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A las tantas

por Armando Figueroa Rojas

 

Los otros días soñé con Ismael. Estaba en la marquesina de casa leyendo el periódico, a punto de irme a la cama. Oí pasos livianos sobre la acera, traqueteos en el portón. Antes de ir a ver quién era, cogí la pistola.

Afuera, el silencio de las calles, de tan grande, ni siquiera se sentía. Los postes del alumbrado se empeñaban en sujetar la oscuridad del aire. Era una noche distinta, como son todas las noches en Bay Gardens. 

–Maisonave – me dije.

El Ismael de toda la vida. La misma sonrisa, el tabaco prendido entre los labios, la camisa blanca de aquella noche, sin una mancha de sangre. Su pantalón de poliéster, gris clarito. Caray: volver a verlo, al alcance de un abrazo. Apreté los ojos, para aguantar la emoción. Pero las piernas y el corazón me temblaron.

–Estás igualito – pensé.

Me pidió disculpas, más de una vez. Por presentarse así, tan en lo oscuro, tan fuera de hora. Sabiendo que mañana era día de trabajo. Yo tenía que llegar con el primer sol a la gasolinera; abrir la oficina; contar el dinero de caja; prender las bombas. Y volver a ordenar los problemas del negocio en la cabeza. Él sabía lo que era eso.

Entra – insistí – Y déjate de vainas.

Sin necesidad, continuó ofreciéndome explicaciones. Cruzaba la Main pensando en los viejos tiempos de Bay Gardens. Al ver un montón de carros alineados delante de La Nueva se acordó de mí. Si seguía de largo, sabiendo que pasaba tan cerca de casa, iba a lamentarlo toda la vida. Atravesó la cancha de baloncesto, el parque, dobló la esquina. Vio luz en la marquesina y llamó al portón.

–Qué bueno que viniste.

Me sentí contento, mirando otra vez sus ojos, todavía vivos y brillosos. Escuchando la fuerza de su voz. Así lo recordaré siempre. El Ismael echado pa´lante, sereno hasta en los momentos más duros que trae la vida. Le propuse abrir la botella de ron añejo que guardaba para su visita. No quiso. Le ofrecí una cerveza, y tampoco. Me pidió un vaso de agua, con hielo.

Sólo podría quedarse un rato. Aunque ya no vivía apurado por las obligaciones del trabajo, tampoco contaba con todo el tiempo del mundo. Y le quedaba hacer varias paradas antes de llegar al aeropuerto. Después de mucho pensarlo, había decidido coger el primer avión que partiera rumbo a Nueva York.

Entonces me pidió un cenicero, para no ensuciar el suelo.

–Vaya – le reproché – Tú también te vas.

Pero yo lo entendía. Estaba cansado de que en cualquier esquina de Cayanos venga un infeliz y te mate por una zanganada. Por veinte pesos, por una cuestión de mujeres, por un arrebato de guapería en una borrachera. Hasta por equivocación, como seguramente le pasó a él. Ya no se hallaba en el municipio, ni en ninguna parte de la isla.

Para convencerme se desabotonó la camisa. Me llevó la mano hasta la carne abierta del pecho. Palpé el boquete hondo del balazo, el que hace un Magnum 357 a quemarropa. El paso del tiempo no sana, pero alivia: ya no le dolía la herida. Si acaso, en días de lluvia, despertaba con las costillas medio acalambradas.

–¿Pasaste por tu casa? – me atreví a preguntarle.

Para que por lo menos pudieran recordarlo como Dios manda: limpio, bien peinado y vestido. Y borrasen de la memoria la fealdad de su muerte. No es de ley que un hombre bueno, sin él procurarlo, deje tan mal recuerdo. 

Qué va, me dijo. Sólo le alcanzó el valor para mirarlos de lejos. A Magda la esperó, por la mañana, delante de la peluquería. Con los ojos mojados la vio entrar en el trabajo. Quiso volver a morirse. Tanto echó de menos su olor. El calor de la cama compartida. Y esta tarde, a la hora de salida, se acercó a la escuela elemental de Bay Gardens. No cabe duda: Willy se parece más a él que a su mamá.

