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“Quien
lee deja de vivir” dice un verso de Pessoa, aunque al fin y
al cabo qué es la salud sino un estado transitorio que no
augura nada bueno. Tres mil quinientos sesenta y cinco días
nos autorizan a transgredir una declaración en esos
términos. Durante estos diez años hemos intentado quemar la
bruma, llenar los corredores y los laberintos con el hilo que
la inspiración antoja a dejarnos en mitad del dilúculo, ese
último pétalo tras el cual se deshoja la noche. Abrir las
puertas, adentrarse sin espanto en la imbricada morada del
Minotauro, regresar invictos para llenar el aire de recuerdos,
es lo que ha estado siempre en nuestro ánimo. Y sin embargo,
nunca hay batalla incruenta, como en el recuerdo sucinto de
Juan Gelman: “a pesar de todo la palabra es la primera
herida que sufrimos”.
De
palabras, de eso está compuesta la materia de los sueños.
Las mismas palabras que llenaron los huecos de noviembre
durante la Cartografía de una espera; las mismas que se
subieron a una partitura para amenizar el tránsito de los
aeropuertos, las que embelesaron a las muchachas enamoradas de
los zancudos de Cebralia. Unas palabras que llenaron el
espacio de sonidos metálicos en la Soledad del Cosmonauta;
palabras que inundaron Armilla, esa ciudad en la que el agua
goza de inusual pericia para anegar los rincones más yermos
del alma. Las mismas palabras que pusieron un reguero de té a
los miles de saharauis que todavía conciben la memoria como
el oficio de devolver a las aldeas su soberanía. De palabras
se reconstruyeron las torres que sirven para otear los
armisticios, palabras que latieron cuando Foucault nos mostró
que un beso iniciado en Parma bien podía concluir bajo el
cielo apelotonado de Verona.
“Quien
lee deja de vivir” es el verso definitivo, la conjugación
infinitiva de un verbo cuya naturaleza tiene la misma raíz
que el silencio. Palabras que se callan o se desbocan. Y si no
que le pregunten a Octavio Paz, que le pregunten ¿cómo
domesticar la palabra? ¿Cómo eludir el estuario inmensurable
de los ecos y las mentiras? Y como todavía no lo hemos
averiguado vamos a intentarlo durante otros tres mil
seiscientos cincuenta días más.
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