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Servicio de guardia

por Roberto Antonio Remedi

 

Vos entregas todo para salvar vidas y yo no hago más que pensar en el instante de mi muerte:

ingreso por el Servicio de Guardia –Hospital Provincial del Centenario, Rosario, lunes 11 de enero de 2000, 19:00 horas–. Abren la puerta del consultorio. Pronuncian mi apellido. Estás ahí. Recibes al paciente y le tomas los datos. Pides que deje su mochila a un lado y se siente en la camilla. Cierras la puerta. Quedamos solos. Es una habitación tranquila. –En el pasillo van y vienen los enfermos con sus familiares–. Oscurece en la ciudad. Y cientos de luces resplandecientes enceguecen progresivamente mi mirada de niño.

– ¿Cuál es el problema?
– ¡No sé cuál es el problema! – Contesto mal. Estoy más que molesto. Siento un fuerte calambre en el estómago. Veo estrellas, Saturno, Urano, Neptuno, la galaxia completa, diría–.
– ¡Bueno, al menos déjame intentar algo! –Levantas el tono de voz intentando llamar la atención–.
– ¡Quiero un calmante urgente! ¡Por favor!
– No puedo hacer eso hasta no tener un diagnóstico. Además, si se agrava el problema en tu abdomen, no lo vas a percibir al estar con un analgésico, y puede que entonces sea tarde.
– ¡Qué! ¡Ud. es único tranquilizando a la gente, Dr.! –Aprieto con fuerza mi barriga como si quisiera evitar una explosión–.

Tienes el informe del laboratorio y haces una lectura lo más cuidadosamente posible. La transaminasa y la bilirrubina han perdido los valores normales. Estoy deshidratado. Hace quince días que no pruebo bocado. Das unas palmaditas en el extremo de la camilla. Sigo la indicación y me tumbo. Buscas mi pecho con el estetoscopio. El acero inoxidable está helado. Oyes los latidos. Es verano. Pero siento frío. –Y tengo miedo–. Permanezco mirando el techo. Palpas mi panza, indagando sobre el origen del dolor. Justó ahí, desvías la mirada. –También tienes miedo–. En este instante, no sé dónde estoy. El consultorio se vuelve oscuro con un solo parpadeo. Desvanezco. Quizás horas, días, semanas.

Abro los ojos. Todo se ve fuera de foco. Una luz circular vibraba con fuerza sobre mí. Me encuentro recostado sobre una cama dura. La habitación es completamente blanca. Siento frío de nuevo. Pero ahora estoy desnudo y tengo todo el cuerpo entumecido. Alguien entra. No saluda. Hace rodar la cama dura y de un solo impulso abre la puerta de dos hojas. Escucho un fuerte golpe sobre una chapa. El impacto también provoca un sacudón. Trato de componer la postura y el sentido mientras ingreso a un pasillo. A medida que avanzo, las lámparas del techo se precipitan una tras otra. Y cuento las luces cuando caen: uno, dos, tres... –Pierdo la cuenta–. Intento otra vez: treinta y dos, cuarenta y cinco, ciento veinte... –No puedo mantenerme despierto–.

Quedo como interno en la Sala de Cirugía. Además de un apellido, ahora soy un montón de cables, vendas y cintas adhesivas, que no se entiende. Puedo mover un poco los pies y también hablar. Uso la sábana para cubrir mi panza. La mayor parte del “cablerío” está ahí. Y no se ve muy cool. El brazo izquierdo permanece ocupado soportando la vía a través de la cual me administran la medicación. El brazo derecho queda libre. Procuro que permanezca atento para acabar con alguna comezón inesperada. Pero estoy en problemas cuando la picazón se prende justo en el brazo derecho. Evito toser y estornudar. Los violentos movimientos reflejos de la tos y el estornudo van directo a mi barriga. –Y ya no quiero ver estrellas, Saturno, Urano, Neptuno, ni la galaxia completa–. No puedo comer. Tampoco tengo hambre. Duermo de a ratos. Intento estar alerta pero el sueño es más fuerte. El resplandor de la ventana no ayuda. Entretanto van desapareciendo los pequeños ruidos del ambiente: golpes de metal y objetos rodantes, monitores y oxígenos, además de bocinas, frenadas, arranques, y automóviles en marcha, que vienen desde la calle. De a poco olvido el fuerte olor a ozono y alcohol. Ahora duermo profundamente.

