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Página Personal de Antonio Polo

Hastío.jpg

 

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Historias del Cavannah (9)
Domingo, 21 de diciembre de 2002

"El mar devuelve todo aquello que no quiere,
incluso los muertos".
Amador Fernández
Concejal de Medio Ambiente. Concello de Vigo

 

Así es, el mar lo devuelve todo. Diríase a veces que es un baboso, como esos borrachos que pasan el mal trago vomitando sobre la arena. Por eso el "Jefe", que desde lo de Casablanca no había vuelto a percibir en el mar aquella sensación de venganza, decidió abandonar la barra del Cavannah y poner rumbo al noroeste. Sin otra sensación que la rabia renovada, hizo el petate y dejó al barman suplente lo que a todas luces no era sino la indolencia habitual de un hotel a orillas del Mediterráneo: la caterva de "hooligans" que viven pegados indefectiblemente a la barra de un bar, los ecos de un pasodoble larguísimo y machacón que a duras penas lograba desleír a la alegre muchachada del Inserso, y acaso aquella rubia de bote que un día le clavara los pezones con el oscuro propósito de sacarle la combinación secreta de un "Marsalis con aceituna". Lo demás no tenía sentido. En realidad, desde hacía días, la vida solo giraba alrededor de una lengua negra que lamía con procacidad toda la Costa da Morte.

Algo fatigado, el "Jefe" llegó a Muxía a mediados de diciembre, en tanto que, por rangos y categorías, algunos políticos se bajaban a la perdiz y al rebeco, mientras otros se afanaban en hundir un cachalote herido frente a los acantilados de Fisterra, doscientos setenta grados oeste, trescientos veinte grados noroeste y vuelta a empezar. Luego llegaron gentes de todos los rincones para extenderse como una marea blanca, tan blanca que ya no la podían ocultar por más tiempo, y es que esa marea salpica todavía hoy de espuma las avenidas y los miradores, las chalupas y las trastiendas, las azoteas y hasta las casas con dos puertas, una marea que por las noches desatranca el portón de las tabernas y las inunda de gestos y lealtades. Y comoquiera que esas son tabernas al uso, allí se acaba hablando de todo, incluso de vinos. Vinos de todas clases: rojos, blancos, amontillados o dulces, y que en un momento dado cada cual hace gala de los mejores caldos de su tierra, y son los aragoneses los más enfáticos cuando solícitos se pasan de mano en mano la bota de vino de Somontano; vinos de Tentudia que hicieron las delicias de los expedicionarios extremeños de Pizarro; vinos de Jumilla, poderosos y obcecados, vinos de Rioja, de la alta y la alavesa, los mismos que pusieron en sorna a los monstruos marinos de Juan de la Cosa, vinos de Jerez con los que fray Junípero obsequiara al Almirante en Palos de Moguer; vinos blancos como los de Rueda, vinos balsámicos del Clariano y Valentino que acompañaron, por pueblos y serranías, a los valencianos de Jaime I; vinos de Arganda y Navalcarnero que echaron a la calle a los madrileños el dos de mayo, cuando la ribera alta del Loira amenazaba con otra marea de tintos con la que despacharse a gusto un buen cocido, vinos de la Ribera del Duero que arrebataron al Cid alguna que otra tarde de gloria, vinos de Yecla, vinos de Pago y Valdepeñas, vinos de Méntrida y La Gomera los cuáles animaron a Cabeza de Vaca a aventurarse por las Américas, ánimos como los de estos canarios que ayer mismo, nada más llegar, se despacharon una olla de mojopicón y después se ventilaron ellos solos doscientas toneladas de chapapote; vinos del Montseny y del Priorato, vinos de Benissalem, de nombres tan árabes y tan mallorquines, y vinos de Galicia, como ese Alvariño que ha traído a las costas a lo mejor de su pueblo para desdecir aquella renuncia de Castelao: "El gallego no protesta, emigra", pero hete aquí que están todos ahora, bebiendo lágrimas de vino, en esta taberna que en realidad no es más que un pantalán viejo y destartalado.

