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Manos para creer

por Juan Antonio Ruescas

 


Allegados en menor o mayor grado, amigos, si os relato pormenores de mi infancia o adolescencia que no conocéis, daréis asentimiento y creencia, seguro. Por ejemplo, si os digo -tal vez repitiendo- que en mis primeros años yo veía en un lugar de La Mancha cómo ondeaba desde la arcada superior del Ayuntamiento, la bandera tricolor (con la consabida franja por cierto equivocadamente morada). O si, de años después, otra visión mía era la de una camioneta que venía del frente rojo cargada como de inmundos sacos, con los heridos malamente hacinados, goteando, casi chorreando sangre que traspasaba los apósitos y vendas de urgencia… para ingresarlos en el hospital improvisado en una gran casa requisada a notable familia (el hermano del mancebo de mi padre vino con una pierna menos, y así para toda la vida sin ser rojo ni azul).

Claramente, ¿se dejará de tener por cierto lo que digo de hace unos ochenta años? En corto libro de divulgación, un historiador actual de Filosofía, al tratar de que ésta, en cierto modo, recibió el bautismo con el advenimiento del Cristianismo, y tras considerar el registro de éste como “leyenda”, escribe: “Como todos los relatos que narran la vida y muerte de Jesucristo -los Evangelios- son muchos años posteriores a esos acontecimientos, es difícil valorar su autenticidad histórica”. Ah, estimados Destinatarios míos, ¿cómo dais crédito a lo que yo os narre de hace ochenta años? Porque esos “relatos” que dice nuestro historiador, algunos al menos, no resultarán distantes de su acontecer real más de sesenta o setenta años.

Concretamente, la carta de Pablo a los Tesalonicenses, que implica todo lo acontecido de Cristo, se escribe ya en los años cincuenta a cincuenta y cinco del primer siglo, es decir, con mucha menos distancia que los ochenta míos. Y otros textos semejantemente no están tan alejados de los acontecimientos. Mas lo de mayor significancia se da en la mismísima experiencia personal de quien escribe, como yo cuando recuerdo la sangre de aquellos heridos. Si bien  no fuera el propio Juan evangelista, uno de sus discípulos da comienzos a la Primera Carta Iohannea con este cariz autobiográfico: “…quod et m a n u s nostrae contrectave-runt de verbo vitae”. Contentémonos con la versión Vul-gata sin ir más atrás: “…lo que nuestras m a n o s palpa-ron acerca de la palabra de vida”.

Todo este párrafo leído completo (“lo que oímos, lo que vimos con nuestros ojos, lo que palpamos con nuestras manos”) manifiesta una fisicidad, una personalización en verdad notable (ese verbo “contrectare”, de “cum” más “tractare”, denota un fuerte sentido de frecuencia no menos que de intensidad).

A estas alturas de la Historia, visto lo visto y leído lo leído, no se concibe que nuestro susodicho autor, en 2009 se muestre ante el hecho de Cristo tal como ante “leyenda”, o que considere distante ese acontecimiento, de los relatos correspondientes. Para colmo, tanto testimonio, tanto pergamino, tanta muestra monumental… son un cúmulo apabullante de muestras de veracidad. Y, como detalle mínimo, yo le preguntaría al tal historiador si ha estado en Roma, si ha visitado las Catacumbas…

Pero lo que más importa es que estamos ante algo ético, precisamente de lo que es profesor él mismo. No parece lícito usar términos, aplicarlos, sin su rigoroso sentido. Ni causar alguna inquietud en creencias vitales de multitud y multitud de personas. Verdad que, tras el párrafo  citado, sigue el historiador: “Pero casi da igual, porque en el terreno religioso lo importante no es lo verdadero de los hechos, sino la capacidad de adhesión o fe que suscitan entre quienes deciden por razones espirituales creer en ellos”.

Mas no, no, señor mío. ¿Qué razones -no sentimientos- espirituales hemos de tener para creer si se pone en tela de juicio, de veracidad, el objeto mismo de la creencia? No, señor Savater -tan loable por su antiterrorismo-, la creencia cristiana, si espiritual, es razonada, es decir, el cristiano ha de saber dar cuenta y razón de ella, lo mismo que el ateo -dice Zubiri- debe dar cuenta de su increencia.

(Y ya que me sale Zubiri al paso, ¿saben las páginas que en el susodicho texto se dedican a él? Ninguna, ni una sola palabra, siendo así que entre la muerte de Zubiri y tal publicación se da un muy largo techo de tiempo. ¿Será competencia de vascos, o “cascara amarga” sin sabor del cristianismo a machamartillo del gran filósofo, en estricto sentido, más que Unamuno, Ortega u otros menores del siglo XX.)         

Pero, volviendo a “lo que nuestras manos tocaron”, no podemos eludir la objeción máxima, la de impugnar el carácter divino del acontecimiento. Si bien no nos es  dado atender en buena extensión, por ejemplo, al fuerte movimiento “desmitologizante” encabezado en el siglo pasado por el alemán Bultmann, con el argumento anti milagros, válganos que creemos, no por ver milagros, que algunos los vieron y no creyeron, sino por gracia de lo Alto, ciertamente, en la fe que nos es dada.

No obstante lo irresoluble de ciertos extremos, creemos en la exigencia de una lectura personalísima y “cruda” de los textos evangélicos. Para alguno de vosotros, v, gr, escribí cuando, crítico, me adujo el infierno. Si se recorren detenidamente los sinópticos, los cuatro textos fundidos, vemos que si en Juan sólo se alude una vez, los otros más de diez veces escriben la referencia de Cristo a la pena eterna. Puede pensarse, con todo respeto a la literalidad textual, que la primera Cristiandad estuviera acuciada por la consecución de nuevos fieles, y cargara las tintas con llameante amenaza. Mas ¿puede superarse la flagrante contradicción entre castigo eterno y la bondad sin límite del Dios que redime? Juan Pablo II decía: “Esperemos que el infierno esté vacío”.

Y rematando, para los que sientan la condición dada por Tomás de introducir su mano en las del Resucitado, nos viene en consideración otra vez, que para esa virtud o felicidad que Aristóteles proponía a su hijo Nicómano, pero en cristiano, no somos y vivimos en talante racional, sino fiducial. Nos fiamos del mismísimo auxilio divino, y con manos en convergencia de ojiva, orantes, decimos repetidamente como el padre del niño epiléptico a Cristo: “Creo, ayuda mi incredulidad”.

 

 


© Juan Antonio Ruescas

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