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Fútbol, rock, cigarrillos y alcohol

por Roberto Antonio Remedi

 

 

Entro a la despensa del pueblo. Es media mañana. Verano de 1984. La ruta divide la aldea por la mitad. El sonido del tráfico pesado rebota en el caserío. Los pájaros chillan con razón. Hacer ruido es asunto exclusivamente suyo. Los clientes colman el local y arman barullo también. Todavía se siente el olor a pan fresco. Ahora rodeo el mostrador y saludo a la dueña del almacén.

—¡Hola Chancho!
—Tía Coca me recibe con un beso y un abrazo. El apodo no es un insulto sino expresión de cariño. Aunque, ciertamente, por ahora, todo mi proyecto de vida es comer. A los ocho años de edad, soy un poco gordo, cachetudo y panzón. Ella sabe que mi debilidad son las masas dulces. Cuando cocina turrón de avena, guarda una poción generosa para mí.
—¿Desayunaste?
—Sí, tía, gracias.
—Bueno. Las primas están en la cocina, y los primos, en la habitación de Guillermo. Escuchan música…
—Ahí voy.
—Nada de peleas. ¿Entendido?
—Estaremos bien. ¡Lo prometo!

Abandono la despensa corriendo. Salgo por la puerta interna y entro a la cocina. Mara y Fabi están sentadas a la mesa, frente a frente, desayunando. Saludan con un beso y un abrazo. No emiten palabra.

Entiendo el silencio. Hacia un lado, Ivan duerme en el cochecito. Apenas tiene unos meses de vida. Medetengo un instante para verlo. Le acerco a sus manitas la tortuga de peluche. Sigo por la galería hasta el fondo de la casa. Abro la puerta de la habitación. Federico Moura canta por el radiograbador “Amordescartable”. Virus ya es furor en Argentina.

—¿Se puede?
—No.
—No.
—No.

Ariel, Enzo y Daniel me reciben como siempre. No les hago caso y entro en el dormitorio sin permiso.

Acaba de terminar el período escolar. También pasaron las celebraciones de fin de año. Ya comenzaron las vacaciones de enero. Es el momento del año cuando se reúne la familia. Los adultos vuelven de paseo a la casa paterna y traen consigo toda la prole.

—¿Por qué no puedo quedarme?
—¡Porque no!

Ariel tiene once años. Se aplica muy bien tanto a la escuela como al cuidado personal. Lleva un peine pequeño en el bolsillo trasero del pantalón. Quiere verse bien peinado cada momento. Es el primo sabiondo. Toda madre desea tener un hijo responsable y pulcro como él. Algún día será el abogado de la familia.

—Por favor, me portaré bien.
—Estamos hablando de fútbol, te vas a aburrir, vete a la cocina.

Enzo es el anfitrión. Acaba de cumplir doce años. Ama el fútbol. Lee revistas deportivas, escucha la transmisión de los partidos por radio y también los mira en el tele. Cuando juega a la pelota, relata el encuentro como un locutor. Sueña con integrar un equipo profesional. Realmente es muy bueno con el balón. El puesto que mejor le queda: el diez. Alucino.

—Pero me gusta escuchar música. No molestaré, se los prometo… ¡Quiero quedarme! ¡Quiero quedarme! ¡Quiero quedarme!

Trato de ser lo más amable posible. Pero nadie accede al pedido. De modo que veo necesario ser un poco más convincente. En consecuencia, decido convertirme en un enorme sorete, en cuestión de segundos.

—Si no me dejan estar aquí, avisaré al tío Chicho que ustedes toman bebidas asquerosas…

El tío es inspector de policía. La persona más temida del pueblo. No vería con buenos ojos semejante conducta. Los encerraría en el calabozo de por vida. Ahora no está en la casa. Se encuentra trabajando en la ciudad vecina. Por eso, todo el mundo aquí, se siente en la libertad de hacer lo que se le viene en gana.

