenguas conocidas. "Sepa usted que aquí hay judíos
conversos, cristianos de pro, circuncisos de baja ralea y más
de setenta presidiarios. Imagínese si tenemos don de lenguas"
ha comentado con sorna a éste reportero, Luis de Torres,
uno de los instigadores de las revueltas y a quién más
respetan los hombres porque es el único capaz de hacerse
entender en hebreo arábigo y caldeo
Sin
embargo, la gran mentira para algunos, sobre todo para aquellos
que están del lado del Almirante, es tan solo un pequeño
desliz, una ridícula confusión entre las millas
árabes de Alfagrán y las millas italianas. En cambio,
para otros, para los insumisos y los amotinados se trata del
mayor y más peligroso de los embustes conocidos por los
hombres del mar. Para éstos no hay nada que justifique
la locura de un visionario que ha llevado a la Corona y a un
puñado de condenados hasta los límites de lo conocido,
más allá incluso, opinan los vascos que presumen
de dominar la ciencia de la cartografía, y que aquellos
sueños de oro y especias con los que convenció
a los banqueros y a los reyes de España no eran más
que patrañas. Y es que nadie cree ya en las montañas
de canela de Catay, ni en los bosques de maderas nobles del Cipango,
y menos aún en el oro de las Indias, tanto oro que tendrían
que fletar miles de carabelas para transportarlas hasta el puerto
de Palos de la Frontera, decían. Nadie cree ya, después
de dos meses de navegación, que sólo se hayan recorrido
quinientas leguas o que en los últimos tres días
hayan podido avanzar apenas 20 leguas. "Tenía que
haber visto usted como llevábamos las velas cangregas
de hinchadas. Como dos tetas amigo, como dos tetas" afirma
el Chinchorrero, mientras ríe a carcajadas el cántabro
que hace guardia en popa. En lo único que creen ahora
es en la llegada del amanecer y poder virar rumbo a España.
La
Pinta ha tomado la delantera. Desde mi posición apenas
puedo distinguirla y es que al aciago rumbo que están
tomando las cosas hay que añadir también el eclipse
de Luna que ha convertido la noche en un oscuro pozo. Por el
contrario a quien puedo ver con claridad es al Almirante al que
en estos momentos, el escribano Escovedo le hace entrega de la
carta que le ha enviado desde la Pinta el capitán Martín
Alonso. El marino genovés le ha echado un rápido
vistazo y la ha tirado por la borda en un gesto de desprecio.
El gesto no ha pasado desapercibido a los amotinados, que lejos
de enfurecerse sonríen calladamente sabedores de que tiene
las horas contadas.
Desde
la inquietante maniobra de hace unos minutos, la travesía
transcurre con la misma normalidad de hace días, es decir
sin nada anormal, sin sobresaltos de nubes a ras de agua, que
siempre indican tierra, como muy bien saben los marineros, sin
vientos tempestuosos que obliguen a los hombres a trajinar por
los mástiles hasta desollarse las manos y los pies por
el roce con las maromas húmedas, ni calmas que incendien
los nervios como aquellas de hace veinte días, que fueron
según afirma fray Buril, las verdaderas responsables de
esta situación. Ahora, en cambio, la noche es rasgada
acaso por algún pájaro que roza con sus alas la
cofa del mastelero y cuyo sonido viene a ser algo así
como un siseo imperceptible para la mayoría pero que,
sin embargo sobresalta al Almirante. "Toda la noche se oyeron
pasar pájaros" dicen que es lo único que repite
desde hace tres días. Por eso de nuevo ha mandado llamar
a Pedro Gutiérrez el repostero, uno de los pocos que aún
está a su lado, y le obliga a otear un horizonte desaparecido
en busca de alguna señal. El repostero se alza sobre uno
de los trinquetes y trata de penetrar en la negrura de la noche.
De vez en cuando dirige una mirada a la cofa para compulsar el
más leve indicio en esta impenetrable oscuridad.
Pero
no ha sido siempre así. La calma que ahora se disfruta
es la consecuencia del miedo primero, de la turbación
siguiente y del desatino después. Hace tan solo seis días,
las naves eran un hervidero de furia e indignación. Al
principio sólo eran miradas de soslayo que mucho decían,
luego se alzaron las quejas con mayor intensidad pero no porque
la tierra no estuviera a la vista sino por otros motivos que
ocultaban la verdadera razón del colectivo enojo. Este
reportero sufrió en carne propia la ira de los quejumbrosos,
cuando enzarzados en una trifulca el gaviero Rafael de Palma
y el veedor de Triana, fuera atropellado y ya sin equilibrio
a punto estuviera de caer por la borda. Pérdida irreparable
y sin sentido por otro lado, no ya porque se hubiese tratado
de mí, sino porque el verdadero motivo de la pelea no
fue otro que una diferencia de opinión sobre la gusanera
que había aparecido en la cecina del despensero. Y así
fueron transcurriendo los días en ese desasosiego de almas.
