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El señor obispo se enamora

por Juan Antonio Ruescas

 


                                                                           PULCHRA SUM SED FORMOSA (Cant. I, 5)


Lo dan las noticias, el mentidero, la tele, con un transfondo de demonismo y secta: el señor Obispo de Solsona se ha enamorado y anda con la prenda de su idilio. De luciferismo o demonismo nada digo hoy porque apenas me creo lo que la Biblia misma incluye al respecto; más pienso en trastornos de sicóticos, de epi-lepsias, de remedios siquiátricos, poderes sim-plemente hipnóticos, grupos y campañas…  

Me detuve de la pequeña pantalla, en algo que se titularía “Todo es mentira”. Rictitud  y ase-veramiento en el presentador; repetido craso error en un provecto periodista de camisa blanca criticando que los curas no cumplan el “voto” de pobreza (señor mío, el clero secular, tal el obispo, no hacen votos, sino que con ser ordenados sacerdotes se comprometen al celi-bato y una vida ordenada, dispares de órdenes religiosas); otrosí una tira escrita, sobre servi-cios de una mujer pública al señor Obispo, cuando de ningún modo se probaban, y en la misma mesa lo excluía rotundamente una titulada; mas por no seguir, contra la general descalificación del clero, incluso un tele-entre-vistado, cura casado, bien afirmaba que la ma-yoría del clero es irreprochable… En fin, algu-nos programas de la tele parecen perniciosas   cabezas de Hidra muy difíciles de cortar en un solo tajo (apagando el invento). Ah, en los ¡lar-gos cortes de 6 minutos! de publiganancias.    

Mas atengámonos a lo más humano del caso: enamoramiento. “Normal” que dirá el señor Obispo; “homo sum”, hombre soy y nada humano me es ajeno. Aunque hay humanos que dicen en voz alta no haberse enamorado nunca. Y los frailes y monjas ¿es que no se enamoran nunca?

El caso es que quizá evitan el peligro, según los primerísimos moralistas recomendaban: quien evita la ocasión, evita el peligro. Dice mi diccionario de más crédito, “Enamorarse: Em-pezar a sentir amor a una persona”. Esto es lo que yo no sabía, que es “empezar”, que todo es empezar y ¿dulce empiece es el amor? Claro es empero, que nunca se sabe cuándo éste asoma por el otero.

Yo me atengo a lo de Agustín de Hipona, otro obispo, mucho más que al artificioso y prolijo Ovidio con su “Ars amandi”. Bien decía el tal hiponense, “si no me preguntan qué es el amor, muy bien que lo sé; pero si me pregun-tan, nada sabré responder”. Algo tan sutil, tan impalpable, tan indecible… que nos deja heri-dos “toda ciencia trascendiendo”. De manera y modo que el señor Obispo no pudo evitarlo por mucho que mi lexicógrafo hable de “empezar”; es, más bien, seguramente, flecha cupidínica que se clava tan instantáneamente, y no hay diligencia alguna que lo evite en ocasión previa ni preparadera.

En esta tesitura, algunos sabios mantienen que no se puede decir de esta agua no beberé, y que esas promesas rigorosas de purismo y celibato de por vida, deberían revisarse inteli-gentemente. No se acaba de entender que en el santo Papado, sin organización que lo fuerce, no se determine de una vez la libertad de elección del celibato clerigoso. Se evitarían de una vez tantas y tantas sorpresas y dese-quilibrios.

Déjenme contar un muy concreto e ilustrativo caso. Estábamos en un curso de bachillerato, muchachos todos, siguiendo la clase de doña…, señora algo entrada en años. Colegio no estatal con un cura ilustre de Director. De pronto se abre la puerta del aula, y aparece éste que se va al estrado de la docente, y entabla con ella un cara a cara blandísimo. Ah, pronto los alum-nos tuvimos una grata comunicación: “Os po-déis marchar a recreo”, dijo él tan generoso. De contino zumbando salimos todos a jugar sin docencia… quedando ellos dos solitos. Confieso que entonces nos pareció una entrevista profe-sional, pero…

¿Cuántas otras historias parejas podrían rela-tarse? Finalmente, la del señor Obispo de Sol-sona, a quien reconocemos nobleza en decla-rarse al igual que a su socia de enamorar. Mas lo peor, a diferencia de antaño, en que casi todo se escondía, al presente todo es difusión viciada, de encontronazos familiares o sociales (que le digan al señor Arzobispo de Granada, sentado inocentemente en el banquillo de los acusados).

Prevalezca, deseamos, el buen sentir y máximo gozo del amar. ¡Cuántas referencias a ello en toda la Historia! Tantas almas ensimismadas. Nos puede San Juan de la Cruz, y por si no se sabe, aduciríamos al fundador de los “cere-brales” jesuitas, Ignacio de Loyola, quien cul-mina sus “Ejercicios espirituales” con la muy inspirada “Contemplación para alcanzar amor” (“El amor consiste en la comunicación de las dos partes”, “Mirar cómo todos los bienes des-cienden de arriba… así como del sol descien-den los rayos”.) Y, en fin, el “Cantar de los Cantares”, donde ella, “morena pero hermosa, bronceada por el sol…”; poema como suma muestra o símbolo de mística comunión en la que lo profano y lo sacro, lo erótico y espi-ritual, lo humano y lo divino del amor se funden en una sola emoción.

Deseamos que el desenlace en el señor Obispo de Solsona sea del más elevado sentido, como igualmente en todos los que viven y saben ser una “de las dos partes” en santa pareja, segla-res, curas, monjas o frailes.

 

 


© Juan Antonio Ruescas

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