—¿Cómo sabes que tomamos bebidas asquerosas?
—¡Ah, entonces es verdad!
—¡Sos un pelotudo, Daniel!
—Bueno, qué importa, ya somos grandes…

Daniel es el mayor del grupo. Alcanzó los trece años ya. Su voz es suave. No hay niño más dulce e inofensivo. Es el sobrino preferido de las tías. Claro, ellas no conocen lo que nosotros. Cuenta chistes atrevidos y sabe mucho sobre bebidas alcohólicas. El primo más respetado en la materia.

—¡No vas a decir una palabra!— Sentencia el dueño de casa.
—¡Claro que no! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

Con un poquito de presión, consigo permiso para quedarme. Me siento un primo feliz. Ahora, el dormitorio de Guillermo también es un poco mío. Él fue el primero en venir a esta familia. Ha terminado la escuela secundaria y quiere ser periodista. En vacaciones se entretiene mecanografiando notas en el escritorio de la casa. Ignora completamente lo que hacemos aquí. Su habitación es perfecta. A mitad de la pared, hay una ventana con vista al Oeste. Debajo de la abertura, está la mesa de noche. Dos camas reposan a los lados. A esta hora, los rayos de sol impactan en diagonal. La luz dibuja un rectángulo blanco y duro sobre el suelo gris. Los objetos se cortan en el claroscuro: medias, zapatillas, paquetes de galletas y elotas de todos los tamaños. Hace calor. Hacia la derecha de la ventana, Ariel está tumbado sobre la cama. Lee una revista deportiva. Al costado izquierdo, Daniel se encuentra sentado sobre la almohada, con las rodillas recogidas y apoyando la espalda en el cabecero. Enzo, de frente a la mesa de noche, es el discjockey. De cuclillas, revisa los casetes. Aparte de instruirnos sobre fútbol nos pone al día con la música.
Yo elijo sentarme en el suelo, a un lado del rectángulo de luz blanco y duro.
 
—¿Me pasan algo para leer?—Ariel hunde su mano debajo de la almohada y saca una revista deportiva. La revista viaja a toda velocidad impactando mi pecho.
—¡Mira callado!
—Está bien…

Comienzo la lectura. Paso rápido las hojas porque el deporte me aburre. El primo experto en bebidas, sale del reposo y me quita la revista de un tirón. Vuelve sobre la mesa de noche. Saca una botella de ginebra y un paquete cigarrillos. El barman reparte la bebida. Pone en mis manos un vaso con líquido transparente.

—¡Gracias, Daniel, pero no bebo! ¡Sólo fumo!
—Son las reglas...— Ante la insistencia, y por temor a que me expulsen del dormitorio, hago coraje y trago de una vez el líquido transparente. De pronto siento fuego por dentro, como si hubiera comido una braza del tamaño de una sandía. —¡Esto es una porquería! ¡Voy a morir!— Enzo me recibe el vaso, mientras todos ríen a carcajadas. Apenas puedo hablar. Me recuesto de costado esperando pase pronto el ardor.
—¡Sos un maricón!— Exclama Ariel. Me incorporo como puedo.
—¿Por qué no bebemos algo más normal? Un poco de gaseosa fría vendría bien. ¿No les parece? La Pepsi Cola es riquísima…— Nadie hace caso.

Cada uno sigue en lo suyo. Enzo coge un cigarrillo y lo enciende.

A la primera bocanada se ahoga. No para de toser. Reímos ante el bochorno. Recibo el cigarrillo. —“Es así, presta atención…”— Pongo el cigarrillo entre los labios, cuidando de no mojar el filtro, abro la boca y mis pulmones aspiran todo el humo. Exhalo un poco por la nariz. Otro poco guardo para dibujar anillos en el aire. Los círculos aparecen y desaparecen a través del claroscuro. Soy un mago.

—¡Guau, donde aprendiste eso! ¡Fabuloso! Hazlo de nuevo, por favor…— Ariel se fascina.