Sin embargo, las noches no les iban tampoco a la zaga. Hasta
la Salve que fray Buril había impuesto desde que partimos
de España, se cantaba en sordina, incluso con sorna por
algunos de los nuevos cristianos que ya no creían en Paraísos
ni en vírgenes. Aunque al fraile, por lo general sereno,
se le inflaban las venas del cuello ante estas manifiestas faltas
de fe y les obligaba a repetirla una y otra vez. Diez veces la
llegaron a cantar una noche. Y así se fueron gestando
los motines del día 9 de octubre. Nadie sabe con exactitud
cómo se originó aquella pelea en cubierta, pero
lo cierto es que Peralonso Niño, el más joven de
la familia Niño, armado con un sable se encontró
con Bartolomé Torres, el asesino del pregonero de Palos,
que acudía a la camareta del Almirante con el rancho del
día. Aunque en desigual combate, Bartolomé Torres
le hizo frente con un enorme cucharón de hierro. A favor
del imberbe Niño acudieron Ramón Pané el
desdentado, Luis de Torres que sacudía mandobles mientras
escupía juramentos en hebreo Rodrigo de Triana, que en
realidad es vecino de Ayamonte, el contramaestre de los Yañez
y Juan Zumbado el Chinchorrero que tiene el don divino de la
ubicuidad y siempre se le puede encontrar en todos los fregados.
Por su parte el exconvicto Torres pudo mantenerlos a raya en
el umbral de las escalinatas del castillo de popa gracias a la
ayuda incondicional del gaviero Palma, a la presencia hierática
del escribano Escovedo y a la portentosa figura de una bestia
parda como Rodríguez Sánchez de Segovia, un carnicero
en todos los sentidos.
La
lucha se extendió pronto a los sollados en donde quedó
encerrado Pedro Gutiérrez el repostero al que querían
tirar por la borda por negarse a preparar un bebedizo de cicuta
que acabase definitivamente con el Almirante. Dos horas de trifulcas
bastaron para definir las posiciones en el barco: los que estaban
a favor de Colón quedaron refugiados en el castillo de
popa, los instigadores del motín ocuparon el resto de
la nave. Una comisión encabezada por Vicente Yañez,
acudió desde la Niña para pedir explicaciones sobre
la maldita carta con la que guiaba el Almirante la expedición.
Un Piloto moribundo en las Azores, hijo del mismísimo
Belcebú, dicen fue quien le entregó aquel mapa.
"A quinientas leguas encontrará la mayor porción
de tierra del planeta" y aquellas fueron las últimas
palabras del Piloto Desconocido. Y comoquiera que ya llevaban
recorridas más de quinientas cincuenta según la
falsa contabilidad, la insurrección se desató en
las tres carabelas. Entonces ya no tuvo más remedio el
Almirante que poner en juego su cabeza. "Si de aquí
a tres días no descubrimos tierra firme, juro cumplir
sus deseos" les prometió Colón. Y de esta
manera cesó la revuelta. Tres días. Sólo
tres días lo separaban de la gloria o del olvido. Aceptaron
los insurrectos después de oír aquellas palabras
y los ánimos aflojaron un tanto la tensión.
A
esta hora, sin embargo, la noche ha caído con toda plenitud
sobre las tres carabelas Apenas unas indefensas luciérnagas
señalan los territorios conquistados por cada bando mientras
el silencio se suma también a la vigilia. Sólo
yo me atrevo a disturbar el consenso logrado a tan alto precio.
Me acerco sigiloso a popa, en donde está haciendo guardia
Bartolomé Torres. Tengo intención de entrevistarme
con el Almirante, ahora que parece más relajado y lleva
largo tiempo atento a las maniobras del escribano Escovedo que
está gobernando la nave. El exconvicto hace ademán
de desenvainar el sable pero Colón se le adelanta y con
gesto autoritario me invita a subir.
Antonio
Polo. ¿Es usted Almirante consciente de que tan pronto
como amanezca, los amotinados tienen la intención de relevarle
del mando y comenzar el tornaviaje?
Cristóbal Colón. Yo mismo les hice tal promesa
hace tres días. Pero no se inquiete usted señor
reportero porque la tierra está ahí mismo. Está
delante de nuestros ojos, justo tras esa cortina negra con la
que ahora se arropa. ¿No la huele? ¿No la oye?
