índice del número

G. M.

por Alberto Merino

 

Abro los ojos y miro alrededor. En la sala hay unas pocas lámparas de luz anaranjada, pobre, en las paredes de ladrillo. Casi no se ven los rincones de la sala. Estoy atado de pies y manos a una especie de aspa gigante, así que no puedo moverlos, pero no me duelen las correas con las que me han inmovilizado.

La habitación tiene poco mobiliario. Una silla de madera, como de bar, un potro como el del gimnasio del colegio al que iba de pequeño y del que cuelgan unas correas, y una mesa de madera con un tapete de terciopelo granate encima, que la cubre parcialmente. Me fijo en lo que hay sobre el tapete: pinzas, argollas, tenazas, velas, cadenas, algo muy parecido a un látigo. Estoy muy nervioso. Miro a ambos lados de la habitación, pero está vacía. Demasiado vacía…

Al cabo de poco, o de mucho, entra por la puerta que hay junto a la mesa una figura humana. Al principio no soy capaz de distinguir si es hombre o mujer por la falta de luz y porque la figura va completamente vestida de negro y con una suerte de pasamontañas que me impide adivinar su sexo. Pero cuando pasa junto a una de las lámparas de la pared adivino su silueta y deduzco fácilmente que es una mujer, distingo con claridad sus caderas y sus pechos, no cabe duda alguna. Llegar a esa conclusión no me tranquiliza.

La figura se acerca hacia mí. Supongo que antes de entrar en acción con sus utensilios me hará preguntas, las típicas preguntas que supongo que se hacen en estos casos. Sin embargo, en lugar de dirigirse a mí, acciona justo a mis espaldas un mecanismo que mueve el aspa al que estoy atado y me deja en posición horizontal. Estoy completamente desnudo y mi nerviosismo va en aumento, me suda la frente y a la vez tengo escalofríos. Mi respiración está aceleradísima.

De nuevo vuelve a la mesa, y se acerca a mí con una vela recién encendida. La deja junto a mi mano izquierda y se quita el pasamontañas, dejando ver un rostro enigmático, de una belleza entre asiática y caucásica y muy maquillado, y una melena oscura y ondulada. Es Mara, la Grand Madame que he visto en las fotos: bella, implacable, excitante. Única. Intento hablar, pero la bola que han puesto en mi boca, atada a la nuca con una correa, me impide tan siquiera vocalizar:

—Aaaaaggggggggggghhhhhhhh…
—¡Cállate, perro estúpido!

Justo después empieza a derramar cera líquida sobre mis pezones, el dolor es intenso y suelto un aullido de dolor y placer que me deja completamente extasiado. En ese momento ella agarra mi pene y derrama más cera líquida sobre el glande. El dolor es extremo, como si me clavaran millones de cristales en él; ella lo agarra, lo agita de modo brusco como si me masturbara groseramente, lo escupe y lo suelta.

—¡Venga, cabrón, esto no ha hecho más que empezar!

Vuelve hacia la mesa y apaga la vela con un soplido suave. Al poco, después de trastear con los objetos que hay sobre la mesa, vuelve con una cadena y una correa, que ata a mi cuello. Da un par de estirones para comprobar que está bien sujeta, y me dirige una mirada fría y rebosante de desprecio con sus ojos negros y profundísimos:

—Ahora vas a pasear como un perro, que es lo que eres.

Mara suelta una pierna del aspa para atarla a la otra, y hace lo mismo con los brazos. Me desata y me obliga a ponerme a cuatro patas. Me cuesta caminar porque apenas puedo separar un brazo de otro y una pierna de otra, y ella me insulta:
—Venga, estúpido, ni los perros caminan tan mal…

Aunque me esfuerzo en mi paseo, no consigo avanzar apenas. Mara me da puntapiés y me escupe. Cuando se cansa, me levanta tirando fuerte de la correa y me pone boca abajo sobre el potro, al que me ata.

—No vales ni como perro, ahora te vas a enterar…

Mi excitación es enorme, me tiemblan todas las articulaciones. Oigo cómo trastea de nuevo en la mesa. Cuando vuelve, sin mediar palabra, empieza a azotar mis nalgas con fuerza, con algo plano que hace un ruido como de madera de balsa. Me castiga una y otra vez, y yo aúllo, y ella me insulta y no deja de pegarme.

