í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

Rebajar las canastas
por Juan Antonio Ruescas

 

Anchurosa y de gozo la entrada a Madrid por la carretera de La Coruña. Gozo de volver o bien conocer una ciudad, sobre todo, simpática y acogedora… Y he aquí que acabo de saber cómo tan singular tramo del callejero madri-leño, antes referenciado a “Victoria”, ahora lo hace a “Memoria”. No acabamos de estar ciertos de la oportunidad de cambalaches o trueques semejantes y su efecto positivo. A propósito de una racha de parejas operaciones en la ciudad de Guadix, tal como “jaque histórico”, escribí yo en periódico aquí hace algún tiempo: “Lo peor es la desviación intelectual. La Historia, tras depuración de historiografías, es, según pienso, memoria inmutable por sí misma, y no puede variarse ni ser objeto de “jaque mate” arrancando escudos o placas callejeras. Al querer matarla, revive y, por desgracia, reabre heridas, malas reacciones”… ¿No se da algo negativo y declinante, de rebajar lo histórico?   

Pero “continúa”, que se dice en los seriales. La última hora en actualidad de cultura es la de los números romanos. Sin que se sepa por qué organismo o entidad, ya tenemos propuesta su eliminación. Tampoco es asunto de analizar con discernimiento preciso todas las ventajas y, sobre todo, significación que se da al enumerar algunos extremos con signos que remiten a una Hispania Romana, y a una civilización que fundó en buena parte nuestro hablar y nuestro escribir. Mas por ahí estamos, en la misma pendiente de bajada, en nivelar por abajo, es decir, por ignorancia, para que todo quisque tenga logro fácil de educación y formación alta. Y malas lenguas dicen que ello es “izquierda”.

En EEUU, por lo visto, se hizo una profunda transformación de los sistemas educativos, pero en dirección a facilitar, es decir, hacer más accesibles contenidos y conceptos de los programas, y así disminuir las frustraciones o fracasos escolares. Pero en concreto, en donde parece que se fue más hacia abajo es en las matemáticas (otras malas lenguas dicen que se    aliviaba así, especialmente la clase blackosa).

Sálvenos el Cielo de “renovaciones” tales, y no quede casi en la prehistoria aquel bachillerato que otrora tuvimos con latín y matemáticas muy predominantes. Mas el peligro lo hallamos en el idioma mismo, ya saben. Y lamentamos  que precisamente la RAE dé normas con mira a que el escribir sobre todo, resulte más facilón. Nos asalta esta consideración al suprimir tildes diacríticas con las que la palabra al caso queda más determinada. No se distingue si la función de los demostrativos es adverbial o adjetival. Digamos esta frase: “A la reunión vino Enrique solo”. ¿Sabemos si Enrique vino sin acompañar, o que a la reunión nadie vino más que él? “El Corte Inglés” por estos días, en pantalla del establecimiento y en la tele emite un anuncio sobre algo, que acaba con el rótulo “Solo en el Corte Inglés” (no importa que sea todo en mayúsculas pues la RAE misma lo regula igual). Y a un amigo de cierta prelacía en uno de tales Almacenes, voy y le digo: “¡Caramba no podía  imaginar que tuvieran en cuenta tantas y tantas veces como he venido solo!” En fin, sí, algunos siempre seguiremos “tildando” como aprendimos plus minusve LXXX años ha.

Y en el susodicho estilo de facilitar y favorecer, puede tenerse en cuenta la social sicología de los nipones muy peculiares. En sus relaciones parece que perciben para toda la vida, como un peso duro, el favor que reciben: es lo que denominan “ON”. Y se deberá tener en cuenta, si hay empeño en favorecer a ciudadano nipón ¿puede ser de algún modo contraproducente? Que al querer alzar en favor, rebajemos en ánimo.

Finalmente, sin venirnos de Oriente, los chinos. Era proverbial que éstos, como los japoneses pero ya menos al incorporar notable carne a la dieta, se consideraran de baja estatura. Y aquí el chasco o chascarrillo. Un muy allegado mío, profe arquitecto que ya desde el colegio ha jugado al baloncesto, me hablaba de, en orden a que los chinos, de nación tan “alta” hubieran mejor resultado en tal deporte, sencillamente, rebajar las canastas…  

  

 

© Juan Antonio Ruescas

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