Yo llevo tres noches oyendo el embate de las olas sobre sus riscos,
y a los pájaros, a los pájaros los oigo a todas
horas. Los oigo mientras buscan la pitanza en las crestas que
deja nuestra estela, los oigo cuando tratan de anidar en la cofa,
hasta los oigo copular en pleno vuelo. Y es que éstos
son pájaros que duermen siempre en tierra ¿sabe
usted? Hace ya una semana que no hago otra cosa que oír
bandadas de pardelas, alcatraces y peces golondrinos ¡Como
si yo fuera el único que aún mantiene los cinco
sentidos en esta nave! Lamentablemente, lo que no logro es convencer
a esa chusma sorda que se me ha sublevado.
A.P. Por lo que he podido averiguar, los hombres opinan que usted
los ha engañado. Que esta travesía es la consecuencia
del sueño de un visionario, y que como tal ya la desaprobaron
los cartógrafos portugueses y la Junta de Cosmógrafos
de Castilla y León, y que para acabar sepultados en las
simas del Mar Tenebroso mejor hubiera sido pudrirse en las mazmorras
de la Inquisición.
C.C. A decir verdad no les reprocho que tengan temor a lo desconocido,
sin embargo, qué tienen ellos que perder. Sabe que en
esta Expedición llevo a más de setenta presidiarios
entre ladrones, violadores y asesinos. Cuántos cree que
habrían podido sobrevivir al potro de Torquemada. En cambio
yo les he ofrecido la libertad y la posibilidad de comenzar una
nueva vida en el rico Reino de las Especias; los doce mil maravedís
que cobrarán por estar dando bordos un par de meses, y
por último un lugar en la Historia. ¿Cree usted
justo que tenga yo que poner en juego la cabeza para hacerles
un hueco en la Hagiografía de los Grandes Descubrimientos?
A.P. Pero engaño hay. ¿No es cierto?
C.C. ¡No me joda, hombre! ¡Claro que lo hay! Si han
montado todo este tinglado porque piensan que llevamos mareadas
quinientas cincuenta leguas, ¿qué cree que me hubieran
hecho si supieran que en verdad son más de setecientas?
A.P. Entonces ¿es cierto lo del Piloto Desconocido?
C.C. No lo niego. Como tampoco niego los versos que Séneca
escribiera en su Medea:
... Vernán tiempos a los tardos años del mundo/en
los cuales la mar océana afloxerá/los atamentos
de las costas/y se abrirá una enormísima terra
incógnita/y un nuevo marinero/como aquel que guió
a Jasón en el descubrimiento/del vellocino de Oro/un marinero
que obe el nombre de Tiphi/descobrirá un Nuevo Mundo/y
entonces non será la Isla de Tille/la postrera de las
tierras...
¿Por qué no podría yo ser ese Jasón
del vellocino de Oro? Sepa usted que si Nuestro Señor
no me hubiera otorgado el don de la perseverancia, cualquier
otro ya se me hubiera adelantado. Escuche, para agrandar el Mundo
es necesario achicar otras cosas. Por ejemplo, hay que achicar
el Mar. A mí no me quedaron dudas y rectifiqué
la carta de Toscanelli. El Mar Tenebroso del que hablaba el sabio
florentino es demasiado grande para nuestras mentes sublunares,
así que lo dejé a la mitad. De esta manera coinciden
las distancias con las que me narró el Piloto Desconocido,
ese infeliz protonauta que afortunadamente para mí descansa
en algún olvidado cementerio de las Azores.
A.P. Juega usted duro Almirante. Y si la tierra no está
al cabo de la noche, y si se topan con los cumulonimbos que bajan
a refrescarse a la superficie del agua como ocurrió hace
unos días, y si esos pájaros no duermen en tierra
sino sobre la pradera de algas que llevamos en proa, y si...
C.C. ¡No sea usted coñazo!
Un
nuevo gesto del Almirante y acude presto Bartolomé Torres.
"La entrevista ha terminado" me informa el bujarrón
de Palos.