Y mientras tanto, los de la perdiz y el rebeco, se asoman a mirar las "playas esplendorosas" con la vana esperanza de que los vientos rolen con fuerza al oeste, que arrastren a los periodistas y se lleven de paso a esa turbamulta blanca y reivindicativa que por las noches inunda las tabernas de gestos y lealtades. Por eso, hoy el "Jefe" que desde lo de Casablanca no había vuelto a percibir en el mar esa sensación de venganza, ha decidido no servir un cóctel más hasta que el mar, de una u otra manera, decida devolvernos la dignidad, o en su defecto alguno de nuestros propios muertos.

 

 

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Historias del Cavannah (8)
Viernes, 13 de diciembre de 2002
A los que se fueron, a los que se van, a los que quedan

Hay quienes solo se dan cuenta que el verano ha llegado a su fin,  cuando descubren que septiembre aparece en la fecha de caducidad de los yogures. Y es que el verano, con sus bisagras de luz y sus tardes tan generosas, ha llegado a exprimir de tal manera la pulpa del estío que para recuperarse no le queda otro remedio que ponerle una zancadilla al otoño. Pero este invierno irrumpió con tal contundencia que el Jefe, para convencerse de tan inhóspita llegada, no ha tenido más remedio que consultar varias veces un Danone.

 

         Por eso al Marsalis le ha llegado también esa misma contundencia mientras se le enmohecían las almendras y los visillos. Y es que ya nada quedan de aquellos orientales bebedores de sangría, nada del portero que lucía entorchados de la Armada Turca. Nada queda tampoco de aquélla Rita Hayvor con la que en los fastos del 18 de Julio los onanistas republicanos caían en un sopor agradabilísimo. Nada quedan de los Martinis sin aceitunas que alguna compañera robó a los del Pactos de la Moncloa, nada del Concurso de Camisetas Mojadas, y tampoco nada del Consurso de las Camisetas Transparentes, y por no quedar ya no queda en el Marsalis aquel ejecutivo de cuentas con sus estadísticas y sus pirañas.

 

         Por eso el Jefe, que desde lo de Casablanca no se ha visto tan enmohecido como las avellanas y los visillos, ha decidido pasarse por el ropero del Cavannah, aquel en el que puedes entrar y salir de la realidad como si fueras Woody Allen en La rosa púrpura del El Cairo, y quedarse al otro lado de la pantalla escuchando What’s new mientras se sirve un Manhattan con Marrasquino o un yogur de fresas sin tropezones.

 

Antonio Polo, desde algún lugar de General Pardiñasss
Viernes 13 de diciembre del 2002.

 

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Historias del Cavannah (7)
Viernes, 26 de julio de 2002
A José García (aunque no sea miércoles)

Después del frustrante experimento oriental, el Jefe lo que más teme son las operaciones de marketing, los comerciales piraña y las fiestas de salón con baile incluido. Por eso el Jefe cuando hoy ha visto llegar al ejecutivo de cuentas con un smoking blanco se ha echado a temblar. Qué tendrá que ver el margen operativo con la música Palacio de Gaviria que le ha pedido al pianista -se viene preguntando toda la noche. 

Y comoquiera que las cosas parecen que no fueran con él, el ejecutivo ha abierto las puertas del Marsalis y ha dado por inaugurado el Primer Encuentro Social del Cavannah, que resulta ser algo así, como la infausta reunión de solteros de Jaca pero aderezada con ungüentos afrodisiacos y cremas solares. Y allí estaban todos, desarbolando las escasas resistencias de sus parejas mientras aquel tipo no paraba de animar a los asistentes.

