índice del número

 

 

Poemas
porPedro Alcarria

 

The End

Soñé que se había arruinado.

El bebé más perfecto,
el policía del Belén.
 
Que recoge las maletas
del andén y sube.
 
Intentando una descompuesta
pirueta sobre el estribo.
 
Y el guardagujas contiene el aliento
por cortesía.
 
Que impropio como la irrupción
de un viejo amante,
 
es el momento de decir
una frase,
 
murmurar entre dientes
un gruñido de dolor,
 
trascendente.
 
Y di algo, se dice callando
en un tren en marcha,
 
di algo o ríe y de pronto
le apremia el aleteo
 
de un periódico
en la ventana.
 
Que aturdido ve marchar
las estaciones,
indefenso.
 
La nariz húmeda,
los ojos desquiciados.
 
Y en la vida todo desánimo es culpable
dice al fin,
 
y más inapelable que el destino
me espera el bar,
 
y un cóctel con demasiada
ginebra.
 
Que chasquea los nudillos
y se da por satisfecho,
 
y retira dos hebras de tabaco
egipcio de su corbata.
 
Que impecable el aspecto,
e imperceptible toda emoción,
 
anda escorado tropezando
con una horda de alpinistas,
 
y anarquistas y niñeras
paciendo su rebaño.
 
Que hasta aquí hemos llegado se dice
alcanzando un taburete,
 
y esperando una mano mejor
y tratando de recobrarse,
 
de su estricta avidez
su deseo despiadado
 
que huyendo intactos del
Gran Hotel Casino de ***
 
le han traído hasta aquí
en mi sueño,
 
donde firme el pulso
lanzó su vida como una moneda.
 
Que marcha usando la piel
de pagaré o salvoconducto.
 
Que en la piel desnuda y hostigada
la herida intacta intransigente,
 
y más y más abierta
de los años le alivia.
 
Porque esa herida es
la piel precisa que afirma.
 
Que en soledad la decepción
le aviva y traga
 
como un nudo en la garganta
el recuerdo
 
de una voz mezquina y altanera
“Gana la banca”
 
Y los jugadores, la ruleta,
las miradas de amor y compasión.
 
Que impávido en su asiento
contempla con desdén
 
las blancas manos
del croupier.
 
Que oculta su mirada
la máscara de su sonrisa
 
y el humo extravagante
del cigarro.
 
Soñé que torres altas,
espadañas azuladas,
 
acantilados oscuros,
 
cruzando el teatro
estroboscópico de la ventana,
 
saludan en la sacudida huida
a medianoche
 
al general de mazapán,
el más manso y suave corazón.

 

 

Posibles respuestas a la pregunta
¿qué es la poesía?

La luz que falla por pasar
bajo el bruñido faro del
automóvil.

El reloj en la contienda
de algunas noches.

El torno de las cosas
amargas.

Frío y abandonado,
desconocido en el suelo,
el perdón de ayer.

El viento muerto que se oye,
con la espalda helada,
rompiendo las bisagras.

Tanta rosa gastada,
con ambas manos,
tanto bien escondido.

 

 

Emily Dickinson

La miel que ayer, furtiva,
libé directamente del panal,

la tendré que esconder,

de la mirada inconmovible
de mi amante,

que entera la reserva
para el festín de boda.

A mi jardín llega
el sonido de los campos

adornados y me parece que aquí
se prepara  el enlace.

Viene un aire cálido, un aliento
arrojado de bruces entre

los jóvenes rosales.
 
Me siento y abro un libro
al azar,

inquieta porque hay, 

oculto moviéndose,

un dios que desciende,

que baja del sol,
como un pomposo abejorro
de la flor,

haciendo cabriolas

y danzando.

 

 

Agua Regia

La ciudad de cristal está perdida.

Lo ha declarado la emperatriz,
un día más,

cortando el hilo de oro.

Lo ha dicho la sibila,
vaca codiciosa,

rumiando plácidamente
las ofrendas.

La cesta del encantador
está vacía,

prestos los ritos funerarios.

Yo que he convocado
mi pequeña destrucción

y la he sumado a las hogueras,

me haré arrancar los ojos.

Qué son tantas señales,

las proezas y desgracias
de los hombres,

qué la cuna en la que nacen,
la marea que los barre.

La fiera por mi rostro soberbio,
obligada a danzar desesperada,

se abre el cráneo contra las bardas.