Es
la una y media de la madrugada y el gaviero Palma sube al trinquete
para relevar al repostero que ya no se tiene en pie. Algunos
hombres que están del lado del Almirante duermen bajo
la escalinata de popa. Es lamentable comprobar su estado. Cansados,
sucios y llenos de temor. Me preguntabais desde el estudio hace
un momento sobre la suerte que podían correr éstos
hombres. Es difícil saberlo. Si al amanecer no se divisa
tierra aquí puede estallar una nueva revuelta, y esta
vez es posible que la sangre tiña de rojo la infesta sopa
del Mar de los Sargazos. Y si por el contrario la gran Isla de
las Especias surge desde las profundidades de ésta lóbrega
noche, de Cristóbal Colón se va a hablar durante
mucho tiempo. No olvidemos que si eso sucede, estaríamos
nada menos que ante el Capitán Mayor de la Armada, Almirante
de las Mares Océanas y de todas aquellas islas y tierras
firmes que por su mano o industria se descubrieren o ganaren,
Virrey y Gobernador General de todo lo que descubra y gane en
las dichas mares oceánicas e interiores y de todas aquellas
hasta donde llegase el agua salada dentro de su demarcación,
Dueño y Señor de la Décima Parte de todas
las ganancias habidas dentro de los límites de su Almirantazgo,
y por Real Provisión de los monarcas: "fazemos merced
de los dichos oficios de Almirantazgo y visorrey y governador
por juro de heredad para siempre jamás" como así
consta en las Capitulaciones de Santa Fe . Por eso no sería
prudente preguntarle a Colón sobre dicho asunto en estos
delicados momentos, sobre todo por el bien de los amotinados.
De
nuevo, como en noches anteriores, volvemos a oír pasar
pájaros. En realidad es eso lo que hacemos: oírlos.
No es de extrañar por tanto, que la certera pedrada de
uno de los insurgentes a un rabiforcado que cae a plomo sobre
cubierta cause tanto revuelo. Hasta ahora esa pieza es el único
augurio bondadoso que les han deparado los cielos. "No cabe
duda de que el mozo o tiene buena puntería o está
tocado por la suerte del giboso" balbucea el Chinchorrero.
"Seguro que tiene escamas" afirma con sorna Peralonso
Niño mientras sujeta el ovíparo por un ala. "¡Y
dicen que estos pájaros duermen en tierra!" añade
socarronamente. De entre los amotinados ninguno alberga esperanzas
de que al lienzo negro de la noche, el vigía le pegue
una pincelada amarilla y estridente. Tan sólo se ocupan
ya de echar un ojo a la clepsidra que anunciará la llegada
del amanecer. Y de nuevo las conversaciones vuelven a apagarse
con las últimas boqueadas de la moribunda ave. De nada
sirve tampoco la oferta que hiciera el Almirante a la tripulación
consistente en un jubón de seda de añadidura a
los diez mil maravedís de la Corona para el primer hombre
que divise tierra firme.
¿Saber
qué es lo que piensan éstos hombres ahora? Volver,
sin duda. Ya han intentado todo. La Santa María, que no
es muy marinera de por sí, se quedó sin ancla poco
después de partir de La Gomera. Aquel fue un trabajo arduo
llevado a cabo por Ramón Pané y Luis de Torres
una noche de perros. Acomodar la cecina cerca de los porosos
barriles de agua fue una laboriosa tarea de sabotaje de Juan
Zumbado que tuvo que estibar la mitad de la carga agazapado en
la bodega. Sin embargo, para minar la moral a bordo basta que
alguien pregunte cuántas leguas se llevan mareadas.
Dos
y media de la madrugada.
¡Atención
estudios! Parece que hay algún movimiento en el castillo
de popa. El Almirante ha mandado llamar al repostero Gutiérrez
y le ordena que oteé por el lado de estribor. El repostero
se adelanta tanto que en un descuido podría caer por la
borda. Desde aquí es imposible saber exactamente qué
es lo que ocurre. Voy a acercarme hasta allí. Lo hago
por la zona de estribor y voy sorteando a los marineros que a
mi paso se van incorporando. Algunos se acercan al pañol
para armarse en la creencia de que se está gestando otra
asonada, pero la mayoría se apostan en la amura de estribor
e imitan al repostero Gutiérrez. De nuevo se oyen pasar
pájaros. Por la estridencia de los trinos, éstos
de ahora deben ser distintos de los rabiforcados Tal vez se trate
de una bandada de alcatraces o de somormujos chapoteando en el
agua. "¡Un palo!" Alguien ha gritado en la noche.
"Han encontrado un palo" añade el chinchorrero.
Los hombres lo izan a bordo mientras forman un corro alrededor
del pequeño tesoro. "Es un báculo tallado"
asegura Luis de Torres. "Tallas como ésta se las
puede encontrar en los zocos del Oriente. Recuerdo..." y
le interrumpen los hombres que no están para soportar
las historias del estirado Torres. Todos los ojos de la Santa
María tratan de penetrar la oscuridad. Incluso se produce
un conato de disputa entre dos gavieros por alcanzar la cofa
Sin duda no es el jubón de seda lo que les induce a pelear
por un puesto en el mástil sino el brillo incólume
de los maravedís que les aguardan. Mientras tanto en popa
el Almirante continúa señalando al repostero un
punto en la oscuridad. Ahora estoy tan cerca que puedo oír
la conversación: "¿No ves la fogata Gutiérrez?"
