índice del número

Talibanes sin fronteras

por David Torres

 

Aquella mañana Santiago Abascal notó que la cama estaba muy dura y se revolvió incómodo hasta que se despertó en un jergón en medio de una tienda de campaña. Desorientado, pensó si Ortega Smith lo habría convencido al fin para arrastrarle a uno de esos fines de semanas intensivos que dedicaba a pegar tiros, a entrenar y a hacer abdominales como un loco. “Sí, hombre, voy a ponerme a hacer la mili ahora, a mis años” pensó, mientras se rascaba la barba. De hecho, la barba le picaba bastante y le extrañó comprobar que ahora le cubría todo el gaznate y parte del pecho. También tenía algo que le molestaba en la frente y descubrió que llevaba puesto un turbante. “Esto es una broma de Smith, ya verás”. Lo llamó a voces y se tapó la boca en seguida porque comprendió que no estaba hablando en su querido idioma español, sino en una jerga gutural que, para colmo, entendía perfectamente.

“Dime, jefe”.

Ortega Smith entró en la tienda y Abascal se lo quedó mirando estupefacto. Iba vestido de talibán de arriba abajo, incluida una barba frondosa de vikingo y un viejo kalashnikov de los años noventa.

“¿Es una broma, no?”
“¿El qué?”
“Esto” dijo Abascal señalándolo a él, a su barba, al jergón y a la tienda de campaña. “Todo esto. A propósito, ¿qué diablos de idioma estamos hablando?”.
“Pastún”.
“¿Qué coño es eso?”
“Cuesta un poco hacerse a la idea, jefe, pero al fin nuestras súplicas han sido escuchadas”.

Con un bufido, Abascal se puso en pie, apartó a Smith y salió de la tienda. En medio de un pedregal inmenso había un montón de barbudos armados que lo saludaron con entusiasmo marcial, un rebaño de cabras y unas cuantas figuras cubiertas con burkas de la cabeza a los pies. Las cabras ni siquiera llevaban el estandarte de la Legión. Se tranquilizó al ver que, al menos, Espinosa de los Monteros estaba tal cual lo recordaba.

“Todo por la patria” dijo Smith a su espalda.
“Por Afganistán y por Alá” dijo Abascal sin pensarlo y se tapó la boca otra vez como si hubiera dicho una blasfemia. Miró al sol, preguntándose hacia dónde estaba La Meca. ¿Qué diablos estaba ocurriendo? Espinosa de los Monteros le puso una mano en el hombro.
“Santi, perdona que te llame Santi, pero no me acabo de acostumbrar. Verás, hay un problema”.
“¿Sólo uno? No me digas”.
“Talibán quiere decir “estudiante”. No me jodas que ahora vamos a tener que estudiar”.

A miles y miles de kilómetros de allí, en un chalet de Madrid, Abdul Ghani Baradar se despertó de la siesta, molesto por el mullido colchón sobre el que reposaba el lomo. Le extrañó descubrir el lujo que lo rodeaba y le escandalizó más aún asomarse a la ventana y ver a una mujer que paseaba con la cara descubierta, la melena al viento, en minifalda y botas de tacón. Llamó a voces a su lugarteniente y, al pedirle explicaciones, le dijo que no se preocupara, que todo seguía igual que antes. Más o menos igual.

 


© David Torres

92ariadna