Al cabo de unos minutos de dolor ya casi no noto las nalgas, y oigo cómo arroja al suelo el objeto con el que me ha torturado. Me parece adivinar cómo coge algo metálico de la mesa y se dirige nuevamente a mí. Oír sus pasos me produce un estremecimiento y una excitación enormes, mi erección es tan intensa que me parece notar los latidos de mi corazón en el pene. Noto como empieza a estrujarme un testículo con algo metálico, el dolor es terrible, me empieza a dar vueltas la cabeza, se juntan el suelo y el techo…

****

El olor es muy fuerte, como de hierbas y alcohol. Alguien me abofetea la cara. Abro los ojos y me encuentro con la asustada expresión de una joven que me mira con sus enormes ojos vidriosos fuera de las órbitas:

—¿Se encuentra bien, señor Arrigorriaga? Nos tenía muy preocupados. —La voz de la muchacha es melosa y cursi, como la de alguien que tiene miedo y quiere suavizar la situación como sea.
—Bien señorita, estoy bien, dentro de lo que cabe. Ya sabe a qué me refiero. —Enseguida empiezan a aparecer los dolores propios de lo que acaba de pasarme, y me rebullo en el asiento.
—La Grand Madame ha tenido que ausentarse de improviso, pero le envía sus más afectuosos saludos y sus deseos de que no haya sido más que un susto —la cantinela de la muchacha es exasperante—. Y me ha pedido que le entregue su tarjeta con su móvil para próximas ocasiones.

La tarjeta negra con letras doradas que me entrega parece de tarotista, no es propia de la Grand Madame. Me la guardo.

—En efecto, no ha sido más que un susto. La falta de costumbre, supongo.
—¿Desea que le pidamos un taxi? Conocemos a profesionales de discreción incuestionable, trabajamos hace años con ellos.
—No hace falta, señorita —respondo, sacando el móvil del bolsillo de la americana—, llamaré a mi chófer… ¿Julián? Sí, soy Celso. Ven a buscarme a Avenida Gaudí con Cartagena. ¿Cuánto tardas?... Sí, el Comité es a las seis… Hasta ahora.

Antes de tirar la tarjeta a la papelera no puedo evitar guardar el número de Mara en la agenda del móvil, con sus siglas: G.M.

****

No consigo concentrarme en el comité. Sé que como director de operaciones debería estar en todos los frentes, pero no consigo seguir el hilo de las tediosas divagaciones del director financiero. Me duele todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Bueno, de hecho me la han dado, pero me he dejado. Sólo con pensar en la cara feroz de Mara insultándome vuelvo a tener una erección. Creo que, al cabo de la calle, lo único que pretende el jodido financiero es convencer al director general de que gasto demasiado y, ya puestos, solicitar una nueva póliza de crédito al banco para sufragar mis desvaríos. No quiero ni pensar en lo que podría ser tener a Mara desnuda pidiéndome que lamiera su sexo, atado y con una correa al cuello. No sé si molestarme en recordarle que todo eso forma parte del plan de expansión que aprobó el comité hace tres meses, y en el que estoy alcanzando consecuciones precisas, milimétricas, ajustadas de manera absoluta a lo previsto. No sé si molestarme porque el gran jefe me dijo el otro día que van a despedirlo el lunes, y que a partir de entonces me ascenderá a subdirector general: “Mi brazo derecho, como siempre, pero ahora con título, Celso”, me dijo aquel día, con un par de copas en el cuerpo a media tarde de un viernes anodino. Ese día vi claro que, de algún modo, seré su sustituto dentro de un par o tres de años: los que le quedan para jubilarse. Y esos tacones infinitos, esas botas de charol o látex o lo que leches sea, ajustadas a sus piernas anchas y firmes… Voy a intentar concentrarme en las conclusiones de este tipejo, vaya a ser que al final consiga salirse con la suya.

De pronto vibra mi teléfono. Todos se callan y se quedan mirándome, sorprendidos. Miro la pantalla: G.M., ¡es Mara!

—¡Bzzzzzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzzzzz!

Me entra un temblor de piernas terrible, ¡joder, quiero descolgar!

—¡Bzzzzzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzzzzz!

Si descuelgo el teléfono es posible que dinamite para siempre mi carrera en la empresa…

—¡Bzzzzzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzzzzz!

… aunque tampoco tengo del todo claro que me importe...

—¡Bzzzzzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzzzzz!

A cada nueva vibración mi respiración se va agitando más, los miembros del comité se dan cuenta, parece que contienen la respiración esperando que descuelgue.

—¡Bzzzzzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzzzzz!

Todo el maldito comité espera mi reacción.

—Os ruego disculpas, es una llamada importante —digo haciendo media reverencia mientras descuelgo el teléfono y salgo a toda prisa de la habitación, sin decir nada.
—Jodido perro, no pienses que no sé que estás ahí —escupe Mara—. Me estoy meando, y quiero hacerlo en tu boca, así que tienes diez minutos para estar aquí. ¡O no me volverás a ver en tu vida, cabrón!

Cuelga. Empiezo a sentir de nuevo una erección mientras me dirijo de nuevo a la sala del Comité.

—Lo lamento, caballeros, asuntos inaplazables me reclaman, he de dejaros inmediatamente. Que tengáis una buena tarde.

Cierro de un portazo antes de dar tiempo a nadie a responder mientras llamo a Julián ordenándole que venga a recogerme de inmediato. La sangre corre rápido por mis venas.

 

 


© Alberto Merino

91ariadna