í n d i c e  d e l  n ú m e r o

 

Luces buscan sombras
Benito Pascual

 

Del agua al fuego (Edición de autor, 2020)
Vientos difíciles (Piediciones, 2019)


por Antonio Del Barrio

 

Luces buscan sombras

Luces buscan sombras es el tercer poemario de Benito Pascual. En él queda patente, es una incógnita si de manera definitiva, un estilo basado en la sencillez literaria; en un talento sostenido con admirable facilidad por sustantivos sin adjetivar, que suavizan un discurso cercano y convierten en poema cualquier acontecer, pensamiento o hipótesis, por minúsculos, frágiles o huidizos que estos parezcan. Existe la belleza sin brillos, / sin deslumbramientos. / Basta con cerrar los ojos, (…).

En esta ocasión la poesía lleva implícita, de veras, una didáctica del acompañamiento, fruto de la empatía y de la observación multisensorial con que, posiblemente, fue creada. La luz elige el lugar exacto en el bosque / donde descansar de un largo viaje. (…); podríamos oler el paisaje y sentir el cansancio en esa aproximación sinestésica. De esto y aquello quizás deduzcamos el deseo (honesto) del escritor por que cada poema se deconstruya una y otra vez en la mente lectora. Nos encontramos con versos libres, no sujetos a designios de autoría, adaptables: Las palabras encerradas en los libros / no son las mismas cuando se muestran sus páginas, / en sus interioridades, / se comportan de manera muy distinta / sin mi presencia. No obstante, debe dejarse claro que el poeta no desprecia su creación, ni se aparta de ella, aunque muestre verdadero empeño en independizarla y ofrecerla sin condiciones: Puede que noviembre se haya ido con ellas, / se habrá podrido y ya forma parte de la tierra, / cada vez más fértil, / libre de lo que un día fue.

Es un hecho la huida de la métrica y de los ritmos formales; se fabrican significantes y sonoridad a partir de la idea, matriz de palabras que fluyen tanto como insisten y resisten, socavan, profundizan: Lucha desigual, disfraz, / dejar palabras deslumbrantes / en el bosque de la vida, / de igual manera que el niño perdido / deja migas de pan a su paso / por si tuviese que regresar. Por tanto, la modulación es producto de cavilaciones (ligeras, fugaces), no de medidas filológicas que despisten de la esencia. Me coloco las gafas de sol para no deslumbrarme, (…). Me las pongo y me hago a la idea de que estoy en otro lugar, / tan distante, / sin levantar sospechas.

Los elementos que para el autor conforman, incluso modelan, la propia existencia humana, pactan un juego entre ellos. Durante el diálogo poético aparecen: la luz, el agua, el fuego, aire, tiempo, recuerdo, memoria, olvido, belleza, el ser, la duda y la sombra. Los ejemplos son interminables: la luz y el día, / el hombre y la mujer, el sueño y la vigilia, / la memoria y el olvido, el agua y el fuego. (…). El mundo es una dualidad, / una copia incesante. Y entre ellos polemizan, se remedan, se persiguen, se anhelan, se susurran y, en definitiva, se deleitan en una suerte de ronda lúdica donde parecen tener desasosiego eterno, pero inteligente (consciente): Un golpe de viento cierra la puerta / y deja la habitación a oscuras, / intenta proteger la estancia de la caducidad del tiempo / protege la belleza de la intemperie, / la encierra en la cápsula de los recuerdos.

Por supuesto la urdimbre es bien tejida, pero sin alardes, por la luz y su sombra, la sombra y su luz: Desde la sombra, / el mundo parece más luminoso. (…) La sombra y la luz están condenadas a entenderse, / a convivir a una distancia prudencial, / a no tocarse nunca. Más que lucha de enemigos es discurso de semillas antagónicas, donde ninguna protagoniza; construyen desde cada posicionamiento, apareciendo y desapareciendo; sin olvidar que en el libro cada cual tiene desposado un grupo de poemas. Así pues, ambas realidades terminan convirtiéndose en progenitoras de sí mismas (reinventándose) y de todos los demás elementos: Cualquier sombra nos persigue, / cualquier sombra tiene su luz extinta. / La claridad llega a ser / antes de convertirse en existencia / (…) Cada sombra soporta el peso de una memoria. (…).

Leeremos una poesía que propaga fogonazos de sombra y ráfagas de luz, y no queda aclarado dónde se halla el germen o el motivo del ser ¿en la sombra o en la luz?: Mi memoria nunca se extingue, / permanece como ese fuego sempiterno / al lado de la tumba de los soldados desconocidos. No sabemos con certeza cuál es el vínculo real entre una y otra, a pesar de encontrar alguna pista (a veces falsa) que la reflexión de cada quien podría seguir.

Si esa sombra se convirtiese en luz, / la montaña perdería su belleza, / caería por su propio peso en el olvido, / se desvanecería como un castillo de arena / en la memoria de quienes la contemplan. No hay enfrentamiento de hipotéticos extremos, más bien tendencia al equilibrio y pasión por guardar las apariencias que la costumbre (y la memoria) impone con demasiada frecuencia. Como el propio autor confiesa, los pensamientos se agolpan y acaban chocando entre sí. ¿Qué otra cosa pueden o deben hacer sino ponerse frente a frente y prepararse para tan fraternal combate?

 

 

©Antonio Del Barrio

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