Ahora que lo pienso, la noche aquella juntaba en el aire una penumbra liviana que no acababa de asentarse. Se colgaba de las pencas de las palmas, de las antenas de televisión, del alero de los techos, con miedo a dejarse caer de tan poca altura. En la calle los carros se arrimaban a la acera, buscando el amparo de las casas. 

Ismael fumaba sentado en mi sillón, hablando de todo lo que no había hablado desde entonces. Para él, mucho habían cambiado las cosas, quizá demasiado. En su vaso de agua, el hielo se había derretido del todo. 

El negocio mío va bien – quise ponerlo al día.

A la gasolinera le vino fenomenal la ampliación de la Main hacia el interior. Con más carros y tráfico, más venta de combustible. También de pan, papas fritas, refrescos. Hoy en día no hay quien pare el progreso de la isla.  

Después de lo suyo, monté un cristal a prueba de balas enfrente de la caja. Además de la alarma conectada al cuartel de Policía. Y para no tentar al diablo, ahora cerramos antes de las doce de la noche. 

–Ahí sigue tu colmado, con otro dueño – le aclaré.

Ismael cogió el periódico. Se entretuvo mirándose en primera plana: bocabajo, descoyuntado, en medio de una mancha oscura y ancha. Su sangre salpicó el counter de La Nueva, la línea de taburetes, la repisa del fondo acristalado. En la foto lo observaban guardias y curiosos.     

–¿Cómo fue? – siempre quise saber.

Nada, era de madrugada. Estaba recogiendo para cerrar. Unos tipos que no conocía entraron a comprar cigarrillos en la máquina, pero no tenían cambio. Ismael les dio la espalda para sacar monedas de la caja. Al virarse le dispararon en medio del pecho. Del resto, ni quería acordarse.

Entonces me miró fijo, deseando, por primera vez en toda la noche, estar vivo de verdad. Para mañana pasar por casa a buscarme antes del amanecer. Ir a tomar café en el mostrador de su antiguo negocio. Conocer al nuevo dueño. Preguntarle, sólo por curiosidad, qué había hecho para aumentar tanto su clientela.

Nos levantamos, abrazados. De tan cerca que lo tuve, sentí su sudor frío de muerto, el susurro de su respiración rota. Dimos un par de pasos calcados hacia el portón, como la luz y su sombra. 

Por fin la noche entera, cansada de tanto agarrarse al aire, caía por su propio peso sobre la urbanización. En el cielo brillaban las estrellas, que no eran muchas, la verdad. Pero nubes no había ninguna.   

Ismael le dio candela al tabaco apagado. La llama del fósforo me alumbró su preocupación. En Nueva York tendría que volver a empezar. Un lugar nuevo, con gente nueva. Donde los días iban a sentirse ajenos. Él entendía más inglés del que hablaba. Tampoco iba a ayudar el frío del largo invierno.

–Tú puedes con todo – quise animarlo – Siempre has podido.

Entonces, con tal de alargar el sueño, nos pusimos a hacer cuentos, apoyados al portón de la marquesina. De cuando Bay Gardens era solo una calle plantada encima del monte y nosotros un par de muchachos, sin nada que hacer. De la quebrada, ahora canalizada, donde pescábamos renacuajos entre los juncos, para luego devolverlos al agua. Del primer cigarrillo fumado a escondidas, en la cancha de baloncesto. De la primera escapada en guagua a la playa.   

Se nos estaba haciendo tarde entre tantos recuerdos, pero ni él quería irse ni yo que se fuera.

 

 

 


© Armando Figueroa Rojas es profesor de literatura hispanoamericana, traductor y periodista. Ha publicado relatos en revistas de Puerto Rico, España y Estados Unidos. Reside en Madrid, España.

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