í n d i c e  d e l  n ú m e r o

Wah-Wah
Francisco Deco

Madrid, Editorial Dilema, 2022


por Álvaro Muñoz Robledano

 




No tengo ni idea de ajedrez, pero un buen amigo me explicó la gracia de la defensa Grünfeld, que renuncia, según me dijo, a la lucha por el centro e intenta desarrollar por el flanco para contratacar. Cortázar imaginó una partida en la que el centro se desplazara a cualquier parte, incluso fuera del tablero. En cualquier caso, el centro está ahí, en el lugar previsto, al alcance de cualquier pieza en un par de movimientos, y su dominio es una simple cuestión de fuerza. Y, aunque marcharse de semejante espacio se convierta en una necesidad, dejarlo atrás resulta imposible.

¿Esto a lo que jugamos es ajedrez?

¿Podemos hablar de juego?

Nos equivocamos al pensar que la palabra juego frivoliza la cuestión. Los juegos son perfectamente serios; los ajedrecistas, insistamos, se arruinan, entregan la vida y enloquecen persiguiendo las piezas. Practicantes de otras muchas disciplinas se obsesionan con su actividad hasta borrar de ellos mismos lo que no es propio de aquella. Y si alguien conoce algo más terrible que la teoría de juegos, reino de la racionalidad inmisericorde, ahora puede aportar su experiencia.

Hablamos de juego cuando hablamos de simulacro, o, si lo prefieren, de transposición de una realidad en otra.

De la realidad en otra.

El niño que juega a morirse (le ha tocado ser el indio de la trama) experimenta la muerte: se ve apartado de lo que sucede, no es percibido por los demás, debe marcharse. Por un momento, siente pánico al pensar que su situación puede ser definitiva (¿o no lo recuerdan?). Quien apuesta, ve como tras sus cartas insuficientes se van sus posibilidades de continuar; ante él, se abre el abismo de la pérdida inasumible.

Puede que esté intentando decir que la poesía es un juego, en cualquiera de sus acepciones, legítima y vergonzante.

La verdad es que no lo sé.

Si alguna iniciativa está condenada al fracaso de antemano es, sin duda, la de acostumbrarse a la escritura de Francisco Deco. Cada uno de sus poemarios reafirma y contradice al mismo tiempo a los anteriores. Más que una investigación consciente y constante, creo asistir a los estallidos de una pulsión demoniaca que pone en el papel, y no siempre negro sobre blanco sino blanco sobre blanco o negro bajo silencio, todos los objetos y los sucesos que lo afectan para acusarlos de pertenecer a una cultura.

Wah-wah, nos informa, es el nombre que recibe cierto recurso musical en que un instrumento imita el registro de la voz humana. Quizás un recurso paródico, o quizás un recurso patético, pero que recoge a la perfección la carga de la prueba: cuánto hay de voz en lo que no es voz; dónde ponemos el límite que separa la música de su opuesto, si es que lo hay; cómo podemos reaccionar cuando constatamos que el poema insiste aunque ya no estemos seguros de poder aceptarlo porque el poema ha dejado atrás lo que la costumbre declara poético y sabe que su antiguo cometido, recoger las palabras de la tribu, ha quedado reducido a un susurro apenas audible.

Las preguntas son mías. Preguntar, al fin y al cabo, sale gratis. Lo que tiene un coste es señalar con ansia de resistencia, No quiero decir empecinarse en una causa perdida, sino provocar su derrumbe para que no se sostenga en mitos a contrapelo. Ese es el trabajo de Deco, cambiante, apasionado e inteligente: mantener las referencias tras borrar los referentes en los que pudiéramos apoyarnos; ofrecer a quien lee no ser lector, ni siquiera espectador, sino consciente de la soledad inabarcable de algo que aún nos atrevemos a llamar arte. Para ello, decide abrir la espita del no sentido, dar salida al torrente de música, de formas, de recuerdos, de lazos impuestos y lazos inexplicables, ¿argumentos? para la supervivencia de la ¿experiencia? estética.  Cuando el caudal es apenas soportable, incluso en la piel, da un par de vueltas al torniquete y reduce la afluencia de contradicciones.
Perdón, quise decir espejos.

Porque, aunque lo llamemos poesía, o música, o dialéctica, nos enfrentamos a un juego de espejos.

Y en ese juego, Francisco Deco nos entrega los reflejos mayores de los que es capaz un poeta mayor.

 

© A.M.R.

 

Alvaro Muñoz Robledano

© Alvaro Muñoz Robledano Nació en Madrid en 1965. Se licenció en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado los libros: “Fotografías junto al pecio” (Málaga 1991), “Hoteles” (Madrid 1996), “Cuartel de Invierno” (Madrid 2000), "Salvoconductos" (2006) ganador del III Premio Café MOn. Colaborador de ariadna-rc desde sus comienzos donde ha publicado su "Breve historia de la lucha de clases" (2003) y "Notas para un tratado de botánica de la oscuridad" (2007) junto a Pedro Díaz Del Castillo.

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