Cauterio
Lucía Litjmaer
Barcelona., Anagrama, 2022
por Álvaro Muñoz Robledano

Llega un momento en que la novela debe elegir entre la tesis que la sustenta y la realidad que despliega ante el lector. Es decir, el momento en que debe decidir si es novela. Entonces afloran todas las contradicciones entre las palabras y lo que niegan; también entre las palabras y lo que delimitan; también entre las palabras y las palabras.
En cuanto a la tesis expuesta, Cauterio me parece, perdón por el chiste, de libro: las mujeres no podrán desarrollarse ni individualmente ni como sujeto político mientras no se deshagan de la tutela cultural y vital que los hombres establecieron hace años y que sus sucesores hemos mantenido como si fuéramos capaces de algo. Y no me siento cómodo porque me parece, con sinceridad, que hablo de lo que no me corresponde. Tan solo me parece lícito referirme a ese momento en que, sin perder de vista la implicación política, imprescindible, la escritura se rebela contra cualquier cortapisa (los personajes, sus motivaciones, las razones de los antagonistas, cualquier línea temporal, la causalidad...) y se alza quebrando sus propios límites de información y centrándose en su propia capacidad generatriz. Entonces, cuando se trama la realidad, contra la realidad misma si es preciso, surge eso que llamamos, nunca con suficiente énfasis, literatura. Y en la novela de Lucía Litjmaer se mantiene en su altura, y no desciende ni siquiera cuando acude a cierto componente esotérico para, supongo, plegar velas y decelerar hasta la velocidad de la tesis primera. Es ahí, en la pelea de la realidad contra la realidad, donde está, quizás, la identidad necesaria.
Pero yo no puedo saberlo.
© A.M.R.
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