Con la ciudad hirviendo en la epidemia
como un cubo de gusanos,

me arrancaré las orejas y los labios.

Para no vacilar desecharé la piel,
me prenderé fuego.

Tal es el ritual de decantar
el Agua Regia.

 

 

Pero la sed

Doy más profundidad
y anchura a la vera.

Amplias escaleras enramadas,
árboles de embustes
y nacientes muros de frutales
que descienden hasta el río.

La protegerán los álamos virreyes,
majestuosamente montados en su
grupa,
plantas que refuercen la ribera
y que sirvan de resguardo
a las bestias.

En su momento decretaré
los estuarios y humedales
que me reclaman las aves.

Unos rápidos en los tramos más abruptos,
son para las piedras vigías,
y un recodo fluvial pesaroso y lento,
para favorecer la floración
de la pequeña barca

y la expiación de las tierras.

Que discurra el río,
embelesado, por su cauce,
absorto,

absorto pero el limo del fondo,
la densa lengua,
la serpiente,
pero la lengua del fondo,
los densos limos sedentarios,
pero el oscuro limo del fondo,
la densa lengua sedentaria,

pero la sed.

 

 

Más posibles respuestas a la maldita pregunta
¿qué es la poesía?

Una ebriedad vigilante.

Vieja y despintada,
esa clase de pobreza altiva
balanceando de enloquecedora
manera las limosnas.

Una oración desquiciada,
un grito.

El amor que es como un grito.

Una visita de fuego que irrumpe
para destruir la estancia y matar
al huésped nimio.

El fuego en que arde la carcoma.

 

 

Fahrenheit 451

Empezaron los libreros, frenéticos,

bruscamente a amontonar a los
autores, en piras colosales.

Nos preguntaban por sus nombres
y escondrijos.

Nos preguntaban a nosotras criaturas
aladas, doradas en el lomo,

de conducta intachable.

Pero qué teníamos que ver nosotras
con esa recua desdichada y diletante.

Señalamos desdeñosas nuestras causas
para descubrir cuan risible es un

simbolista ardiendo,
y qué estruendoso crepitar

de muebles viejos.

O con sorpresa,
que Faulkner no arde

mejor que Nabokov,

a pesar de todo el whisky.

En los primeros días
no resultaba nada fácil

zafarse de la turba
y la delación.

Farfullaban los anónimos
un odio huraño sin destino,

un odio efervescente,

reclamando otro redoble
al flemático tambor;

sonaba el tambor
y caía otro más,

elevando una voluta
bestial por encima

de las llamas.

Luego, pasado un tiempo
nos descubrimos condenadas

a perpetuar un circulo perfecto,
una arquitectura acomodada,

sin sorpresas.

Iniciamos unas pocas,
una danza clandestina,

ensayando obscenidades,
desmayadas veleidades,

erecciones,

tímidos escándalos.

O bien,

ya que algunos fueran
de anodino discurrir,

impostando a ratos
el murmullo monocorde

de un tedioso empleo
en la banca.

Esa fue una época
maravillosa.

Luego, una noche,
subía a mi cuarto después
de una asamblea y los oí.

Cuando irrumpieron
rompiendo las ventanas,

ya bajaba descalzándome.

Ahora vivo en los suburbios,
en la violencia y la sangre,

con muerte y abandono,

sospecha y silencio,

y todavía un poco
de felicidad.

 

 

Principio de incertidumbre

Consideremos la posibilidad
de relevar a los francotiradores
por monos amaestrados,

para custodiar los pormenores del color,
los bordes de la visión.

Pensemos con notas del último piano,
negociemos que el niño ausente
no se venda.

Propongo que se abra la caja fatal.
Todo es una sola acción.

Propongo pintar un mural, con el espíritu
del siglo en las tabernas.

Poner un gnomo sobre el teclado
a bailar el temible compás rojo.

Franquear la tráquea melancólicos,
desarbolados y confundidos.

Sí, ya llega la confusión,
las ruedas de un dragón

que arranca uvas  rubias
de la vid,

el paisaje de la grada vacía,
la mordaza del legislador.

Será necesario un momento
de desesperación insondable,

que encadenados y desnudos,
recorramos una sucesión
de cataclismos,

royendo la almendra amarga
de la compasión.

Sugiero albergar dudas
y propongo ojos ciegos,

colmados de incomprensión
y candor,

como de grano para pasar el invierno.

 

   

 

 

© Pedro Alcarria

93ariadna