Mi padre fuma un cigarrillo después de todas las comidas. En cada oportunidad, le pido que me permita encenderlo, mientras mami se muerde de bronca. Papá cree que sólo es un juego. No sabe que para mí es una actividad muy seria. Tampoco sabe que robo sus cigarrillos cuando deja los paquetes por ahí. Y no está al tanto de que practico regularmente. Es una ventaja que saco a relucir ante mis primos. Ahora el cigarrillo pasa de mano en mano. Y enciendo otro porque el primero se ha acabado. De pronto, rompiendo el sonido melodioso de “Un misil en mi placar” de Soda Stereo, se filtra una voz que viene desde la galería, cada vez con más fuerza. El disc jockey apaga el radiograbador. Silencio. Nadie se mueve.

—¿Chancho? ¿Chancho? ¿Estás con los primos? El papá y la hermana han venido a buscarte…
—¡Es la Coca!— Advierte Enzo

Ariel sopla las cenizas de cigarrillo que han caído sobre el piso. Daniel esconde la botella de ginebra en la mesa de noche. El anfitrión intenta sacar desesperadamente el humo a través de la ventana, aventando el aire con sus manos, y esparce matamoscas en aerosol por todo el ambiente para disimular el olor a tabaco.

Quiero arrojar el cigarrillo encendido debajo de la cama pero me doy cuenta que no es una buena idea. Podría provocar un incendio. Y la malla mosquitera de la ventana me impide lanzar cualquier objeto hacia el patio trasero. Tía Coca abre la puerta.

—¡Chancho, qué estás haciendo! –

Sin más remedio permanezco sentado sosteniendo la colilla con los dedos mientras el humo empieza a salir lentamente por mi nariz. Ya no puedo contener el aire. Ahora soy una chimenea descompuesta. Y quiero desaparecer con el humo. Pero mi tía está ahí, parada en el umbral, firme, haciendo notar que me he mandado una muy grande. Estoy perdido. Como diapositivas fuera de control, en mi mente se suceden imágenes aterradoras: tía Coca arroja a la basura un turrón de avena gigante; tío Chico me coloca las esposas y asegura que acabaré en el calabozo de la comisaría del pueblo junto a las cucarachas y los borrachines más famosos de la aldea; mi padre se niega a dejarme encender su cigarrillo; mamá apaga el televisor cuando está por comenzar Cosmos 1999 —mi serie de ciencia ficción favorita—, y amenaza con hacerme confesar todos mis pecados antes de la misa del domingo, por haber traicionado a Dios y el buen nombre de la familia; el cura del pueblo me entrega un pasaje directo al infierno, luego de ordenarme rezar diez mil rosarios completos; me quemo vivo en una enorme hoguera montada con hojas de tabaco…

—¡Chacho, me estás escuchando!— Vuelvo en sí
—¡No estamos peleando, tía!
—Si, ya veo. ¡Pero se están portando muy mal!
—Usted sólo dijo esta mañana que no peleáramos…
—¡Así que ahora la culpa es mía!
—¿No le dirá a mis padres, verdad? ¡Por favor! ¡Me matarán!
—Eso ya veremos… ¡Grandulones, ordenen todo esto! ¡Chancho, ve al baño y lávate los dientes, así no teden una paliza tus padres!

La tía finalmente me cubre una vez más. Pero por un tiempo no volveré a ver a mis primos. Si lo hago pronto, ellos sí que no dudarán en liquidarme.

 

 A Clotilde y Roberto Aniceto Remedi, Amilcar y Enzo Moreno. En su memoria.

 

 


© Roberto Antonio Remedi Nació en Ceres, Provincia de Santa Fe, Argentina, en 1975. Es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Católica de Santiago del Estero (2001). Docente investigador en la Universidad Nacional de Tucumán. Actualmente reside en Santiago del
Estero. Correo electrónico: antonioremedi@yahoo.com.ar. Sus colaboraciones más recientes pueden encontrarse en Babab. Cultura de revista (17 de junio, 2021) y en el número 92 de Ariadna. Revista Cultural (10 de julio, 2021):
https://www.babab.com/2021/06/17/poemas-de-roberto-antonio-remedi/
https://www.ariadna-rc.com/numero92/lab52.htm

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