Lunes y sábados trabajas en el Servicio de Guardia. En el transcurso de esos días subes al primer piso a fin de interesarte por la evolución de tu paciente. Tus ojos, un poco rojos, delatan el cansancio. Por la noche la atención es intensa. Apenas tienes momento para sentarte cuando tomas los datos a cada enfermo o prescribes la medicación. A pesar de todo, caes en la Sala de Cirugía a la velocidad de un rayo. La visita tiene que ser algo rápida. Sabes que no puedes abandonar la guardia. A la vez, te preocupa la situación de tu paciente. Crees que aun está asustado y ves que todavía no se siente bien. De modo que decides visitarlo en pequeños momentos pero regularmente. –Estás convencido de que en ocasiones debes ser un poco desobediente con los protocolos–. Cuando ingresas a la habitación trata de acomodarse, enredado entre las guías, las vendas y las cintas adhesivas. Se relaja. Le alivia ver un rostro conocido. Ahora tiene mejor ánimo. Te cuenta historias. Esos relatos esenciales que afloran cuando alguien se encuentra en un momento de peligro.

– ¿Y? ¿Cómo vamos?
– Estoy bien. Aunque extraño a mi mamá, a mi papá y a mi hermana; mi jardín, mi gato y mi perro. Extraño primos, tíos, amigos. Extraño el pueblo. Hasta mi vecino extraño. Aunque lo odio porque siempre arroja su basura en la vereda de casa, el muy cretino. –Sonríes–. ¡La bata te combina con la cabellera! –El uniforme es blanco y unas cuantas tímidas canas convierten en destello penetrante el más mínimo haz de luz–.
– ¡Estoy estrenando!
– ¿La bata o la cabellera? –Te ríes–.
– Bueno, bueno, bueno… veo que hoy tenemos excelente humor. Cada vez que vengo, estás durmiendo o acabas de despertar, y con mal genio.
– ¡Es el suero, Dr.! –Miro para otro lado–.
– No es necesario que seas tan formal.
– Está bien, Guillermo.
– ¡Al menos recuerdas mi nombre!
– ¡No lo olvidaré jamás: no quisiste indicarme el calmante!
– Veo que también te acuerdas de eso…
– ¡Sí! Pero tenías razón. Estoy vivo. Aunque ahora parezco un cyborg… ¿Me podrías sacar algunos de estos cables?
– No se ve tan mal, Roberto. Parece un look muy moderno y profesional.
– Y ahora te burlas…
– Los llevarás unos días, nada más. Pronto te los sacarán.
– Quiero volver a casa…

Por las mañanas vienen los médicos a la sala. Escucho el parloteo que sube de volumen mientras avanzan por el pasillo y entran a la habitación. Su ingreso es como un acto protocolar del Papa o el Presidente. Todo es muy solemne.  Saludan. Y uno de los residentes presenta “el caso”. Ahora soy, además de un apellido, una edad, un peso, una estatura y una vesícula que encima ya no está: “veinticuatro años, sesenta kilos, un metro setenta y seis; se le ha practicado papilotomía y colecitectomía; diagnóstico: síndrome coledoceano”. También soy muchas otras cosas más que no comprendo. Mi historia clínica no parece ser mía. A nadie le interesa si escucho música, juego al fútbol o qué signo soy en el horóscopo chino. Los doctores son amables pero no dejan de hacerme sentir incómodo: ¡qué obsesión tienen por los fluidos del cuerpo humano! Me vuelvo un poco loco. A veces hablan alto y otras veces cuchichean entre ellos. Finalmente abandonan la sala. El volumen del parloteo disminuye hasta que por fin mis oídos los pierde por completo. Como puedo, con la mano derecha, me estiro hasta alcanzar la mochila. Busco los auriculares. Deseo escuchar música. Elijo a Gustavo Cerati. Acaba de editar Bocanada, su segundo disco solista. Comienzo con: “Tabú”. 

A veces, las enfermeras me quitan algunos de los cables por un rato. –Mis venas se rompen con las agujas–. Si es un lunes o un sábado, irrumpo en el Servicio de Guardia de manera clandestina. Aprovecho la puerta interna. –Los pacientes no pueden abandonar la sala. Y está totalmente prohibido deambular por los pasillos. Pero también soy un poco desobediente–.