Y es que ya no se bebe ni se liga como antes. Decía Ortega en "El espectador" que una cierta resistencia en las primeras relaciones resultan muy positivas, y añadía, en contra de la opinión de muchos colegas políticamente correctos, que el piropo y otras manifestaciones del estilo, en realidad podrían considerarse como seductores gestos en el arte de la lisonja y el requiebro. "Pedir a un español -decía Ortega-, cuando entra en un tranvía que no eche una mirada de especialista a las mujeres que en él se encuentran es pedir lo imposible. Sin embargo, esa mirada desprovista de sus componentes táctiles es todo un ejercicio de galantería". Por eso al Jefe, que desde lo de Casablanca no ha vuelto a emplear aquello de "estudias o trabajas", se le ha quedado parada en el aire la coctelera cuando ha oído anunciar al tipo del smoking el Primer Concurso de Camisetas Mojadas del Cavannah. 

-¿Pero es que este hombre ha perdido la cabeza? -ha inquirido el marinero del final de la barra que ya es una institución en el Marsalis.

Ardiente de Campari

· 1 l. de zumo de naranja 
· 1/2 l. de refresco de naranja 
· 300 ml. de Campari 
· 1 golpe de Vodka, otro de Coñac y un manotazo de Cointreau 
· 1 cucharadita de azúcar

Mezclar y añadir hielo. Así de fácil. Y es que las cosas no son tan complicadas.

Desde La Manga. Antonio Polo

 

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Historias del Cavannah (6)
Jueves, 25 de julio de 2002
A Sebastián Ribera (aunque no sea miércoles)

La Dirección le ha comunicado hoy al Jefe que esta noche no se sirven cócteles. Punto. La Dirección cuando comunica es manifiestamente escueta. Pero el Jefe, que desde lo de Casablanca ha aprendido a leer entre líneas, tiene la certeza de que un "tour operator" ha alquilado el Marsalis para regocijo de unos japoneses que solo beben sangría. Por eso el Jefe, esta noche va a estar al otro lado de la barra.
Comunicarle, le han comunicado que esté de cuerpo presente, nada más, y le han encomendado que cuente, no que relate, si al Cavannah le conviene cambiar de clientela. Y allí se ha puesto en una esquina de la barra para controlar la situación. Por lo pronto, le han proporcionado una lista con los nombres de 250 japoneses, todos ellos bebedores de sangría. Lista en mano, el Jefe ha comprobado poco antes de la medianoche que en realidad han llegado 262 orientales, de los cuales solo 125 eran japoneses, y aunque algunos venían como samurais y otros como yakuzas, dos de ellos tenían toda la pinta de ser los matones de Osaka que conducían hace dos entregas un Honda gris de cuatro puertas. El resto lo constituía una amalgama de nacionalidades. Filipinos eran 72 pero a 3 de ellos la sangría les produce una pigmentación tan extraordinaria que pueden pasar fácilmente por bosquimanos. Chinos, contando ya a Taiwán, eran 27, pero chinos chinos quedaron finalmente 25 porque 2 de ellos gastaban el mismo pasaporte y en Inmigración dijeron que para evitar problemas, sobre todo sabiendo lo de los 3 filipinos, lo mejor era que se volvieran a su país. Tibetanos eran 5 pero con éstos no hay problemas porque venían todos pelados. Coreanos llegaron 32 aunque ninguno traía perro, y la discusión se produjo con los rusos de origen caucásico, porque nadie se ponía de acuerdo en si los caucásicos son orientales o europeos fronterizos, lo cierto es que han venido 3, aunque uno de ellos tiene gastroenteritis y no ha bajado al Marsalis. Al Jefe no le han fallado nunca las cuentas, por eso no sabe qué hacer con 2 ingleses borrachos que no se han enterado de que los Mundiales terminaron hace mes y medio. Y eso es lo que ha hecho el Jefe, contar e informar que la expedición ha acabado con las reservas de sangría y que el Marsalis está hecho una pena. Por tanto, la Dirección cuando comprobó además cómo han quedado los servicios de caballeros, ha comunicado escuetamente la vuelta a la normalidad.
Por eso el Jefe ha saltado la barra y ha invitado de paso al caucásico con gastroenteritis a un reconstituyente de última hora.