"Fogata, lo que se dice fogata Vuecencia..." "¡Maldita
sea! Llevo viendo esas luces desde las diez de la noche".
"Bueno, ahora que Vuecencia lo dice, algo veía pero
yo pensaba que era una estrella baja" añade el repostero.
"¡Qué coño de estrella! Esa luz proviene
de los crisoles en donde se está fundiendo por lo menos
la mitad del oro del Cipango. Gutiérrez fíjate
bien y dime que la estás viendo. Dime que esa luz te está
horadando la cuenca de los ojos. ¿Cómo que no la
ves? ¡Carajo! Si son ríos de oro los que fluyen
de ese atanor".
Ahora
podemos apreciar también la silueta de la Pinta a la que
estamos tomando por estribor. Aunque lejos todavía, veo
como un desorden de cabezas dispersas por la proa. Más
que marineros desde aquí parecen bolardos incrustados
en cubierta. Y es que también ellos han oído a
los pájaros y han hallado báculos y somormujos
que chapotean en el agua, pero ninguno ha podido descorrer esta
fuliginosa cortina todavía. Tampoco Gutiérrez por
mucho que lo intenta el Almirante. "¡Marrano del carajo!
¿Pero es que tú las únicas luces que ves
son las de la menorá de las sinagogas. Fíjate bien.
Allí donde apunta mi dedo Gutiérrez, fíjate
bien y dime que aquellos son los fuegos de las fraguas o cuando
volvamos te devuelvo a las mazmorras del penal de Sevilla de
donde te saqué. Dime que aquellas nubes que sobresalen
son los penachos de los hornos, dime que hasta aquí llegan
los aromas de las Especias que están tostando. ¡Dime
algo hijo de puta!"
¡Tierra!
¡Tierra! ¡Tierra!
¡Atención
estudios! Algo acaba de ocurrir. ¡Tierra! gritan al unísono
todos los hombres.
¡Tierra!
¡Tierra! ¡Tierra!
Y
la voz llega desde la Pinta. Y esa voz que me es familiar vuelve
a resonar en medio de la noche. ¡Tierra! grita entonces
con claridad Rodrigo de Triana, que en realidad se llama Juan
Rodríguez Bermejo y que fue primero vecino de Los Molinos
y de Ayamonte después. El mismo Rodrigo de Triana que
en confianza me confesó hace unos días que él
si era judío y no el pobre Gutiérrez que aún
continúa agarrado al trinquete tratando ver la imaginaria
fogata. El mismo Rodrigo de Triana que tampoco le hiciera ascos
en un tiempo a los mahometanos. ¡Tierra! vuelve a gritar
el de Ayamonte mientras el Almirante continúa con el brazo
señalando un punto lejano en donde ya se apagaron todos
los fuegos. "¡Tierra, jodido Gutiérrez!"
balbucea ahora sin bajar el brazo. Y comoquiera que todos miran
al castillo de popa de la Santa María, el marino genovés
ordena, ya recuperado, que amainen todas las velas, y que queden
con el treo, que es la vela grande, y sin bonetas para ponerse
a la corda. Y las órdenes del Almirante se cumplen sin
demora.
Lejos
parece haberse quedado la medianoche de éste doce de octubre
de 1492. Lejos quedan los acontecimientos del día nueve
cuando los amotinados querían tirar por la borda al ahora
Almirante de las Mares Océanas. Lejos queda ahora el Monasterio
de la Rábida, la Junta de Cosmógrafos de Castilla
y León. Lejos los reyes de Portugal y el Piloto Desconocido
que muele sus huesos en algún cementerio de las Azores.
Lejos quedan los sabios florentinos con sus desmesuradas cartas
y lejos quedan hoy las noches en vela sobre el adulterado Diario
de a bordo.
Juan
Zumbado deja franco paso al Almirante que baja por las escalinatas
de popa y antes de entrar en la camareta me susurra al oído:
"No
le niego que hubo engaño y encubrimiento, señor
reportero. Pero como puede apreciar yo estaba en lo cierto. Acabo
de redescubrir las Indias".
"Estudios
centrales. Devuelvo la conexión".
Desde
la Mar Océana.
ANTONIO POLO. Enviado especial.