– ¿Qué onda?
– ¿Qué haces aquí, Roberto?
– Estoy aburrido.
– ¡Las enfermeras estarán buscándote! Debes volver a la sala…
– Es un momento, nada más. ¡Me estoy muriendo allá arriba!
– ¡Qué exagerado! Pero bueno, sólo un momento, después subo yo. Y quedas en silencio…
– Perfecto… ¡Es un flash tu bulín, Guillermo! –Sonríes–.

Apenas cruzo el umbral, tomas mi brazo y conduces por un costado. No quieres que me siente en la camilla. Está regada con sangre. Siento que alguien recién acaba de ser faenado. Para mí, en la planta baja, todo es espectacular y deslumbrante, como la serie de televisión Emergency Room (ER).

–  ¡Te pareces al Dr. Ross! – Ingresa al consultorio una mujer con la cabeza torcida hacia un lado. Sufre una contractura. Encojo los hombros. Tomo asiento sobre una butaca, al lado del escritorio.
– ¿Ves la serie?  –Despliegas un biombo para dividir el espacio.
– ¡Es mi programa de cabecera! ¿Pero realmente es así, Guillermo? ¡Los médicos siempre están en el límite de la vida y la muerte! ¡Qué trabajo te buscaste! ¿Cuál es tu personaje favorito? A mí, me encanta la amistad que hay entre Doug, Carol, Marc y Susan.  –Permanezco sentado en la butaca, meciéndome de un lado a otro–.
– El Dr. Green, tal vez. Es un médico muy comprometido…–Detrás del biombo, sigues atendiendo a la señora de la contractura–.
– Pero un poco corto ¿no crees? Se muere por Susan, la tiene así de cerca, y no hace nada. Yo no la dejaría escapar. ¿Crees que terminen juntos? ¿Vos qué harías?
– Tendremos que esperar a que finalice la temporada para saber…
– ¡Ya sé, pero arriesga algo, Guillermo! Ahora te pareces al Dr. Green. Al final no te juegas por las cosas importantes…
– Roberto, estás rompiendo el acuerdo que hicimos hace minutos…
– ¡Uh! Es verdad, perdón… –Quedo en silencio por un momento–. ¿Pero te has dado cuenta que el Dr. Ross se caga en todas las reglas? Hace lo que él quiere. Tiene muchas agallas... –Tu paciente espera la réplica– ¡Guillermo, de nuevo no comentas nada! ¿Estás enojado? Finalmente voy a pensar que no ves la serie... ¿En qué estábamos? Ves, me desconcentras…–Ahora sonríes, y la señora de la contractura también–. ¿Te gusta el rock? –Así pasamos todo el rato–.

Hoy es domingo. Y algo no funciona muy bien. Estoy un poco inquieto. No es el olor a ozono y alcohol. Tampoco es la ronda de médicos. Me quito los auriculares. Dejo de escuchar música. Las nauseas no paran de incomodar desde temprano. Ahora son más agudas las ganas de vomitar. Aunque no puedo. El esfuerzo, más y más intenso, aprisiona mis tripas. El malestar captura toda mi atención. La luz fluorescente blanca azulina de las lámparas, encienden mis ojos y me mareo. Tengo calor. Estoy transpirando más de lo normal. El aire no entra bien a mis pulmones. Se hace cada vez más difícil respirar. Quiero llamar a la enfermera, pero sin aire no consigo emitir sonido. Un temblor sacude mis piernas, mis brazos, mi pecho. Se sueltan los cables, las vendas y las cintas adhesivas. De pronto, no sé quién soy. Cierro los ojos de una vez. Quedo así un largo tiempo. Días, semanas, meses. En estas circunstancias, es imposible volver a verte. Y ahora, no sé por qué, te echo de menos.

 


© Roberto Antonio Remedi. Nació en Ceres, Provincia de Santa Fe, Argentina, en 1975. Es Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Católica de Santiago del Estero (2001). Docente investigador en la Universidad Nacional de Tucumán. Publicó artículos en revistas científicas: Revista Izquierdas 27 (2016), Itinerarios 24 (2016), A Contracorriente 12 [2] (2015), Sociedad y Religión 32-33 [XX] (2010). Colaboró recientemente con la revista literaria española El coloquio de los perros (23/06/2020 y 27/11/2020). Reside en Santiago del Estero.

Correo electrónico: antonioremedi@yahoo.com.ar
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