Reconstituyente "Last minute"
· Jugo de limón
· Sal
· 1 botellín de cerveza de 33cl. (rubia o negra)
En un vaso alto se escarcha la sal en la parte superior. Después se le agregan unas piedras de hielo. Se vacía el jugo de limón y se le agrega la cerveza. También puede agregársele unas gotas de Salsa Tabasco, Jugo Maggi y Salsa Worcestershire.

Historias del Cavannah (5)
Jueves, 18 de julio de 2002
A Rafael P. Castells

 

La primera vez que el Jefe oía hablar del statu quo, Glenn Ford abofeteaba a Rita Hayworth después de cantar aquello de Amado mío. Entonces el verano en España olía a ejercicios espirituales y brillantina, y soñar con ver Gilda un 18 de julio en el cine de verano, solo podría tener cabida en la calenturienta mente de un onanista republicano.

Que bofetadas y status quo siempre han ido parejas no ha sorprendido a nadie, lo que ocurre es que si en una fecha tan señalada como la de hoy el Tercio de la Legión no llega a colocar en su sitio el status, y el quo, lo mismo a Arguiñano lo acaban corriendo esta misma noche por la calle de la Estafeta -ha balbuceado un tipo con bigote de falangista que apesta a vino a peleón. Nada de política, ha venido insistiendo durante éstos últimos veinte años, pero yo que me he bebido el mundo tantas veces como para perderme con la Hayworth en una isla, he percibido ésta noche una cierta alegría en el daiquiri, quizá una morbosa cadencia con la granadina, acaso un guiño cuando colocaba el perejil en un Crazy-four pasadito de pisco.

Pero la última vez que el Jefe volvía a oír hablar de statu quo, David Bisbal era disco de platino y a Chenoa la querían colocar en el mismo cartel que a Arguiñano. Entonces el verano en España seguía oliendo a brillantina y ejercicios militares, y eso lo ha entristecido tanto, que me he tomado la libertad de hacer un gesto al pianista para que en el Marsalis, en este 18 de julio, en vez de Montañas Nevadas podamos oír aquella melodía tras la cual Glenn Ford llegó a abofetear a Rita Hayworth.

 

Crazy-four al perejil

· 1 parte y media de Cointreau
· 1 parte y media de pisco
· 1 parte de Cherry
· 2 partes de Granadina
· Una ramita de perejil (nacional a ser posible)

Mezclar todos los ingredientes en coctelera, y servir en frío con una ramita de perejil (nacional a ser posible, y si se pudiera conseguir un manojo traído por un legionario de la Isla Leia, muchísimo mejor. En su defecto, valdría también con una ramita apátrida o auspiciada por la ONU)

 

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Historias del Cavannah (4)
Martes, 17 de julio de 2002
A Catherine Jalibert

Al Jefe no le gustó nada aquel tipo de rasgos orientales que cruzaba el Marsalis como un zombi. Desde lo de Casablanca, el Jefe tiene la sospecha de que todos los orientales cabizbajos o son samurais o pertenecen a la Yakuza. Sin embargo, a mí aquel tipo me parecía en todo caso un oscuro contable de la Mitsubishi Corporation, o en su defecto un vendedor de Hondas de segunda mano. Por eso lo último que hubiera imaginado es que aquel tipo era en realidad una autoridad en música flamenca.

La historia sucedió más o menos así. Una vez en el Marsalis el oriental se dirigió indeciso hacia una mesa del rincón. Allí una mujer vestida toda de negro mordía, tal vez inquieta, el tallo de yerbabuena de un Temporal de Ron Blanco. Era evidente por la expresión de ambos, que aquello era una cita a todas luces. Sin embargo, el Jefe seguía manteniendo que un hombre con esa mirada ocultaba algún inconfesable secreto, y que más temprano que tarde, aquel tipo llegaría a delatarse, quizá ejecutando un hara-kiri a palo seco o tal vez dejándose acribillar a balazos por dos matones de Osaka. Finalmente no ocurrió ni una cosa ni otra. A decir verdad ninguno supimos qué había sucedido exactamente, pero lo cierto es que sobre la mesa había un hombre doblado sobre sí mismo.

