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Erewhon o Más allá de las montañas
Samuel Butler, 1872
porJesús Urceloy

 

Para Díaz, Muñoz, Foronda, Pérez, Fiorilli, Polo, Rómar, Torres y Navas.
Para Adiadna.

 

Entrad en la casa y subid al despacho grande, el del ventanal. El Hombre Firme os ofrecerá un cuchillo y tres platos con alimentos: una rodaja de algo negro y silbante, una fruta ligera, una porción de sopa sutilmente dulce. Os dirá que son vuestros: “Uno sirve para la astucia y otro para caminar entre los hombres. Los otros dos jamás los he usado. No sé qué grita ahora mismo en el bosque. No sé quién va encajando piedras en la boca de las serpientes. No sé porqué los nombres de los animales son distintos.”

Afuera, junto al muro, envuelto en el abrigo viejo de todas sus primaveras, encontrareis al Hombre Robusto que cultiva las rosas. Le veréis sacándolas una a una de un cartapacio azul. Os ofrecerá unas gafas rotas y un libro para conjurar la desidia, también la culata de un viejo fusil de montaña, la caja de puros con que aprendió a esconder las minas de los pinturines rotos y su mano marcada por la tierra sangrante. “Venid a cenar esta noche.”

El Africano, a lo lejos corre entre los árboles. “Estoy aquí –dice- estoy aquí, junto al caldero donde hierven las cosas nobles, estoy bajo la encina que anuda mi tristeza, estoy saltando sobre piedras puntiagudas. Venid a verme, cantad conmigo. Yo soy la desaceleración de los caminos, quienes viajan conmigo ya han conocido el rostro de los manantiales.”

A la mesa del otoño, sentado, el Hombre Viejo, corta con los dedos los frutos rojos. La cereza con su hueso de dibujo, la grosella, con su canto de anciana dormida, la granada y su orgía de sílabas, el tomate con su ventilación de vientre materno. Comed con él, venturosos de oídos para la celebración y dad golpes en la madera, conversad sobre las marcas que dejan algunos hombres en las aceras y en las hamacas.

Si volvéis a entrar en la casa quizá veáis al Hombre de Sal en la cocina, el que alienta los pucheros y conoce la turbiedad del orgasmo, quién ha venido a figurarse para vosotros y hará de vuestro camino el canto agreste de la cigüeña. Si no le veis, no pasa nada, él os está mirando. No busquéis su sombra. Quién la ilumina deja para siempre de sonreír.

Junto a la chimenea, rodeado de líquenes y aceites de Etruria, encontraréis al Navegante. Ha surcado todos los mares del mundo, incluso aquellos que no figuran en los mapas. Ha inventado los circuitos que atraviesan las caballerías en todas las ciudades. Él sabe que hay un encuentro entre las manos y los hombres, y que todas las razas son la misma raza. Solo podéis escucharle una pregunta y pobre de aquel que le conteste, pues heredará su miedo y tendrá que partir de inmediato.

 

Cabe que en ese momento aparezca el Portador de las Cartas, el que viene deprisa, el que no se detiene. Será como un suspiro de monja joven, como el ladrido agudo de un perro de caza o la agonía de un pequeño cetáceo vestido de miel y drupas. Si se sienta ante el fuego puede que haga café y si así fuera, habladle solo de pájaros.

A buen seguro que se escuchará algún golpe en el baño, una taladradora, un martillo, un vendaval, una destilación de hierros y clavijas, un piano cayendo por las escaleras, la traición hecha constancia para los malditos. No entréis allí aunque el dolor os atraviese el estómago y la vejiga os abuse el miedo. No entréis jamás. Allí sucede el tiempo y Quién lo gobierna prefiere estar siempre solo.

“Ya queda poco” dice el Hombre que Baja las Escaleras, el que va vestido con un pantalón azul y lleva una mochila llena de botellas rotas. “Ya queda poco” os repite “podéis subir a robar alguna cosa. Tenemos vasos de porcelana griega, periódicos viejos con que envolver pescado y algunas costillas frías de la cena de ayer. Si veis a mis hijas, demorad un tiempo con ellas. Son fáciles en el contrato y terribles en la desilusión. Perdonadlas. Nacieron en un tiempo ajeno a la lujuria.

Es en ese momento cuándo aparecerá el Hombre Gordo, el que trae amarradas a las nueve bestias, el que tiene una ramita de acacia en el ojal del sobretodo, el que recita a Longfellow y canta las viejas canciones de burdel de Purcell. Os hará una seña para seguirle hasta el puerto. Allí  os dejará al cuidado de todas las mujeres del mundo.

 

© Jesús Urceloy. Diciembre 2023.

99ariadna