í n d i c e  d e l  n ú m e r o


El experimento de la doble rendija
Álvaro Muñoz Robledano


Cáceres. Ediciones Liliputienses, 2022


por Antonio Polo González

 


 

Para discernir la naturaleza corpuscular u ondulatoria de la luz, la comunidad científica tuvo que acudir a la genialidad de Thomas Young, un físico inglés que se hacía entender en trece idiomas, incluidos el persa, el caldeo y el amhárico, y concluyó el carácter ondulatorio de la misma cuando aquella se somete a una pared con dos rendijas. Suponemos que Young tuvo que hacer alarde de sus dotes comunicativas para interpretar que las interferencias de la luz en realidad eran ondas, como Álvaro Muñoz descubriera mucho tiempo después en los alrededores del verso 677 de la Soledad Primera de Luis de Góngora.

[…] no hay silencio a que pronto no responda;
fanal es del arroyo cada onda,
luz el reflejo, la agua vidriera.
Términos le da el sueño al regocijo,
mas al cansancio no, que el movimiento
verdugo de las fuerzas es prolijo.

Si el de Young fue considerado el experimento más bello de la física cuántica, hay en el libro de Robledano, El experimento de la doble rendija, algunos ensayos demostrativos tan elegantes que merecen acompañar la bibliografía de semejante acontecimiento al someter al poema de la página 39 a la fuente lejana de luz de las Perseidas, sucederá entonces que esta se desdobla en nuevas figuras, las cuales son toda una declaración de principios proyectada sobre una pantalla, así interpretamos al desierto como un nuevo despertar.

 

Las otras posibles combinaciones sugeridas en la recomposición de la luz, como acontece con el hierro o el deshielo, son resultado de ver el mundo desde otro lado del Universo. Y eso es lo que hace Álvaro Muñoz en este libro, ver, sentir, constatar todo lo que es, lo que parece, lo que le gustaría que fuera. Y lo hace desde el mismo laboratorio en el que Ciorán descolgara uno de sus aforismos más famosos:

“Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero deberíamos estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo está por inventar”.

Eso no es otra cosa que honradez. La poesía de Álvaro Muñoz se asemeja a fogonazos de luz que antes de que se diluyan se encadenan en nuevas preguntas que en realidad son interruptores reiniciando las páginas, después, en la imperceptible sombra que generan cuando van camino de la extinción, aparece una nueva llamarada cuya condición ya es el de una verdadera onda, en realidad una cabalgata de olas que siempre rompen en la playa mientras el lector sigue instalado en la sorpresa.

Una pregunta:
Un cartel que informe de que ya no quedan
vagabundos
al pie de la torre Eiffel

Una respuesta:
Quizás.

En este honesto experimento Álvaro Muñoz abre el cartapacio en donde guarda, lejos de las desavenencias tecnológicas que alguna vez mantuvo con el inframundo digital, una resma de papel que se ha convertido en el libro que lo es de la sorpresa y el asombro, del estupor y la confirmación de lo que otros no ven o entienden con señales diferentes. Esto hace que la luz que atraviesa las rendijas de sus sentidos sea devuelta como una revelación empujando al lector a absorber los poemas, porque este trabajo de Robledado en realidad no se lee sino que se respira, se huele como hacen los viejos lectores para apreciar en las humedades del papel o la frescura de la tinta qué otras cosas ha escrito el poeta y de qué se ha ocupado el impresor. A veces durante un giro de hélice que bien pudiera ser el de una nueva página se borran la cubierta atestada el oleaje ajeno, pero otras, muchas otras veces tendríamos que aguantar la respiración  frente una pared al atardecer y respirar el extraordinario poema que habita en la página 53 de este honesto experimento:

pero los poemas de aquella carpeta no pedían
perdón no presentían la urdimbre      mientras
de distintas direcciones aún                  la ceguera
eran creyentes capaces de aceptar      mientras
la ceguera.

Después de esto, respirar se me hace más dulce entre estas páginas.

 

© Antonio Polo González

 
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