El Jefe reaccionó inmediatamente repasando las alícuotas del cóctel por si se le hubiese ido la mano aquella noche. Quién sabe si en vez de un temporal, aquel oriental cabizbajo se habría tomado un colosal sutnami de ron blanco -se preguntaba el Jefe mientras removía un daiquiri. Después se llenó el salón como de costumbre y nadie volvió a verlos. Ahora algunos dicen haber visto a dos matones de Osaka meter a un tipo en el maletero de un Honda, y otros cómo un oriental cabizbajo se desperazaba tras el leve sopor de un corto sueño. Lo único cierto es que ya entrada la medianoche en el Marsalis volvió a oirse What's new como si estuviera tocando el mismo McCoy Tyner.

Temporal de Ron Blanco

· Seis Fresas
· 1 parte de Ron blanco
· Hielo picado
· 1 parte de Licor de naranja
· 1 parte de Licor de menta
· Rama de yerbabuena
Se licúan en un mismo recipiente el hielo, las fresas y el ron. Se sirven en una copa de Martini, donde se les agrega sin batir el licor de naranja y el de menta, y por ultimo se decora con una rama de yerbabuena

Desde La Manga, Antonio Polo

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Historias del Cavannah (3)
Martes, 16 de julio de 2002

A Paloma Riaño

Anoche cerraron otro garito cerca del Cavannah. Dice el Jefe que desde lo de Casablanca, hay que defender la "barra" a golpe de coctelera con tanta rabia como si preparar un Martini fuese tan imprescindible como suscribir un Plan de Pensiones. Al Jefe todo esto le produce tanto desasosiego que en otro tiempo, cuando los Pactos de la Moncloa, tuvo la osadía de prescindir en las recepciones oficiales de la aceituna en los Manhattan secos.

Semejante impostura hoy le hubiera costado muy caro, tanto que de barman en un cinco estrellas, podría acabar con un contrato en prácticas de repartidor de hamacas. Por eso, algunos colegas han decidido que ya no levantan una clara sin consultar antes el último Convenio de Hostelería. Pero el Jefe que es un artista de las mezclas, sabe muy bien que para preparar un cóctel como mandan los cánones hay que remover en vez de agitar. Por eso esta noche ha vuelto a sentir el mismo desasosiego de antaño cuando ha visto que en la puerta del hotel hacía guardia el barman del otro garito mientras lucía entorchados de almirante de la Armada Turca.

Ahora ya no me sorprende nada que el Jefe, desde lo de Casablanca, eche siempre una ojeada al Tratado de la O.I.T. cada vez que le quita una aceituna a un Manhatann seco.

 

Cóctel O.I.T. a cuatro bandas y aceituna en comisión de servicio

· 1/4 zumo de limón
· 1/4 Gran Marnier
· 1/4 triple seco
· 1/4 granadina

Este combinado se prepara en coctelera. Puede servirse en copa corta, sin embargo, se recomienda servirlo con mucho hielo a modo de long drink, y nunca, nunca ponerle una aceituna.

 

Desde La Manga. Antonio Polo

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Historias del Cavannah (2)
Lunes, 15 de julio de 2002

A Pedro de Juan

 

Esta noche el Jefe ha decidido comprobar por él mismo si la realidad es tan vulnerable como dicen. No ha sido una decisión fácil, y por eso ha dudado unos instantes antes de entrar en esa máquina del tiempo que hay entre el guardarropa y el salón Marsalis. Con ese gesto tan sencillo, el Jefe se ha quitado al menos veinte años de encima y nos ha sorprendido con una nueva interpretación del cóctel como evocación de tiempos pasados.

