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Cuatro poemas
porFelipe Fernández Sánchez

 

En el bosque frondoso

Los sueños,
las pesadillas,
los gritos que salen de esa cabaña al fondo del bosque.
El cuento inconcluso,
el lamento de un niño,
la pérdida de esperanza,
los abrazos olvidados,
los besos sin recibir,
los pasos cansinos,
un millón de leguas recorridas,
la lucha por la existencia,
un lugar donde dormir
Alguien les arrancó los brazos para que no pudieran abrazar a sus hijos.

En el bosque frondoso ya no hay árboles,
las cabañas de plástico se extienden hasta la frontera.

 

A un día triste

A un día triste le sucede otro peor,
cómo sobrevivir a este abandono.

Sigo sin entender tu partida a otros confines,
buscando otros horizontes ignotos.

Pero, sin tu permiso,
me paso las horas penando la ausencia.
Me refugio a diario en el hueco que se quedó
en el cuarto de baño compartido por los dos,
no hace tanto.
Me cubro la cabeza con la colcha,
soñando de continuo con el rastro del aroma
que en el lecho persiste.
No lo pienso olvidar.

 

Un amanecer tras otro busca el sol su hueco

Hoy los mismos impávidos ojos que ayer buscaron,
desearon, su luz,
se niegan, se cubren,
se tapan en los días aciagos de este discurrir.
Conozco lo más gris de las urbes en las inhumanas ciudades ocupadas
por instrumentos mecánicos cubiertos por defecaciones humanas o animales.
Cemento sí,
ladrillo también,
y las famosas luces de neón
con las que adornan las fachadas de chispeantes colores.
Sí, hoy las ciudades no son grises.
Tienen su epidermis envuelta en color.
Telas que, levantadas, descubren la piel muerta de la momia.
Las lentejuelas atraen muchedumbres desde lugares lejanos, desde cercanos suburbios.
La tela de araña en la que nos vamos enredando los más necios de nosotros.
Yo mismo.
Son parte del asfalto los edificios de cristal,
de metales y plásticos,
tan frágiles,
que la menor sacudida los precipita sobre sí mismo camino del averno.
Algunos entonces se enteran de que el imperio tiene los pies de barro.
Una civilización a punto de sucumbir
y no es óbice para nosotros obviar lo evidente,
lo palpable de nuestra fatuidad y engreimiento.
Hacer oídos sordos mientras agachamos la cabeza
para seguir en nuestra pantalla,
en el ipod,
en el ipad,
en el ipuf,
un episodio,
una batalla más,
en nuestro mundo preferido.
Dentro de poco, la tormenta solar imaginada
freirá nuestros chips,
y la supuesta civilización nuestra,
desaparecerá.
Altos rascacielos derrumbados.
La fronda invadiendo poco a poco la ciudad deshabitada.


 

Hijos de Oniros

Todo es inquietante cuando la noche viene, cuando se va.
Hay trémulas sombras prestas a esconderse si el sol asoma entre brumas.
Y se oyen los pasos de los primeros en alzarse de un frío lecho.
Aún abotargados por la muerte caminan los zombis en busca de su manutención.
Extendemos la colcha sobre la cabeza y apretamos los ojos
con la esperanza de no ser vistos, pero oímos acercarse
lo que no vemos y sentimos que flota sobre nosotros algo maligno,
un ser infernal, hambriento de almas, en este amanecer oscuro.
O en ese instante antes de ser vencido por Oniros.
Demonios de alas negras venidos desde Erebo,
la caverna oscura, génesis de todas las pesadillas

   

 

 

© Felipe Fernández Sánchez

93ariadna