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Acaso en Poley
porGema Albornoz



A Vicente Núñez
EPISTOLA IV


EPÍSTOLA

Quise escribir en el agua
y hablar con el viento.
¿Cómo pudiste predicarnos?

Ajeno a la otredad
refugio del sollozo
de la palabra.
Oculto de lo extremo
y dios mullido y arrebujado.

En esta campiña extensa infecunda
aún subsiste el corazón.
No cede al envite
de la ignominia
ni a aquella liturgia
en sílabas contadas.

¿Acaso no te eriges inmortal
en la genuflexión de la hermosura?
Donde descansa y respira
este corazón mío
en esta meseta antigua.

 

ACASO EN POLEY

Desandé mis pasos
y acribilló tu clarividencia
la cordura de mis palabras.

Deambulaba, entonces, por el fracaso.
Mi exilio, inscrito en el paseo
ideal de mi futuro provinciano
apresaba una vívida idea.

Poley me diluía en
el mendigo caldo
del eléctrico vaticinio,
que recibía mis andurriales
idénticos con el transcurrir de
los días y el morir de las noches.

¿Darás asilo a mi quebranto amurallado
y al enigma que mi canto eleva?

¿Idolatraré tu razón de amor
y declinaré Poley como verbo certero?

¿O acaso regresaré a la morada
idílica de las solariegas calles
más allá de la vida?

 

 

VIERNES DE JESÚS

A Jesús Nazareno


Apenas tres años, una niña casi,
cuando subía a la iglesia de
la mano de mi madre.
La niebla de mis recuerdos
y la lluvia del tiempo
ni siquiera ponen nombre a la estación.
Camino de piedras, cristales y arena
recorrían pies descalzos en ofrenda
y procesión, sin cornetas ni tambores del Imperio.

Una travesía por el desierto
encontraba su fin cuando el águila
posaba sus plumas sobre la cúpula gallonada
en el centro de todos los altares.

Hábitos morados todos los viernes del año,
que prendían tus labios con la oración milagrosa
y velas encendidas en su llegada procesional.

Y, de pronto, el prendimiento de lágrimas
corales fluían por los rostros.
Corazones atravesados por la eternidad,
al cruzar la bóveda octolunetada
y encontrar la entereza en sus ojos entristecidos.

La tristeza penetrante de un alma
reclinada entre vides y olivares.
Y fraguó mi alma ese momento
aunque, a veces, lo he olvidado.
El iris bálsamo de buenas nuevas
me despertó finalmente. Acompañada
de padecimientos morados clavel
y el orquídeo florecer de un centro peciolado.
Ornamentos siemprevivos azules de mi alma.
Gestos de un cuerpo resurrecto soportaban
el peso de la cruz en su hombro izquierdo.
Surcos amparados de todas las estaciones.
             

 

TRÉMULA GEMA

La que calla protectora del transcurso
del tiempo y del silencio.
La que engendra la hechura del verbo
como halago elocuente de un chorro de voz.
La que cubre el panteón de ropas colgadas
a primera hora de la mañana.
La que besa y muerde la manzana dorada
y aspira a la divina ciencia.
La que calla, la que engendra y la que cubre.
La que besa y muerde.
Trémula gema y vicenta melodía.

 

 

© Gema Albornoz

99ariadna