Al principio, nadie reparó en aquel marinero sentado al final de la barra, acaso fuese ese leve desarreglo del tafetán o tal vez la presunción de un oculto tatuaje lo que llamó la atención del Jefe, pero lo cierto es que allí estaban de nuevo uno frente al otro, poniendo sobre la barra del Cavannah las noches que habían quemado en los garitos de Tetuán, las especias de Marraquesh que ocultaban bajo una virgen del Carmen en un fondillo del lepanto, el olor a té después del primer herbor roto a hierbabuena, los rumores de las timbas en las trastiendas de los comerciantes rifeños y ese sabor dulzón que te deja en la boca la cercanía de la muerte. Por eso, esta noche ambos decidieron brindar un homenaje a la memoria mientras la soda negra de un Long Island burbujeaba a conciencia en mitad del Cavannah.

Ninguno llegamos a saber si aquella evocación llegó a vulnerar en serio la realidad, solo sabemos que uno de ellos logró burlar a la muerte en Casablanca y que acaso el otro tuviera un romance en las Chafarinas.

 

Long Island Ice Tea

· 1 parte de Ginebra
· 1 parte de Vodka
· 1 parte de Ron blanco
· 1 parte de Tequila
· 1 parte de Triple seco
· Soda negra
· 2 partes de Té frío.

Viértase una parte de ginebra, otra de vodka, otra de ron blanco, una de tequila, una de triple sec y dos partes de té frío en un vaso largo con cubitos de hielo. Complétese con refresco de cola negra, revolver y añádase una rodaja de limón.

 

Desde La Manga, Antonio Polo

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Historias del Cavannah (1)
Domingo, 14 de julio de 2002

A Juan Luis Albert

El "Jefe" me ha dicho hoy que el mundo lleva este camino porque ya no se beben cócteles como antes. Y es que el "Jefe" sabe muy bien lo que dice porque lleva veinte años de barman en el Cavannah. Entonces un buen barman gozaba de la misma confianza que un sastre o un asesor financiero, sin embargo, ahora cualquiera puede pasar la noche en un hotel de lujo y pedir que le suban a la habitación unos "chettos" para acompañar a un whisky de malta de 15 años. Pero el mundo que no para de dar vueltas tiende a poner las cosas en su sitio y el Jefe, después de lo de Casablanca, encontró el suyo en un hotel a orillas del Mediterráneo. Pocos recuerdan ahora la noche que tomó posesión de la "barra". Entonces en el salón se disputaban la palabra dos marineros borrachos, y un pianista negro tocaba What's new como si fuera McCoy Tyner. A aquel garito que apestaba a humedad y tabaco holandés, sin duda, le hacía falta un toque de clase y una chispa de angostura en el cóctel Manhattan con marrasquino.

Al Jefe, el Cavannah todavía le sigue pareciendo de una devaluada categoría, y es que nadie puede imaginarse a priori que se trata de un hotel de cinco estrellas si no fuera por la alfombra roja del pasillo y los rutilantes entorchados del portero. Sin embargo, hay un lugar preciso entre el guardarropa y el salón Wynton Marsalis en el que puedes entrar y salir de la realidad como si fueras Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo. Por eso anoche cuando crucé esa frontera, lo primero que vi fue al Jefe batiendo en la coctelera un Manhattan dulce al marrasquino, y era tan real esta escena que podría asegurar que ya la había vivido antes. Después supimos que al otro lado, en la realidad, unos tipos con los pies sobre la mesa se reían del mundo y amañaban unas carreras contra los guepardos. En vista de ello, el Jefe me dio la receta del Manhattan y prometió contarme algún día de estos aquel asunto de Casablanca.


Manhattan dulce al Marrasquino.
· cubitos de hielo
· 1 ½ partes de whisky canadiense
· ¾ partes de vermut dulce
· 1 chorrito de angostura
· 1 cereza marrasquino
· un nudo de piel de limón

Mézclese el hielo con el whisky, el vermut y la angostura. Pásese por el colador y vierta en una copa de Martini. Ensártese la cereza con un palillo y póngase en equilibrio sobre el borde de la copa. Añádase luego el nudo de piel de un limón.

Desde La Manga, Antonio Polo.


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