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Cuántas nubes (o encara persisteixen els núvols baixos)

por Gabriela Gutiérrez Almanzar

 

Para Sam.

Encara no ha arribat l’estiu, decía la Laia porque no, aún no llegaba el verano, se encogía de hombros y se enrollaba la bufanda en el cuello una vez más. La bufanda que se extendía hasta la cintura y el cuello que soportaba al menos dos vueltas adicionales. L’estiu no ha arribat, repetía la Laia mientras se calzaba las botas hasta la rodilla y miraba por encima del hombro para asegurarse de que Emilia la escuchaba, de que Emilia no dormía. No, no cal portar impermeable, decía la Laia mientras elegía el abrigo del día, mientras lanzaba todos los que no lo serían sobre la cama, sobre la alfombra, sobre las medias sobre la alfombra. I tu què faràs avui has de hacer algo hoy, preguntaba afirmando la Laia y collons, deberías moverte hoy, buscarte algo, alguna coseta, decía la Laia mientras los labios rojos y las pestañas largas y un giro rápido frente al espejo. Me voy, fins després y la puerta se cerraba tras ella. Y se abría de nuevo. T’estimo, Emilia, muchísimo. Y de nuevo el golpe de la puerta y el eco de las botas que se apresuraban a bajar las escaleras de dos en dos y nada más. Entonces Emilia se sabía sola, enterraba la cabeza en la almohada y gritaba. Entre plumas, entre hilos, entre blanco. Luego miraba al techo y extendía los brazos. Parpadeaba. Solo parpadeaba. Por qué siempre le hablaba en catalán. Estiraba las piernas y movía los dedos de los pies, dedos independientes que movía uno a uno, para que la sangre fluyera. Todo olía a la Laia. A la Laia y su perfume ácido y astringente que se pegaba a la tráquea y la obligaba a retrasar el desayuno. La Laia que solo le respondía en catalán pero que, a los demás, castellano. Y ella queriendo aferrarse a su español, no queriendo perder eso último que le quedaba de quien había sido.

—Cebolla larga en vez de puerros.

Le enseñaba para que supiera la diferencia.

—Guayabo en vez de resaca.

Le enseñaba para que supiera que existía una diferencia.

—Habichuelas en vez de judías.

Le enseñaba para que supiera que era la misma lengua pero tan diferente.

No es estimar. Es amar, Laia. Pero no, eso no lo aprendas. Tú estima y res més.

La Laia no entendía y comenzaba a jugar con su pelo y a preguntarle de qué irían este carnaval. Y Emilia que se mimetizaba con el edredón mientras le trenzaban los mechones, mientras inhalaba ese aroma a citrón y mandarina y se presionaba la sien con el índice y el pulgar para asegurarse de que era ahí donde quería estar. Ahí, con la Laia de caderas anchas y una afición por los zapatos de caña alta, de esos que no debería usar porque era corta, era baja, hasta el hombro le llegaba y Emilia tenía que desequilibrarse para darle la mano e inclinarse para besarla. Quería a la Laia, el pelo oscuro que llegaba siempre hasta la misma vértebra, los lentes gruesos que no necesitaba pero menos mal usaba porque estás guapísima, Laia, guapísima. No sabía qué quería de la Laia, de su lengua voraz que la señalaba y le recriminaba el miedo y la curiosidad, de los ojos rasgados y las cejas severas. I tant, nena, terminaba las discusiones la Laia como si todo lo que estuviera mal fuera por Emilia pero en realidad no lo creyera. Como si supiera que no se pertenecían pero se negara a hacer algo al respecto porque ahí estaban, tan cerca del Verdi donde pasaban versiones originales y acá, en la esquina, donde tienen el letrero con ese diseño de trencadís y la cerveza barata con lo que pueden ser las mejores patatas bravas de Barcelona.

Y Laia, de verdad, de verdad que te quiso y te quiso tanto y lo hubiera hecho en cualquier coordenada. Ya sabes, acercarse a ti y en la esquina, entre los abrigos, entre las sombrillas que goteaban otoño, rodearte el rostro con las manos y mancharse de pintalabios rojo, de colorete, de labial, como le quieras decir, Laia. Ya sabes, bailar contigo, dejarse enseñar a bailar por ti, por ti que no deberías saber bailar ese tipo de música pero ya que estamos en ello pues nada, Laia, por bailar contigo y sus manos en tus caderas, tu frente a la altura de su boca y el jazmín y la astringencia alrededor. Ya sabes, brindar contigo y recibir a cambio de cada beso una rosa blanca, hecha de servilleta, hecha de papel, que no podía ser mojada, que no podía humedecerse, pero que tenía tallo y hoja y pistilo. Pero era otoño, Laia, era otoño y sabes cuánto llueve. Y el agua de los paraguas que te mojó la espalda mientras te besaba, mientras la besabas, mientras Emilia, has de entendre que tinc por, Emilia, pero ella también, Laia, miedo. Ella temblaba al sentirte tan blanca y negra y roja y fatal. Y te quiso, Laia, a ti y tus dibujos y tus notas y el sonido de tu pisada y la mirada reprobatoria. La mirada de que sabías que no iba a terminar bien porque si tú con miedo, ella consumida.

Emilia terminaba de escuchar los pasos que se iban, gritaba con el puño en la boca, mordía el edredón y se estiraba como una estrella de cinco puntas. Ahí esperaba hasta que la gata gris saltaba sobre su pecho y maullaba enojada, irritada. Y como ya llevaba tanto tiempo así, hambrienta, había arrancado otro botón de rosa de la maceta de la ventana. Quedaban dos aún prendidos, arraigados a la tierra negra. Los otros, yacían alrededor de las raíces de las jacarandas de ocho metros, resecos sobre la tierra ocre. Ocre a pesar de las lluvias.

 

Bogotá, 2018.

 


© Gabriela Gutiérrez Almanzar (Mendoza, Argentina, 1991) creció en Yarumal y reside en Bogotá, Colombia. Es economista y magíster en economía de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia). Pertenece a la novena generación del máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona, España). Sus textos literarios han aparecido en Revista de Letras (España), Letralia (Venezuela), Escritores que nadie lee (México), antologías de microrrelatos (Colombia y España) y en la antología Lletraferits publicada por Ediciones la Rana de Guanajuato (México).

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