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Domus Ferrol
porAntonio Polo González

 

Fue entonces la casa, el viejo artesonado de yeso, el crujir lastimoso de las vigas riostras y los rancios tules del entelado. Fue la morada que nos mostró su decrepitud como la casa orgánica que Manuel Mujica Laínez viera morir un día del verano austral: “¡Pobre techo italiano, pobre cortejo de la balaustrada!”. Fue la vieja casa de Ferrol que se abría al puerto navegando entre los callejones estrechos, la casa que levantó sobre la memoria de sus antiguos inquilinos un nuevo urbanismo de recientes alamedas, de flamantes bulevares y callejuelas cuyo empedrado dejaba de ser un espejo de aguas por donde transitaron entonces afiladores y alegres marineros de permiso.

Es la casa la que convoca ahora sus aldabas sobre el cardenillo de los bronces, un llamado tenaz y decidido, como quien toma una fotografía y enmarca el motivo central con cuatro trazos rojos. Y son nuevos los sonidos de la calle los que rebotan en el mirador, apalabran con las celosías un nuevo amanecer de rocíos y humedades, los que remedan, ante el sol y las sirenas de los remolcadores atracados en el puerto de Curuxeiras, una nueva cartografía de la memoria. Es la ciudad reciente floreciendo sobre los restos de la ciudad pretérita. La senectud sobrellevada y soberbia que se impone sobre todo lo que la rodea mientras alardea de aleros, y presume de cornisas y matacanes. La vieja casa como monumento a la resiliencia, como oda a la conmemoración de que venimos de algún lugar que entonces fue grande o chiquito según el albur de los sueños de sus inquilinos o admiradores.

Ahí está, imponente, retando a las piquetas y a los bandos de la edad y las gaviotas. La vieja casa de Ferrol en la que alguna vez vivimos todos juntos.

 

 

© Antonio Polo González 2023

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