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Jan no

por Miguel Ángel Zamora


Jan no. No eran sus pasos precipitados ni su forma enérgica de introducir la llave en la cerradura y darle dos vueltas, ras, ras, y empujar la puerta con un suspiro de satisfacción y dominio por entrar otra vez en aquella cueva propia, como le oían llamarla, en la guarida que atesoraba sus objetos y sus olores y en la que pasaba horas encerrado escribiendo sobre ásperas hojas con su bolígrafo Schiller de plástico, oro y fusta lacada, no era eso lo que oía la madera, lo que vislumbraban los libros, los cuadros y los muebles con sus sentidos limitados tras los cuales todo era bruma y material etéreo y figuras grumosas a las que querían estar atentas, era una invasión delicada, cautelosa, alguien ajeno que apenas se atrevía a respirar para no romper el aire cristalizado como el agua de una piscina a primera hora, cuando nadie la ha roto y revuelto aún, un extraño que no había visitado antes aquel universo en que vivían, inmóviles como grandes árboles, casi desde que suavizó sus contornos el cajón del carpintero y rebajó sus ornamentos el buril del ebanista, desde el abandono de la prensa y de la tinta fresca y del taller del encuadernador, desde que una mano o una máquina entretejió la trama de las alfombras y de los tapices, y todas las cosas, cuadros, libros, armarios, camas, sábanas, toallas, contuvieron la respiración, pues el desconocido se había quedado quieto como un fantasma, a distancia de sus sentidos, tras cerrar la puerta con cuidado y, en lugar de acariciar la primera librería, como habría hecho Jan, y dejar sobre ella el llavero metálico recuerdo de Baqueira con sus llaves, la de la casa, la del buzón, la de las puertas del edificio y del trastero, pero también las de la casa de su madre, todas juntas formando un buen haz de flechas plateadas, respiraba pesadamente, se contraía en un encogimiento borroso y parecía llorar.

Tampoco fue normal que la luz que encendió el aire, no el aire de gelatina de la ciudad, el del metano contaminado que masticamos por las calles de Barcelona, el del polvo de asfalto, humo y hollín, sino el aire estanco de aquel recibidor de jatoba roja y estanterías y sillones de metal y cuero, proviniera de la pantalla del móvil del intruso. Esa extraña luz, áspera y fría, provocó murmullos entre los muebles asustados, susurros entre los objetos inquietos, rumores entre los libros nerviosos y el crepitar del parquet, tembloroso y atento y preocupado también por una situación sobre la que no entendía qué significaba y ante la que no sabía cómo reaccionar. Los pasos que lo atravesaron buscaban algo en las paredes. Cuando, por fin, se oyó el chasquido del interruptor y las primeras luces se derramaron como fuego o lava o café ardiente por todos los contornos, supieron todos ellos, al vislumbrar la figura que acababa de invadir su espacio, que tenían un nuevo dueño y que Jan ya no iba a volver.

Apagué la luz del móvil y di comienzo a la exploración de aquel mundo ignoto con la sumisión que debía a la memoria de mi hijo muerto, de mi pobre hijo muerto. Aquel era el territorio que él mismo se había construido, un reflejo de su mente y de su vida, y, por mi primera impresión, el material con el que lo había edificado era el papel. Tres de las cuatro paredes del recibidor estaban ocupadas por librerías de distinto tamaño en las que se apilaban montañas de papel -libros, pero también periódicos, mapas, fotografías, reproducciones de arte, folios desordenados-. En uno de los extremos de la estancia se abría un pasillo oscuro, del cual no podía distinguir el fondo. La oscuridad era tan densa que me transportó al instante a aquel otro pasillo oscuro que me había aterrorizado tantas veces durante mi infancia, cuando mis padres y mis hermanos, todos los habitantes de la casa, nos concentrábamos en el comedor delante de la televisión, después de cenar. Me recuerdo petrificado viendo a Peter Cushing en blanco y negro, alto y delgado como una calavera, en la película de Terence Fisher sobre El perro de los Basquerville, acompañado del eterno Doctor Watson que interpretaba entonces André Morell, el profesor Quatermass de otra serie. Christopher Lee ocupaba la mansión propia de una familia maldecida por la persecución de un perro monstruoso. Cuadros de ascendientes, escalera y chimenea antiguas, licor contenido en botellas de vidrio labrado, ventanas que se cerraban a la negrura de un valle aislado y rostros serios a los que resultaba imposible arrancar una sonrisa o una expresión amable. Peter Cushing no sonreía nunca. Era un cadáver. Transportaba violines y cuerdas estridentes. Los personajes transformaban la expresión cuando se les interrogaba sobre aquel misterio. Manos enjugándose los dedos, la una contra la otra, articulaciones nudosas de marfil y madera. Lo que me tenía petrificado no era la visión de la sangre o la mandíbula de aquel monstruo, sino los sutiles resquicios por entre los cuales se acercaba: el aullido profundo atravesando la niebla que envolvía el valle al caer la noche como la sirena de un barco fantasmal gobernado por piratas muertos, los ojos dilatados y la boca excavada con escarpelo en la mandíbula de piedra del cadáver Cushing, el terror de Morell cuando comprendía que aquella niebla era un mar tan adherente y viscoso como la oscuridad del pasillo que me reclamaba porque el lavabo estaba en su otro extremo y yo, un niño al fin y al cabo, ya no podía esperar más. Siempre corría. Arrancaba a correr, iba al lavabo corriendo y conteniendo la respiración, atento a cada ruido, a cada codo y a cada rincón y, cuando acababa, apretaba a correr nuevamente deshaciendo lo andado, convencido de que algo o alguien, desde la espesa capa de amenaza del final de aquel pozo sin fondo que contenía respiraciones sobrenaturales, trataba de agarrarme y arrastrarme consigo, hasta llegar a salvo al comedor. Los pasillos son el habitáculo de los muertos, el lugar en que se ocultan y se agazapan para salirte al paso y llevársete con ellos sin que puedas gritar ni pedir auxilio, pues la boca enmudece y la sangre se hiela al contacto con su infecto resuello. Corría como corre el aire y corría como corre el fuego entre los árboles y entonces, al sentirme finalmente a salvo, preguntaba ostensiblemente qué había pasado en la película solo para disimular la pesadilla que me acaba de traspasar. Mi madre, sentada en el sofá, desviaba un momento la atención de la pantalla y me preguntaba si tenía miedo.

— ¿Tienes miedo?

Y después:

—¿Por qué tienes miedo?

Porque estoy en la casa de un muerto, madre, y porque el pasillo me reclama cincuenta años después, madre. Pero apretaré los labios y me adentraré en él, madre, porque ya no soy un niño, me dije, porque ya no creo que en la oscuridad se esconden los alacranes y los escorpiones, que el suelo está empedrado por despojos maltratados y tirados a un pozo y que quienes se sienten en la negrura se transforman en aquellos mismos monstruos que perseguía Peter Cushing en sus películas. No hay vampiros, no hay brujas, no hay un mar de sangre, me dije, ni siquiera lobos o libélulas, ningún motivo para estarse quieto. Y así, artificialmente envalentonado, me adentré un poco más, a tientas, buscando un nuevo interruptor al que aferrarme cuando oí un golpe seco a mi espalda y me volví de inmediato, aterrorizado.

—¿Jan?— Pregunté con un hilo de voz.

 

 


© Miguel Ángel Zamora

91ariadna