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Amanecer
porPedro Díaz Del Castillo

 

En el amanecer del 16 de julio hice una montaña con luz del alba y árboles de pan de oro. La montaña creció junto a mí sin abrazos ni nubes lenticulares, sólo piedra velada y agua que hervía en los resquicios de mi espalda alimentando lagunas y torrentes. La respiración del viento de levante cada amanecer incendiaba los bosques y el velo de hierba virgen que crece siempre tras la lluvia sobre mis viejos hombros.

Al mediodía del 16 de julio los glaciares extendieron un manto de sucia nieve que arrastraba mis recuerdos desde lo más profundo de la memoria. Nunca fui morrena ni agua manando tras los hielos perpetuos, tan sólo sedimento y arcilla, fisura y grieta donde acumular la desidia que gotea minuto a minuto y que se comprime hasta convertirse en tiempo sólido.

En el ocaso del 16 de julio, mi montaña se deslizó ladera abajo y toda la nieve alcanzó antiguas ciudades donde crece la desesperanza borrando la memoria de todos los testigos de la erosión del cuerpo y el avance de las sombras, metamorfismo plagado de señales de alerta y abandono, la verdadera historia de un mundo cercano y real como la cumbre que contemplo entre nubes y susurros.

 

 

 

© Pedro Díaz Del Castillo

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