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Diez años desde el laberinto

Prólogo al número especial X Aniversario de Ariadna-rc.com

     

“Quien lee deja de vivir” dice un verso de Pessoa, aunque al fin y al cabo qué es la salud sino un estado transitorio que no augura nada bueno. Tres mil quinientos sesenta y cinco días nos autorizan a transgredir una declaración en esos términos. Durante estos diez años hemos intentado quemar la bruma, llenar los corredores y los laberintos con el hilo que la inspiración antoja a dejarnos en mitad del dilúculo, ese último pétalo tras el cual se deshoja la noche. Abrir las puertas, adentrarse sin espanto en la imbricada morada del Minotauro, regresar invictos para llenar el aire de recuerdos, es lo que ha estado siempre en nuestro ánimo. Y sin embargo, nunca hay batalla incruenta, como en el recuerdo sucinto de Juan Gelman: “a pesar de todo la palabra es la primera herida que sufrimos”.

De palabras, de eso está compuesta la materia de los sueños. Las mismas palabras que llenaron los huecos de noviembre durante la Cartografía de una espera; las mismas que se subieron a una partitura para amenizar el tránsito de los aeropuertos, las que embelesaron a las muchachas enamoradas de los zancudos de Cebralia. Unas palabras que llenaron el espacio de sonidos metálicos en la Soledad del Cosmonauta; palabras que inundaron Armilla, esa ciudad en la que el agua goza de inusual pericia para anegar los rincones más yermos del alma. Las mismas palabras que pusieron un reguero de té a los miles de saharauis que todavía conciben la memoria como el oficio de devolver a las aldeas su soberanía. De palabras se reconstruyeron las torres que sirven para otear los armisticios, palabras que latieron cuando Foucault nos mostró que un beso iniciado en Parma bien podía concluir bajo el cielo apelotonado de Verona.

“Quien lee deja de vivir” es el verso definitivo, la conjugación infinitiva de un verbo cuya naturaleza tiene la misma raíz que el silencio. Palabras que se callan o se desbocan. Y si no que le pregunten a Octavio Paz, que le pregunten ¿cómo domesticar la palabra? ¿Cómo eludir el estuario inmensurable de los ecos y las mentiras? Y como todavía no lo hemos averiguado vamos a intentarlo durante otros tres mil seiscientos cincuenta días más.

        Antonio Polo.
        Enero 2008

            Imagen: Pedro Díaz del Castillo

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